11
Sensaciones peligrosas
El psiquiátrico estaba demasiado silencioso esa noche.
Las farolas iluminaban los caminos de piedra húmeda mientras yo caminaba sin rumbo fijo por el jardín principal, abrazándome a mí misma para soportar el frío. El viento movía los árboles lentamente, haciendo que las sombras parecieran personas observándome desde cada rincón.
No podía dormir.
Mi mente vagaba sin parar. Pensaba en Hansel Moreau. En el expediente. En sus reportes. En que posiblemente él estuviera matando personas dentro del psiquiátrico. En la sonrisa que mostró cuando mencionaron mi nombre, como... como si me conociera.
Suspiré, frustrada conmigo misma. Sentía la cabeza demasiado llena. Ritter, el profesor Grace, ese tal Hansel, el psiquiátrico... todo comenzaba a mezclarse dentro de mí como una pesadilla imposible de separar. Me sentía exhausta, demasiado como para tener que resolver tanto yo sola.
Entonces, espantándome por completo, escuché una voz detrás de mí.
—No deberías caminar sola tan tarde.
Me tensé al instante.
Giré la cabeza y me encontré con Rayner apoyado contra una de las columnas del edificio. Las manos dentro de los bolsillos de la sudadera oscura. La capucha cubriéndole parte del cabello. Al parecer, se le estaba haciendo costumbre aparecerse así de la nada por todas partes, como un puto zombi.
—¿Siempre apareces así de la nada o solo conmigo? —murmuré tocándome el corazón con una mano.
Rayner sonrió.
—¿Tú qué crees?
Fruncí el ceño. No me gustaba mucho su actitud. La de Ritter era más divertida, relajada, peligrosa; pero la de Rayner era más misteriosa y más extraña. Parecía que sabía muchísimas cosas de mí, y eso no me gustaba. Con Ritter sabía lo que podía pasar, pero con Rayner, no.
Quizá a él lo necesitas para dejar de pensar morbosidades sobre Ritter.
No.
Yo solo digo que...
¿Estás diciendo que es mejor pensar morbosidades con su hermano?
Bueno, si lo dices así...
—¿Qué haces tú aquí afuera? —contraataqué, sacándome de la discusión con mi propia mente.
Rayner me miró muy intrigado, ladeó la cabeza y sonrió.
—Quiero que me acompañes.
Fruncí el ceño, totalmente desconcertada. ¿Qué era lo que pasaba por esa cabeza suya?
—¿Qué?
—Te mostraré algo. Ven.
Eso sonaba exactamente como la clase de frases que decían las personas antes de asesinarte. La verdad, yo sí quería mantenerme alejada de esos hermanos. Solo lo necesario. Solo para mi beneficio.
—Paso.
Rayner soltó una risa baja, cansada.
—Entonces deja de seguirme con la mirada cada vez que me ves. Me doy cuenta, crees que nadie lo nota; incluso me atrevo a decir que te da miedo pensarlo. Te causé curiosidad desde el inicio, ¿no?
—En serio, qué problemas tienen ustedes, que se creen la última puta coca-cola del desierto. No me interesas en lo absoluto.
Al parecer mi comentario lo molestó bastante, porque no dijo nada, solo se dio la vuelta y comenzó a caminar y, aunque mi parte racional me gritaba que lo dejara irse al demonio, terminé siguiéndolo.
Porque la curiosidad podía más.
Siempre podía más.
Caminamos bordeando el edificio trasero del psiquiátrico. El silencio entre nosotros no era incómodo.
Rayner caminaba despacio, tranquilo, con las manos todavía en los bolsillos. De vez en cuando giraba la cabeza para asegurarse de que yo seguía detrás de él. Como si supiera perfectamente que podía echarme atrás en cualquier momento.
Llegamos hasta una vieja puerta metálica escondida entre dos muros. Él sacó una llave del bolsillo y abrió sin dificultad.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunté.
—La robé.
Lo dijo tan casual que me hizo soltar una risa incrédula.
Entramos.
Había una escalera estrecha y oscura que subía. El lugar olía a humedad y polvo viejo.
—Esto parece el inicio de una película de terror —murmuré mientras comenzábamos a subir.
—Este lugar entero es una película de terror —dijo de mala gana—. Y tú, que has decidido seguir a un completo desconocido en medio de la noche, tampoco tienes mucho sentido común.
Y, tenía razón.
Subimos varios pisos en silencio hasta llegar a otra puerta. Rayner la abrió y el viento frío golpeó mi rostro de inmediato. Era la azotea.
La vista desde arriba era absurda. Desde allí podía verse todo el psiquiátrico iluminado en medio de la oscuridad, enorme y sofocante. Las luces de algunas habitaciones seguían encendidas. Parecían ojos observando desde lejos.
Rayner caminó hasta el borde y se sentó en el suelo.
—Siéntate conmigo.
Esta vez no sonó como una orden.
Me acerqué lentamente y me senté a su lado, abrazando mis rodillas contra mi pecho. El viento movía mi cabello.
Rayner me observó unos segundos antes de hablar.
—Te ves de la mierda.
Solté una risa seca.
—Creo que todos aquí nos vemos de la mierda.
—Yo me veo genial.
—Ese ego es algo familiar, ¿no?
Frunció el ceño; fue rápido, pero lo noté.
—Joder, deja de compararme a cada segundo con mi hermano. Es molesto. ¿Acaso tienes la misma obsesión por él que él por ti?
Abrí la boca y la cerré de inmediato. No sabía qué decir. ¿Qué me estaba...? ¿Que yo estaba obsesionada con su hermano?
