13 #2
Cuando ella finalmente terminó conmigo, me miré en el espejo y no pude reconocer a la Brisa que me devolvía la mirada. Me veía muy bien. Amaya también me había planchado el cabello, así que caía muy lacio por mi espalda deteniéndose en mi trasero.
—Estás tan preciosa, Brisa —me dijo Amaya mirándome mientras sonreía. Yo le sonreí igual.
—Igual que tú.
—¿Ya estamos listas para irnos?
Asentí, salimos de la habitación y nos encaminamos hasta el salón donde se estaba llevando a cabo la fiesta. Cuando llegamos, nos encontramos con un salón completamente decorado y con música alta resonando por los altavoces.
—Admito que me siento impresionada —susurró Amaya.
—Te juro que yo también.
—¿Te importa que me pierda un segundo con cierto chico caliente con el que estoy follando casualmente? —me preguntó ella, señalando a un chico a lo lejos.
—No te detengas por mí, anda y disfruta de la noche.
Avancé hasta la mesa de bebidas y comencé a servirme un trago. De repente, haciéndome rodar los ojos porque ya sabía qué significaba, el lugar se quedó en silencio. Dándole un sorbo, me giré y casi escupí el líquido.
Ritter, Carolina y Rayner hicieron acto de presencia como si fuera una película. Me tomé el tiempo de detallarlos muy bien a cada uno.
Carolina estaba muy maquillada, el cabello largo le caía hasta la cintura y un bonito vestido negro adornaba su cuerpo resaltando las curvas que sí tenía. El vestido era de tirantes finos, por lo que su brazo, completamente lleno de tatuajes, quedaba a la vista.
Rayner venía a su lado viéndose impresionante también.
Iba extrañamente de blanco. Parecía ser un conjunto muy costoso que hacía contraste con su pálida piel y con sus ojos oscuros.
Era la primera vez que lo veía resaltar tanto entre sus hermanos, porque normalmente él era quien iba muy de negro y todo eso.
Aquella noche iba de blanco, de pies a cabeza, pero no parecía un ángel en absoluto.
Por último, estaba Ritter Meyer. Venía con una mano guardada dentro del bolsillo de un pantalón negro de vestir que le quedaba ajustado y resaltaba sus atributos.
El pantalón tenía una cadena plateada que iba de un lado a otro de su cintura.
La camisa que llevaba era blanca y tenía los tres primeros botones abiertos, dejándome ver unas cuantas cadenas que le adornaban el cuello, haciendo contraste con todos los tatuajes que descansaban allí.
Juro que se veía magnífico, impresionante, de otro maldito mundo. Mi cuerpo entero reaccionó, aunque lo disimulé muy bien. Se veía como... un puto rey y yo quería arrodillarme. Lo juro.
Pero me contuve.
Los murmullos explotaron en cuanto ellos se detuvieron frente a mí.
—Parece que el vestido fue hecho para ti —Ritter lo dijo repasándome descaradamente. Sus ojos se quedaron clavados en los míos por un segundo, y luego bajaron hasta que pareció evaluarme completamente—. Estás jodidamente preciosa.
Carolina se sirvió de una bebida y Rayner se perdió por otra esquina.
Me aclaré la garganta, miré a Ritter y, sin siquiera preguntarle, lo tomé por el brazo y lo alejé un poquito de los demás.
Quedamos a una distancia prudente de Carolina, que bebía tranquilamente mientras observaba todo, y de Rayner, que estaba en la otra punta donde también había una mesa donde nos podíamos servir alcohol.
—Vamos, admítelo, yo sé que quieres —me dijo él, sonriendo.
Rodé los ojos, fastidiada.
—No sé de qué hablas.
Ritter dejó salir una risa baja, misteriosa, divertida y se giró un poco hacia mí.
—¿Qué? —le pregunté a la defensiva cuando se quedó mucho rato mirándome.
—Me debes un baile.
—De eso quería hablarte. Yo no sé bailar. No hay baile —sonreí con inocencia.
—Si no bailas conmigo, tendré que pedirte algo mucho peor —Se inclinó hacia mí y pareció olerme—. Aunque creo que... te gustaría que me pusiera mucho más creativo, ¿no crees?
Rodé los ojos, harta. Era obvio que no iba a deshacerme de él, así que suspiré hondo.
—Está bien —accedí—. Vamos.
Ritter sonrió de forma maliciosa y me tomó de la mano, jalándome sin delicadeza y llevándome hasta la pista de baile a rastras.
De nuevo, todo el sitio se quedó en un silencio pasmoso al vernos juntos ahí, silencio que fue sustituido de forma inmediata por una nueva melodía que comenzó a resonar por los altavoces.
