14 #2
Navaja lo notó al instante.
—Brisa...
No me moví. Él frunció el ceño, abrió la puerta de golpe y luego me miró, confundido.
—¿Qué te pasa?
No respondí, así que simplemente me tomó del brazo y me jaló hacia adentro. Y entonces los vi.
Ritter.
Carolina.
Y Rayner.
Los tres dentro de mi habitación.
Esperando.
Primero me fijé en Carolina. Estaba sobre la cama de Joe leyendo unas hojas, parecía muy concentrada. Rayner tenía entre sus manos el celular que Amaya usaba de forma clandestina. Ritter estaba cruzado de brazos como si analizara algo.
Me tensé cuando sus ojos cayeron sobre mí.
Me tensé aún más cuando me di cuenta de que estaba mirando fijamente mi rostro.
Joder. Mi mejilla.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
—Estamos averiguando quién asesinó a Amaya —murmuró Carolina, distraída—. Creemos que no es la misma persona que envía las advertencias.
—¿Por qué no es la misma persona? —volví a preguntar.
—En este caso tenía tu nombre en el pecho, no la palabra inefable. Además, la persona que asesinó a Amaya debió ser alguien a quien ella conocía.
Quise preguntar por qué, incluso abrí la boca para hacerlo, pero la voz de Rayner me interrumpió.
—Encontré mensajes borrados. Una persona le enviaba muchos textos. Obligaban a Amaya a tratar mal a Brisa y la extorsionaban con algo que no se menciona aquí —Suspiró hondo, parecía en sus aguas—. Los mensajes fueron enviados desde aquí mismo. El hospital psiquiátrico.
Navaja me tendió algo.
—Es para ti.
Bajé la mirada.
Era una carta.
El simple hecho de verla hizo que algo dentro de mí se tensara. Mis dedos dudaron un segundo antes de tomarla, como si ya supiera que no iba a gustarme lo que había dentro.
La abrí en silencio.
Y empecé a leer.
Para Brisa Jones:
Cuídate. No sé por qué, pero alguien aquí dentro quiere hacerte daño, mucho daño. Escribo esto porque sé cómo terminaré y no quiero que sientas culpa. No es tu culpa.
Sentí cómo el aire se me quedaba atascado en el pecho.
¿Recuerdas ese día cuando Ritter estuvo en nuestra habitación porque quería hablar contigo? Lo siento, yo le pedí ayuda. Yo le pedí que te ayudara a encontrar a ese loco asesino porque sabía que yo no podría hacerlo.
Mis manos empezaron a temblar.
Lentamente.
Incontrolablemente.
Y sí ahora, cuando las cosas se están poniendo feas, los miras a los cuatro juntos... es porque no trabajan solos.
Un pitido agudo comenzó a llenar mis oídos.
Perdón por irme tan pronto.
Amaya.
El papel se me resbaló ligeramente entre los dedos. Amaya sabía que algo iba a pasar. Y no me dijo nada. Levanté la mirada, lentamente. Ritter. Carolina. Rayner. Y Navaja... Los cuatro, juntos. Tal como ella había escrito.
—¿Por qué ella les pidió ayuda? ¿Por qué ustedes están... —Miré a Navaja sin entender nada—. ¿No eran enemigos o algo así?
El silencio que siguió fue inmediato.
Pesado.
Incómodo.
Navaja soltó mi mano despacio, como si de pronto ya no supiera si debía seguir sosteniéndome.
Carolina desvió la mirada.
Rayner... ni siquiera parecía sorprendido. Estaba apoyado contra la pared, con esa expresión suya de siempre, como si todo esto fuera exactamente lo que esperaba que pasara.
Pero fue Ritter quien habló.
—Lo somos —respondió, seco.
—Ritter... —intervino Carolina.
—Que te lo estés follando no cambia nada, Carolina —la cortó, seco.
Fruncí el ceño; me importaban muy poco sus problemas personales, yo solo quería que alguien me aclarara todas las dudas que tenía en mi cabeza en aquel momento.
—Entonces explícame por qué mierda están todos aquí —exigí, sintiendo cómo la rabia empezaba a mezclarse con la confusión—. ¿Qué hacen juntos?
