7 #2
Navaja miró hacia todos lados, como asegurándose de que nadie nos estuviese prestando atención.
—Carolina. Ella es diferente. Yo la conozco. Sé cómo suena —respiró hondo—. Sé cómo se ve, pero te juro que de verdad...
—Estás enamorado de ella —terminé por él.
—Es complicado.
—Me dijiste que me alejara de Ritter. Que es peligroso. Que era mejor no tener nada que ver con él. Que ustedes eran enemigos por cosas que no quisiste contar.
—Todo eso es cierto.
—Te estás follando a su hermana, Navaja. ¿No deberías estar asustado entonces?
—Baja la voz —me pidió.
Acorté la poca distancia que había entre nosotros. Navaja tenía los ojos fijos en mí. Ya no se veía en absoluto como ese chico peligroso que me detuvo en los pasillos. Por un segundo, me fijé en las cicatrices de su cara y en que, aun con ellas, era bastante guapo y bastante inocente.
—¿Por qué? —No bajé la voz—. ¿Nadie puede enterarse de que te estás acostando con Carolina Meyer?
Navaja respiró fuerte.
—Sé que fui un hipócrita. Sé que... no debí decirte que te alejaras de ellos cuando yo estoy metido hasta el fondo.
—No, no debiste.
—Tienes toda su atención, Brisa —me dijo, y sabía que se refería a Ritter—. No tiene límites a la hora de conseguir lo que quiere. No es bueno. Solo intento protegerte.
—Sé cuidarme sola, Navaja —se lo dejé bastante claro—. Deja de preocuparte por mí y ocúpate de tus asuntos. No me conoces.
Me solté de su agarre con brusquedad y seguí caminando, pero antes de alejarme completamente lo escuché decir:
—Él es mucho peor de lo que crees.
No me giré hacia él, pero le respondí:
—Yo también.
La oscuridad me recibió cuando abrí la puerta.
Él no estaba en casa.
Extendí la mano toqueteando la pared, buscando el interruptor, y lo presioné.
La luz iluminó la sala de estar del departamento. Todo estaba en su orden habitual.
Pero noté algo diferente de inmediato.
Él sí estaba ahí. Sentado en el sofá, con la mirada fija en mí.
—Pensé que no estabas en casa —le dije. Silencio. Su mirada seguía sobre mí—. ¿Está todo bien?
—¿Dónde estabas? —me preguntó con dureza—. Y quiero la puta verdad, Brisa.
—En la universidad.
Entonces se levantó, caminó hasta mí y me acorraló entre la puerta y su cuerpo.
—¿Por qué estabas en la universidad a estas horas?
Mierda. Había olvidado avisarle.
—Mira, lo siento, me he quedado por...
No terminé lo que iba a decir porque sentí el impacto de algo al golpearme.
Una bofetada.
Y luego me sostuvo con fuerza del cabello, obligándome a mirarlo, sus ojos furiosos fijos en los míos.
—No quiero excusas —gruñó.
Me sostuve la mejilla, mis ojos aguándose; su mirada furiosa todavía sobre mí.
—¿Entonces, para qué me preguntas?
—¿Tengo que castigarte de nuevo, Brisa?
—No, otra vez no —supliqué en medio de un sollozo, mi valentía yéndose a la mierda.
Pero sabía que lo iba a volver a hacer.
Y quizá por eso me eché a correr.
No lo suficientemente rápido, porque me agarró con fuerza del cabello, tirando de él y haciendo que me cayese de culo al suelo. Su rostro apareció de nuevo en mi campo de visión.
Y me entró el pánico.
—¡NOOOO...!
Abrí los ojos de golpe.
Parpadeé, tratando de reconocer dónde estaba. Mi respiración se había vuelto un desastre. Lágrimas rodaban por mis mejillas. Mi pecho subiendo y bajando. El miedo recorriendo cada parte viva de mi ser.
—Fue una pesadilla, solo una pesadilla...
Pero no lo era. Había sido un recuerdo bastante claro. Un doloroso recuerdo que me perseguía constantemente. Todas las noches. Acechándome. ¿Por qué simplemente no lo olvidaba? ¿Por qué mi mente me jugaba tan sucio?
Se me aceleró el corazón cuando me di cuenta de lo que me rodeaba: árboles, oscuridad, silencio. No estaba en mi habitación. Estaba en el bosque por el que había caminado con Navaja la otra noche para ir hasta la fiesta clandestina.
No sabía cómo había llegado. Seguro que había caminado dormida. A veces solía ser... sonámbula.
Me pasé las manos por la cara, frustrada, y me levanté de golpe, pegándome al árbol de detrás de mí.
El aire frío de la madrugada golpeándome el cuerpo. La piel se me erizó porque solo llevaba un vestido blanco como pijama. No llevaba ni siquiera sostén. El cabello suelto me caía a ambos lados de la cara.
