RITTER 5 #2
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Por primera vez, vislumbré un brillito de diversión en su mirada. Me estaba retando. Me estaba haciendo enojar y lo estaba disfrutando.

—Ingénieselas.

Le arrebaté las hojas de las manos con mucha rabia. QUÉ HIJO DE PUTA.

—A primera hora los tendrá —solté.

Y luego salí.

Bajé las escaleras e iba tan furiosa que, cuando abrí la puerta, ni siquiera noté a la persona que venía entrando. Mi cuerpo impactó de golpe contra el suyo.

—Brisa Jones —canturreó una voz que conocía bastante bien, con ese tonito peligroso y divertido que tanto me cabreaba.

Bajé la mirada hasta su mano que, por impulso, me había agarrado por el brazo. Se me tensó hasta la vida pero, de forma nada agradable, quité su mano de mi brazo de un manotazo.

Ritter Meyer sonrió y dio dos pasos hacia atrás, alejándose de mí.

De nuevo, me fijé en él. Era asquerosamente alto. Asquerosamente atractivo. Asquerosamente intimidante con todos sus tatuajes a la vista.

—Pensé que no sabías mi nombre —sonreí con inocencia.

Su sonrisita se ensanchó, sus ojos fijos en mí, incomodándome por un momento.

¿Por qué me sonreía de esa forma? ¿Por qué parecía que había algo oculto detrás de esa estúpida sonrisa?

Ritter chasqueó la lengua, sus ojos brillando con esa malicia tan característica de su rostro. Había algo en su mirada que me asustaba. Nunca en la vida admitiría eso en voz alta, pero ahí estaba.

No sabía si era esa sonrisita, esa forma de mirarme como si fuera un depredador listo para cazar a su presa o su altura tan intimidante.

O el hecho de que tuviera tanto poder sobre todo el mundo.

—Eres... extrañamente interesante, Brisa —susurró dando un paso hacia mí, mirándome—. Haces que quiera...

Se detuvo de golpe, como si fuera a decir algo realmente incorrecto.

—¿Qué? —lo insté a decirlo, sosteniéndole la mirada.

Sonrió de nuevo, agachándose un poco, sus labios quedando cerca de mi oído.

—Poseerte... —me lo susurró demasiado bajo, demasiado cerca, demasiado ronco...—. Haces que quiera poseerte, Brisa Jones, y eso es tan peligroso para ti pero tan excitante para mí.

Lo empujé de golpe. Recordé lo que me había dicho Navaja y todas mis alarmas se encendieron.

—Aléjate de mí, Ritter —le advertí—, deberías dejar de creerte irresistible y mantenerte alejado de mí. No quiero tener nada que ver contigo.

Ni siquiera se inmutó ante mi tono.

—¿No soy irresistible para ti? —inquirió guardándose las manos dentro de los bolsillos del pantalón.

—Ni un poco, te lo aseguro.

—¿Crees que no puedo tenerte? —inquirió.

—No, no puedes.

Sonrió.

Necesitaba alejarme cuanto antes de él. Lo dejé ahí y salí de la biblioteca muy rápido. El sol me golpeó la cara de golpe. El día estaba soleado y hacía un calor de mil demonios.

Me quité la sudadera que llevaba puesta encima del uniforme y me la colgué de un brazo.

Caminé a toda prisa y solo me detuve cuando llegué hasta el área verde del jardín. Había muchísimos internos sentados allí. Me dejé caer de espaldas.

No supe cuánto tiempo pasó, pero sí que todo parecía bastante tranquilo.

Hasta que sucedió lo que ya se estaba haciendo una costumbre: un grito. Y luego un:

—¡Baja de ahí! —dijo la voz de un chico.

Me senté de golpe, desorientada, no entendía nada.

Solo comprendí la situación cuando levanté la mirada y me encontré con un grupo de internos mirando hacia el último piso del edificio B.

Seguí su mirada y jadeé horrorizada cuando me di cuenta de que había una chica a punto de lanzarse al vacío.

Lloraba y decía incoherencias con la mirada perdida.

Parecía estar atravesando algún tipo de trance.

De repente, la reconocí como la chica que había encontrado el cuerpo sin vida de Emily.

Mierda.

No.

—Baja de ahí, por favor —le suplicó el mismo chico; tenía la mano en el aire mientras le hablaba, como si supiera exactamente qué hacer para tranquilizarla. Podía ver la preocupación en sus ojos.

—¡NO ENTIENDEN! —ella gritó con horror, bajando la mirada para mirarnos—. ¡Está aquí y nos va a matar a todos!

Por el rabillo del ojo vi que los de seguridad habían llegado.

Ese fue el error, porque cuando la chica los vio, gritó que se quería morir.

Y se lanzó.

Su cuerpo cayó destrozado en el suelo y su sangre nos salpicó a todos. En su brazo, que se había torcido de una forma extraña, tenía esa palabra:

Inefable.

A Emily también le había grabado esa palabra en la piel.

Dos muertes. Una advertencia pública. Y dos advertencias en privado. Ya no había dudas. Sabía que todo el mundo lo pensaba. Un asesino. Quizá uno de nosotros. Quizá uno de fuera.

Retrocedí cuando los de seguridad se acercaron al cuerpo.

Mi mente se volvió un revoltijo. Me estaba...

me estaba volviendo loca. Sin pensarlo y sin importarme nada, salí disparada corriendo.

No me detuve hasta que me caí sobre unas hojas.

Había corrido hacia una parte bastante alejada.

Ya no se escuchaba nada. Pero mi mente seguía muy... ruidosa.

Mi respiración se había vuelto un desastre. Mi corazón iba corriendo como loco. Algo malo estaba pasando. Lo sabía. Me froté la cara con las manos.

Dos muertes. Advertencias. Y esa palabra.

El cuerpo de esa chica cayendo destrozado frente a nosotros. Necesitaba tranquilizarme. En aquel momento no necesitaba un ataque. Saqué uno de mis cuadernos junto a un bolígrafo y comencé a hacer círculos sobre las hojas en blanco. Muchos. De todas formas.

Estaba aterrada.

«¿Sabes qué es lo peor del miedo? Que mientras más lo sientes, más te domina».

Esas palabras hicieron eco en mi mente.

El miedo que sentía me estaba dominando, se estaba adueñando de mí.

Miré las cortadas de mis dedos. Un monstruo no podía sentir miedo. Un monstruo no podía estar teniendo un ataque de pánico en aquel momento.

Me sentía mareada.

—Relájate. Respira.

Me lo repetí unas diez veces.

No estaba funcionando; mis manos seguían temblando, seguía teniendo la misma sensación de peligro constante.

Ni siquiera supe por qué comencé a susurrar:

—Nadie te está buscando para hacerte daño. Estás a salvo. Esas advertencias no van dirigidas a ti.

Tragué grueso, sosteniéndome el pecho con fuerza; el nudo en mi garganta.

El miedo palpable en mi ser.

De repente, escuché unos pasos, las hojas crujiendo bajo los pies de alguien, y luego una voz:

—¿Por qué irían dirigidas a ti, Brisa Jones?