12 #2
Demasiado... sumisa.
Se encontraba entre las piernas de Hansel, inclinada hacia él, rozando su rostro con una mano pálida, casi reverente.
Hansel no se movía. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo, el rostro oculto en sombras, como si no necesitara mirar para tener el control absoluto de la habitación.
Y, aun así... se sentía. Su presencia lo llenaba todo.
Recorrí la habitación con la mirada, intentando ignorar la sensación incómoda que se me estaba instalando en el pecho.
No parecía un lugar donde viviera alguien. No de verdad. Solo había una cama metálica, un retrete en una esquina y un pequeño estante con unos cuantos libros desordenados. Nada más. Ni objetos personales, ni rastros de humanidad. Era una celda... sin disimulo.
El portazo de Ritter rompió el aire.
La chica reaccionó de inmediato. Su mano cayó de la mejilla de Hansel como si la hubieran quemado, y se quedó completamente inmóvil, rígida en el suelo.
Hansel ni siquiera levantó la cabeza.
—¿Qué quieres, Ritter?
Su voz arrastraba una malicia densa, incómoda. Era áspera, profunda... y demasiado tranquila para alguien en su situación.
Entonces levantó la cabeza.
Y lo vi.
Ojos verdes. Intensos, brillando con algo que no supe nombrar. Un lunar en la mejilla derecha. La piel pálida, casi enfermiza. Su cabello, una mezcla extraña entre rubio y oscuro, caía desordenado sobre su frente, como si ni siquiera le importara su aspecto.
Pero no era descuido.
Era... otra cosa.
Su mirada se clavó directamente en Ritter, y una sonrisa lenta, torcida, apareció en sus labios.
La chica seguía de rodillas. Sin moverse. Demasiado quieta.
Intercambié una mirada rápida con Ritter. Ambos lo notamos. Algo no estaba bien ahí.
—¿Quién eres? —pregunté antes de pensarlo.
La reacción fue inmediata.
Por primera vez, Hansel me miró.
Sus cejas se fruncieron ligeramente, como si mi presencia fuera un error en el escenario. Me observó durante unos segundos... demasiado tiempo. Como si estuviera analizando cada detalle.
Luego giró la cabeza hacia Ritter.
—¿Qué hace ella aquí?
—Insistió en venir —respondió él sin dudar.
Giré la cabeza hacia Ritter, fulminándolo con la mirada. ¿Insistí?
Hansel volvió a mirarme. Esta vez su expresión cambió. Algo más... curioso. Más oscuro.
Luego apartó la mirada con desinterés, como si ya hubiera decidido algo sobre mí. Sus ojos se posaron en la chica que seguía arrodillada frente a él.
—Joe, levántate —ordenó.
Joe se levantó con una calma inquietante. Se colocó de pie junto a Hansel como si ese fuera exactamente su lugar. Fue entonces cuando lo noté de verdad: las ataduras.
Cadenas en las muñecas y tobillos, aseguradas con unas correas acolchadas, como si no fueran para inmovilizarlo... sino para evitar que se destrozara a sí mismo.
Un escalofrió me recorrió la espalda. Joe se giró hacia nosotros. Y entonces todo se detuvo. Sus ojos verdes se encontraron con los míos... y sonrió. No fue una sonrisa amable. Ni siquiera cercana a serlo. Fue... consciente. Lenta. Como si ya supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Parpadeé despacio, tratando de procesarlo.
—Hola, Brisa.
No reaccioné. Ni un músculo. Nada.
A mi lado, sentí a Ritter tensarse. Cuando lo miré de reojo, tenía los ojos ligeramente abiertos, incrédulo.
Porque yo también la había reconocido.
Joe.
Mi compañera de habitación. La chica callada. La que hablaba. La que nunca levantaba sospechas.
Giró la cabeza hacia Hansel y le sonrió con una calidez que no le había visto nunca.
—À plus tard, frère —murmuró en un francés perfecto.
Frère.
Hermano.
La palabra me golpeó de lleno, descolocándome por completo.
Miré a Ritter, esperando alguna reacción... pero él no parecía sorprendido. No realmente.
—¿Tú eres M.D., Joe? ¿En serio? —preguntó, directo.
Joe lo observó unos segundos, evaluándolo... y luego asintió, esa misma sonrisa peligrosa curvando sus labios.
Se inclinó hacia Hansel y le susurró algo al oído que no alcancé a escuchar.
