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Muerte al aire

Lo sucedido ayer tenía a todo el mundo consternado. Todos se encontraban en una especie de trance en el que... todo parecía irreal. Luego, en una especie de trance muchísimo peor, estaba yo.

Me temblaba todo el cuerpo al recordar el cadáver y luego... el as cayendo de mi ropa. Me estaban amenazando y en mi mente solo tenía un sospechoso: Ritter Meyer.

Fue justo después de que se sentara a mi lado e hiciera todas sus ridiculeces que la nota de amenaza cayó de mi ropa. Él me estaba amenazando. Él la había puesto ahí. ¿Pero por qué? ¿Solo porque lo reté frente a todo el mundo? ¿Esa clase de idiota era Ritter Meyer?

Todavía con la cabeza hinchada de dudas, giré en una esquina con un enfermero a mi derecha y un guardia a mi izquierda.

Era viernes, día de visitas. Después de casi una semana de estar encerrada y de que muchas cosas sucedieran en muy poco tiempo, finalmente vería a mi mamá.

La última vez se quedó en un muy mal estado y yo me quedé muy preocupada.

Le había dicho que no quería que viniera hasta aquí por mí. No valía la pena. Yo no lo merecía.

Aun así, estaba aquí.

Finalmente nos detuvimos en el área de visitas. Era un espacio bastante amplio con sillones separados por cubículos y con guardias en cada esquina, custodiándolo todo. Pero tampoco había mucho que cuidar porque, a pesar de ser día de visitas, el sitio estaba bastante solitario.

—Recuerda el tiempo establecido —la voz del guardia me hizo girar la cabeza.

Abrió la puerta del cubículo para mí y la cerró detrás cuando ingresé.

Durante un instante, solo me quedé de pie, abrazándome a mí misma.

Hasta que escuché la voz de mamá:

—Oh, Dios, cariño, ¿estás bien?

Mamá me miró de arriba abajo, me tocó el rostro como si verificara mi estado y luego me abrazó. Me acarició la espalda con cariño.

—Te extraño mucho —susurré contra su cabello. Ella suspiró y me alejó un poco para sostener mi rostro entre sus manos y obligarme a mirarla. Sus lindos ojos negros fijos en mí.

Mamá era muy hermosa. Tenía el cabello negro por la cintura, igual que el mío. Mis ojos eran iguales a los suyos también. Prácticamente yo era su versión más joven porque compartíamos muchos rasgos.

—Todo estará bien, cariño —me susurró y formó una sonrisa lenta con sus labios antes de añadir—: Superaremos esto, ¿de acuerdo?

Quería creerle, de verdad. Pero no podía ser optimista cuando todo estaba tan dañado. Todo allí dentro estaba en mi contra.

—Merezco esto —fue mi respuesta.

Mamá volvió a suspirar y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Odiaba sentir que mis actos la dañaban.

—Claro que no, nena —sus dedos se deslizaron por mi mejilla con cariño—. Fue un mal momento. No dejes que eso te defina. No seas tan dura contigo. No eres una mala persona.

—Mamá...

—No eres una mujer débil, Brisa Jones —me interrumpió con dureza—, pasaste cosas horribles, cosas que pueden justificar perfectamente lo que sucedió, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —sonreí solo para que no se sintiera mal, aunque la sonrisa no llegó a mis ojos.

Nada justificaba lo cruel que había sido en el pasado con ellos. Ni siquiera lo que sucedió.

Mamá sonrió y se quedó en silencio; su sonrisa apagándose poco a poco.

—¿Qué pasa? —inquirí preocupada.

Ella suspiró.

—Es Emily, cariño. En las noticias... bueno... está desaparecida. Nadie sabe dónde está, sus padres están destrozados.

La mención de Emily me hizo sentir mal al instante. Un nudo se me instaló en la garganta. No éramos amigas, pero nadie merecía una muerte así. Me sentía culpable. Sentía que, por las cartas de advertencia, todo aquello era culpa mía.

Tenía muchas ganas de decirle la verdad a mi mamá, pero no podía. Me tragué las ganas de hablar y me hice la desentendida.

—¿Qué? —inquirí con fingido asombro.

—El principal sospechoso es su novio; según las noticias se les había visto discutir unas horas antes de verla por última vez.

Mi mente se volvió un caos de inmediato. No conocía muy bien a su novio, pero lo llegué a ver unas cuantas veces. No parecía un mal tipo. Pero si fue él, ¿por qué llevarla hasta un psiquiátrico donde ella no tenía nada que ver? ¿Por qué dejarla a nuestra vista como si estuviera dando un mensaje?

No tenía lógica.

—¿Cómo está su familia, mamá?

Mamá se alejó de mí y se dejó caer en uno de los sillones acolchados. Yo hice lo mismo. Ambas quedamos frente a frente.

—Destrozados... solo quieren encontrar a su hija —mamá se cubrió la cara con sus manos, evidentemente frustrada. Se veía muy cansada—. Yo no sabría qué hacer si algo así te pasara a ti.

Suspiré.

—Estoy bien, mamá, nada malo me sucederá aquí.

Mamá me miró por unos breves segundos, como si pudiera ver todas las mentiras plantadas en mi frente, pero no dijo nada. Entendía su preocupación. Tampoco podía asegurar que estando allí no me pasaría nada. En un principio creí que aquel lugar sería seguro, pero ya no estaba tan segura.

Mamá asintió, pero de pronto su rostro adquirió un aire mucho más serio.

