4 #2
—Sip, se dice que hace muchos años los Meyer fueron por un niño, pero por alguna extraña razón salieron con todos ellos. Al menos murieron antes de ver en qué se convirtieron sus hijos. También se dice que hay un cuarto hermano, pero nadie lo ha visto nunca.
—¿Y se sabe por qué están aquí?
Navaja siguió comiendo, como si la pregunta no tuviera mayor importancia.
—Solo hay rumores. Nada confirmado. ¿Por qué?
Porque quería saber exactamente a qué clase de gente acababa de enfrentarme. Pero, claro, eso no se lo dije.
—Solo curiosidad.
Seguimos comiendo en silencio unos segundos más, hasta que algo cambió en el ambiente. Lo noté antes de entenderlo: Navaja se quedó rígido, la cuchara suspendida a medio camino.
No supe por qué... hasta que escuché esa voz justo detrás de mí.
—¿No me presentas a tu nueva amiguita, Navaja?
El murmullo de la cafetería murió al instante, justo como la noche anterior.
Navaja ni siquiera lo miró; parecía muy cansado de todo.
—No estoy de humor para tus jueguitos, Ritter. Lárgate.
Ritter soltó una carcajada que resonó por toda la cafetería, como si la escena lo extasiara demasiado.
Sin pedir permiso, se dejó caer a mi lado, invadiendo mi espacio.
Cruzó una pierna con toda la calma del mundo y, si en ese momento yo me giraba hacia él, estaríamos frente a frente, lo cual, en efecto, hice.
No iba a dejar que me intimidara. ¿Quién se creía ese idiota?
Estaba tensa; mi cuerpo me pedía a gritos que me alejara, pero me mantuve firme y lo miré directo a los ojos. Se veía exactamente igual que la noche anterior: demoníaco, peligroso, burlón y jodidamente atractivo.
—Qué humor... —murmuró—. Y yo que venía a ser amable.
—Lárgate —repitió Navaja, haciendo énfasis en cada letra.
—¿Me dirás el nombre de la chica que anoche tuvo la brillante idea de desafiarme? —inquirió, ignorándolo por completo.
Apreté los dedos contra la bandeja.
—Estoy aquí mismo —dije, clavándole la mirada—. No hace falta que hables de mí como si no estuviera.
Por fin me miró.
Sus ojos se detuvieron en mí con una atención lenta, calculada, como si me estuviera evaluando por primera vez de verdad. La sonrisa que ya tenía en el rostro se ensanchó.
—¿Y me dirás tu nombre? —preguntó, burlón.
—Pensé que eras el rey de aquí —fingí confusión—. En los reinos antiguos, la información se llevaba al trono, no al revés.
Su sonrisa se torció un poco más. No era una sonrisa bonita; era de esas que prometen problemas. Me observó como si yo fuera un entretenimiento nuevo. Sabía que mi tono lo irritaba... y también sabía que, en el fondo, lo estaba disfrutando.
—Quiero que seas tú la que me diga cómo te llamas.
—¿Y por qué haría tal cosa?
Navaja no intervino, pero podía sentirlo tenso, como si esperara que todo se fuera al demonio en cualquier segundo.
Ritter se inclinó hacia mí, lo justo para invadir mucho más mi espacio. Incluso podía sentir su aliento golpeándome el rostro.
—Porque te lo estoy pidiendo con toda la amabilidad que no tengo.
La risa se me escapó antes de que pudiera detenerla. Fue breve, seca, burlona.
—No va a pasar —dije—. Supéralo y déjame comer en paz.
La sonrisa de Ritter regresó, lenta, peligrosa. No era la sonrisa de alguien ofendido, sino la de alguien que acaba de decidir algo. Como si yo acabara de convertirme en un reto personal. Y eso, por alguna razón, me hizo arder la sangre.
Se puso de pie con toda la calma del mundo, sin dejar de mirarme.
—Entonces supongo que no seremos amigos.
—Supongo que no.
Nos quedamos mirándonos un segundo más, como si ninguno quisiera ser el primero en apartar la vista. Luego, sin decir nada más, se dio la vuelta y regresó a su mesa.
Solo entonces me di cuenta del silencio incómodo que había caído sobre el comedor. Varias miradas estaban clavadas en mí, incrédulas, como si acabaran de presenciar algo que no se suponía que nadie hiciera: plantarle cara a Ritter Meyer.
Y la sensación en mi estómago me dijo que aquello no se iba a quedar ahí.
Solté todo el aire que había estado reteniendo en los pulmones.
Navaja no me quitaba los ojos de encima.
—Tienes un talento especial para atraer problemas —murmuró.
—¿Eh?
Hizo un leve gesto con la cabeza, señalando hacia la mesa de Ritter.
—A Ritter le gustan los retos. Y tú acabas de convertirte en uno. Cuando fija su atención en alguien... no la suelta. Y no tienes idea de lo peligroso que puede ser eso.
—¿Qué? ¿Va a matarme o qué?
Navaja esbozó una sonrisa breve, sin humor.
—No. Peor. Va a querer que seas suya. Y cuando Ritter decide que algo le pertenece, no deja que nadie más lo toque.
Estaba a punto de decirle que me importaba un carajo lo que Ritter quisiera o dejara de querer cuando un sonido extraño cortó el aire detrás de nosotros.
Un zumbido mecánico.
Me giré y el estómago se me cayó al suelo. Un cuervo muerto flotaba en el aire, suspendido por un dron. Sus alas colgaban de forma antinatural, empapadas de sangre. El animal chocó contra la pared y fue arrastrado en círculos, dejando estelas rojas, viscosas, como pinceladas torpes.
El comedor entero quedó en silencio. Nadie se movía. Nadie respiraba. Aquello no era una broma, ni una travesura. Era una amenaza.
La sangre manchó por completo la pared y, cuando el dron se apartó, quedó una palabra escrita con trazos irregulares que nos heló la sangre a todos.
Una advertencia.
Muerte.
Me puse de pie de golpe y, al mismo tiempo, algo cayó de mi ropa.
Otro as de corazones.
La giré.
«Tu muerte».