9
Placeres peligrosos
La última vez que tuve sexo no fue consensuado. Y las veces que lo fue, ni siquiera podía llamarse sexo. En ese momento era algo extraño y retorcido que, por alguna extraña razón, yo aceptaba.
Existía una parte de mí que sentía que lo merecía. Que yo misma me había buscado esa clase de... relación. No tenía un motivo verdadero para quejarme como una persona inocente. No lo era. Merecía el infierno que me tocó vivir, porque al final, era mi culpa.
Volví a reaccionar cuando el profesor Grace se apartó de mí, rodeó el escritorio y se sentó en el sillón que estaba detrás. Tragué fuerte y me giré para verlo. Él ya me estaba devorando con la mirada. Se cruzó de brazos y sonrió levemente.
—Suéltate el cabello —me ordenó.
Mi cabello, como las normas lo exigían, estaba trenzado. Sin dejar de verlo, comencé a deshacer la trenza. Al terminar, mi cabello cayó a ambos lados de mi cara, quedando solo a centímetros de mi trasero.
—¿Está bien así? —le pregunté, bajo.
—Perfecta —murmuró—. Ahora quítate la camisa.
Lo hice.
—El pantalón.
De igual forma, sin protestar, lo hice. Para ese punto lo único que cubría mi cuerpo eran unas pequeñas bragas negras y un sujetador del mismo color.
Me gustaba su mirada sobre mí. Hacía mucho que alguien no me miraba así. No era solo deseo, era... como si viera belleza en mí. Una belleza que yo había dejado de ver en mí misma hacía mucho tiempo.
—¿Qué hago ahora? —volví a preguntar.
—Quiero que camines hacia aquí y te sientes sobre mí.
Esta vez no me lo ordenó, me lo dijo con un tono de voz diferente, más afectado, como si verme sin ropa hubiera desarmado todas sus barreras y ya no pudiera contenerse más.
Una sonrisa pícara cruzó mis labios y me acerqué.
Rodeé el escritorio y, justo como me había ordenado, me senté a horcajadas sobre él.
Sin poder evitarlo, se me escapó un jadeo cuando sentí lo duro que estaba. ¿Por solo verme sin ropa estaba así?
Por un segundo sentí vergüenza, todo mi cuerpo se llenó de ella y quise apartarme. Me pareció que se dio cuenta de ello demasiado rápido, porque cuando intenté ponerme de pie, me presionó contra él, obligándome a quedarme donde estaba.
Aparté la cara, pero él me tomó del mentón y me obligó a mirarlo.
—Estás perfecta —susurró como si de repente creara un círculo de confidencialidad entre nosotros—. La mujer más hermosa que he visto en mi vida.
—Es que...
Él tomó mi mano y la llevó hasta su erección.
—Joder, Brisa, mira cómo me tienes y ni siquiera estás desnuda.
Sonreí y, deseando apartar todos los pensamientos de mí, lo besé. Fue un beso duro, sin delicadeza; ya no quería hablar más y él lo notó, porque me devolvió el beso con la misma intensidad. Me sostuvo con mucha más fuerza de la cintura, me pegó contra él y me besó.
Se me escapó un gemido.
Apreté los labios, callándome.
—No te reprimas —susurró contra mis labios.
—Su secretaria está afuera, Sr. Grace —murmuré, respirando.
Sus ojos se oscurecieron al instante. Su mandíbula se tensó. Sus manos en mi cadera se afianzaron, firmes, posesivas.
—¿Le importa mucho? —preguntó con una calma peligrosa.
Negué, incapaz de mentir.
—No.
Una sonrisa lenta, casi cruel, apareció en sus labios.
—Entonces prepárese... —su voz sonó aún más baja, más cerca, más íntima—, porque va a ser imposible que no la escuchen, señorita Jones.
Y entonces, sin previo aviso, su mano se enredó en mi cabello, cerrándose en un puño firme. Tiró de él hacia atrás, obligándome a inclinar la cabeza, dejando mi cuello completamente expuesto para él.
El jadeo se me escapó sin permiso cuando su rostro descendió lentamente, como si disfrutara cada segundo de anticipación... hasta que su aliento rozó mi piel.
Después, su boca. Un roce lento, calculado. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Mis caderas se movieron por instinto, traicionándome, buscándolo.
De su garganta salió un sonido bajo, áspero... peligroso. Pero no se detuvo, al contrario, parecía disfrutar demasiado la forma en que me deshacía entre sus manos.
