RITTER 8
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Ofertas tentadoras

Yo nunca podía con nada sola. Él me lo dijo tanto durante el tiempo que estuvimos juntos que terminé por creérmelo.

Todavía lo seguía creyendo. Dudaba constantemente de mí por su culpa.

Liar me convirtió en una persona insegura.

Entonces... ¿por qué seguía tratando de convencerme de que por mi cuenta podría averiguar quién me estaba enviando las advertencias?

Le di un trago al jugo de naranja sin dejar de mirar a Ritter Meyer a la distancia.

Todo lo sucedido la noche anterior se seguía repitiendo en mi mente como un bucle.

Su cuerpo manchado de sangre. Su cercanía.

Sus manos tocándome. Su rostro cerca del mío.

Lo que dijo sobre querer besarme. Mis ganas de que lo hiciera.

¿Qué demonios me estaba sucediendo?

«Tienes tendencia a ser atraída por hombres cuestionables», la voz de mi antigua psiquiatra se coló en mi mente. ¿Era eso? ¿Que constantemente me sentía atraída por hombres malos? ¿Que tenía una debilidad insana por ellos?

Pero es que... Ritter no me atraía. Lo único que sentía por él era rechazo, pero entonces... ¿por qué estuve dispuesta a dejar que me besara?

Fingí que leía y lo miré por encima del libro con disimulo.

La mayoría de los internos estaban en la biblioteca aquella mañana.

Ritter estaba en la otra esquina, sentado en un sillón con un libro entre las manos, mientras fingía que leía o algo así.

Tenía el cabello despeinado, el ceño ligeramente fruncido y los labios en una línea fina.

Carolina estaba sentada en el sofá contiguo al de él junto a Rayner. Ella leía y Rayner parecía hacer algo en una libreta. Siempre parecían estar juntos.

Cerré los ojos con fuerza, me repetí que no estaba cometiendo un error y me puse de pie.

Sin detenerme a pensarlo demasiado, caminé hasta donde estaban y me detuve justo frente a Ritter.

Ni siquiera levantó la mirada. Rayner me miró, pareció sorprenderse, pero casi de inmediato volvió a lo que hacía en su libreta.

Carolina, en cambio, me sonrió con complicidad.

Me aclaré la garganta.

—¿Podemos hablar, Ritter?

No levantó la mirada del libro.

—¿Por qué?

—Necesito tu ayuda.

—¿Dirás... nuestra ayuda? —volvió a preguntar de forma distraída, todavía sin mirarme. El libro entre sus manos parecía ser muy importante.

—Lo que sea.

—¿Por qué cambiaste de opinión?

—Estoy confundida y necesito ver la situación desde otra perspectiva.

Él alzó la mirada. Sus ojos se clavaron en mí y, por un segundo, un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—La confusión es un signo muy sutil de la paranoia.

—¿Podemos... hablar en privado? —inquirí, muy incómoda. Rayner no me prestaba la más mínima atención, pero Carolina no dejaba de darme miraditas divertidas.

—Por supuesto.

Ritter se levantó del sillón y quedó frente a mí.

Su altura imponente, como siempre, obligándome a levantar la cabeza para poder mirarlo.

Sin preguntarme, colocó su mano en mi espalda baja y me impulsó a caminar hacia uno de los cubículos cerrados.

Por inercia, quité su mano de esa zona con un manotazo.

—No me toques —le advertí.

—¿Hoy no puedo tocarte, pero ayer estabas dispuesta a dejar que te besara?

—Tienes un ego gigante. —Sonreí—. No vas a besarme ni en tus mejores sueños.

Lo escuché reír. Me tensé cuando escuché que le puso el seguro a la puerta. Estábamos solos. Completamente solos.

—Brisa —susurró como si fuera a decirme un secreto. Extendió su mano y cogió un mechón de mi cabello para luego juguetear con él—. No soy tan malo como te han dicho.

Quité su mano de mi cabello de un manotazo. Eso lo hizo reír. Casi podía escucharlo decir: «Anoche no fuiste tan reacia a mi contacto, pequeña Brisa».

—¿Ah, no?

Su sonrisa maliciosa y torcida, de un solo lado, se ensanchó.

Ritter se inclinó un poco para estar cerca de mí, como en la madrugada, con esos ojos demoníacos fijos en los míos.

—Soy muchísimo peor, lo sabes y te encanta. ¿O me equivoco?

—Quiero que te alejes de mí. —Me crucé de brazos solo para poner una distancia prudente entre nosotros—. No me das miedo y no te necesito. Mejor olvidemos este asunto. Yo me encargo sola.

Mentira.

Estuve a punto de irme, pero me detuvo. El impulso de zafarme fue inmediato.

—Suéltame.

