RITTER 6
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Oferta tentadora

Me puse de pie de golpe.

Se me ocurrió que podía salir corriendo como una loca. Fue un impulso, uno fuerte, pero en contra del pánico que me recorrió el cuerpo, no me moví.

Rayner Meyer me estaba mirando como si yo fuera la mierda que su zapato pisaba.

Yo, en cambio, no podía dejar de mirarlo. De cerca era incluso más atractivo. El cabello lo llevaba revuelto; esos ojos negros y peligrosos fijos en mí. Sus labios, al darse cuenta de que lo miraba sin descaro, se curvaron en una mueca de disgusto.

Sí, Navaja tenía razón: parecía que lo estaba matando el aburrimiento y el hastío.

—¿Terminaste de examinarme o necesitas que me quite la ropa?

Abrí los ojos de golpe.

¿Quién mierda se creía?

«Bueno, linda, es que te lo estás comiendo con la mirada».

—¿Y tú terminaste de espiarme? —contraataqué a la defensiva.

Retrocedí por instinto y él avanzó un paso. Quería intimidarlo, pero era mucho más alto que yo y eso me dificultaba la tarea. De nuevo, lo evalué. Tenía las manos guardadas dentro de los bolsillos de su pantalón, la cabeza un poquito ladeada y en sus ojos había una chispa de... ¿diversión?

¿Qué le parecía tan gracioso al idiota?

—Qué forma tan extraña tienes de dar las gracias —me respondió en un tono amargo, seco y desinteresado. Justo como su mirada.

Su voz era gruesa, profunda, y parecía como que le importaba una reverenda mierda el mundo en general.

Vale, ¿entonces por qué me estaba hablando?

—¿Por qué debería darte las gracias? —volví a contraatacar. Lo admitía, los tres hermanos sacaban mi lado menos racional. Me hacían sentir que debía estar preparada para cualquier cosa siempre. Estaba a la defensiva todo el tiempo.

Con Carolina y con Rayner no sabía qué esperar, pero con ese Ritter Meyer lo tenía muy claro.

—¿Por qué? Estabas teniendo un ataque de pánico y mi voz te sacó del trance —sugirió elevando las cejas de forma significativa.

—No tengo que darte las gracias por nada —fingí sonreír.

Rayner cambió su peso de una pierna a otra sin dejar de mirarme. Sí, al igual que yo, él también me estaba evaluando. Yo era muy expresiva, pero él no lo era tanto, así que me era muy difícil saber qué pasaba por su cabeza mientras me miraba de arriba abajo.

—¿Andas sola por estos lados? Es muy mala idea, ¿no crees? —Se inclinó un poco, hasta que su cara estuvo cerca de la mía, y añadió—: Si crees que alguien te busca, deberías cuidarte un poquito.

Apreté los labios; el cuerpo se me tensó. Clavé mis uñas en la palma de mi mano. Quería soltarle una bofetada por idiota.

—Y tú deberías dejar de meterte en lo que no te importa, ¿no crees?

—Y tú deberías dejar de creer que el mundo gira a tu alrededor. —Su boca se curvó de una sola esquina en una sonrisita torcida y peligrosa.

Al parecer harto de la conversación, se dio la vuelta y comenzó a caminar adentrándose en el bosque. Por un segundo quise irme, encerrarme en mi habitación y no salir hasta la mañana siguiente, pero se me ocurrió una idea. Tenía que saber dónde estaba parada con estos hermanos.

Lo seguí.

Si se dio cuenta de que lo seguía, no le importó. Yo, mientras lo veía de espaldas, noté unas cuantas diferencias entre los tres hermanos.

Ritter representaba la arrogancia y la astucia.

Carolina representaba la confianza y la belleza.

Y este último, el desinterés y la frialdad.

Pero los tres tenían una cosa en común: se veían peligrosos, retorcidos, como que hacían mucho daño y que lo disfrutaban.

De repente, y sin girar la cabeza hacia atrás, me preguntó:

—¿Siempre eres así de curiosa?

—Normalmente.

—¿Y nunca te has puesto a pensar en lo peligroso que es?