De repente, escuché las hojas crujiendo debajo de los pies de alguien. Como un animal salvaje. Un cazador persiguiendo a su presa.
Y entonces, saliendo de entre los arbustos, lo vi.
Ritter Meyer cubierto completamente de sangre.
Le cubría el rostro, la franela blanca, los brazos descubiertos llenos de tatuajes. Las manos. Todo. Estaba bañado de rojo.
Y se veía terrorífico.
Me cubrí la boca con ambas manos, aterrada. Mis ojos aguándose de nuevo. La mezcla de la pesadilla y de lo que estaba viendo se adueñó por completo de mi sistema nervioso.
—Ay, Dios —susurré llena de miedo.
—¿Dios? —inquirió.
Su mirada llena de peligro me recorrió el cuerpo, y una sonrisa torcida apareció en una sola esquina de su boca.
¿Mi terror acaso le provocaba placer?
—¿Estás asustada, pequeña Brisa? —inquirió en un susurro bajo. Se me cortó la respiración cuando dio un paso hacia mí, amenazante.
Me pegué más al árbol, todavía cubriéndome la boca con las manos. Mi mirada fija en su cuerpo lleno de sangre. ¿De quién era toda esa sangre? ¿Qué había sucedido?
Recordé las palabras de Navaja: «Porque él es peor de lo que crees».
—¿Qué... qué hiciste? —susurré y él, de nuevo viéndose más retorcido, sonrió.
—Yo no hice nada —se encogió de hombros.
Me pegué mucho más al árbol cuando se acercó a mí. Jadeé con fuerza cuando se pegó a mi cuerpo. Su rostro manchado de rojo cerca del mío. Su pecho junto al mío.
Y entonces subió una de sus manos desde mi cintura hasta mi abdomen y mis pechos, y luego la pasó con una lentitud tortuosa por mi cuello.
—Ritter... —susurré, y él utilizó uno de sus dedos para callarme.
—Tu pulso está... acelerado —susurró contra mi rostro. Sus ojos se clavaron en los míos, relamiéndose los labios—. ¿Qué haces aquí, a estas horas, Brisa?
Ni siquiera sabía qué hora era. Ni siquiera podía respirar. Ni siquiera podía moverme. Su cuerpo seguía presionando contra el mío. La sangre manchaba mi vestido blanco y mi cuerpo. Él quitó sus dedos de mi boca.
Pero me armé de valor y le sostuve la mirada.
—¿Y tú?
Suspiró.
—A esta hora los monstruos salen, ¿no es eso lo que dicen?
—¿Qué significa eso?
Su sonrisa se ensanchó.
—Que estamos aquí, a las tres de la madrugada, los dos. —De nuevo, paseó sus dedos ensangrentados por mi cuello—. Estás aquí. Sola. A mi merced. Podría hacerte lo que yo quisiera.
Tragué grueso. Ritter seguía con su mano cubierta de sangre sobre mi cuello. Su rostro cerca del mío. Su aliento golpeando mis labios.
—Ritter, por favor...
Se le escapó una risa baja.
—¿Vas a decirle a alguien que me viste aquí, Brisa?
—No...
Él subió su mano hasta mi rostro, deslizó sus dedos ensangrentados por mi mejilla y sonrió. Fue una sonrisa tan retorcida. Tan peligrosa. Tan demoniaca. Y su mirada... sus ojos brillaban de una forma tan... extraña.
—Qué buena chica eres...
Y no se alejó.
De pronto, la idea de que quizá él era el culpable de lo sucedido se apoderó de mi mente.
¿Era posible?
Y si era así, ¿por qué...? ¿Por qué no sentía miedo en absoluto?
—¿Qué es lo que quieres de mí, Ritter? —se lo pregunté mirándolo directamente a esos ojos grises tintados de ese negro, tan peligrosos.
Podía sentir su respiración golpear mi rostro.
—¿Qué puedes ofrecerme?
—Solo déjame ir.
—Igual siempre estarás volviendo a mí —me dijo.
—Eres un idiota.
Entonces, lo hizo.
Acercó su rostro muchísimo más al mío. Sus labios rozaron los míos. Su cuerpo pegándose al mío.
—¿Qué harías si te beso, Brisa? ¿Me alejarías o me dejarías besarte como quiero?
—¿Qué te hace pensar que te dejaría besarme?
—Estoy bañado en sangre y tu cuerpo reacciona de una forma bastante peculiar a mi cercanía —rozó sus labios con los míos—. Y ambos sabemos que no es miedo.
—No sé de qué hablas.
Sonrió.
—Yo creo que lo sabes perfectamente.
Y entonces sí que se alejó y se perdió por el bosque, dejándome allí.
Sola.
Y bastante... conmocionada.
O excitada. No lo sabía.