RITTER 12
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¿Quién pensaría que extrañarías mi cercanía, pequeña Brisa?

Seguía sin poder dormir.

Desde lo sucedido hacía una hora, mi mente no dejaba de repetirlo todo en bucle: el encuentro con Rayner, su forma de mirarme como si pudiera leerme por dentro, sus besos, sus manos sobre mi cuerpo, el grito... y luego su advertencia.

No le abras la puerta a nadie.

Me giré en la cama, incómoda, con esa sensación pegajosa de que algo no estaba bien. El cuarto estaba en penumbra, demasiado silencioso. Mis dos compañeras no estaban. Otra vez.

Fruncí el ceño.

—Genial... —murmuré, incorporándome un poco.

Y entonces, el sonido de la puerta me hizo sentarme de golpe en la cama.

El sonido fue suave. Controlado. Como si quien estuviera al otro lado supiera exactamente cuánto ruido hacer.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—Abre la puerta, joder. Soy yo.

Rodé los ojos, más por nervios que por otra cosa, y me levanté. Caminé despacio, sintiendo el frío del suelo colarse por mis pies descalzos. Me detuve frente a la puerta un segundo.

Dudé.

Y, aun así... abrí.

Ritter Meyer estaba apoyado contra el marco, como si le perteneciera. Por un segundo solo me le quedé viendo. Su cabello estaba muy desordenado, como si lo hubiera despeinado a propósito, su mirada era mucho más oscura que de costumbre y su mandíbula estaba tensa.

No parecía de buen humor.

—Qué cara —murmuré, cruzándome de brazos—. ¿Vienes a asesinarme o solo a molestar?

Sus ojos bajaron por mi cuerpo, lentos, evaluando.

Demasiado. Llevaba el mismo vestido blanco que aquella vez en el bosque.

Estaba segura de que su mente viajó a ese momento.

La mía igual. Se me puso la piel de gallina y de repente sentí que eso de estar solos en mi habitación en plena madrugada no era muy buena idea.

—Ambas suenan tentadoras —murmuró.

Me hice a un lado sin responderle. Él entró sin pedir permiso, como siempre, y cerró la puerta detrás de sí con un clic seco que resonó más de lo que debería.

El silencio que quedó fue... pesado.

—¿Qué quieres? —pregunté, girándome hacia él.

Ritter no respondió de inmediato. Caminó por la habitación, observando todo como si buscara algo fuera de lugar. Luego, con toda la confianza del mundo, se dejó caer sobre mi cama.

—Vine a buscarte para que vayamos a ver a Hansel.

Me tensé por completo.

—¿Ahora? —inquirí—. ¿Después del... grito ese y de todo?

—Sí, es el mejor momento. Hansel está en su habitación y todos están preocupados investigando qué sucedió, así que nadie nos prestará mucha atención.

Me acerqué despacio, dudosa.

—¿Qué te pasa? —le pregunté de golpe.

Él levantó la mirada y ahí estaba. Algo distinto.

No era el Ritter Meyer de siempre. No estaba su arrogancia habitual, ni su sarcasmo, ni estaba intentando sobrepasarse conmigo. Había algo más oscuro debajo de su rostro que no lograba distinguir. Parecía... molesto.

—Nada —respondió.

Mentía.

—Estás raro —insistí, sentándome en la cama y mirándolo directo a los ojos—. Más de lo normal.

Ritter soltó una risa sin humor.

—No sabía que te importaba.

—No me importa —repliqué rápido—. Me incomoda.

Eso le sacó una media sonrisa.

Se acercó.

Demasiado. Invadiendo mi espacio como si fuera lo más natural del mundo. Su pierna rozó la mía y no se apartó.

—¿Quién pensaría que extrañarías mi cercanía, pequeña Brisa? —murmuró.

Tragué grueso.

Se inclinó para estar mucho más cerca de mi cuerpo. Reaccioné de forma inmediata. Me tensé por completo.

—Ritter...

—¿Qué intentabas hacer con Rayner en la azotea? —me preguntó, y yo me tensé aún más—. ¿Lo mismo que con el profesor ese? ¿Intentar librarte de mí?

—Quiero que te alejes de mí —le ordené, aunque no me moví.

Su mirada se oscureció más.

—No quiero alejarme de ti. ¿Sabes qué quiero? —Sus dedos, nuevamente, se deslizaron por mis labios—. Quiero que te alejes de mi hermano y quiero... que te alejes también de ese profesor.

—¿Por qué haría eso?

—Porque a mi hermano no puedo matarlo por tocar lo que es mío —volvió a susurrar—. Pero al profesor de mierda ese puedo arrancarle cada parte del cuerpo. ¿Te vas a alejar o tengo que dejarte los dedos con los que te tocó de regalo?

No. Me. Podía. Mover.

Mi mente me pedía que me alejara, pero mi cuerpo no le hacía caso. Una parte de mí estaba aterrada y asqueada por sus palabras, pero la otra estaba... excitada. Todo mi cuerpo estaba reaccionando a su cercanía y a sus palabras.

Me sentía como una enferma. ¿Qué demonios me pasaba? ¿Por qué no podía mandarlo a la mierda como una persona normal? ¿Por qué estaba buscando a otras personas para ocultar la atracción que sentía por toda su oscuridad?

—Navaja tenía razón. Deberías estar encerrado —susurré.

Se acercó mucho más. Demasiado.

Podía sentir su aliento contra mi boca.

—Debería, sí.

Estaba tan cerca que... podía acortar la poca distancia entre nosotros y darme a mí misma lo que tanto quería. Podía...

Me aparté de golpe, como si me estuviera quemando.

—Vete, por favor —murmuré, y sonó más a una súplica que a una orden.

