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Unión peligrosa

—Amaya era una jovencita llena de vida que murió muy pronto.

Miré el ataúd frente a todos nosotros y un sollozo salió de mis labios sin poder evitarlo. El lugar donde se suponía debía estar el padre de Amaya estaba vacío.

Yo seguía en una especie de trance donde solo escuchaba, pero no entendía nada.

—Pobre chica —escuché decir a uno de los profesores.

—Siempre estuvo dispuesta a ayudar —continuó la vicerrectora—. Hoy el hospital psiquiátrico está de luto ante otro suicidio. La pena cubre nuestra institución y nos sentimos muy tristes al respecto.

Todos en el lugar me miraban. Eran miradas acusatorias y llenas de odio. Sabía que recordaban mi nombre en el pecho de Amaya. Eso era suficiente para culparme. Los del psiquiátrico debieron suponerlo también, pero... ¿por qué no habían hecho nada?

Ella murió por mi culpa.

El lugar se quedó en silencio por unos segundos, y luego una mujer subió y tomó el lugar de la vicerrectora.

—Amaya, o como me gustaba llamarla, Aya, tenía muchos problemas y como su psiquiatra la entendía.

—La mujer dio una mirada a todos—. Me duele despedirla de este modo.

Ella quería salir de aquí y ser feliz. Ella lo merecía después de haber sufrido tanto.

Pero... no aguantó el dolor. Me hubiese gustado poder ayudarla mejor.

Ella y yo no éramos las mejores amigas y no nos llevábamos tan bien, pero su muerte me dolía mucho. Quizá era la culpa o que, en tan poco tiempo, le tomé un cariño especial. O quizá ambas.

Mientras una lágrima rodaba por mi mejilla y sin prestarle demasiada atención a nadie, me puse de pie y caminé hasta el ataúd. Amaya estaba dentro. Me gustaría decir que tenía una expresión de paz en el rostro, pero no era así. Se veía como que... antes de morir estaba muy asustada.

Observé su pálida piel y su cabello azul a ambos lados de su cara. Era tan bonita.

Un chico, que recordaba de la noche anterior como el que Amaya se estaba follando casualmente, se detuvo a mi lado.

Fue el último en verla con vida y lo único que dijo al respecto fue que se separaron tras darse unos cuantos besos.

A pesar de haber sido la última persona en verla con vida, nadie parecía culparlo, pero yo sí lo hacía.

Yo sí lo creía culpable. Quizá no la mató, pero sí la dejó sola.

—Pobrecita —susurró más para sí mismo que para mí.

—¿Pobrecita? —le pregunté, incrédula. Todo el enojo se me subió de golpe y lo empujé—. Tú no debiste dejarla. ¡No debiste dejarla sola! ¡Eres un puto idiota!

Sus ojos se abrieron de par en par, recomponiéndose. Esta vez, quien me empujó fue él.

—¿Yo soy el culpable, estúpida? —gritó igual de alto que yo.

—¡No tenías que dejarla sola! —volví a gritar, más alterada que antes—. ¡Ojalá hubieses sido tú y no ella!

Parecí haber tocado una fibra sensible porque lo siguiente que sentí fue una bofetada y un empujón.

Sin poder creérmelo, me toqué la mejilla.

Me ardía, me ardía mucho, joder. Con las manos temblorosas las aparté de mi mejilla y las puse frente a mis ojos: sangre.

Había sangre entre mis dedos. Sentí la mejilla ardiendo y el labio mucho más.

El jodido idiota en verdad me había golpeado.

—Era tu nombre el que tenía grabado en el pecho. ¡Si hay un culpable aquí eres tú, maldita imbécil! —me gritó desde su altura.

Y luego, como si nada, se fue.

Pero nadie hizo nada.

Nadie dijo nada.

Sentí la mirada de todo el mundo sobre mí, que seguía tirada en el piso sin poder creerme lo que acababa de suceder.

Todo pareció ir en cámara lenta a partir de ahí: la vicerrectora pidió disculpas por lo sucedido alegando que todos estábamos muy alterados, la ceremonia siguió su curso y terminó unos minutos después, las pocas personas salieron de la capilla y me dejaron en el mismo sitio.

Sentí unos brazos tomarme por las manos.

—¿Qué haces ahí? —inquirió una voz que conocía bien. Era Navaja—. Brisa, ¿estás bien? ¿Brisa?

Limpié de forma agresiva la lágrima que rodó por mi adolorida mejilla. La muerte de Amaya solo era otro recordatorio de que nunca más podría tener personas que se preocuparan por mí. Por un segundo me olvidé de quién era y de lo poco que merecía.

No merecía ser feliz.

Mis párpados pesaban como si llevara días sin dormir. Y, en realidad, así se sentía. No había pegado un ojo en toda la noche.

Mi reflejo debía ser patético.

Ni siquiera me molesté en ponerme el uniforme. Seguía con el mismo pijama arrugado con el que me había acostado, como si cambiarme implicara aceptar que el mundo seguía girando... y no quería hacerlo.

Mi cabello caía sin orden alrededor de mi rostro, enredado, opaco. Seguramente parecía una sombra de lo que era. Como si algo me hubiera aplastado por dentro.

Y quizá lo había hecho. Toda la noche me quedé mirando la cama de Amaya.

Vacía.

Intacta.

Demasiado silenciosa.

Recordé cada instante con ella, incluso los más insignificantes. Su voz, su forma de caminar, las miradas que compartimos sin decir nada.

Todo se repetía una y otra vez como un bucle enfermo del que no podía salir. Cerraba los ojos... y ahí estaba. Los abría... y también.