No lo hizo. Ni siquiera apretó más. No lo necesitaba. Me tenía justo donde quería.

—No cuando acabas de tomar la peor decisión posible —murmuró.

Giré el rostro hacia él, furiosa.

—No te necesito.

Sus ojos se clavaron en los míos, oscuros, calculadores... y peligrosamente tranquilos.

—Me necesitas más de lo que crees.

—¿Qué quieres? —escupí.

Una sonrisa lenta, torcida, se dibujó en su rostro. No era arrogante. Era... segura.

—Quiero mejorar la oferta inicial.

—No me interesa.

Intenté soltarme otra vez. Error.

Esta vez tiró de mí. No fuerte. Pero sí lo suficiente para que mi espalda chocara contra la pared de detrás. El aire se me escapó por un segundo. Él dio un paso al frente, cerrando el espacio entre nosotros.

Demasiado cerca. Otra vez.

Mi pulso se disparó, pero no aparté la mirada.

—Escúchala primero —diferenció en voz baja.

Su mano seguía en mi muñeca. La otra descansó a mi lado, contra la pared, encerrándome sin tocarme.

Control. Siempre control.

—Tienes una advertencia —continuó—. Yo también. Mis hermanos también. No eres especial, solo parte del juego.

Apreté los labios.

—No necesito que me lo expliques.

—Yo sé cosas que tú no —siguió—. Sé cómo se mueven aquí. Quién miente. Quién observa. Quién espera. Lo sé todo de este lugar.

Sus dedos se aflojaron

en mi muñeca... pero no me soltó.

—Y tú... —inclinó levemente la cabeza, analizándome—. Tú llamas la atención demasiado rápido.

Odio. Puro odio.

Su cara. Su actitud. Su arrogancia. Todo me recordaba a Liar. Eran tan similares que el asco que sentía era mucho más fuerte que cualquier curiosidad que estuviera creciendo en mi interior.

—Eso no es un problema.

—Lo es —corrigió—. Porque no sabes qué hacer con ella.

Sus palabras fueron un golpe directo a algo que no quería tocar.

—Déjame adivinar —dije, sarcástica—. ¿Tú sí?

Esa sonrisa volvió. Más peligrosa.

—Siempre.

Lo odié por cómo lo dijo. Por creerlo. Por hacer que una parte de mí dudara.

—Entonces ve al punto —solté—. No tengo tiempo para tus juegos.

Su mirada bajó a mis labios... y volvió a subir. Lenta.

—Mi punto es simple —dijo—. Tú me ayudas a averiguar quién está detrás de esto... y yo me aseguro de que nadie te toque.

Se me heló el estómago.

—No necesito un guardaespaldas.

Esta vez sí me soltó. Pero no se apartó.

—No —dijo mirándome fijo—. Necesitas que nadie decida que eres un blanco fácil. Porque si alguien aquí cree que puede jugar contigo, no va a detenerse.

Silencio. Mi mente corriendo. Mi orgullo gritando que dijera que no. Mi instinto... diciendo otra cosa.

—¿Y qué ganas tú? —pregunté finalmente.

Silencio. Nos miramos, desafiándonos.

—Quiero que por cada cosa que descubras gracias a mí, me des algo a cambio —susurró.

Apreté la mandíbula. Por la sonrisa maliciosa en su rostro, sabía que Ritter esperaba que dijera que no. Esperaba que el miedo me dominara. De verdad, Ritter Meyer no me conocía.

Si tenía que hundirme para hundirlo, lo haría.

Sonreí con malicia al igual que él.

—Hecho.

Y sin decir nada más... salí del cubículo.

Demasiado alterada para mi propio bien, me metí en uno de los baños de ese mismo nivel.

Apoyé las manos en el lavabo y solté todo el aire que había estado conteniendo.

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué sentía tanto rechazo hacia él, pero al mismo tiempo me...

generaba curiosidad? No, no quería, pero mi cuerpo y mi mente me traicionaban.

Su cara me recordaba demasiado a la asquerosa cara de Liar. Se me hacían muy similares.

Alcé la mirada para verme y mi aspecto incluso se veía peor de lo que pensé. Los últimos días había bajado mucho más de peso, tenía ojeras muy marcadas, mi piel estaba más pálida de lo de costumbre y me veía... enferma.

«Te ves asquerosa, Brisa», su asquerosa voz llegó a mi mente y la aparté de inmediato, aunque tenía razón.

Me veía asquerosa. Volví a negar con la cabeza sin dejar de mirarme.

Debía centrarme. Debía sacarlo de mi cabeza de una vez por todas y ocuparme de lo importante.

Mi aspecto era lo último en mi lista de prioridades.

