RITTER 16
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Recuerdos

—Deja de gritarme —exigió Liar.

Se veía impecable, como siempre. El cabello rubio peinado hacia atrás, la camisa negra remangada hasta los codos y esos vaqueros oscuros que parecían costar más de lo que yo tenía en la cuenta bancaria. Parecía uno de esos hombres ricos y perfectos que salían en las películas.

Y quizá por eso nadie notaba lo monstruoso que podía llegar a ser.

Solté una risa seca.

—¿Y por qué mierda haría eso? —espeté.

Liar metió las manos en los bolsillos y avanzó hacia mí con calma. Retrocedí por instinto. Odié haberlo hecho. Porque él lo notó. Liar siempre notaba cuando tenía miedo.

Su altura era intimidante, pero no era solo eso; era la manera en la que miraba cuando se enfadaba. La forma en que exigía respuestas como si tuviera derecho sobre mí. Como si incluso cuando él hacía algo horrible... la culpable terminara siendo yo.

Como en aquel momento.

—Brisa —murmuró con voz baja, peligrosa—. Será mejor que dejes de gritarme.

Dio otro paso. Esta vez no retrocedí.

Alcé la cabeza y lo encaré, aunque el corazón me golpeara fuerte contra las costillas.

—Claro —ironicé rodando los ojos—. Te encuentro con otra mujer y encima tengo que quedarme callada.

Liar soltó una risa suave. Divertida.

Como si todo esto le pareciera adorable.

Subió una mano y la dejó sobre mi mejilla. Sus dedos acariciaron mi piel lentamente. Sus ojos oscuros seguían clavados en los míos, y yo odiaba el efecto que tenían en mí.

Porque detrás de ellos siempre había algo malo. Algo cruel. Algo que aun así me hacía querer acercarme. Querer ser suya por siempre aunque me lastimara.

—¿Vas a dejarme? —preguntó en voz baja.

Su otra mano subió hasta mi rostro y me sostuvo entre ambas. Al principio el gesto pareció casi tierno, hasta que apretó. Fuerte. Lo suficiente para hacerme daño.

—Me estás... haciendo daño...

—No lo creo —susurró acercándose más e ignorándome—. No mereces a nadie más. Yo soy lo mejor que tienes.

Sentí el nudo regresar a mi garganta.

Quería apartarlo. Empujarlo. Golpearlo. Pero Liar era más fuerte que yo. Más inteligente. Más cruel.

Y se encargaba de recordármelo constantemente.

—Déjame ir —murmuré.

Y me odié por cómo sonó mi voz. Débil. Cansada. Me odié por seguir ahí. Por permitir que me hiciera sentir pequeña.

Por soportar sus desplantes.

Por tener siempre ganas de llorar cuando estaba cerca.

Liar sonrió como si acabara de escuchar exactamente lo que quería.

Se inclinó hasta quedar a mi altura.

—No —susurró cerca de mis labios—. Tú te quedas aquí. Conmigo. Por siempre.

Mi respiración se quebró un instante.

Pero aun así negué lentamente con la cabeza.

—No.

Lo aparté de mi cuerpo con toda la fuerza que tenía y, sorprendentemente, logré hacerlo retroceder un paso.

No lo pensé dos veces. Me giré con la única intención de largarme de allí. Pero apenas alcancé a moverme cuando la mano de Liar se cerró alrededor de mi brazo y me jaló bruscamente hacia atrás.

Solté un jadeo ahogado.

Mi espalda chocó contra su pecho y, segundos después, sus brazos me rodearon atrapándome por completo. Me giró hacia él, una de sus manos subió hasta mi mandíbula y me obligó a alzar el rostro.

Forcejeé, intenté apartarlo, le golpeé el brazo, pero era inútil. Con él siempre era inútil. Liar siempre terminaba ganando. Sus ojos oscuros brillaban llenos de ira mientras me miraba, y aquella expresión ya me resultaba demasiado familiar.

No me sorprendió cuando levantó la mano. Tampoco me sorprendió el golpe. La bofetada impactó contra mi mejilla con fuerza suficiente para hacerme tambalear.

El ardor llegó segundos después. Me quedé quieta, respirando agitadamente. No era la primera vez que me golpeaba. Habían sido tantas veces que ya ni siquiera podía contarlas. Cuando se enfadaba. Cuando hacía algo que no le gustaba. Cuando, según él, me lo merecía.

—No tienes derecho a reclamarme nada —escupió con fastidio. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con desprecio—. No después de comportarte como una zorra con Marcus. Solo te di a probar tu propia medicina.

Fruncí el ceño y llevé una mano temblorosa hasta mi mejilla.

Me ardía. Joder, cómo me ardía.

—¿Te estás escuchando, maldito enfermo? —grité furiosa. Vi el momento exacto en el que perdió todavía más la paciencia—. ¡Es tu amigo! ¡Y era él quien no dejaba de insinuárseme!

—¡Por algo habrá sido! —rugió de vuelta.

Sentí una risa incrédula escaparse de mis labios.

—¿Y qué si así fue? Tú estás demasiado ocupado acostándote con cualquier mujer que se te cruce enfrente. No debería importarte si yo hago lo mismo.

Liar me agarró por los hombros con brutalidad. Sus dedos se clavaron en mi piel mientras acercaba su rostro al mío.

—¡Eso no te importa! —espetó—. Deja de actuar como una maldita niña caprichosa. No me hagas perder la paciencia.

Sentí las lágrimas acumularse de pura rabia.

—¿Al menos usas un maldito condón? ¿Te estás cuidando o también tengo que preocuparme de una ETS?