Se apartó lo suficiente para encontrar mi boca. Y entonces me besó. No fue un beso suave. Fue firme. Seguro. Devastador.
Como si supiera exactamente lo que hacía... y lo mucho que iba a afectarme. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, acercándose más al suyo, traicionando cualquier intento de control.
Sin romper el beso, llevé las manos a su corbata y tiré de ella con prisa, deshaciéndola como si me estorbara. No me detuvo.
Me dio permiso sin decir una sola palabra.
Me separé lo justo para respirar... o intentarlo.
—Lo quiero —murmuré, con la voz más baja de lo que pretendía—. A usted.
—Será un placer darle lo que desea.
Sus ojos no se apartaron de los míos ni un segundo. Oscuros. Encendidos.
Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en sus labios. Su mano se cerró con más fuerza en mi cintura y, antes de que pudiera reaccionar, me levantó con facilidad. El aire se me atascó en la garganta cuando me sentó sobre el escritorio.
Un segundo después, su otra mano me empujó con firmeza, obligándome a recostarme. Quedé atrapada entre la superficie fría y él.
Entre sus manos.
Sin apartar los ojos de mí, sus dedos descendieron con calma deliberada, deslizándose por mis piernas, deshaciéndose de cualquier barrera con una paciencia que resultaba peor que la prisa.
Tragué saliva.
—¿Sabe desde cuándo he querido esto? —murmuró, inclinándose sobre mí. Su rostro quedó a centímetros del mío, su aliento rozando mis labios entreabiertos.
Negué, incapaz de apartarlo.
—No...
Su sonrisa se ensanchó, oscura.
—Desde que me desafiaste en clase —susurró—. Desde entonces no he podido dejar de imaginarte así... Quiero borrar esa mirada desafiante —añadió, más bajo, más cerca— y reemplazarla por una que solo me busque a mí.
El calor me subió de golpe, traicionero. Mi cuerpo reaccionó antes que mi orgullo. No me dio tiempo a responder, porque en el siguiente segundo, su boca volvió a la mía.
Sabía exactamente lo que hacía.
Su boca se movía con una precisión casi cruel, como si conociera cada reacción antes de provocarla. Se alejaba lo suficiente para rozar mi labio inferior, atrapándolo entre sus dientes en mordiscos lentos, medidos... antes de volver a reclamar mi boca.
El aire se volvió insuficiente. Todo se volvió insuficiente.
Un estremecimiento me recorrió cuando sus manos descendieron, tocando directamente mi intimidad. Mi espalda se arqueó sin que pudiera evitarlo, y cualquier sonido que intenté contener terminó perdiéndose contra sus labios.
Me aferré a él, a sus hombros, con las pocas fuerzas que me quedaban. Sus dedos tocaron el punto exacto, círculos deliciosos que me tenían al límite. Mi cuerpo reaccionaba por su cuenta, siguiéndolo, buscándolo, traicionándome.
—Así... —murmuré sin aliento, consciente de mi propia voz.
Una vibración grave escapó de su garganta, casi satisfecha.
Se separó lo justo para mirarme, sus ojos oscuros, atentos, como si estudiara cada detalle de mi reacción.
—¿Te gusta? —susurró, rozando mis labios sin llegar a besarme.
La respuesta se me quedó atrapada en el pecho. Asentí, incapaz de fingir lo contrario. Y entonces...
Se detuvo.
El contraste fue brutal.
El vacío, inmediato.
Ni siquiera supe cómo reaccioné; solo sé que lo empujé lo suficiente para incorporarme, guiada por una necesidad que ya no podía ocultar.
Mis manos encontraron su camisa y tiré de ella con urgencia, deshaciéndome de la tela como si fuera un obstáculo más.
Volví a besarlo en el proceso, sin darle tiempo a pensar, sin darme tiempo a mí misma.
Desesperada, le quité el pantalón también.
La ropa interior de ambos era lo único que nos mantenía separados.
Estaba sintiendo su dura erección contra mi entrepierna, enviando ondas eléctricas por todo mi cuerpo, haciendo que lo deseara más, que tuviera más ganas de tenerlo completamente desnudo y dentro de mí.
Se me escapó un jadeo cuando sentí sus manos en mi trasero, apretándolo, acercándome más a su polla dura y lista para mí.
De repente, cuando sus ojos se clavaron en los míos, todo tipo de consciencia dejó mi cuerpo y mis ganas tomaron el control de todo mi cuerpo y de mi mente también.
