17 #2
Allí, en medio de la oscuridad y con un poco de claridad entrando desde el pasillo, parecíamos dos personas completamente distintas a las que fingíamos ser durante el día. Como si finalmente nos hubiésemos quitado las máscaras. Como si, por primera vez, estuviéramos viendo la peor parte del otro.
La mirada de Ritter no abandonaba la mía. Oscura. Peligrosa. Intensa.
Y yo tampoco apartaba la vista.
Algo extraño se había formado entre nosotros desde hacía tiempo. Algo enfermo. Retorcido. Una tensión constante que parecía crecer cada vez que discutíamos, cada vez que él me tocaba, cada vez que yo descubría algo peor sobre él y aun así seguía acercándome.
Era como mirar directamente a algo que sabías que podía destruirte... y aun así no apartarte.
—¿Me estabas siguiendo, Ritter? —volví a preguntar.
Él soltó una risa baja.
—Simplemente no podía dormir y me pareció interesante verte caminar por los pasillos como si hubieses matado a alguien.
Se encogió de hombros con tranquilidad, como si aquello no tuviera nada de raro. Después sus ojos descendieron hasta el expediente que todavía sostenía entre las manos.
Su expediente.
La sonrisa en sus labios se volvió más peligrosa.
—No hay forma de que después de esto me digas que no te intereso, pequeña y traviesa Brisa.
Rodé los ojos intentando ignorar el calor incómodo que me subió por el cuerpo al escucharlo decir eso.
—Lo leí —admití.
—¿Y qué piensas ahora? —preguntó en voz baja—. ¿Que soy un monstruo?
Tragué saliva. Porque debería pensar eso. Después de todo lo que había leído, debería estar aterrorizada. Pero no lo estaba. Y quizá ese era mi verdadero problema.
—Ya lo pensaba antes de leerlo.
—Mentira —susurró. Mi corazón golpeó fuerte contra mis costillas—. No me tienes miedo, Brisa. Si me lo tuvieras no estarías aquí sola conmigo a las cuatro de la mañana.
Él se despegó finalmente de la puerta y avanzó unos cuantos pasos hasta quedar al otro lado del escritorio. Apoyó ambas manos sobre la superficie de madera y se inclinó hacia mí.
No estaba tan cerca. Pero para mí era muchísimo.
Porque estábamos solos. Realmente solos.
Solo Ritter y yo.
Y eso se sentía peligrosísimo.
La poca luz que entraba desde el pasillo atravesaba parcialmente su rostro, marcando la línea de su mandíbula, los tatuajes que se asomaban por su cuello y la expresión intensa con la que me observaba.
No parecía relajado. Parecía... contenido. Como si estuviera aguantándose algo.
Mis dedos se cerraron alrededor de la carpeta mientras intentaba ignorar el modo en que el aire se había vuelto más pesado entre nosotros.
—¿Entonces? —preguntó él en voz baja—. ¿Qué más descubriste sobre mí?
Tragué saliva.
—Que aparentemente eres un psicópata incapaz de sentir culpa.
Ritter soltó una pequeña risa nasal y bajó la mirada un segundo, como si aquello le pareciera divertido.
—¿Y te decepcionó mucho descubrirlo?
—No bromees con eso.
Él volvió a mirarme lentamente. Y fue peor. Porque aquella vez no había burla en sus ojos.
—No estoy bromeando, Brisa —su voz salió mucho más seria—. Tú querías respuestas. Ya las tienes.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pesado. Asfixiante. Mis ojos recorrieron su rostro y se desviaron hacia sus labios un segundo antes de apartarse. Ritter lo notó de inmediato. Claro que lo hizo. Siempre lo notaba todo.
—Sigues mirándome igual —murmuró.
Fruncí el ceño.
—¿Igual cómo?
La comisura de su boca se curvó.
—Como si quisieras besarme otra vez.
Me tensé, pero de una forma extraña. No era miedo. Era otra cosa. Algo mucho más peligroso.
Porque, por primera vez desde que conocía a Ritter Meyer, sentía que el control no estaba completamente de su lado.
Y quería que él también lo sintiera. Quería demostrarle que no era el único capaz de hacer tambalear al otro.
Que no solo yo podía quedarme sin aire cuando se acercaba demasiado o decía algo indebido con esa voz baja y maliciosa.
Ritter Meyer no era tan inmune como aparentaba. Sonreí
.
No había nadie allí con nosotros. Nadie viendo. Nadie escuchando. Lo que ocurriera en aquella oficina podía quedarse exactamente ahí.
Así que decidí jugar.
Me incorporé lentamente del escritorio y lo rodeé bajo su mirada fija. Sentía sus ojos siguiéndome en cada paso que daba, atentos, oscuros, peligrosos.
Cuando quedé frente a él, Ritter ya se había enderezado por completo. Ahora sí estábamos demasiado cerca. Cara a cara. Sin apartarnos. Sin dejar de retarnos.
Alcé el mentón y sostuve su mirada sin titubear. Después apoyé una mano sobre su pecho lentamente. Sentí cómo su cuerpo se tensaba bajo mi contacto, pero no se apartó. Ahí estaba. La grieta.