El silencio duró un segundo. Después llegó el golpe. Pero esta vez no fue una bofetada. Su puño impactó directamente contra mi nariz. El dolor explotó en mi rostro de inmediato.

Grité.

Llevé las manos a mi nariz temblando mientras sentía la sangre deslizarse entre mis dedos. Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Rabia. Humillación. Miedo. Todo junto. Liar ni siquiera pareció afectado por verme así. No hubo arrepentimiento en su rostro. Nada. Solo fastidio.

Me empujó con fuerza hasta que caí de espaldas sobre la cama. El colchón se hundió bajo mi cuerpo y antes de que pudiera reaccionar él ya estaba encima de mí, aprisionándome con su peso.

Mi respiración se aceleró de inmediato.

—Suéltame —murmuré intentando moverme debajo de él.

Liar sujetó mis muñecas por encima de mi cabeza con una sola mano.

—Mírate —susurró observando mi rostro empapado en lágrimas y de sangre—. Siempre terminas así, y es tu culpa.

Giré la cara intentando apartarme de él.

Lo odiaba. Lo odiaba tanto que sentía el pecho arderme.

Pero aun así seguía atrapada allí, porque no solo lo odiaba. Una parte enferma y masoquista de mí, también lo quería.

Me moví debajo de su cuerpo, desesperada por tomar aire. La sangre seguía bajando por mi nariz y ya me costaba respirar con normalidad.

—Es bueno que recuerdes quién eres —murmuró.

Su rostro quedó frente al mío. Algunos mechones rubios habían caído sobre su frente y sus ojos oscuros seguían observándome con esa frialdad insoportable.

—Por favor —supliqué totalmente rota.

—No mereces nada —continuó en voz baja—. Y aun así, yo te lo estoy dando todo.

Sentí ganas de vomitar. Quise empujarlo. Quitarme su peso de encima. Desaparecer.

Pero lo único que vino a mi mente fueron todas las veces que me había dicho exactamente lo mismo.

Y lo peor era que, en el fondo, una parte rota de mí todavía le creía.

Porque cuando Liar se fijó en mí, ni siquiera yo entendía por qué. Él podía tener a quien quisiera. Y aun así me eligió a mí.

Su madre incluso llegó a decirle más de una vez que yo sería su ruina.

Y pensar en eso...

Dios.

Pensar en eso era lo único que me daba algo de satisfacción.

Porque ojalá fuera verdad.

Ojalá yo terminara destruyéndolo como él me estaba destruyendo a mí. Lo miré directamente a los ojos aun con lágrimas cayéndome por el rostro.

—Te prometo... —susurré con la voz quebrada—... que todo el daño que me has hecho... lo vas a pagar.

Él soltó una risa baja.

Cruel.

Después inclinó la cabeza, mirándome como si acabara de escuchar la estupidez más grande del mundo.

—¿Tú vas a hacerme pagar?

—Sí.

La sonrisa desapareció lentamente de sus labios. Su mano descendió hasta mi cuello y sus dedos se cerraron alrededor de él, despacio.

Sin apretar todavía. Solo recordándome que podía hacerlo. Que podía romperme cuando quisiera.

—No, amor —murmuró cerca de mi boca—. Tú nunca vas a dejarme. Porque aunque me odies... sigues siendo mía.

Él bajó la cabeza lentamente hasta que su frente rozó la mía. Algunos mechones de su cabello cayeron sobre mi rostro y cerré los ojos un instante.

Odié que mi cuerpo reaccionara así. Odié que, incluso después de todo, todavía reconociera el suyo. Era como si se hubiese acostumbrado a él de una forma enfermiza.

Sus labios encontraron los míos con brusquedad. Exigentes. Dominantes. Como si me estuviera reclamando.

La sangre que seguía bajando de mi nariz terminó manchando también su boca, pero a Liar no pareció importarle en absoluto, al contrario, sus dedos se aferraron más fuerte a mis muñecas mientras profundizaba el beso.

Sentí el pecho arderme de rabia. Giré el rostro intentando apartarme.

—Déjame —grité furiosa, con la voz rota.

Liar soltó una risa baja contra mis labios. Después volvió a acercarse hasta quedar a milímetros de mi boca.

—Nunca, mi dulce Brisa —susurró.

20 de noviembre, 2026

Nueve días antes del suceso...

Seguíamos sin tener demasiadas respuestas a todo lo que estaba sucediendo.

Mi mente seguía vuelta un caos. Mi pasado y mi presente me estaban volviendo loca.

Con todo lo sucedido no podía dejar de pensar en Liar y en sus promesas de que nunca me dejaría.

Él no podía ser. No. Estaba muerto. Yo... me aseguré de eso.

Me tensé ante el pensamiento y ante... la posibilidad.

—Sí, la estaba siguiendo —la voz de Navaja mientras hablaba por teléfono me sacó del trance—. Ella no lo notó. No lo sé. No la he dejado sola desde entonces. Sí, está aquí. No sé dónde está, le perdí la pista. Obviamente ella quiere irse.

Oh, sí. Un chico con uniforme del psiquiátrico me estuvo siguiendo todo el día y no lo noté. Me topé con Navaja mientras caminaba como zombi y él fue quien se dio cuenta. No lo reconoció, así que el uniforme era solo un disfraz.

—¿Con quién...

No terminé de hablar porque la puerta de mi habitación se abrió de golpe y Ritter Meyer apareció con un teléfono pegado a la oreja. Genial.

—Vete —le ordenó a Navaja.

—No creo que sea muy buena idea que te quedes...

—No te estoy pidiendo tu puta opinión, Navaja. Lárgate.