—Nena, cuídate... ellos... sabes que son... peligrosos... pueden querer vengarse de ti por todo lo sucedido —me tocó el rostro con cariño—. Son muy poderosos y él... era su hijo.

Se me revolvió el estómago ante su mención en la conversación. Fingí formar una sonrisa.

—Mamá, te juro que no me pasará nada aquí dentro —señalé lo que nos rodeaba—. Solo mira este lugar. Nadie sale, nadie entra.

Era una puta mentirosa.

—Prométeme que te cuidarás mucho, cariño.

—Te lo prometo.

Un seguridad con cara de pocos amigos tocó la puerta. Los ojos de mamá se llenaron de lágrimas de forma inmediata. Tenía que irse.

—En cuanto me permitan las llamadas te llamaré —le prometí y le di un abrazo que fue interrumpido por la puerta siendo abierta—. Te amo.

—Yo también te amo, bebé.

Sus ojos rojos por las lágrimas fue lo último que vi antes de que me sacaran del sitio. No le presté atención a nada mientras salíamos del área de visitas. Mi mente no dejaba de pensar en mamá y en todas las mentiras que le dije. Ella tenía razón. Ellos podrían querer vengarse de mí.

Después de todo, yo había matado a su hijo.

Era una puta asesina.

Solté todo el aire que estaba conteniendo en mis pulmones cuando me di cuenta de que las manos habían comenzado a temblarme.

No. Ahora no.

En cuanto salimos al área común, el seguridad se alejó y me dejó. Miré el edificio frente a mí y un sabor amargo se me instaló en el estómago. Eran las dos de la tarde. Ya debía estar dentro siguiendo las órdenes de un puto profesor.

Tan guapo pero tan idiota.

Entré a la biblioteca y le indiqué a una señora con lentes que me juzgaba mientras me miraba que mi profesor me estaba esperando. Sin dejar de juzgarme, me tendió una tarjeta de entrada —que podía usar siempre que quisiera— y siguió jugando al Candy Crush.

Di unas cuantas vueltas como una idiota, pero finalmente en el tercer nivel encontré al idiota que buscaba. Estaba dentro de una de las oficinas. Estaba sentado con las piernas cruzadas mientras leía un libro. Los lentes de ver lo hacían lucir muchísimo más sexy de lo que me gustaría admitir.

Sacando a mi mente del trance en el que no podía dejar de babear como una idiota por un profesor que estaba fuera de mi liga, toqué la puerta.

Él levantó la mirada y me hizo una señal con la mano para que pasara.

Cuando puse un pie dentro, me recibió un:

—Llega tarde.

No me estaba mirando siquiera. Abrí la boca para protestar, pero, callándome y sin quitar la vista del libro, me indicó que me sentara en el escritorio frente a él. Obedecí.

—Lo siento... estaba en...

—No quiero excusas, señorita Jones, solo quiero que no se vuelva a repetir, ¿de acuerdo? —me cortó sin mirarme. Su voz sonó muy seca.

—De acuerdo.

Finalmente dejó de leer solo para tenderme una carpeta.

—Los exámenes están corregidos —me informó sacando un computador de su usual bulto—, necesito que los pase a las hojas de Excel organizándolos por carreras.

Sostuve la carpeta entre mis manos, mirándola atónita.

—Pero si... son como doscientas hojas —me quejé cuando él encendió el computador y abrió todas las hojas de Excel para mí.

Su mirada oscura se clavó en mí.

—Pues debería ir comenzando para que no se le haga tarde para su siguiente parada.

Fruncí el ceño, molesta.

—Esto es abuso estudiantil. ¿Es legal que obligue a un estudiante a hacer su trabajo? —enfaticé cada palabra sin dejar de mirarlo.

—¿La estoy obligando a hacer algo que no quiera? ¿Siente que algo de esto es inapropiado?

—Sí.

—Pues levántese, acérquese a la oficina del rector o la vicerrectora y repórteme —me retó. Yo cerré la boca—. ¿No? Pues deje de quejarse y comience. No tengo toda la tarde.

Y luego, como si nada, se dejó caer de nuevo en el sofá, recogió su librito y se volvió a meter en su lectura.

ERA UN PUTO IDIOTA Y LO ODIABA.

«Te parece sexy».

«NO».

«Todos sabemos que sí, linda, ahórrate el discurso».

Enojada con el profesor y con mi estúpida subconsciente, me senté a regañadientes y comencé con mi trabajo soñado.

Para cuando reaccioné, no sabía ni dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado.

El profesor levantó la mirada del libro y me miró.

—¿Le he dado permiso para que se detenga? ¿Ya terminó con su trabajo o solo es perezosa?

Arrugué la nariz.

—Estoy cansada —suspiré con inocencia y me puse de pie, muy dispuesta a irme; pero entonces él también lo hizo, deteniéndome por el brazo.

—¿Le he dado permiso para irse? —la pregunta me la soltó mientras me miraba, invitándome a retarlo.

Bajé con lentitud la mirada hasta su mano sobre mi brazo.

—¿Le he dado permiso para tocarme? —contraataqué. Su mirada también se desvió hacia su mano y me soltó de golpe.

—No, eso fue muy inapropiado, discúlpeme.

—Disculpado. ¿Puedo irme?

—Sí.

Y volví a girarme, dispuesta a irme; pero de nuevo escuché su voz detrás de mí.

—Mañana continuaremos con las calificaciones y, por cierto, también necesito dos informes de por qué estos estudiantes deben cambiar de carrera. Los quiero a primera hora sobre mi escritorio.

—Pero... es tarde. ¿Dónde haré esto? —me quejé—. La sala de informática ya está cerrada.