—Tranquila, pequeña Brisa. No te voy a hacer nada. —Se relamió los labios y me soltó—. Tú vendrás a mí y me suplicarás que te folle como nadie ha podido hacerlo.

Qué. Puta. Calor.

No dije nada, no podía. Me quedé quieta un momento, tratando de regular mi respiración.

—Tenemos que irnos. Queda poco tiempo antes de que todo vuelva a la normalidad.

Asentí y salimos de mi habitación en completo silencio. Mi mente seguía vagando y mi cuerpo seguía demasiado afectado por todo. Solo podía seguirlo sin decir nada.

Nos metimos en el ascensor. Él dijo algo, pero yo solo podía ver sus labios moviéndose sin emitir ningún sonido. Una vez el ascensor abrió sus puertas, el edificio anexo al B quedó frente a nosotros.

El lugar era más deprimente de lo que aparentaba a simple vista. Las paredes, de un gris enfermizo, parecían absorber la poca luz que había, como si nada pudiera escapar de allí. Había algo... raro en el ambiente, una sensación pesada que se pegaba a la piel y no se iba.

Las habitaciones no parecían habitaciones: eran celdas. Frías, cerradas, vigiladas. Demasiados avisos de seguridad, demasiadas cerraduras, demasiadas normas gritadas en carteles desgastados.

Pasamos por un pasillo que estaba detrás de los de seguridad. Subimos hasta el último nivel, donde estaba Hansel, y caminamos en silencio hasta que Ritter se detuvo de golpe y choqué directamente con su espalda.

Abrí la boca para por fin preguntar por qué se detuvo pero, en cambio, seguí su mirada. Frente a una puerta vimos a un hombre con traje.

—¿Quién es ese? —susurré.

—Es el rector.

Un guardia le abrió la puerta y él entró sin decir una sola palabra. Por la expresión de Ritter supe al instante que esa era la habitación de Hansel.

Antes de cruzar el umbral, el hombre se detuvo un segundo y echó un vistazo a ambos lados del pasillo, lento, calculado... como si necesitara asegurarse de que nadie lo estuviera observando.

—¿Qué hacemos ahora?

—Esperamos que salga y luego entramos nosotros.

El rector salió primero, impecable, como si nada hubiera ocurrido dentro. Murmuró algo al guardia —demasiado bajo para distinguirlo— y luego se alejó por el pasillo sin mirar atrás.

Una vez que desapareció, sentí cómo Ritter se tensaba a mi lado. Dio un paso al frente, decidido, como si fuera a avanzar hacia la habitación... pero no llegó a hacerlo.

Alguien más se nos adelantó.

Una figura se deslizó desde la sombra antes de que pudiéramos reaccionar. Por la silueta, por la forma en que caminaba —segura, sin titubeos— supe de inmediato que era una chica.

Llevaba un conjunto ancho, oscuro, y una capucha que le cubría casi todo el rostro. Se detuvo frente al guardia con una seguridad inquietante, sacó algo del bolsillo y se lo deslizó en la mano. No hizo falta mirar demasiado para reconocerlo: dinero.

El guardia dudó un segundo... y luego la dejó pasar.

—M.D... —murmuré, más para mí que para nadie.

Ritter se quedó completamente inmóvil a mi lado. Asintió una sola vez, como si acabara de confirmar algo importante, y luego giró la cabeza hacia mí.

—Necesito que confíes en mí.

No me dio tiempo a responder. Su mano se cerró alrededor de mi muñeca y, sin previo aviso, me arrastró fuera del escondite.

Todo pasó demasiado rápido. Un segundo estábamos ocultos... y al siguiente caminábamos directo hacia la puerta de Hansel.

Cuando llegamos, el guardia nos recorrió con la mirada de arriba abajo, desconfiado.

—No. Tú no entras —le soltó directamente a Ritter.

Fruncí el ceño. ¿Ya había intentado entrar antes?

Ritter no se inmutó. Ni siquiera dudó.

—Créeme que esta vez no vengo por mis propios fines —respondió con una calma que no le creí ni un poco.

Entonces me miró... y me señaló. Como si yo fuera un objeto. Algo que entregar.

—El rector le envió esto a Hansel —añadió—. Y me ordenó entregársela personalmente.

Sentí cómo algo se retorcía dentro de mí. Lo miré de golpe. ¿Me había llamado "esto"? La palabra me cayó como una bofetada.

El guardia, en cambio, me observó con detenimiento, recorriéndome con una mirada curiosa, casi evaluativa.

—El rector dijo que le enviaría a la chica mañana, no a estas horas —murmuró, sin dejar de mirarme—. Ni siquiera es su tipo.

Parpadeé.

¿Qué...?

—Estas horas son las únicas en las que esto puede pasar desapercibido —replicó Ritter sin perder la calma—. ¿O en serio quieres que todo el mundo se entere de que el rector le envía chicas del psiquiátrico para que Hansel satisfaga sus necesidades?

El silencio que siguió fue pesado. Demasiado.

¿Había escuchado bien?

El guardia apretó la mandíbula.

—Hansel está ocupado ahora.

Ritter alzó una ceja, lento, casi aburrido.

—A Hansel no le gusta esperar... ¿o ya se te olvidó lo que te hizo la última vez?

Señaló con un leve gesto un costado del rostro del guardia. Ahí, visible bajo la luz fría, había una marca irregular, mal curada.

El hombre dudó y luego... cedió. Se hizo a un lado y nos dejó pasar. La puerta se abrió con un chirrido bajo, y lo que vi dentro me detuvo en seco. La chica que había entrado antes estaba arrodillada en el suelo.

Demasiado cerca.