De repente, de nuevo, la voz de Ritter y su cercanía volvieron a mi mente. Si era tan asquerosa, ¿por qué me miraba así? ¿Como si quisiera perder el control? ¿Por qué se me acercaba a mí? ¿Era un juego?

Cerré los ojos de nuevo. Su cuerpo. Su voz. Su aliento. Todo de mí quería... caer. ¿Por qué...?

Apreté los labios.

Estaba cansada. Cansada de lo mismo de siempre.

Odiaba sentirme atraída por hombres que no eran buenos para mí. Hombres que prometían intensidad, peligro... y terminaban dejando cicatrices. Como Liar y Ritter Meyer.

Eso era lo que más odiaba. No a ellos. A mí. A la parte de mí que respondía. A la parte de mí que quería caer. Solté una risa seca. Necesitaba romper eso. Aunque fuera una vez. Aunque fuera fingido. Aunque fuera... forzado.

Las oficinas estaban en el tercer nivel, junto a la biblioteca. Todo ahí arriba era orden, estructura, control. Justo lo opuesto al caos que llevaba dentro.

Perfecto.

Me detuve frente a la puerta del profesor Grace.

Su secretaria apenas me miró, me reconoció.

—La está esperando.

Respiré hondo.

Y entré.

Su colonia me envolvió al instante. Limpia. Sobria. Segura.

Él estaba detrás del escritorio, revisando unos documentos. Perfectamente alineado con ese mundo de normas que yo necesitaba tocar, aunque fuera por un rato.

Levantó la mirada cuando hablé.

—Profesor Grace.

—Señorita Jones.

Se quitó los lentes con calma y se puso de pie. Siempre tan controlado. Siempre tan correcto.

Y, aun así... mi pulso se aceleró.

—Pensé que se había entretenido con algo más y me dejaría esperando.

—Brisa —lo corregí, esta vez sin titubear—. Dime Brisa.

Frunció levemente el ceño.

—Eso no es lo correcto. Usted es la estudiante y yo el profesor. Estoy siguiendo el protocolo.

Di un paso hacia él.

—No lo siga más, por favor.

Silencio. Denso. Su mirada cambió. Ya no era solo profesional. Ahora estaba... evaluándome.

—¿Siempre es así? —preguntó.

—No —respondí—. Pero ahora lo... necesito.

Eso lo hizo tensarse.

Bien.

Otro paso. Acorté la distancia.

—Señorita Jones... —Su voz sonaba a advertencia.

—No vine por las calificaciones —admití.

—Entonces, ¿a qué vino?

Tragué saliva, pero no aparté la mirada.

—Estoy harta.

Silencio. Sus ojos no se movieron de los míos.

—¿De qué? —preguntó, más bajo.

Y algo en su tono... hizo que no pudiera mentir.

—De sentirme atraída por hombres que me hacen daño. Quiero, aunque sea por una vez, que alguien me haga sentir más que caos.

—Continúe.

—De hombres que juegan, que manipulan, que... —exhalé por la nariz— que te hacen sentir como si fueras algo que pueden romper.

Su mandíbula se tensó. No dijo nada.

—Estoy cansada de eso —seguí, más firme—. Cansada de no saber elegir. De repetir el mismo patrón una y otra vez. —Mi voz bajó un poco, más honesta, más vulnerable de lo que me gustaba—. Quiero... por una vez... sentirme valorada.

Ahí sí lo vi. Algo cambió en su mirada. Algo más serio. Más... real.

—Y cree que yo puedo darle eso —dijo despacio.

—Creo que usted no es como ellos.

Silencio. Un segundo. Dos.

—No me conoce —opinó.

—Puedo verlo.

Otro paso. Ya no había espacio entre nosotros. Mi corazón latía fuerte.

—Usted es... correcto —añadí—. Controlado. No pierde la cabeza. No cruza líneas. Necesito eso.

Su mano se cerró en mi cintura. Firme, pero no invasiva.

—Está buscando seguridad en el lugar equivocado —murmuró.

—Tal vez —respondí—. Pero sigue siendo mejor que lo otro.

Otra pausa. Más tensa. Más peligrosa. Su mirada bajó un segundo... y volvió a mis ojos.

—Esto no es una solución —dijo.

—No busco una solución. —Respiré hondo—. Busco dejar de sentirme así. Dejar de querer lo que me destruye. Dejar de... elegir mal.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquiera anterior. Y cuando su mano subió, dudando, no me moví. No retrocedí.

Porque esta vez no estaba cayendo. Estaba eligiendo.

—Te voy a quitar la ropa. Así que, si tienes algo que decir, dilo ahora...

Inconscientemente mordí mi labio inferior. El aire se volvió más denso entre nosotros, más difícil de sostener.

Lo miré fijo.

—No tengo nada que decir... ¿Sabe qué significa eso, profesor?