RITTER 13
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Muerte

Esa tarde Amaya estaba muy amable.

Estaba frente al espejo, peinándose el cabello. De alguna forma logró conseguir una rizadora de pelo. Mientras se arreglaba, me miraba de reojo.

—¿Qué te estás haciendo? —le pregunté mirándola sin entender mucho su arte. Ella giró la cabeza hacia mí.

Las dos estábamos en el baño del dormitorio. Esa noche el psiquiátrico organizaba una fiesta para subir la moral después de todo lo sucedido con las personas muertas.

Quizá se creía que, si hacía una fiesta de esa magnitud, haciéndonos sentir normales por una noche, todos los asesinatos y advertencias quedarían olvidados.

Pero no era tan fácil.

—Me estoy ondulando el cabello —me dijo como si fuera muy obvio. Su cabello azul caía en bonitas cascadas por sus hombros—. ¿Ya tienes lo que te vas a poner?

—En la caja con mis cosas no tengo ningún vestido de gala —murmuré.

Le di una calada al cigarrillo que mi compañera me había regalado.

—Yo tengo muchos vestidos; vemos juntas y eliges el que más te guste.

Quise decirle que nuestras contexturas físicas eran muy diferentes, tomando en cuenta que yo estaba mucho más delgada que antes, pero solo asentí y le sonreí. Se veía tan ilusionada que no quería quitarle eso.

Le di otra calada al cigarrillo.

Miré hacia fuera. La cama de Joe estaba vacía, y sus cosas no estaban por ningún sitio.

Después de descubrir que era ella quien escribía los informes, que sí hablaba y que era la hermana de Hansel, se cambió de habitación.

Cuando Amaya me lo dijo, no pregunté al respecto y tampoco le conté lo que sucedió.

Sonreí un poco cuando me fijé en los vestidos sobre la cama de Amaya, pero la sonrisa se desvaneció cuando me di cuenta de la caja sobre mi cama.

Me tensé de forma inmediata. Tenía miedo de abrirla y encontrarme algo que no me gustara dentro. Con todas las advertencias no dudaba de que esta fuera otra. Estaba decidida a cogerla y botarla, pero antes de que pudiera hacerlo, Amaya salió del baño y se puso frente a mi cama.

Cerré los ojos esperando un grito que nunca llegó.

Lo que sí llegó fue:

—¡Qué ilusión! —gritó muy entusiasmada—. ¡Te enviaron un vestido precioso! ¡Ya tienes qué ponerte!

Espera... ¿Qué?

Demasiado curiosa, me acerqué hasta mi cama y ojeé el interior de la caja. Amaya tenía razón. Era un vestido rojo sangre. Se veía sencillo, pero muy impresionante a simple vista. Encima de la tela había una pequeña nota.

Dudosa, la tomé entre mis manos.

«Un baile es lo único que pido para que cumplas tu parte del trato.

De Ritter Meyer».

Entonces lo recordé. Cuando hicimos el trato de que me ayudaría a investigar, me dijo que por cada cosa que descubriera gracias a él, yo tendría que hacer lo que él quisiera. Joder.

—¿En qué universo paralelo me encuentro? ¿Por qué el que parece odiarte y al que tú odias te envía vestidos y pide bailar contigo?

Rodé los ojos y la miré.

—¿Por qué te sorprendes? —pregunté como si fuera obvio—. Por lo que sé, Ritter Meyer es un mujeriego, así que esto no es nada especial.

Amaya me miró como si yo no entendiera nada.

—Ritter no es mujeriego —susurró—. De hecho, en todo el tiempo que tengo aquí nunca he escuchado de ninguna chica que se haya metido con él o con la que él haya coqueteado. No se ha involucrado sexualmente ni emocionalmente con nadie.

Abrí la boca, impresionada. ¿Era en serio? ¿Ritter Meyer no era un hombre mujeriego? ¿Nunca se había interesado en nadie del psiquiátrico? ¿Entonces por qué conmigo mostraba tanto interés?

—De todas formas no iré a la fiesta y no me pondré este estúpido vestido —dije al final, decidida.

Amaya estaba curioseando el vestido, pero en cuanto me escuchó me miró de golpe.

—¿Qué? ¿Cómo que no irás? ¿Por qué?

—Estoy cansada, no estoy para fiestas y mucho menos para los juegos de Ritter Meyer.

—Él está completamente seguro de que no asistirás —me dijo ella, muy seria—. Quieras o no jugar, si no vas, él gana.

—Pero es que yo...

—Ponte el jodido vestido y ve con tu mejor cara de perra que diga: «¿Querías jugar? Pues juguemos, hijo de puta».

—Amaya...

—Y yo voy a maquillarte y quedarás preciosa.

La verdad me parecía muy extraño estar teniendo una conversación tan amena con Amaya cuando poco tiempo atrás parecía no poder soportarme.

La miraba y veía a una chica dulce que para su propia protección utilizaba el mal humor y ser borde con las demás personas.

No podía culparla porque quizá esa era su forma de protegerse ante todo.

Rendida, me dejé caer en mi cama. Amaya estaba de pie frente a mí, así que tuve que alzar la cabeza para poder mirarla.

—¿Puedo preguntarte algo? —inquirí con mucha cautela.

Amaya carraspeó ante mi inesperada pregunta. Se veía como que indagaran demasiado en su vida no era lo suyo, pero al final solo asintió; yo continué.

