RITTER 7
16%

7

Un monstruo revelado

Imprimí los dos informes que me pidió esa tarde el profesor Grace. Estaba agotada. Me dolían los dedos y los ojos se me cerraban solos. Esa madrugada, aprovechando que de todas formas no podía dormir, me escapé y logré entrar al área de informática sin activar ninguna alarma.

Solté un suspiro hondo y me eché hacia atrás en la silla giratoria.

Cerré los ojos por un segundo y pensé. Ritter Meyer.

Tenía que admitir que me sacaba más de lo que creía de mis casillas.

Recordé su cercanía, lo que me dijo y luego...

su propuesta. Yo no había sido la única en recibir advertencias, también él y sus hermanos, pero... ¿por qué?

Él tenía razón: lo que más deseaba era averiguar quién me estaba enviando las advertencias. Podría hacerlo yo sola, pero... no tenía todo el poder de Ritter, aunque odiara admitirlo. El maldito tenía razón. Lo necesitaba.

Abrí los ojos de golpe cuando escuché una silla caerse. Miré hacia todos lados con los ojos bien abiertos. Todo estaba oscuro. La luz del computador era lo único que iluminaba el lugar.

Se me hizo un nudo en la garganta y tragué fuerte cuando escuché unos pasos acercándose. Perfecto. Me iban a matar.

Me levanté de la silla y curioseé por algunas esquinitas por si de repente podía ver algo. No vi nada, pero lo seguí intentando.

Entonces, de repente, escuché una voz detrás de mí:

—¿Qué haces aquí?

Me di la vuelta tan rápido que me mareé momentáneamente. Miré con el ceño fruncido a la persona frente a mí.

—¿Qué haces tú aquí? —contraataqué.

Carolina me sonrió y se relamió los labios. La miré de arriba abajo: vestía un simple pijama de rayas corto y que se le ajustaba al cuerpo. Debía admitirlo. Era guapísima, se veía bien, no tenía nada que envidiarle a nadie y ella lo sabía. Todo de ella derrochaba seguridad.

—Pasando el rato —me respondió como si nada, encogiéndose de hombros y dándole un pequeño sorbo a la botella de agua que tenía entre las manos.

Rodé los ojos, fastidiada, y decidí salir de allí. Intenté pasar por su lado, pero ella me detuvo tomándome por el brazo. Sus largas uñas se me clavaron en la zona y casi me quejé.

—Suéltame —murmuré en un tono muy bajo. No me hizo caso—. Quítame las manos de encima.

Finalmente lo hizo, se colocó frente a mí y me evaluó. Sus ojos oscuros me escanearon sin disimulo. Parecía buscar algo en mí, pero yo no entendía qué era.

—¿Por qué actúas de esa forma conmigo? —Hizo un puchero con sus labios y me miró con ojitos de cordero degollado—. Lo único que he intentado es llevarme bien contigo. Soy amable contigo y tú actúas como una desgraciada.

Sí, lo sabía, pero su «amabilidad» no me convencía. No me iba a dejar engañar tan fácil, no era tonta, aunque todos ellos pensaran que sí.

—No quiero tu amabilidad y mucho menos tu amistad.

Carolina sonrió de forma muy extraña y ladeó un poco la cabeza para mirarme. Parecía que todo de ella quería decir algo, pero no lo hacía. ¿Qué era? ¿Qué quería decirme Carolina?

—Todos quieren ser mis amigos —se encogió de hombros y volvió a darle un sorbo al agua—. Solo mírame, Brisa. ¿Por qué alguien no querría serlo?

—Porque no.

Volví a intentar pasar por su lado, pero esta vez ella se interpuso en mi camino y me obstruyó el paso. De nuevo, más fastidiada que antes, rodé los ojos.

—Quítate de mi camino.

Su sonrisa maliciosa se ensanchó.

—Sabes, Brisa, en un lugar como este es mejor tener amigos o aliados, como quieras decirle. —Hizo un gesto con la boca que no entendí—. A los solitarios no les va muy bien, créeme.

—¿De verdad? —Me crucé de brazos, fingiendo sorpresa—. Cuéntame un poco más.

—Son blancos fáciles para todo el mundo. Este es un lugar peligroso, Brisa. Tú más que nadie debería saberlo.

—¿Por qué debería saberlo?

De su pantalón corto de pijama sacó una carta, un as de corazones, y lo movió frente a mí de forma juguetona.

—Deberías dejar que te apoyemos —susurró como si fuera un secreto—. No queremos que te vaya a suceder nada.

Abrí la boca para preguntarle directamente si me estaba amenazando, pero entonces, de alguna otra parte, salió otra persona a la que reconocí también de inmediato.

Vestía simplemente un bóxer negro. Tenía su cabello oscuro despeinado, los ojos soñolientos y también sostenía una botella de agua entre las manos.

Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando me miró. Abrió la boca y la cerró con la misma rapidez.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Es un gusto verte, Navaja.

Navaja parpadeó, dio un paso hacia mí y luego se quedó muy quieto.

—Brisa... ¿qué haces aquí? —fue lo que murmuró, pasmado.

La rabia me cruzó demasiado rápido por el cuerpo.

Navaja me había advertido que me alejara del trío.

Recordé esa noche en la fiesta y cómo me había dicho que todos ellos eran rivales por algo que sucedió en el pasado, pero...

allí estaba. Desnudo y con la evidencia de lo que hacía plantada en la cara. Se estaba acostando con Carolina Meyer.

Se me escapó una risita al mismo tiempo que negaba con la cabeza.

