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Advertencia peligrosa

Mi mente seguía dándole vueltas una y otra vez a lo sucedido la noche anterior. La noche completa se seguía repitiendo en mi mente como un bucle infernal del que no podía salir por más que quería.

El grito.

Emily muerta.

Las luces apagándose.

Ritter Meyer.

Y luego ese as de corazones junto con esa advertencia.

¿Qué mierda significaba eso y por qué había llegado a mí? ¿Estaba en peligro?

Solté todo el aire que estaba conteniendo por la nariz y, mentalmente, me ordené centrarme.

Esa misma mañana obligué a mi mente a no pensar en nada de lo sucedido. Me obligué a pensar que quien dejó esa advertencia se había equivocado de persona. Que era un error. Debía serlo.

La alternativa era mucho más aterradora de lo que me atrevería a admitir en voz alta. No podía ser.

«Respira, Brisa. Estás a salvo». «Finge que estás bien. Finge que nada te afecta. Finge que nadie te amenazó anoche».

Fingir implicaba seguir mi rutina con normalidad; por eso, y en contra de la protesta de mi mente, estaba en mi clase de filosofía avanzada intentando no parecer un cadáver con sudadera.

El profesor, un hombre alto, muy joven para ser profesor y peligrosamente atractivo, hablaba de Platón y de sus teorías sobre el alma.

Pero yo no le estaba prestando mucha atención, perdida en el lío que era mi mente, hasta que una mirada oscura y divertida se cruzó con la mía.

Se me erizó la piel al ver su sonrisa.

La chica del trío, Carolina, estaba sentada unas filas detrás de mí.

Desde más cerca podía verla mejor. En verdad era muy guapa, del tipo modelo.

El cabello oscuro lo llevaba recogido en una coleta alta; el uniforme del psiquiátrico se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel.

No llevaba nada de maquillaje, pero no le hacía falta en lo absoluto.

Su sonrisa se amplió mucho más cuando levantó un vaso con café en mi dirección a modo de brindis.

¿Por qué no dejaba de mirarme?

No sonreí ni le mostré el más mínimo miedo. Nos sostuvimos la mirada demasiado tiempo. Las palabras de Navaja resonaron en mi cabeza y una risita seca se me escapó.

Sí que tenía toda su atención.

«Debes mantenerte alejada de los problemas, Brisa».

Volví la vista al frente y...

El profesor estaba apoyado en el escritorio, de brazos cruzados, mirándome como si yo fuera un error personal en su vida.

El aula había quedado en silencio. Yo, mientras tanto, me hundí en mi asiento llena de vergüenza.

Ser el centro de atención no era mi cosa favorita en el mundo. Tierra, por favor, ya trágame.

El rostro del profesor Grace estaba duro, inexpresivo.

—Parece que mirar a la señorita Meyer es mucho más interesante que la clase —dijo con esa voz calmada que usan los profesores justo antes de humillarte en público.

—Estaba prestando atención —mentí.

El profesor Grace ladeó un poco la cabeza, con sus ojos oscuros fijos en mí. Se sentía como si pudiera ver a través de mí, y eso era... un poco aterrador.

—Perfecto —respondió calmado—. Entonces, díganos quién fue Platón.

—Filósofo griego, seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles.

Sin dejar de mirarme, él se levantó del escritorio y avanzó hasta detenerse frente a mí.

—¿Cómo divide Platón el alma? —lanzó la pregunta sin dejar de verme, como si me retara silenciosamente.

—En tres partes: la racional, la irascible y la concupiscible.

—¿Cuál es la parte más excelente del alma según Platón?

—La razón —respondí.

—¿Qué es el mundo de las Ideas?

—El ámbito verdadero e inmutable donde existen las Formas perfectas; el mundo sensible es solo una copia imperfecta.

Uno diría que se molestaría o se irritaría, pero, al contrario, sonrió.

—Correcto.

Se enderezó y se giró hacia el resto del salón, recuperando de golpe su postura de profesor.

—Pueden retirarse. Es todo por hoy.

No hubo campana. No hubo despedidas. Solo su voz seca dando por terminada la clase. Las sillas se movieron casi al mismo tiempo, como si todos hubieran estado conteniendo la respiración. En cuestión de segundos, el aula se vació.

Yo guardé mis cosas con calma fingida, me puse de pie e intenté salir del salón.

—Señorita Jones —me llamó el profesor justo antes de que saliera victoriosa.

Me di la vuelta y quedé frente a él.

La verdad, al principio no me había fijado demasiado en su aspecto.

Había estado más ocupada tratando de no quedar como una idiota frente a toda la clase.

Pero en ese momento sí que lo observé con atención: el cabello castaño peinado hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes se le escapaban; aparentaba unos treinta años; ojos cafés; barba de varios días.

Sí, se veía bien. Demasiado bien para mi tranquilidad.

Recorrí su figura sin ningún pudor: el cuerpo trabajado, la postura segura, esa presencia que llenaba el espacio sin necesidad de levantar la voz.