Ritter dio un paso hacia adelante.
—Porque hay cosas que son más importantes que nuestras diferencias.
Ellos siguieron revisando cosas en la habitación, moviendo objetos con prisa, como si el tiempo se les estuviera acabando. Escuché decir a Carolina que pronto vendrían a llevarse las cosas de Amaya y, con eso, también se llevarían pruebas.
Yo casi no podía concentrarme. La mejilla y el labio me ardían. Amaya estaba muerta.
Mi vida, en general, era un desastre.
Me tensé cuando sentí a una persona detenerse frente a mí. Ni siquiera necesité levantar la mirada para saber de quién se trataba. Su olor se coló por mis fosas nasales y, aunque no quise, aspiré su aroma.
—¿Qué te pasó? —inquirió.
Finalmente levanté la mirada hacia él.
Ritter me estaba escudriñando. Su vista fija en mi mejilla y labio. Su cuerpo tenso. Sus ojos chispeantes por algo que no pude entender.
Instintivamente aparté la cara.
—Nada —mentí.
—Mírame —ordenó. No lo hice—. Brisa, te estoy diciendo que me mires.
Su tono bajó y se volvió más peligroso.
—Estoy bien —insistí.
Error. En un segundo lo tuve enfrente.
Demasiado cerca. Su mano se alzó y, sin tocarme del todo, ladeó
mi rostro para ver mejor el golpe.
—Eso no es "estar bien".
—No es asunto tuyo.
Intenté apartarme, pero su mano me mantuvo quieta. Sentí mi cuerpo entero reaccionar a su toque. Joder. En un momento como aquel, ¿qué demonios me pasaba?
—¿Quién. mierda. te. hizo. eso?
Tragué saliva.
—No lo sé bien —mentí a medias, bajando la mirada—. Solo fue un chico... en el servicio de Amaya.
Silencio.
Cuando volví a mirarlo su expresión había cambiado. Ya no era solo molestia. Ahora era frío.
Decidido.
—Es suficiente para mí.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Ritter...
—Considéralo muerto —me cortó y yo me petrifiqué.
—¿Qué...
—Nadie puede ponerte una mano encima sin sufrir las consecuencias. Nunca.
Se apartó de mí como si nada, como si no acabara de sentenciar a alguien, como si no acabara de dejarme sin aire.
—Ahí está —dijo entonces la voz de Rayner rompiendo el momento.
Yo me quedé ahí con la piel ardiendo. Pero no por el golpe, sino por lo que acababa de pasar. Rayner se agachó y miró debajo de la cama de Joe. Extendió su mano y sacó una pequeña caja. La abrió y ante nosotros apareció un celular y unas fotos.
Me acerqué y, al igual que Rayner, me senté en la cama. Carolina, Navaja y Ritter estaban de pie a nuestro lado.
Rayner cogió el celular, y yo tomé las fotos entre mis manos.
En las fotos había tres niños. Sonriendo. Felices. Demasiado felices.
Mi respiración se volvió más lenta.
Los reconocía.
No sabía de dónde... pero los reconocía.
Hansel.
Joe.
Y el tercero...
No supe si era un niño o una niña. Pero había algo en su rostro que me erizaba la piel. Algo que mi cabeza intentaba recordar... y no podía.
—Ella no envió los mensajes que le llegaban a Amaya —dijo Rayner, concentrado en el celular—. Pero aquí hay un video.
Todos se acercaron.
Yo me arrastré un poco más sobre la cama, sin soltar las fotos. Rayner le dio a reproducir.
La imagen apareció temblorosa.
Joe estaba tendida en una cama, con las manos y los pies atados. Estaba desnuda y el... rector estaba sobre ella.
Mi estómago se revolvió. Sentí náuseas, rabia y asco. Todo al mismo tiempo. Pero lo peor... no era él. Era ella. Joe no gritaba, no se movía, no intentaba escapar, no había resistencia.
No había reacción. Solo... estaba ahí. Como si su cuerpo ya no le perteneciera, como si aquello fuera parte de algo que ya conocía demasiado bien.