Más desesperada que antes, me deshice de su bóxer y tomé su polla entre mis manos, tocando, incitando. Él gruñó, satisfecho, igual de ansioso que yo. Lo empujé hasta que cayó sentado en el sillón. Desnudo.
Me eché el cabello hacia atrás, todavía con la respiración alterada, y acorté la distancia entre nosotros. Su mirada no se apartaba de mí; oscura, intensa... hambrienta.
Y entonces hice algo que ni yo misma esperaba.
Me arrodillé frente a él, justo entre sus piernas.
Una sonrisa lenta, peligrosa, apareció en sus labios.
—¿Vas a dejar que haga con esa preciosa boquita lo que quiera? —preguntó, y su voz no fue más alta... pero sí más firme. Autoritaria. Como en clase.
—Lo que usted quiera, profesor.
Su mirada cambió. Se volvió más oscura. Más consciente. Como si ese pequeño recordatorio —quién era él, quién era yo— hiciera todo más intenso.
Más prohibido.
Sin apartar los ojos de mí, abrió una de las gavetas del escritorio, tomó un preservativo y se cubrió a sí mismo con una calma peligrosa, como si tuviera todo bajo control... incluso a mí.
—No apartes la mirada —ordenó.
Y obedecí.
Su mano se deslizó hasta mi cabello y lo recogió con firmeza. Un gruñido se le escapó cuando la introduje en mi boca de golpe. Entonces, tomó el control. No fue brusco... pero tampoco suave.
Fue exacto. Medido.
Como todo en él.
—Así —murmuró, satisfecho viéndome. Mi boca entraba y salía a su antojo.
Mis manos se movieron casi por reflejo, buscando, explorando, mientras su respiración cambiaba... lo suficiente como para darme cuenta de que, por muy controlado que pareciera, yo también estaba afectándolo.
Su mano se cerró con más fuerza en mi cabello, marcando el ritmo... guiándome, no pidiéndolo.
Todo en él era control.
Dominio.
Y lo peor... era que yo no quería detenerlo. Necesitaba esto. Necesitaba lo que él podría proporcionarme.
De pronto, su respiración se volvió más pesada. Más irregular. Como si algo en él empezara a romperse.
—Encima de mí, ahora, señorita Jones —ordenó, con la voz más grave, más tensa.
Me puse de pie casi de inmediato, como si mi cuerpo reaccionara antes que mi mente, y me acomodé sobre él, a horcajadas.
El profesor Grace me tomó por la cintura con una de sus manos y con la otra se acomodó en mi entrada.
Me sostuve de sus hombros, y entonces, haciendo que un grito se me escapara, lo sentí llenarme de golpe.
—Joder, sí... —gemí contra su boca.
Soltó un gruñido bajo, cargado de tensión, mientras sus manos se aferraban a mis caderas, marcando el ritmo sin dejarme espacio para pensar. Todo se volvió más intenso, más urgente.
Mi respiración se quebró en un gemido cuando el movimiento se volvió firme, casi desesperado... como si nada más importara.
En el lugar, lo único que se escuchaba eran sus gruñidos y mis gemidos. Su piel chocando con la mía. El sonido del roce de nuestros cuerpos.
—Te gusta cómo te follo, ¿eh? —inquirió contra mi boca, sosteniéndome de nuevo por el cabello y echando mi cabeza hacia atrás.
—Me... me encanta —gimoteé sin fuerzas, perdida totalmente por la situación.
Me moví más rápido, dejándome llevar por la sensación creciente que se acumulaba en mi cuerpo, cada vez más intensa, más imposible de ignorar.
Apoyé la cabeza en su hombro, mi respiración desordenada, aferrándome a él mientras todo dentro de mí comenzaba a tensarse.
Podía sentirlo también.
La forma en que su cuerpo reaccionaba, la presión de sus manos, su respiración cada vez más pesada.
—Más rápido, Brisa —ordenó entre dientes, con la voz quebrándose.
Y obedecí.
Levanté la cabeza para mirarlo, y nuestros ojos se encontraron justo cuando todo dentro de mí se tensó de golpe.
Un jadeo se me escapó.
Él gruñó, más fuerte esta vez, perdiendo por completo ese control que tanto lo definía, y dejó caer la cabeza contra mi pecho.
Nos quedamos así, inmóviles. Respirando el mismo aire en silencio.