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Es hora de ensuciarse un poco las manos

—Hola, pequeña Brisa.

El bocado de comida se quedó a medio camino de mi boca cuando escuché su voz detrás de mí. Seguí su cuerpo cuando me rodeó y se sentó frente a mí en la mesa. Ritter Meyer.

El comedor estaba repleto de personas que habían hecho un silencio sepulcral en cuanto se dieron cuenta de la escena que pasaba ante sus ojos. Él ni siquiera lo notaba... o peor, sí lo hacía y no le importaba.

Se veía igual de pulcro, peligroso y arrogante que siempre.

Su cabello estaba despeinado a propósito.

El uniforme ajustado igual que siempre. Sus brazos, bien trabajados y llenos de tatuajes a la vista.

Sus ojos divertidos y peligrosos clavados únicamente en mí.

Su boca se curvó en una sonrisa torcida y maliciosa.

—Por Dios, no —me quejé en un susurro que, claramente, escuchó.

—¿Soy inoportuno? —inquirió, casual, inocente.

Abrí la boca para decirle que sí, que era muy inoportuno, que quería estar sola, que estaba cansada y harta, pero algo captó mi atención.

Era el profesor Grace. Cruzó justo por detrás de Ritter, sus ojos se clavaron en mí.

Yo, como lo venía haciendo los dos últimos días, bajé la mirada y fingí no verlo.

Sí, después de lo sucedido lo estaba evitando con todas mis fuerzas.

Me recompuse y volví a mirar a Ritter.

—Siempre lo eres.

—¿Por qué siempre estás a la defensiva conmigo? —Se tocó el corazón como si le doliera.

—¿Debo recordarte cómo te pones cuando estamos solos? —Fingí una sonrisa, y él me evaluó antes de sonreír también—. Quiero mantener mis distancias contigo. No me agradas y no confío en ti.

Entonces, se inclinó por encima de la mesa quedando muy cerca de mi cara. Tuve su perfecto y odioso rostro muy cerca del mío. Así de cerca me fijé en una pequeña cicatriz que tenía en la ceja derecha.

—Qué tristeza. Me duele mucho, en verdad. ¿Hay alguien por aquí que te caiga bien?

—No te metas en mi vida.

Sonrió.

—Me gusta mucho provocarte.

—Idiota arrogante.

—Mentirosa manipuladora.

Decidí que era mejor idea no responderle y cambiar de tema.

—Por favor, ya dime qué quieres. —Suspiré con dramatismo—. Quiero dejar de verte la cara de imbécil cuanto antes.

No se ofendió por mi comentario; de hecho, hizo lo mismo que yo. Fingió que no se dio cuenta.

—Quiero averiguar qué sabe el rector.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso? —pregunté como si fuera obvio—. Averígualo y ya.

—Yo no puedo, lo harás tú.

Apoyó los codos encima de la mesa y creó una especie de círculo confidencial más serio.

—Pero... ¿Qué? ¿Por qué no puedes hacerlo tú?

—Brisa, solo mírame —frunció el ceño como si fuera obvio, yo no lo entendía—. Llamo demasiado la atención, sería muy sospechoso verme por esas áreas. Tú, por el contrario, eres invisible.

Abrí la boca y la cerré poco tiempo después.

—Yo... es que...

—Y guardas todo lo que encuentres en su computador en un USB —me interrumpió—. ¿Te quedó claro o tengo que explicártelo como si tuvieras cinco años?

—¿Estás en las drogas?

—Entiendo, tengo que explicártelo con manzanas y uvas —murmuró y se acercó mucho más, incluso pude sentir el aroma de una colonia que olía muy bien—. Entras, guardas todo en el USB y sales.

A mí, por el contrario, no me parecía tan fácil. Además, no me fiaba de él.

—¿Y las cámaras, los de seguridad y la contraseña del computador?

—Tengo un contacto que me ayudará con las cámaras, el personal de seguridad no será un problema y obviamente te daré la contraseña. ¿Algo más?

Seguía bastante desconfiada, pero yo quería saber qué estaba sucediendo, así que tendría que arriesgarme.

—Está bien —acepté sin mucho entusiasmo—. Cuéntame el plan.

—Su oficina está en el último piso del edificio de las oficinas de los profesores —me tendió un papel con la contraseña—. Como te dije, las cámaras estarán desactivadas y los de seguridad estarán ocupados en otra cosa. Tienes exactamente diez minutos para entrar y salir sin ser vista. ¿Entendido?

—Sí.

—Perfecto, ahora ve y ensúciate un poco las manos.

Me puse de pie y salí del comedor con Ritter siguiéndome. Desde mi posición miré el inminente edificio donde estaban las oficinas de los profesores y miré el último piso. Ahí debía llegar.

Se me tensó el cuerpo cuando sentí unas manos en mi espalda; estuve a punto de apartarme como si me tocara el diablo, pero Ritter me mantuvo quieta. Respiré hondo y decidí pensar en las flores o algo. Era mucho mejor que pensar en que sus manos se estaban deslizando peligrosamente por mis caderas.

Respiré hondo cuando su mano bajó y se metió en el bolsillo de mi pantalón. Luego, sentí su pecho presionarme contra mi espalda y su aliento golpearme en el oído.

—El USB y el pase para abrir la puerta —susurró tan bajo que

pude oírlo.

Luego, como si nada, se apartó de golpe de mí.

