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Sentimientos contradictorios

Joe

—¿Por qué le mentiste? —pregunté furiosa.

Hansel se encogió de hombros, como si la pregunta fuera irrelevante. Como si nada de esto importara realmente.

—No le veía el caso a decir que no fui yo cuando ella cree que sí.

Apreté los dientes. Solté el aire con frustración y enterré las manos en mi cara. Sentía que iba a perder la cabeza. Todo se estaba desmoronando demasiado rápido.

—Tú no mataste a Emily —murmuré, aún escondida tras mis manos.

Una risa baja salió de él. Suave pero molesta. Levanté la cabeza de golpe. Ahí estaba. Atado, como si fuera un animal. Y aun así... parecía el único con el control de la situación.

Mis ojos recorrieron las ataduras en sus muñecas, en sus tobillos. La tela acolchada. La forma en que lo mantenían inmóvil.

—Joe —pronunció mi nombre con esa calma suya que me desesperaba. Levanté la mirada hacia él. Me estaba sonriendo—. Esto lo hago por ti. Aguanto esto por ti.

Sentí algo retorcerse dentro de mi pecho. No quería eso. No quería que estuviera ahí por mí, pero, sobre todo, no quería deberle algo así. No a Hansel. Aunque fuera mi hermano.

—No te pedí que hicieras esto —espeté.

—No, pero lo necesitas.

Silencio. Pesado. Incómodo.

—Hansel...

—Yo planeo y tú ejecutas, ¿recuerdas? —dijo entonces, cerrando los ojos un segundo antes de volver a abrirlos—. Siempre ha sido así.

Negué con la cabeza, dando un paso atrás.

—Esto no es un juego, Hansel.

—Nunca lo fue.

Su tono cambió.

—El momento que tanto esperamos está aquí —añadió—. Ella ya está aquí. Ya es hora de hacerlo.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Estoy en la mira ahora. Todos sabrán que fui yo.

Hansel ladeó la cabeza, estudiándome. Como si evaluara cuánto podía decir... y cuánto no.

—Tranquila —murmuró—. Estarás bien.

Apreté los puños. Él sonrió. Pero no fue una sonrisa bonita. Fue... torcida. Oscura.

Y por primera vez... sentí miedo. No por él, sino por todo lo que venía después.

—No me importa estar bien. Lo único que quiero es sacarte de aquí. Yo te necesito ejecutando conmigo, Hansel —murmuré.

Me acerqué hasta él y, como hacía siempre, me arrodillé entre sus piernas. Llevé mi mano a su mejilla. Su piel seguía siendo suave, familiar. Aquel gesto... era lo único que Hansel permitía. Y, aun así, siempre parecía demasiado.

—No, Joe —susurró él—. Tú me necesitas aquí. Es parte del plan.

Alejó el rostro de mi mano, y supe que ya había sido suficiente contacto.

Siempre lo era.

—El plan puede irse a la mierda.

No soportaba verlo así. Atado. Controlado. Reducido a algo que no era él. Era mi hermano. Lo único que tenía. La única persona que no me había soltado nunca. Y la idea de perderlo en uno de esos "trabajos" para el rector me estaba matando lentamente.

—No —me dijo, seco. Levanté la mirada. Sus ojos estaban clavados en los míos. Había furia en ellos, y algo que me hizo quedarme quieta—. Terminaremos con esto y luego saldremos de aquí, Joe.

—Pero...

—Él y toda su familia nos hicieron mierda —me interrumpió—. Es momento de que paguen.

Su mirada se desvió hacia la pared, como si estuviera viendo algo que yo no podía.

—Yo puedo aguantar más tiempo.

Y lo sabía. Sabía que podía. Ese era el problema. Siempre podía aguantar más. Más dolor. Más mierda. Más todo. Pero yo no.

Yo no soportaba verlo así.

—Aguanta un poco más —le pedí, casi en un susurro—. Lo haré esta noche.

Hansel asintió despacio.

Luego se arrastró hacia atrás hasta quedar con la espalda apoyada en la pared. Las cadenas tintinearon suavemente. El sonido me revolvió el estómago.

—Créeme —murmuró—. Podría durar años aquí. Estoy mejor aquí, Joe. No le hago daño a nadie.

—Tú no eres tan malo —susurré—. Nadie te conoce como debería.

Hansel soltó una pequeña exhalación por la nariz. No era una risa. Tampoco un suspiro. Algo intermedio.

—No quiero que nadie me conozca.

—Él te hace hacer cosas así de crueles.

Hansel ladeó la cabeza. Sus ojos se posaron en mí, tranquilos. Demasiado tranquilos.

—No lo haría si no quisiera —admitió, y por un segundo sus labios se curvaron en una sonrisa débil—. Yo soy un caso perdido. Tú no.

Sentí el golpe de esas palabras directo en el pecho. Quise responder. Quise decirle que estaba equivocado, que yo también estaba rota. Que yo también era un caso perdido. Que no había nada que salvar en mí.

Pero no lo hice.

Porque lo conocía.

Y sabía que, si había algo que Hansel quería con todas sus fuerzas... era que yo no terminara como él. Que su "hermanita pequeña" tuviera algo distinto.

Algo mejor. Aunque él tuviera que pudrirse para conseguirlo.

Solté el aire lentamente. Me puse de pie. Forcé una pequeña sonrisa que ni yo misma sentía.

—Te amo, hermano.

Hansel no respondió. Ni siquiera me miró. Desvió la vista hacia otro punto de la habitación, como si yo ya no estuviera ahí. Siempre era así.

El afecto...

Nunca fue lo suyo. Ni siquiera estaba segura de que supiera sentirlo. Hansel había aprendido a rechazarlo. A odiarlo. A destruirlo antes de que pudiera tocarlo.