—Sí, claro.

—¿Por qué parecía que me odiabas?

—Yo nunca te he odiado —murmuró, mirándome—.

Solo no estaba teniendo días muy buenos; sigo sin tenerlos.

Al principio solo fui mala porque sí, luego te vi con Navaja y me convencí de que ya tenía una razón para poder odiarte y no sentirme mal por ello.

Así que el problema siempre he sido yo, Brisa, no tú.

—¿Navaja te hizo daño?

Amaya se dejó caer a mi lado, suspirando. Me tendió la mano y yo le pasé el cigarrillo para que ella también le diera una calada.

—Cuando llegué aquí hace un año, con la primera persona que hablé fue con él.

Nos hicimos amigos, y después él terminó gustándome.

—La miré y me di cuenta de que tenía la mirada perdida en la pared—.

Una noche nos emborrachamos clandestinamente juntos y le confesé que me gustaba.

Si me preguntas, no sé cómo terminamos desnudos, pero entonces asumí que teníamos algo especial.

—¿Y no fue así?

Ella sonrió de forma triste.

—No, para Navaja no fue más que un polvo; creo que ni siquiera recuerda mucho de esa noche. Un tiempo después me di cuenta de que salía con alguien más y luego con alguien más y así. Lo que para mí fue algo especial, para él fue algo de un día.

—¿Por qué sigues tan enfadada con él? ¿Todavía te gusta?

—Era mi primera vez. —Ella me miró por un breve segundo, luego volvió a mirar la pared—.

Y luché por ella, por mantenerla y perderla con alguien que yo eligiera, así que me molestó mucho que le haya dado tan poca importancia a lo que sucedió.

Pero el problema es mío también. Yo lo hice especial, así que Navaja no tiene la culpa de nada.

—Él no fue claro en un principio.

—Estábamos borrachos, Brisa. No sabíamos que algo así iba a suceder, así que no lo culpo. Creo que me monté una película yo sola en la cabeza. Ahora me sienta genial odiarlo porque así disimulo lo mucho que me sigue gustando y lo mucho que recuerdo con anhelo esa noche.

—¿No deberían hablarlo? —cuestioné; ella negó con la cabeza.

—Ya no hay nada de qué hablar.

Decidí que debíamos cambiar de tema, así que golpeé de forma juguetona su brazo.

—¿Y a qué pobre idiota asesinaste para estar metida aquí?

Pensé que no me lo diría, pero sí lo hizo.

—A mi hermanastro —confesó—. Era el hijo de la esposa de mi padre actualmente.

Él me inició en el mundo de las drogas aprovechándose de mi depresión y de la dependencia emocional que padecía.

Se dio cuenta de que a todo aquel que me demostrara, aunque solo fuera un poco de afecto, yo lo convertía en mi mundo entero.

Eso hice con él porque me daba drogas y cariño.

Yo creía que era el hombre de mis sueños, pero, por alguna razón, no me sentía lista para tener sexo con él.

—¿Te... obligó?

—Una noche... una noche entró a mi habitación bastante colocado y diciéndome cuántas ganas tenía y lo harto que estaba de esperarme.

Intentó persuadirme, pero yo no cedía, así que utilizó la fuerza bruta para obligarme.

Estaba a punto de lograrlo cuando pude alcanzar el cuchillo que él siempre cargaba.

—Cada vez que hablaba, su tono se reducía un poco; entonces entendí a qué se refería con haber luchado por su primera vez—.

Yo solo quería defenderme y terminé matándolo.

Fue sin querer... yo solo quería que se apartara de mí.

No quería matarlo, pero ahora no me arrepiento de haberlo hecho.

—¿Cómo se enteraron de que fuiste tú?

Ella suspiró, y esta vez sí dejó su vista puesta en mí mientras hablaba.

—Cometí el error de creer que mi padre creería en mí, así que salí de la habitación con el cuchillo en las manos y el cuerpo lleno de sangre a buscarlo.

Estaba llorando, me sentía aterrada y lo único que quería era que mi padre me consolara y me dijera que todo iría bien.

Cuando le conté todo, él no me creyó y mucho menos su esposa. El resto ya es historia.

—Lo siento mucho —susurré, tocándole la mano a modo de consuelo.

Amaya volvió a darle una calada al cigarrillo, me lo pasó y luego sonrió de oreja a oreja.

—Ya no importa. Ahora vamos a ponernos muy guapas para la fiesta.

Me tomó del brazo y me arrastró de nuevo con ella.

La verdad no sabía cuánto tiempo había pasado. Para aquel punto, Amaya me estaba maquillando con mucho esmero.

—Quédate quieta que solo me falta ponerte un poco de labial.

Se veía preciosa mientras terminaba de maquillarme a mí.

Eligió un vestido verde que se ajustaba perfectamente a su delgado cuerpo y resaltaba curvas que ni ella misma sabía que tenía.

Era un atuendo simple, con tirantes finos y pequeñas piedras adornándolo.

El maquillaje era muy sencillo y todo eso combinaba perfectamente con su cabello ondulado y con sus sandalias.

Yo, mientras tanto, a regañadientes, me puse el vestido rojo que Ritter había enviado. Era de tirantes finos que se unían en la parte del frente ajustándose y resaltando mis pechos. Hasta que saqué el vestido, me di cuenta de los tacones que lo acompañaban, rojos también.