—Yo diría que me estás amenazando.

Pasamos todos los arbustos; tropecé y casi me caí, pero logré estabilizarme.

—¿Tú crees? —inquirió sin girarse. Su voz se escuchó muy ronca, muy fría, muy desinteresada.

—Sí, no me agrada mucho que me amenacen.

—A mí no me agrada que una desconocida me siga.

—Qué mal por ti.

—Sí, qué mal por mí.

Miré de nuevo a mi alrededor: arbustos, piedras y... ¿una cabaña abandonada?

Genial, lo que me faltaba. Por curiosa me iban a matar en una puta cabaña abandonada.

Unos minutos después nos detuvimos ahí. Tenía madera cubriendo las ventanas; se veía vieja y deteriorada.

Rayner avanzó hacia la puerta y la abrió con agilidad. Entró y dejó la puerta abierta para mí.

Entré.

No había muebles, tampoco mesas. El piso era de madera y rechinaba cada vez que lo pisábamos.

Miré la pulsera eléctrica en mi mano y luego miré la de él. Por suerte para todo el mundo, solo avisaba cuando salíamos del rango establecido, que era básicamente fuera de las instalaciones. Aquel lugar parecía incluso un pueblo. Muy grande. Con muchos misterios. Con muchas cosas por todas partes.

Rayner subió unas escaleras y, como buena curiosa, también lo seguí. Entramos a una especie de habitación; había un colchón en el suelo y una ventana abierta de par en par. Desde ahí se podía ver el bosque por el que habíamos caminado y, a lo lejos, los edificios.

Tragué grueso.

Finalmente se giró hacia mí, me miró de arriba abajo y luego, haciéndome retroceder, se acercó peligrosamente.

—¿Por qué estás aquí, Brisa? ¿Qué quieres averiguar? —inquirió—. Déjame adivinar, ¿quieres saber a qué te enfrentas?

—¿Qué?

—Ritter te hizo enojar y ahora todos sus hermanos pagamos por sus mierdas, ¿cierto? —Se inclinó otro poco hasta que su rostro quedó cerca del mío—. ¿Quieres saber qué tan malo soy? ¿Si soy igual de idiota que Ritter? ¿Si soy una amenaza para ti?

—¿Y lo eres? —le pregunté sosteniéndole la mirada.

—Quizás soy peor que él.

Y luego simplemente caminó hacia una especie de armario, abrió las puertas y sacó una botella de vodka.

La destapó, le dio un largo trago y luego caminó hasta el colchón y se dejó caer de espaldas.

Me quedé quieta.

Hasta que se alzó un poco, apoyándose en sus codos para mirarme.

—Acércate, que no muerdo —se burló—. A menos que me lo pidan, claro.

—¿Quién te pediría que lo mordieras?

—Te sorprenderías.

Sin dejar de analizarlo, de evaluarlo, de saber qué estaba haciendo, avancé hacia el colchón y me senté a su lado.

Entonces él se incorporó y me pasó la botella; la agarré entre mis manos, dudosa.

Solté aire por la nariz, miré la botella y, dejando de lado los pensamientos, le di un sorbo.

Y así fue durante un ratito. Nadie decía nada. Solo bebíamos y mirábamos el bosque frente a nosotros. Mi mente estaba muy perdida.

—No te agrado mucho, ¿verdad? —me preguntó rompiendo el silencio y girándose hacia mí.

—La verdad, no.

—Si te soy sincero, tú tampoco me agradas mucho —murmuró—. Creo que eres muy idiota por haberte metido aquí. No debiste venir y lo sabes.

—No sabes nada de mí.

—Sé muchas cosas de ti.

Esa fue mi señal para decidir que debía volver y alejarme también de Rayner Meyer. Era peligroso. Igual que su hermano.

No dije nada, solo salí de la cabaña.

Crucé los arbustos a una velocidad impresionante. Ni siquiera supe cuánto tiempo me tomó llegar hasta la entrada del edificio B. Solo reaccioné cuando estuve ahí.