Cada casa de acogida… Cada familia... Cada "nuevo comienzo"...

Lo rompía un poco más. Un poco más frío.

Un poco más vacío. Hasta que dejó de intentar.

Hasta que dejó de sentir. Pero fue la última familia la que terminó de destruirlo.

Ellos nos hicieron daño. Nos moldearon. Nos empujaron hasta convertirnos en esto.

A él... en alguien incapaz de sentir. A mí... en alguien incapaz de escapar. Todo había empezado ahí. Y todo iba a terminar ahí. Porque lo prometimos. Y nosotros... nunca rompíamos promesas. Porque a mí también me habían hecho daño.

Me habían enseñado a callar. A tragar. A desaparecer durante tanto tiempo... que cuando por fin pude hablar... ya no quise hacerlo. ¿Para qué? Las palabras no servían de nada. No cambiaban nada. No deshacían lo que ya estaba hecho. No limpiaban lo que ya estaba podrido.

Así que dejé de necesitarlas.

Porque lo único que quedaba dentro de mí...

no era dolor. No era tristeza. Era algo peor.

Mucho peor. Era una sed. Una que no se apagaba.

Una que crecía con cada recuerdo, con cada mirada, con cada maldito silencio.

Venganza. Pura. Fría. Me latía en el pecho como si fuera lo único que me mantenía viva.

Y entonces... un recuerdo demasiado crudo me arrasó.

—Date la vuelta —dijo esa voz que tanto odiaba, pegada a mi oído, mientras sus manos me sujetaban por la cintura.

No me moví.

Nunca me movía.

Así que él lo hizo por mí.

Me giró de golpe, sin cuidado, como si mi cuerpo no fuera mío. Quedé con las piernas sobre sus hombros, sus ojos se desviaron hasta mi intimidad expuesta y brillaron—. Eres hermosa.

No lloré, ni emití queja alguna. Solo me quedé callada aguantando cada cosa que él le hacía a mi cuerpo. Giré la cabeza solo para no verlo mientras cerraba los ojos, y soltaba gruñidos de placer. Lo sentía entrando y saliendo de mi interior sin coordinación y con una fuerza que me lastimaba.

Volví a la realidad con la voz de Hansel.

—Debes irte.

—Volveré pronto.

Me giré y salí de allí. Caminé por los pasillos del psiquiátrico con las manos dentro de los bolsillos de mi pantalón. Me crucé con varias caras conocidas que no se molestaron en saludarme porque sabían que no iba a responder.

No estaba allí para hacer amistades, no las necesitaba. Solo necesitaba una cosa, y estaba a punto de obtenerla.

Y eso era lo único que me mantenía viva.

Salí del edificio. El aire frío me golpeó el rostro, pero no reaccioné. Entonces la vi a lo lejos. Brisa. Tenía algo en las manos. Entrecerré los ojos. La foto.

Una de las fotos, las que había dejado en la habitación que compartíamos antes de que todo saliera a la luz. Antes de que supiera quién era Hansel. Antes de que supiera quién era yo realmente.

Brisa fruncía el ceño, concentrada, analizando, pensando. Le estaba dando vueltas. Y entonces...

Alzó la mirada directo a mí como si hubiera sentido mi presencia. Sus ojos se achicaron. Desconfiada. Volvió a mirar la foto. Luego a mí. Otra vez.

Y lo entendí.

Estaba encajando las piezas. Cerré los ojos un segundo. Solo uno. Cuando los abrí... sonreí. Leve. Precisa. Calculada.

Era un mensaje.

Uno muy claro.

Si reconoces a la tercera persona... eres tú.

Vi el momento exacto en el que la duda se transformó en algo más. Algo más oscuro. Algo más peligroso. Y entonces seguí caminando, como si nada. Entré al edificio principal sin detenerme. Subí los escalones y crucé el pasillo. Directo. Sin dudar. Sin frenar.

Llegué a la oficina del rector. No toqué. Nunca lo hacía.

Abrí la puerta.

Y entré.

Estaba sentado mientras leía un montón de papeles. Su vista se alzó y se encontró con mis ojos.

—¿Qué haces aquí? —inquirió sin mirarme.

Caminé hacia su escritorio, me senté sobre el mismo y hojeé unos cuantos papeles antes de hablar.

—¿Qué está pasando con Brisa Jones?

—¿Qué está pasando de qué?

Miré su rostro y lo odié mucho más. Sentí unas ganas horribles de coger uno de esos bolígrafos que él usaba y clavárselo en uno de sus ojos. No era mi tío biológico. Solo era el hermano de la mujer que nos adoptó a Hansel y a mí. Nuestra madre adoptiva. Una de las peores personas que he conocido.

—No seas estúpido.

—Respétame, Joe —me advirtió, muy serio.

—¿Por qué, si me follas igual? —Rodé los ojos. Me levanté del escritorio, lo rodeé y me detuve frente a él—. No entiendo por qué debería respetarte. Haga lo que haga, al final sigo siendo tu favorita.

—Joe... —advirtió, dejó de firmar los papeles, se giró en la silla rotatoria y me miró—. No me hagas enojar. ¿Qué es lo que quieres?

Solté una risa. ¿Lo que quería?

Matarlo.

Me encogí de hombros, y después levanté las manos en el aire.

—Vine a visitarte, tío. Quiero saber cómo está mamá.

Se tensó. Fue sutil, pero lo vi. Sus dedos dejaron de moverse sobre el escritorio y su mirada se alzó de golpe hacia mí.

—¿Cómo crees que está? —escupió, con la rabia filtrándose sin ningún intento de ocultarla—. Postrada en una cama, sin siquiera poder comer por su cuenta, muerta en vida.

No aparté la mirada. No pestañeé.

—Es su culpa.