—Soy lo suficientemente inteligente como para no usar mis propias iniciales —añadió después, con ligereza. Como si todo esto fuera un juego.
Luego caminó hacia la puerta. Cuando pasó a mi lado, se inclinó lo suficiente para que solo yo pudiera escucharla.
—Cuidado con acercarte demasiado.
Su voz fue suave. Pero la advertencia... no.
Se enderezó como si nada y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
El sonido del cierre resonó más de lo que debería.
El silencio volvió. Pesado. Insoportable.
—Dime —habló Hansel de nuevo, dirigiéndose a Ritter. Ni siquiera me estaba mirando. Como si yo... ya no importara.
—¿Tú has tenido algo que ver con lo que ha pasado en el psiquiátrico? —Ritter fue directo—. Y no me mientas, que nos conocemos.
Hansel soltó una risa baja, cargada de una diversión retorcida. Luego... me miró.
—Es por ella.
Así. Sin más.
Sentí cómo algo se me hundía en el estómago.
—¿Cómo que por mí? —exigí, dando un paso al frente—. ¿Mataste a Emily?
Hansel asintió. Sin culpa. Sin duda. Sin nada.
—¿Qué pasó con la chica que se lanzó al vacío? —preguntó Ritter, sin apartar la vista de él.
Hansel se encogió de hombros, como si la pregunta le resultara irrelevante.
—Pues no sé... ¿cómo voy a saberlo?
Mentira. Se le notaba en la forma en que sonreía. En cómo sus ojos volvieron a deslizarse hacia mí.
Y no sé qué me pasó. No sé si fue rabia, impulso o simple estupidez... pero me acerqué.
—Creo que sabes más de lo que dices —le solté, con la voz tensa.
Hansel me observó. Un segundo. Dos. Y al siguiente... todo se volvió un caos.
Un tirón. Un movimiento que ni siquiera vi venir. Y de pronto estaba contra él. Su pecho duro contra mi espalda. La cadena que sujetaba sus manos enrollándose alrededor de mi cuello.
El aire se me cortó de golpe. Grité.
Intenté apartarme, pero fue inútil. Sus brazos, incluso atados, tenían suficiente fuerza para inmovilizarme.
—Suéltala —ordenó Ritter. Su voz era fría. Controlada. No se movió.
Hansel apretó un poco más. Lo suficiente para que el mundo empezara a volverse borroso en los bordes.
Pataleé, desesperada, arañando el metal inútilmente.
—Personas inocentes están pagando las consecuencias de tus actos —murmuró Hansel contra mi oído, como si estuviera compartiendo un secreto.
Y entonces... me soltó. Sin aviso.
Caí de rodillas contra el suelo, tosiendo, intentando recuperar el aire que no llegaba. Todo me daba vueltas.
Sentí unas manos sujetarme. Ritter. Tiró de mí con firmeza, obligándome a ponerme de pie. No dijo nada. Ni una palabra. Solo me arrastró hacia la salida.
Y esta vez... no me resistí.
Salimos de la habitación casi a la fuerza. El aire del pasillo me golpeó el rostro, pero no fue suficiente. Seguía sintiendo la presión en el cuello, el eco de la cadena, la voz de Hansel repitiéndose en mi cabeza.
Ritter no se detuvo. Caminaba rápido, firme, como si quedarse un segundo más cerca de ese lugar fuera un error.
—Ritter —lo llamé, con la voz aún rasposa.
No respondió.
Apreté los dientes y tiré un poco de su brazo para obligarlo a mirarme.
—¿Por qué el rector es así con él? —pregunté de golpe—. ¿Por qué viene a verlo, por qué le envía chicas... qué mierda es todo esto?
Esta vez sí se detuvo. Se giró hacia mí despacio, con una expresión cerrada, pensativa.
—No lo sé —respondió al final.
Fruncí el ceño, frustrada.
—¿Entonces?
Ritter dudó un segundo antes de hablar de nuevo.
—Lo que sí sé... —hizo una pausa breve— es que Hansel y Joe son "sobrinos" del rector.
Parpadeé.
—¿Sobrinos? —repetí—. ¿Por qué lo dices así?
Ritter desvió la mirada por un momento, como si ordenara las ideas.
—Porque no lo son realmente.
Volvió a mirarme.
—Fueron adoptados por su hermana.
El silencio se instaló entre nosotros.
—Así que, técnicamente... —añadió, más bajo— no llevan su sangre.
No supe por qué, pero esa respuesta no me tranquilizó. En absoluto.