Yo, decidida a no demostrarle que poco o mucho su cercanía me estaba afectando, ni siquiera lo miré y me metí en el edificio.

Todavía con la cabeza hinchada de dudas me metí también al ascensor y, un minuto después, llegué al último piso. Ahí solo había dos oficinas: la del rector y la de la vicerrectora.

Una vez me aseguré de que no había nadie cerca, me saqué el pase para abrir la puerta de los bolsillos y entré.

Cuando cerré la puerta detrás de mí sentí que podía respirar libremente de nuevo.

Le eché un rápido vistazo a la oficina, pero no me detuve a detallar nada.

De inmediato me senté en la silla y frente a mí quedó la computadora.

Ritter me había dicho que tenía diez minutos exactos para todo y en el camino perdí unos tres, así que contaba con siete minutos para salir ilesa y que nadie me descubriera.

Una vez coloqué la contraseña, un mundo de archivos se abrió frente a mí.

No tenía el tiempo para investigar qué contenía cada carpeta, así que, en contra de mi voluntad, tendría que confiar en que el idiota de Ritter me dejaría ver después qué encontró.

Conecté el USB y esperé impaciente a que todo se pasara.

Miré el reloj en la pared y luego el tiempo que quedaba para que todos los archivos se pasaran al USB. Solo tenía tres minutos.

Mis dedos no dejaban de repiquetear sobre la mesa con mucha desesperación; por eso, cuando se completó la copia, solté un suspiro de puro alivio.

Me aseguré de dejar todo tal y como lo había encontrado antes de bloquear nuevamente el computador, tomar el USB en mis manos y salir como alma que lleva el diablo de allí.

Justo como había dicho Ritter, en cuanto se terminó el tiempo, el personal de seguridad volvió; por suerte, para ese momento yo ya estaba llegando al ascensor.

Las puertas metálicas de abrieron ante mí y mi alivio se convirtió en otra cosa cuando me fijé en que había una persona dentro.

Pensé que era algo que me diría en la cara: «Oye, te vi robando en la oficina del rector, ahora te pasarán cosas muy malas», pero solo era el hermano de Ritter.

Rayner Meyer.

Estaba apoyado en la pared de forma despreocupada.

Marqué el primer nivel y me ubiqué frente a él.

Sin poder evitarlo, recordé cuando lo seguí hasta esa cabaña.

Lo repasé con la mirada y, así de cerca, tenía cierto parecido con su hermano, aunque no entendía por qué si al final eran hermanos adoptivos.

Los dos eran igual de guapos. Se veían tan...

atractivos y misteriosos que ni siquiera sabía cuál era...

Detuve mi mente de inmediato. ¿Qué me pasaba? ¿No era suficiente fantasear con el idiota de Ritter, ahora también con su hermano?

Sin poder evitarlo, volví a echarle un vistazo rápido.

Rayner era mucho más delgado y mucho más pálido.

En aquel momento llevaba una sudadera por encima de la camisa del uniforme, la capucha le cubría la cabeza dejando a la vista solo unos mechones de su cabello oscuro, sus labios estaban ligeramente entreabiertos y...

—Podrías... no sé, ¿dejar de mirarme como estúpida? —La pregunta le salió de los labios con palabras lentas y cansadas y, por cierto, seguía con los ojos cerrados.

—No te estaba mirando —mentí.

—¿Y qué era lo que hacías?

—No hacía nada —mentí otra vez.

Entonces, muy despacio, él abrió los ojos. Su boca se curvó en una sonrisa pequeñita, maliciosa, con una pizca de burla.

—Lo que sea que quieras... —hizo un silencio, se apartó del metal y se acercó a mí—. Solo tienes que pedirlo.

—¿Qué?

—Aun con los ojos cerrados podía sentir tu mirada sobre mí, Brisa —susurró lento—. Y aun sin estar dentro de tu mente, puedo imaginar lo que estabas pensando.

—No sabes...

—Son pensamientos muy impuros para una chica que finge ser buena.

—Pero... ¿De qué estás hablando?

—Estabas preguntándote cuál de los dos es más atractivo, ¿no?

Y luego, salvándome a mí o salvándolo a él, las puertas del ascensor se abririeron. Él levantó la mirada para verlas y luego volvió a verme a mí.

—No sé de qué hablas.

—Tranquila... Que fantaseas conmigo será nuestro pequeño secreto —volvió a susurrar más bajo que antes—. No creo que a mi hermanito le agrade mucho eso; a mí, sin embargo, me agrada mucho.

Y se largó.

Yo me quedé en la misma posición sin entender del todo qué demonios había pasado... ¿Estaba insinuando...?

Negué demasiado rápido con la cabeza y antes de que las puertas se cerraran nuevamente salí del edificio con el pulso todavía desbocado, sintiendo que el aire no me alcanzaba del todo.

Entonces, como si de un juego de tratara, lo vi. A Ritter Meyer. Estaba apoyado contra un árbol. La sombra de las ramas le cortaba el rostro en fragmentos, acentuando esa expresión suya... peligrosa, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Llegué hasta él segundos después.

«A mi hermanito no le gustaría mucho eso».

—Tardaste —dijo sin moverse.

—¿Me estabas esperando? —inquirí, cruzándome de brazos, intentando parecer menos afectada de lo que estaba.

Sus labios se curvaron, pero fue más sabio y decidió no responder a eso.

—¿Todo salió bien? —preguntó.

—Sigo viva, ¿no?