RITTER 11 #2
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Sus ojos siguieron cada reacción de mi cuerpo. Como si disfrutara provocarlas. Se acercó un poco más hasta que nuestras rodillas se tocaron.

—Tú sí que eres un problema, Brisa.

Mi respiración se volvió más lenta.

Mis ojos bajaron hacia sus labios.

Error.

Porque Rayner lo notó. Claro que lo notó. Sus dedos se deslizaron lentamente por mi muñeca hasta atrapar mi mano. Su contacto estaba frío por el viento.

—Dime algo —murmuró sin dejar de mirarme—. ¿Tú siempre tomas decisiones tan malas o conmigo estás haciendo una excepción?

Tragué saliva.

—Todavía no decido si eres una mala decisión.

Rayner soltó una risa baja.

Después acercó su rostro unos centímetros más.

—Lo soy, créeme.

Mi corazón golpeó fuerte contra mis costillas. Demasiado fuerte, y entonces, de repente, hice algo estúpido. Y ni siquiera supe por qué.

Me incliné hacia él, invadiendo ese espacio que hasta ese momento ninguno de los dos había cruzado... y lo besé.

Sí. Yo lo había besado.

Por un segundo, Rayner no reaccionó. Su cuerpo se quedó tenso, inmóvil, como si estuviera decidiendo algo. Estuve a nada de apartarme.

Pero entonces respondió.

Y lo hizo sin suavidad.

Su mano se cerró en mi cintura y me atrajo de golpe contra él, profundizando el beso con una intensidad que me robó el aire. Mis manos subieron solas a su cuello, aferrándome, acercándolo más.

Demasiado.

Todo estaba siendo demasiado.

Su boca no era cuidadosa. Era insistente, dominante, como si quisiera probar algo... o comprobarlo. Cuando mordí su labio inferior, un sonido grave escapó de su garganta, y eso hizo que algo dentro de mí se encendiera aún más.

Me arrastré y me subí sobre él sin pensar. Me moví con urgencia, necesitándolo más de lo que quería admitir. Sus manos reaccionaron al instante, apretando mis caderas, deteniéndome.

Cuando nos separamos unos centímetros, ambos respirábamos más fuerte de lo normal. Sus ojos oscuros estaban clavados en los míos, cargados de algo peligroso.

—Por ver, deja de moverte así —murmuró, afectado.

Bajé la mirada, dándome cuenta de lo que estaba haciendo... y no me detuve.

—¿Por qué? —susurré con fingida inocencia.

Una sonrisa mínima, casi torcida, apareció en sus labios.

—Porque voy a perder el poco control que tengo y te voy a follar aquí mismo.

Su voz era baja. Afectada. Grave. Advertencia pura.

—Hazlo entonces —respondí, rozando sus labios otra vez.

Eso fue suficiente.

Rayner me tomó del cabello con firmeza y me besó de nuevo, más fuerte, más profundo. Sus labios bajaron por mi mandíbula, mi cuello... dejando un rastro que hizo que se me escapara un suspiro entrecortado.

Mis dedos se aferraron a su camiseta, arrugándola, acercándolo más.

Todo en mi cabeza se estaba apagando. Solo quedaba él. Su respiración contra mi piel. Sus manos recorriéndome como si ya supieran dónde tocar.

—Brisa... —murmuró contra mi cuello, su voz más ronca.

Y entonces.

Desde algún lugar lejano del edificio, se escuchó un grito. Uno desgarrador.

Ambos giramos la cabeza hacia el psiquiátrico.

Las luces del edificio B parpadearon una vez. Luego otra. Y después todo volvió a quedarse en silencio.

La expresión de Rayner cambió completamente. Se puso de pie de inmediato, apartándome.

Tenso.

Como si supiera exactamente lo que significaba ese grito.

—Rayner...

Él me miró finalmente. Y por primera vez desde que lo conocía... parecía preocupado.

—Tenemos que bajar.

Rayner bajó las escaleras tan rápido que podía seguirle el paso.

El ruido de nuestras pisadas retumbaba en el pequeño espacio oscuro mientras el grito seguía reproduciéndose dentro de mi cabeza. Algo había pasado. Algo malo. Muy malo.

—¿Qué fue eso? —pregunté otra vez cuando salimos al exterior.

Esta vez sí me miró.

—Quédate lejos de ese edificio esta noche.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasó? —insistí.

—No lo sé todavía.

Mentía. Se notaba en su cara.

Atravesamos el jardín rápidamente mientras varios internos observaban desde las ventanas. Algunos parecían asustados. Otros... emocionados.

Eso era lo peor. La gente allí reaccionaba al peligro como si fuese entretenimiento.

Cuando llegamos cerca del edificio principal, Rayner frenó de golpe.

Y antes de que pudiera responderle, dos enfermeros pasaron corriendo junto a nosotros empujando una camilla vacía.

Vacía... pero llena de sangre.

El estómago se me revolvió.

Rayner también la vio.

Sus dedos apretaron un poco más mi brazo antes de soltarme lentamente.

—Vete a tu habitación —ordenó.

—No eres quién para ordenarme nada.

Él sonrió, pero esa sonrisa ya no tenía nada divertido.

—Y tú no eres tan valiente como finges.

Eso me molestó. Porque una parte de mí sabía que tenía razón.

Rayner comenzó a alejarse hacia el edificio B.

—¿A dónde vas? —pregunté.

No se detuvo.

—A comprobar si sigue encerrado.

Sentí el corazón detenerse un segundo. Hansel.

Sin pensarlo demasiado, di un paso hacia él.

—Voy contigo.

Rayner finalmente se giró.

La luz blanca de las farolas iluminó parcialmente su rostro pálido. Sus ojos oscuros se clavaron en mí durante unos segundos eternos. Evaluándome. Como si intentara decidir si yo entendía en lo que me estaba metiendo.

—No —dijo finalmente.

—Rayner...

—No tienes idea de lo que es Hansel Moreau. —Él soltó aire por la nariz y negó con la cabeza lentamente—. Vuelve a tu habitación y cierra la puerta con seguro. Y si alguien toca... no abras.