La cabeza me dio vueltas y un recuerdo, de golpe, llegó a mi mente:

—Quizá deberías dejar de beber, Brisa.

Empujé a la persona que me había hablado y tomé el vaso con vodka entre mis manos. Me bebí todo el líquido de golpe y le pedí al chico de detrás de la barra que me sirviera dos más. Estaba tan furiosa.

—Quizá deberías dejarme en paz, Max —contraataqué, bastante mareada...

—Brisa...

Me tomé los dos vasos de vodka que había pedido. Luego, miré a Max y entrecerré los ojos.

—¿Me harías un favor?

Max respiró, muy hondo en realidad, luego asintió con la cabeza. Sonreí y luego me puse de pie; me tambaleé y casi me caí, pero Max me sostuvo entre sus brazos.

De acuerdo, estaba muy borracha.

—Llévame a casa de Liar.

Volví a la realidad cuando alguien movió mi hombro con fuerza. Un seguridad me miraba con cara de pocos amigos.

—Sube a tu habitación, enciérrate y no abras la puerta.

Le hice caso porque estaba cansada y solo quería dejarme caer en mi cama.

¿Qué mierda sucedía?

Me metí en el ascensor y las puertas metálicas se abrieron. Había seguridad por todas partes.

—Entra a tu habitación —me ordenó otro seguridad.

La obedecí y entré a la habitación.

Mis dos compañeras de habitación estaban sentadas sobre sus respectivas camas.

—¿Qué sucede? —se me escapó la pregunta, y una Amaya bastante relajada me miró. Seguía pareciendo muy indiferente, pero más dispuesta a entablar una conversación.

—Uno de los internos del edificio anexo a este se escapó —lo dijo con un tonito divertido y misterioso.

—¿Por qué luces tan tranquila?

Se encogió de hombros mientras se miraba las uñas de forma despreocupada.

—Porque no me asusta. Esto pasa más seguido de lo que crees. Además, nosotros somos igual de peligrosos y míranos aquí con libertades que no nos merecemos porque unos idiotas decidieron que unos trastornos eran peores que otros. Todas las putas enfermedades mentales son peligrosas.

Fruncí el ceño ante todo lo que soltó. Incluso nuestra compañera, la que no hablaba, la miró de forma significativa.

Yo decidí no involucrarme y me fui directo al baño.

Se me salió el alma del cuerpo en cuanto cerré la puerta detrás de mí y una voz me recibió.

—Hola, Jones.

La voz salió de la nada. Grave. Baja. Demasiado cerca. Se me erizó la piel al instante. Giré la cabeza y ahí estaba.

Ritter Meyer.

Apoyado contra el marco de la puerta como si ese lugar le perteneciera, con esa sonrisa torcida que parecía más una amenaza que un gesto.

—Tiene que ser una jodida broma... —murmuré irritada.

Pero él no reaccionó a mi tono. Al contrario. Su sonrisa se ensanchó. Como si mi molestia le resultara... entretenida.

Lo miré de arriba abajo sin disimulo. Parecía un demonio salido del mismísimo infierno y parecía... que le encantaba serlo.

—Tenemos que hablar —dijo en cambio—. ¿No se supone que está prohibido entrar a las habitaciones del sexo opuesto?

Avancé hacia el lavamanos. Pasé a su lado sin mirarlo, chocándole el hombro con intención. Ritter soltó una risa baja.

Levanté la vista hacia el espejo. Ahí estábamos los dos. Dos polos totalmente opuestos que se repelían y eso era muy notorio.

—¿En qué idioma tengo que decirte que me dejes en paz, idiota?

Ritter no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo. Observándome. Desarmándome con la mirada.

Luego cruzó los brazos sobre su pecho, relajado. Demasiado relajado.

—Me sorprende que alguien como tú pierda la paciencia tan rápido.

—Ritter...

—Tranquila —me interrumpió—. No vine a discutir.

Metió la mano en el bolsillo y sacó el as de corazones que me habían enviado como advertencia. Mi estómago se contrajo antes siquiera de verlo bien.

—Se te cayó —dijo extendiéndolo hacia mí.

No lo tomé.