—¿Por qué me trajiste aquí? —cambié drásticamente de tema, porque no me convenía.
Rayner encendió un cigarrillo. La llama iluminó por un segundo sus ojos oscuros y sus labios. Sonrió un poco, como si internamente decidiera si dejarlo pasar o volver al tema.
—Te encontré de camino. Pensé que necesitabas compañía y desde aquí... este lugar no parece una cárcel.
Le dio una calada lenta antes de ofrecerme el cigarrillo.
Lo acepté.
El humo quemó mi garganta deliciosamente.
—Estaba pensando. Tengo muchas cosas en la...
—Ritter me dijo que quieres ir a ver a Hansel —murmuró, interrumpiéndome.
—Sí.
—Mala idea.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Lo conoces?
Rayner soltó humo por la nariz.
—Más de lo que debería.
Hubo algo extraño en la forma en que dijo eso. Algo oscuro. Algo peligroso.
—¿Él mató a esas personas? —pregunté.
Rayner no respondió enseguida.
Solo se quedó mirando hacia adelante, perdido en sus propios pensamientos. Le miré el perfil y por un segundo me perdí en sus facciones. Se veía muy... delicado. Sí, esa era la palabra. Su piel se veía muy suave y muy pálida.
—Hansel no es el peor monstruo de este lugar —habló, trayéndome de nuevo a la realidad.
Parpadeé como si me hubiera descubierto, pero él no lo notó.
El viento sopló más fuerte.
—Entonces, ¿quién sí lo es?
Ahora sí me miró. Directamente.
—Tú ya sabes quién sí lo es —me dijo, y yo me tensé—. Y te encanta, lo sé. Lo quieres reprimir a como dé lugar, pero toda esa oscuridad que hay en él... te gusta muchísimo.
Mi respiración se volvió más lenta.
Rayner seguía observándome. Analizándome. Como si intentara decidir algo. Pero... ¿qué era?
—Estás loco.
—Y a mí, como al profesor, me quieres usar porque representamos más estabilidad que él. —Le dio otra calada al cigarrillo—. Creo que evitar lo inevitable solo aumentará tu atracción.
Ni siquiera pregunté cómo sabía lo del profesor, porque me daba la impresión de que sus hermanos y él lo sabían todo.
No me molesté. Solo solté un suspiro hondo.
Joder. Tenía razón. Quería ocultar mi interés insano por Ritter Meyer involucrándome con hombres que parecían más estables y menos peligrosos.
Como el profesor Grace, y como... él. Quizá también tenía razón en eso último.
Estaba tan empeñada en ocultarle a los demás y a mí misma que no sentía nada por ese idiota, que al final sería mucho peor.
—No sabes nada sobre mí —terminé por decir con el corazón latiéndome muy rápido.
—Ilumíname entonces. Por el momento ignoraré el hecho de que estás un poco obsesionada con mi hermano, ¿te parece bien? —Volvió a mirarme y a pasarme el cigarrillo. Asentí sin muchas ganas de decir nada—. Cuéntame por qué estás aquí realmente, Brisa.
La pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Y lo peor era que él no sonaba morboso. Ni cruel. Solo... curioso.
Tragué saliva.
El recuerdo apareció solo. El fuego. La sangre. Los gritos. Sus cuerpos.
Cerré los ojos un segundo. Algo dentro de mí estaba harto de ocultarlo. Ya estaba ahí. Ya lo había hecho. Yo era la culpable y debería empezar a aceptarlo.
—Maté a mi exnovio.
—¿Por qué lo hiciste?
—Era... muy agresivo y posesivo.
El silencio entre nosotros no cambió. Ni siquiera un poco. Rayner no se sorprendió. No me juzgó. No fingió lástima. Solo me observó.
—Se lo merecía entonces. Qué bueno que lo mataste.
Abrí los ojos.
—Nadie se merece... morir así. Yo no... no debí.
Rayner inclinó la cabeza.
—Mientes fatal, Brisa. Si todavía piensas en eso todas las noches no es porque te arrepientas —murmuró—. Es porque una parte de ti sabe que quería hacerlo.
—Supongo que ya estaba cansada.
Rayner se acercó muy poco.
—¿Y cuál fue tu diagnóstico para que decidieran meterte aquí y no en una cárcel normal? —preguntó, muy interesado.
—TLP.
Él asintió lentamente.
—Tiene sentido.
—¿Y el tuyo?
Rayner sonrió, fue una sonrisa torcida. Cansada.
—Dicen que soy un sociópata.
Lo dijo sin emoción alguna. Como si estuviera hablando del clima.
Lo observé en silencio. Y sí. Podía verlo. No porque pareciera cruel. Sino porque parecía demasiado bueno fingiendo no serlo.
Rayner notó mi mirada.
—¿Qué?
—Nada... —murmuré—. Solo intentaba descubrir qué tan peligroso eres.
Él soltó una risa baja.
Después se inclinó hacia mí. El viento golpeó más fuerte la azotea. Mi cabello se movió alrededor de mi rostro y Rayner alzó una mano lentamente, apartando un mechón detrás de mi oreja.
El gesto fue suave. Demasiado suave para alguien como él.
Y justamente eso fue lo que más me alteró. Justo eso era lo que quería. No el caos, no la tormenta, no la obsesión. Quería esa calma. Quería que mi cuerpo dejara de sentirse atraído por todo eso. Solo quería... paz.
—¿Por qué siento que me analizas todo el tiempo? —preguntó.
—Porque tú haces lo mismo conmigo, así que supongo que es justo.
No pudo negarlo.
Rayner bajó la mano, pero sus dedos rozaron mi cuello al hacerlo. Fue un roce suficiente para tensarme.