RITTER 15 #2
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15 #2

El silencio se rompió en mil pedazos. Se levantó de la silla de golpe. En dos pasos ya estaba frente a mí. Demasiado cerca. Se metió entre mis piernas y me agarró el rostro con fuerza, obligándome a mirarlo.

Sus dedos se hundieron en mi piel.

—¿Es su culpa que tu hermano la golpeara de ese modo? —gruñó—. ¿Es su culpa que su propio hijo haya acabado con su vida?

Sus ojos ardían, llenos de ira, pero no aparté la mirada. Sonreí con malicia.

—No es su hijo como tal.

—Ella les dio una familia —replicó, apretando más fuerte mi rostro—. Los acogió cuando nadie más los quería. Ni siquiera su padre biológico.

Apreté los dientes. Mi cuerpo se tensó por completo. Sabía exactamente dónde golpear. Siempre lo había sabido.

Llevé mis manos a sus muñecas y me solté de su agarre con un movimiento seco.

—Ella sabía cómo era Hansel —Di un paso hacia él.

Esta vez fui yo quien invadió su espacio—.

Sabía hasta dónde podía llegar —Otro paso—.

Y aun así... lo empujó hasta quebrar todos sus límites.

Así que deja de hacerla la inocente. Sabes perfectamente lo que hacía conmigo cuando no podía hacerlo con Hansel.

Tú lo sabes. Te cansaste de ver hombres entrar a esa casa por mi culpa.

Te cansaste de que yo no fuera solo para ti, ¿cierto?

El cambio en su expresión fue inmediato. Oscuro. Violento. Y entonces pasó.

Su mano impactó contra mi mejilla con tanta fuerza que mi cabeza se giró hacia un lado. El zumbido en mis oídos me dejó aturdida por unos segundos.

Después me empujó. Mi espalda chocó contra el escritorio y los papeles cayeron al suelo. El aire se me escapó de golpe y supe exactamente lo que venía después.

Siempre lo sabía.

Dejé la vista fija en el techo mientras él tiraba de mi ropa con brusquedad. Escuché el sonido metálico de la cremallera de su pantalón y cerré los ojos un segundo.

Solo mira el techo, Joe.

Solo mira el techo.

Sentí su peso caer sobre mí.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente; intenté apartarlo con un golpe torpe, pero él se movió. Solo soltó un gruñido irritado contra mi oído. Y entonces dejé de pelear. No porque quisiera, sino porque estaba cansada. Cansada de luchar contra algo que llevaba años ocurriendo.

Me quedé inmóvil.

Vacía.

Contando las grietas del techo para no pensar. Para no sentir. Para no recordar.

El tiempo pasó lento, asfixiante, hasta que finalmente él se apartó. Escuché cómo acomodaba su ropa mientras yo seguía mirando hacia arriba, rígida, sintiendo el asco pegado a la piel.

—Y luego vienes y dices que esto no es tu culpa —murmuró con desprecio—. Que no te gusta. Que "no" es no.

Soltó una risa baja. Enferma.

Emití un sonido poco perceptible.

—Tú no me sabes a un no, Joe. Tu negativa suena más a una súplica para que no me detenga.

Apreté los dientes con fuerza, tanta que sentí la mandíbula dolerme. Giré lentamente la cabeza hacia él.

—Te voy a matar —prometí en voz baja. Sin gritar. Sin temblar.

Él sonrió con esa arrogancia que yo odiaba tanto. Con esa seguridad asquerosa de quien se cree intocable.

—¿Tú y cuántos más?

—Solo yo —Tomé su barbilla con fuerza, clavándole las uñas en la piel. Lo obligué a mirarme—. Vas a mirarme a los ojos mientras suplicas que te mate. Ya lo verás, tío. Cuídate. Es cuestión de tiempo.

Sus labios se curvaron.

—¿Te crees capaz de matarme?

—Tengo toda la motivación para hacerlo.

Lo solté con brusquedad.

Bajé del escritorio mientras recogía mi pantalón del suelo y me lo colocaba rápidamente. Él, en cambio, ya se había sentado otra vez detrás del escritorio. Como si nada hubiese pasado. Como si destruir personas fuese parte de su rutina diaria.

Tomó una pluma y siguió firmando papeles con absoluta tranquilidad. Eso fue lo que más odié. No el dolor. No el asco. Sino lo normal que era para él.

Le sostuve la mirada por unos segundos más, dejando que viera todo el odio que llevaba años creciendo dentro de mí. Después salí de la oficina. La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco.

Y entonces mi cuerpo dejó de responder.

Las piernas me temblaban tanto que tuve que detenerme a mitad del pasillo y apoyarme contra una pared. Sentí el estómago revolverse. El aire dejó de entrar correctamente en mis pulmones. Todo dentro de mí parecía desmoronarse al mismo tiempo.

Cerré los ojos. Respiré una vez. Dos. Tres. Apoyé la cabeza contra la pared fría.

—¿Estás bien?

Abrí los ojos de golpe. Un chico estaba frente a mí.

Llevaba una botella de agua entre las manos. Mi mirada cayó automáticamente sobre ella.

Él lo notó. Sin decir nada, me la tendió. La tomé enseguida y bebí casi desesperadamente. El agua fría me ayudó a volver un poco a la realidad. Cuando terminé, levanté la vista hacia él.

No sonreí. No dije gracias, pero él pareció entenderlo de todas formas. Le devolví la botella y seguí caminando. Todavía me dolía todo, por dentro y por fuera. Pero al menos podía soportarlo de nuevo.

Mientras avanzaba por el pasillo...

Recordé a Hansel.

—¿Alguna vez reconociste a un ser sin sentimientos

lo viste? —me preguntó una vez mientras jugábamos cartas en su habitación.

Dejé las cartas sobre la cama y lo miré confundida.

—No.

Hansel acomodó una carta entre sus dedos.

—Deberías. Son las personas más peligrosas.

Su voz sonó tranquila. Demasiado tranquila.

—Parecen buenas. Sus rostros angelicales, sus miradas llenas de culpa, arrepentimiento, empatía... —soltó una pequeña risa—. Somos perfectos fingiendo.

Fruncí el ceño.

—¿De qué hablas?

Hansel señaló hacia la ventana con la cabeza. Seguí la dirección de su mirada. Una chica caminaba afuera junto a Amaya. Cabello oscuro. Piel pálida. Mirada perdida. Era nueva.

Algo hizo clic dentro de mí. Y supe, por la expresión de Hansel, que él también lo había notado.

La había reconocido antes que yo.

—Es Brisa... —murmuré lentamente—. Esa es Brisa Jones.