—Debería irme —murmuré pasando por el lado de ambos—. Continúen en lo de ustedes.

No esperé una respuesta. Apagué el computador, recogí todas mis cosas y me fui.

Lo que restó de la madrugada y hasta que la alarma sonó, no dormí nada.

Mi mente no podía dejar de dar vueltas, de intentar buscar respuestas y de analizarlo todo.

Quería respuestas. Quería saber qué mierda estaba pasando allí dentro y para saberlo, lamentablemente, iba a tener que hacer algo que no quería...

—Buenos días, señorita Jones.

Levanté la mirada de golpe y un cuerpo alto y muy bien trabajado me recibió.

El profesor Grace llevaba una camisa blanca perfectamente planchada, arremangada hasta los antebrazos, dejando ver unas venas marcadas que llamaban más la atención de lo que deberían en un entorno como aquel.

El pantalón de vestir oscuro le quedaba impecable, ajustado lo suficiente para evidenciar que no era precisamente un hombre descuidado con su físico.

A leguas se veía que era un hombre serio, casi intocable...

peligrosamente atractivo para alguien que claramente disfrutaba demasiado de su autoridad.

El contraste era absurdo: parecía sacado de una universidad de prestigio, no de un psiquiátrico.

Sus ojos cafés se clavaron en mí por encima de los lentes, recorriéndome brevemente antes de detenerse en mi rostro. Ladeó

la cabeza, como evaluando algo.

—Vaya... —murmuró con calma—. Qué considerada, señorita Jones. No sabía que ahora también madrugaba para hacer fila frente a mi oficina.

Me incorporé despacio de la silla donde su secretaria me había dejado esperando como si fuera una niña castigada.

—No madrugué por gusto —respondí, cruzándome de brazos—. Vine a traerle sus informes y su secretaria me hizo sentarme aquí hace más de media hora.

Sus labios se curvaron , pero no en una sonrisa. Más bien en algo que se parecía demasiado a satisfacción.

—La puntualidad es una virtud —dijo mientras sacaba unas llaves—. La paciencia, también. Veo que le hace falta trabajar ambas.

Rodé los ojos, sin siquiera intentar disimularlo.

—Qué suerte la mía.

Él abrió la puerta de su oficina con total tranquilidad, como si no acabara de provocarme a propósito, y se hizo a un lado para dejarme pasar.

—Entre —indicó—, ya que está tan entusiasmada por empezar.

—No hace falta —me negué de inmediato—. Aquí están los informes.

—Entre —repitió.

Su tono no subió, no se volvió más duro... pero tampoco dejó espacio para discutir. Era una orden. Clara. Fría. Inapelable.

Apreté los labios un segundo y, rindiéndome, le pasé por el lado. Sentí su presencia demasiado cerca al pasar, ese aroma limpio que no encajaba con el lugar... ni conmigo.

Entré a su oficina. Era incluso más pulcra que él mismo. Se veía demasiado limpia y demasiado organizada, casi obsesiva. Igual que los consultorios, tenía un aspecto viejo y desgastado, pero al parecer él la mantenía en un muy buen estado.

Igual que él.

—¿Necesita algo más? —inquirí—. Voy tarde a mi clase.

—Deje los informes sobre el escritorio —me pidió.

Avancé, dejé la carpeta donde me señaló y me giré de inmediato, lista para salir. Pero su voz volvió a detenerme antes de que diera el primer paso.

—Y cuando termine sus clases... vuelve.

Me quedé quieta. Lentamente, giré el rostro hacia él.

—¿Perdón?

El profesor Grace estaba apoyado contra el borde del escritorio, mirándome por encima de sus lentes. Tranquilo. Seguro. Como si ya supiera que no iba a negarme.

—No hemos terminado —añadió—. Aún hay trabajo pendiente.

Sentí cómo algo me subía por el pecho. Irritación... mezclada con otra cosa que no me gustaba nada.

—Le gusta torturarme.

Él dio un paso hacia mí. Uno solo.

—A las dos —dijo, más bajo—. Aquí.

Mi cuerpo se tensó de forma automática. Lo miré, desafiándolo en silencio.

—No es opcional, ¿verdad?

Una leve curva apareció en sus labios. No era una sonrisa. Era peor.

—Empieza a entender cómo funcionan las cosas.

Me sostuvo la mirada un segundo más... y luego simplemente se apartó, como si ya hubiera terminado conmigo.

Apreté los dientes, conteniendo cualquier respuesta que pudiera empeorar mi situación.

—Perfecto —solté al final, seca.

Y salí.

El aire del pasillo me golpeó de inmediato.

Y, por primera vez en varios minutos... sentí que podía respirar.

Salí del área de oficinas lo más rápido que pude. Le mentí: no tenía ninguna clase pendiente. Era sábado y solo tenía pendiente la terapia grupal y actividades recreativas que quería saltarme.

Seguí mi camino hacia la terapia, pero, como siempre, alguien llegó corriendo hacia mí. No dejé de caminar en cuanto me di cuenta de quién era. Navaja.

—Necesitamos hablar.

—¿De qué deberíamos hablar?

—Brisa —se quejó, tomándome del brazo y deteniéndome.

Me solté de su agarre de golpe.

—¿Qué?

—No huyas de mí —me pidió en un tono bajo.

—No estoy huyendo. Solo no quiero hablar contigo. No vuelvas a hablarme nunca.

—Estás molesta.

—Sí.

—Ella es diferente —me interrumpió. Sabía que se refería a Carolina.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?