Ruelle-Storm.
Justo cuando la letra comenzó a escucharse, nuestras miradas se encontraron. Él se acercó a mí y me extendió la mano; a pesar de que yo no quería bailar, y mucho menos con él, acepté.
Sentí su cuerpo pegarse al mío; la tensión era tanta entre nosotros que me aclaré la garganta, incómoda.
Comenzamos a movernos con lentitud al ritmo de la canción. Sentía la garganta seca, y su mano en mi cintura no me dejaba concentrar.
La música seguía sonando y nuestros cuerpos seguían moviéndose.
No quería mirarlo a los ojos y no quería pegarme tanto a su cuerpo.
Me sentí en llamas. En ese momento recordé todas las veces que estuvimos demasiado cerca y, sin poder evitarlo, deseé acortar la distancia y... Joder. ¿Qué demonios me estaba pasando?
—¿Sabes la razón de esta fiesta? —le pregunté. Ritter fijó sus ojos en mí.
—Es una cortina de humo —dijo simplemente.
Silencio de nuevo.
La canción continuaba sonando y nuestros cuerpos seguían moviéndose juntos. Parecía que la música se había intensificado y todo lo que nos rodeaba había desaparecido. Éramos solos él y yo atrapados en un momento de tensión.
—¿Por qué me enviaste ese vestido, Ritter?
—Quería ver cómo se te vería.
—Qué idiota eres.
—Qué preciosa eres tú.
Finalmente, la canción llegó a su fin y me separé de él de golpe. El corazón me corría como loco dentro del pecho.
Ni siquiera pude procesarlo mucho porque, entonces, de repente, las luces del sitio se apagaron. Yo me puse a la defensiva al instante. Ritter me tomó de la mano de inmediato y me arrastró hasta ponerme detrás de él, protegiéndome con su cuerpo.
—¿Dónde está Amaya? —le pregunté a Ritter en un susurro.
—No lo sé —me respondió en un susurro igual de bajo—. Quédate detrás de mí y no hagas ninguna maldita estupidez.
—Puedo protegerme sola.
Y entonces sucedió.
Las luces volvieron también de golpe y todo el mundo gritó mirando un sitio en concreto. Sentí que el mundo se me caía a los pies cuando fijé mi vista ahí y también vi lo que ellos.
Era Amaya.
Un lazo la sostenía en el aire. Estaba atada. Por sus mejillas bajaban hilos de sangre. El vestido no cubría su pecho, por lo que sus senos estaban al aire. Pero la tela estaba completamente teñida de rojo.
En su pecho tenía escrito un nombre: «Brisa Jones».
Miré con horror sus manos llenas de sangre, sus puños apretados y su rostro contraído. Ella estaba muerta y era por mi culpa. Fue como si... como si quisieran darme un mensaje directo: «Tú sigues».
Salí disparada hasta donde estaba Amaya. La sostuve por las piernas, bajo la atenta mirada de todos, y quité el nudo del lazo que aún la sostenía. Amaya cayó sobre mis brazos. Miré su rostro y lloré tan fuerte que todo el mundo se espantó.
La culpa me llenó de golpe y quise ser yo la que estuviera ahí. Amaya no lo merecía. Solo cometió un error y fue ser mi amiga por un día.
Me aferré a su cuerpo como si se me fuera la vida en ello mientras lloraba. Mientras maldecía a quien le había hecho eso. Su sangre me manchaba completamente, pero no me importaba.
Sabía que quien le había hecho eso andaba por ahí y que posiblemente me estuviera mirando. Quizá había sido Hansel. No lo sabía. No sabía nada en realidad.
Sentí los brazos de alguien tratando de alejarme del cuerpo sin vida de Amaya. Era Ritter.
—Tengo que sacarte de aquí —Él se inclinó y me lo susurró al oído—. No voy a permitir que ese maldito hijo de perra se salga con la suya y consiga hacerte daño. Vámonos.
Negué con la cabeza y me aferré con más fuerza al cuerpo.
—Está muerta... por mi culpa. Está muerta —Las palabras ni siquiera me salían con mucha coherencia por los sollozos.
Otra persona se detuvo a mi lado.
—Brisa, levántate —Rayner intentó ponerme de pie y alejarme del cuerpo, pero yo me aferré con más fuerza.
Me giré hacia Ritter y lo sostuve por el cuello de su camisa, manchándola de sangre. A él no parecía importarle mucho.
—¿Quién hizo esto? ¿Por qué alguien... lo haría?
—Vamos a averiguarlo y acabaremos con ese hijo de puta.