—Sigo sin entender qué tiene que ver esto contigo.

—Quiero proponerte algo.

—No.

—Pero ni he hablado.

Me pasé una mano por la cara. Cansada. Irritada.

—Habla.

Ritter levantó ligeramente la carta entre sus dedos.

—Quiero saber quién está detrás de esto —su tono cambió. Ya no era burlón. Era... serio—. Y quiero que me ayudes.

Solté una risa corta.

—¿Tú? ¿Necesitando ayuda?

Sus ojos se clavaron en mí.

—No cualquiera —corrigió—. Tu ayuda.

—Qué honor. —Di un paso hacia él—. ¿Y por qué yo?

No dudó.

—Porque te he estado observando. —El aire se volvió más pesado—. Y no eres tan simple como aparentas.

Me tensé.

—¿Y si no quiero?

Dio un paso hacia mí. Lento. Medido. Como si supiera exactamente cuánto espacio podía quitarme sin que huyera.

—Quieres saber quién te envió la advertencia y yo te estoy ofreciendo mi ayuda.

—Eso no responde mi pregunta.

—La responde perfectamente.

Silencio.

—¿Y tú por qué quieres saberlo?

Por un segundo no dijo nada. Luego:

—Porque no fuiste la única.

Sacó otra carta. Otro as de corazones con una nota. La desplegó frente a mí.

«Que comience el juego, Ritter Meyer».

Sentí un golpe seco en el pecho.

—¿A alguien más...?

—A mis hermanos.

El silencio que siguió fue distinto. Más peligroso. Más real. Mi mente empezó a trabajar.

Pero junto con la curiosidad, algo dentro de mí gritaba: «Aléjate».

—No —dije.

Seco. Firme.

Ritter sonrió. Despacio. Como si esa respuesta fuera exactamente la que esperaba.

—Te encanta mentirte.

—No confío en ti —repliqué—. Y no me interesas.

Se le escapó una risa baja. Sin humor.

—¿Y crees que tú me interesas a mí?

Su expresión cambió de golpe. La sonrisa desapareció. Sus ojos... no. Esos se volvieron peores. Vacíos. Oscuros. Reales.

Y entonces se movió.

Rápido.

No me dio tiempo a reaccionar.

Retrocedí.

Mi espalda chocó contra el espejo. El frío me atravesó.

Y él ya estaba ahí. Cerca. Demasiado cerca. Sin tocarme. Pero cerrando todas las salidas.

—Aléjate... —susurré.

—¿Por qué? —respondió igual de bajo.

Sentí su respiración rozarme. Uno de sus dedos jugó con un mechón suelto de mi cabello y mi cuerpo completo reaccionó a eso, aunque odiara admitirlo.

—Porque no soporto tenerte así —susurré con la voz entrecortada.

Una sombra de sonrisa apareció en su boca.

—No es eso.

Mi pulso se disparó.

—Entonces, ¿qué es?

Se inclinó. Lo justo para que mi cuerpo siguiera en alerta y mi corazón corriera como un loco.

—Te da miedo.

—¿Miedo de qué?

—Caer.

—¿Caer?

Sus ojos recorrieron mi rostro lentamente. Como si estuviera leyendo algo que yo no entendía.

—Por mí.

Se me secó la boca.

—Estás delirando.

—No —murmuró—. Tienes mucho miedo de caer por mí, Brisa.

—Te detesto, Ritter Meyer. No hay una sola parte de mi cuerpo que pueda caer por ti.

Sonrió. Esa sonrisa. La que prometía problemas.

—Ya lo veremos.

Y se apartó. Sin prisa. Como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de arrinconarme contra un espejo.

Abrió la puerta.

Y antes de salir, habló sin mirarme:

—Cuando cambies de opinión... ven a buscarme.

Y se fue.

El silencio que dejó detrás fue peor que su presencia. Yo me quedé ahí, inmóvil, con el corazón golpeándome el pecho. Con la sensación de que algo acababa de empezar. Y con una idea clavándose lentamente en mi cabeza:

Tenía que mantenerme lejos de Ritter Meyer.