—No estuviste ahí —susurré ida. Navaja me ayudó a ponerme de pie y juntos nos sentamos nuevamente en los bancos—. No..., tú no viste cómo fue... no viste cómo la dejaron... ella...

Navaja soltó un suspiro bajo y lento a mi lado.

—No es tu culpa, Brisa. Lo sabes, ¿verdad?

—Dios mío..., está... está muerta...

—Tienes que respirar. Vamos, respira.

Respiré hondo, pero no me sentí mejor.

—Es mi culpa —volví a susurrar—. Tenía mi nombre en el pecho. Fue una advertencia. Otra advertencia. Tengo que... tengo que...

—Shhh. Nadie te hará daño.

Rebuscó entre sus bolsillos y sacó una carta.

Un as de corazones.

La sostuvo entre sus dedos antes de tenderla hacia mí. El rojo del símbolo en el centro contrastaba demasiado con lo demás... porque, sobre la carta, había un mensaje.

Leí:

«Cuida de tu amiguita día y noche. En todo momento, en todos los lugares... ella es quien sigue».

Sentí cómo el frío me recorría el cuerpo entero. Alguien quería matarme. Ya era seguro. Ya no eran solo advertencias. Alguien, allí afuera, quería matarme.

—Navaja... —murmuré, horrorizada.

Él reaccionó de inmediato. Tomó mis manos entre las suyas y las apretó con firmeza, como si pudiera anclarme, como si no fuera a soltarme.

—Estás a salvo. Y Amaya era la persona más amable del mundo —dijo de pronto, con la voz baja—. Era... la chica más dulce debajo de todo ese caparazón. No merecía morir así, pero no fue tu culpa, Brisa.

Su respiración se volvió más pesada. Se acercó más a mí y pasó su brazo por mi cuello, atrayéndome contra su cuerpo.

No me aparté.

No podía. Después de todo, el contacto se sentía... necesario. Navaja nunca había hecho eso, pero en aquel momento, al parecer, los dos lo necesitábamos.

—Fui un idiota con ella... —susurró, arrepentido—. Fui... Dios, ella me...

—No te odiaba —lo interrumpí.

Navaja bajó la mirada un segundo antes de volver a mirarme, como si le costara sostener lo que iba a decir.

—Me daba miedo, ¿sabes? —murmuró—. Tengo este problema... y me daba miedo arrastrarla conmigo cuando ella ya tenía tanto por lo que sufrir.

Tragó saliva. Quise preguntar a cuál problema se refería, pero no me parecía el momento para hacerlo. Supuse que se refería a la condición por la que estaba interno en el psiquiátrico.

—Así que... aun cuando me gustaba muchísimo... la alejé. Después de... —hizo una pausa, apretando los labios— debió parecerle que solo la quería para eso.

—Navaja...

—Me siento tan arrepentido ahora, Brisa —confesó, con la voz quebrándose—. Ella debió creer todo este tiempo que no era suficiente... que no valía la pena. Debió sentirse tan mal.

Bajé la mirada recordando nuestra conversación.

—Se sintió muy mal.

El silencio que siguió fue pesado.

Nos quedamos ahí, mirando el lugar donde había estado el ataúd, como si todavía pudiéramos verla ahí. Como si algo de ella no se hubiera ido del todo.

Apoyé mi cabeza en su hombro y respiré hondo.

Sentí cómo su cuerpo temblaba... y entonces lo supe.

Estaba llorando. No dije nada, no hacía falta.

Él había estado ahí cuando yo sentía que me iba a romper, cuando la ansiedad me estaba ahogando. Me había sostenido sin pedir nada a cambio.

Ahora... era mi turno, aunque solo fuera quedándome. Aunque solo fuera no dejándolo solo.

—Decidí no ir a la fiesta... —murmuró después de un rato, casi para sí mismo—. Quizá si... si hubiera ido... las cosas serían diferentes.

Cerré los ojos un segundo.

—O quizá no —susurré.

El silencio se quedó entre nosotros, denso, incómodo. Navaja pasó una mano por su nuca, como si estuviera pensando demasiado en algo. Evitaba mirarme directamente, y eso... no era propio de él. Algo no estaba bien.

—¿Qué pasa? —le pregunté, más bajo esta vez.

Él dejó escapar una pequeña risa sin humor y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas. Sus manos se entrelazaron con fuerza.

Navaja dudaba y eso me puso en alerta. Alzó la mirada por fin y la clavó en mí, serio.

—Dentro de poco te enterarás de una cosa —me dijo en un susurro—. No quiero que saques conclusiones precipitadas.

Fruncí el ceño, confundida.

—¿De qué estás...?

El sonido de su celular interrumpió mis palabras.

Navaja lo sacó del bolsillo y lo desbloqueó. Alcancé a ver el nombre antes de que bajara la pantalla: Carolina.

Sentí un nudo formarse en mi estómago.

—¿Esto tiene que ver con...? —murmuré.

—Algo así.

No dijo más.

Se puso de pie y me tomó de la mano, impulsándome a hacer lo mismo. Salimos del lugar y, mientras caminábamos hacia el edificio B, me di cuenta de que todo el mundo me seguía mirando mal.

Las miradas eran pesadas. Incómodas.

—No les hagas caso —me sugirió Navaja—. Se creen jueces, pero esto se les pasará rápido. Para ellos no es personal... solo es el acontecimiento del momento.

No respondí, pero dolía igual. Llegamos al edificio, subimos por el ascensor y salimos al pasillo. Caminamos en silencio... hasta que la vi. Mi puerta estaba entreabierta. Me detuve. No quería entrar.