Mis labios se curvaron un poco más al notarlo.
—Tú también me sigues mirando igual —murmuré en voz baja.
Los ojos de Ritter descendieron hasta mi mano sobre su pecho. Después volvieron lentamente a mis ojos.
—¿Y cómo te estoy mirando?
—Como si quisieras follarme sobre este escritorio.
Su sonrisa se ensanchó y entonces Ritter hizo algo que jamás había hecho conmigo.
Lentamente, extendió ambas manos hacia mi cabello.
Mi respiración se detuvo de inmediato. Sus dedos deshicieron la trenza con una calma desesperante, sin apartar los ojos de los míos ni un solo segundo.
El roce de sus manos contra mi cuello y mi espalda hizo que un escalofrío me recorriera completa.
Y cuando terminó... mi cabello cayó suelto sobre mis hombros.
Ritter observó el resultado unos segundos en completo silencio. Después acomodó mi cabello a ambos lados de mi rostro, dejando que descendiera por mi pecho. Sus dedos rozaron mi clavícula durante el movimiento y sentí cómo mi cuerpo entero se tensaba involuntariamente.
Él estaba demasiado cerca. Su pecho prácticamente rozaba el mío. Y yo estaba dejando que pasara.
Los ojos de Ritter descendieron lentamente hacia mi cabello oscuro antes de volver a mi rostro.
—Me encanta tu cabello suelto —murmuró en esa voz baja que parecía arrastrarse directamente por mi piel—. Es tan oscuro y precioso como tú.
—¿Siempre seduces así a tus víctimas o estoy recibiendo un trato especial? —susurré.
Mi corazón golpeó con fuerza contra mis costillas. Ritter inclinó la cabeza mientras seguía observándome como si estuviera intentando memorizarme. Como si aquella fuera la primera vez que realmente me veía.
Ritter sonrió un poco.
—¿A qué quieres jugar? —inquirió tan bajo y tan íntimo que todo mi cuerpo reaccionó ante su tono—. ¿A que soy el monstruo y tú la presa? ¿A que te persigo? ¿A que te obligo a ser mía?
—Me gusta mucho ese juego.
Me relamí los labios y bajé la mirada cuando sentí algo duro presionándose contra mi vientre. Su polla ya me dejaba ver cuánto le estaba jugando este juego.
—Te encanta tentar a la suerte, ¿cierto? —susurró.
—Me encanta tentarte a ti —Rocé sus labios con los míos—. Y me encanta mucho más cuando pierdes todo ese control conmigo.
La sonrisa de Ritter desapareció lentamente. Algo oscuro atravesó su mirada. Algo peligroso.
De pronto sentí algo frío y filoso deslizarse por mi muslo, por encima de la tela de mi pantalón. Mi cuerpo se quedó inmóvil al instante. No necesité bajar la mirada para saber lo que era. Una daga.
La deslizó lentamente hacia arriba, sin apartar los ojos de los míos. El metal recorrió mi pierna con una calma enfermiza hasta detenerse justo entre mis muslos. Casi le supliqué que la subiera hasta esa parte de mi cuerpo que no dejaba de palpitar.
Pareció escuchar mis pensamientos porque segundos después sentí el filo de la daga en mi intimidad y se me escapó un gemido bajo cuando él la presionó más contra mí.
—Ritter —gemí sin poder evitarlo.
—¿Ritter qué?
—¿No te estás muriendo por besarme? —le pregunté mirándolo; sus ojos brillando en lujuria al igual que los míos.
Su respuesta fue agarrarme con fuerza del cuello y mantenerme ahí. Se me escapó un jadeo ante la brusquedad con la que sus dedos se cerraron alrededor de mi piel. Ritter no apartó la mirada de la mía ni un segundo. Sus ojos oscuros estaban completamente encendidos ahora.
Lo reté con la mirada y sonreí contra su boca.
El aire abandonó mi cuerpo cuando él deslizó lentamente la daga por mi torso, recorriéndome con el filo por encima de la ropa hasta detenerla peligrosamente cerca de mi cuello.
—¿Ahora entiendes por qué deberías dejar de provocarme? —murmuró con la voz baja y ronca.
Mi corazón golpeaba demasiado rápido. Pero no quería retroceder. No con él mirándome así.
Y entonces hice algo que Ritter claramente no esperaba. Giré el cuerpo con rapidez aprovechando el mínimo descuido en la presión de su mano, atrapando su muñeca antes de que pudiera reaccionar. La daga cambió de dueño en un segundo.
Ritter soltó mi cuello de inmediato. Y al siguiente instante fue él quien terminó contra el escritorio.
La hoja quedó presionada justo debajo de su mandíbula. El sonido de su respiración pesada chocó directamente contra mis labios debido a lo cerca que habíamos quedado.
Sus ojos brillaron. Pero no con miedo.
Lentamente, deslicé la punta de la daga por la piel de su cuello mientras sostenía su mirada.
—¿Y si el monstruo soy yo? —susurré muy cerca de su boca—. ¿Y si... yo te traje hasta aquí solo para tenerte a mi merced y poder hacer lo que yo quiera?
La sonrisa de Ritter apareció despacio. Maliciosa. Completamente fascinado.