Quizá llevaba demasiado tiempo sin la atención de un hombre. Mi cuerpo me traicionaba de vez en cuando.

—Dígame —respondí al fin, obligándome a sostenerle la mirada.

Me aferré a mis libros cuando se giró hacia el escritorio para recoger sus cosas. No pude evitar notar cómo se le marcaban los músculos de la espalda bajo la camisa blanca.

Y su trasero, claro.

—Parece que es muy buena mintiendo.

Suspiré teatralmente.

—No sé de qué habla.

Se giró de nuevo hacia mí.

—Dígame, señorita Jones... ¿cuál es su secreto? —preguntó, recorriéndome de arriba abajo con una lentitud que me hizo tensar la mandíbula—. ¿Le gusta demasiado la filosofía o es muy buena fingiendo?

—No tengo ningún truco —respondí, cruzándome de brazos—. Y no estoy fingiendo nada.

—Claro que no —replicó condescendiente—. Curioso cómo estaba «distraída» y aun así respondió todo a la perfección, me...

—Tengo memoria fotográfica —lo interrumpí apretando la mandíbula—. Y también me gusta la filosofía, pero si ya decidió que soy una mentirosa, ahórrese el interrogatorio.

Sus ojos se afilaron.

—Qué carácter —murmuró—. ¿Así les habla a todos sus profesores o es un privilegio que me está concediendo?

—Solo a los que me tratan como si fuera estúpida.

El silencio se volvió denso. Incómodo. Él no apartó la mirada.

—Entonces está bien —dijo al fin—. Si tan lista es, va a demostrarlo.

—¿Cómo?

—Me va a asistir durante las próximas semanas.

—¿Perdón? —se me escapó una risa incrédula—. No soy su secretaria.

—No. Es mi castigo —corrigió—. Por distraerse en clase. Por su actitud. Y por creer que puede salirse con la suya.

Eso me encendió la sangre.

—¿Castigo por responder bien?

—Castigo por no respetar el aula —respondió frío—. Y porque me da la impresión de que necesita aprender a seguir instrucciones.

—Qué casualidad que su «lección» implique pasar tiempo con usted —repliqué con una sonrisa amarga.

Se acercó un paso, invadiendo mi espacio a propósito.

—No se equivoque, señorita Jones. Esto no es una invitación. Es una obligación.

Lo miré de arriba abajo, sin ocultar el desprecio.

—Entonces supongo que no tengo opción.

—Exacto —asintió—. Biblioteca. Mañana a las dos. Y no llegue tarde.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y se fue.

Me quedé ahí, con los libros apretados contra el pecho, pensando que había profesores que te enseñaban cosas... y otros que solo te recordaban lo fácil que era abusar de su posición.

Y él pertenecía, sin duda, al segundo grupo.

Permanecí unos segundos más en el aula vacía, como si mi cuerpo necesitara tiempo para procesar el mal sabor que me había dejado la escena. Luego salí y me escabullí por los pasillos hasta el comedor.

La gran mayoría de los internos ya estaba allí. Algunos comían en silencio; otros lo hacían con evidente desgana. Había enfermeros de pie detrás de varias mesas, vigilando.

Amaya estaba entre ellos.

Tenía la mirada hundida en su plato. Incluso desde lejos se le notaba el fastidio en el gesto. Durante un segundo, levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Luego volvió a clavarla en la comida, como si yo no existiera.

Seguí avanzando entre las mesas cuando, de pronto, un cuerpo me bloqueó el paso.

La señorita Meyer.

Alcé la mirada de golpe.

—No nos hemos presentado —dijo, y una sonrisita tranquila se dibujó en sus labios mientras extendía su mano hacia mí—. Soy Carolina Meyer. Mis amigos me dicen Cara.

Su mano quedó ahí, suspendida entre nosotras, como una invitación que no sabía si quería aceptar.

No le estreché la mano.

Yo ya sabía lo que debía saber sobre ella y sus... hermanos.

—Brisa Jones.

La esquivé sin más y fui directo hacia donde servían la comida. No tenía ningún interés en hacer amigas nuevas, y mucho menos en empezar por ella.

—Puré de patatas y pollo —pedí después de revisar lo poco apetecible del menú.

Cuando la mujer me entregó la bandeja, me giré. A lo lejos, Navaja levantó la mano para que lo viera. Fui hacia él sin mirar a nadie más y me dejé caer en el asiento frente al suyo. Tenía exactamente lo mismo que yo.

—Perdón por dejarte hablando solo anoche —murmuré.

Navaja hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

—No debí insistirte para que fueras. Quizá te habrías ahorrado el mal rato.

—Tranquilo, no estoy molesta.

Se llevó una cucharada de puré a la boca y, luego, me observó con atención.

—¿Por qué estabas hablando con Carolina? ¿Más problemas? —hizo un gesto dramático—. Te dije que te mantuvieras alejada de ella.

—En clase tuve problemas por su culpa —respondí—. Se estaba presentando e insinuando que podíamos ser amigas.

Navaja se quedó pensativo unos segundos.

—Suena como algo muy de ella.

Su mirada se deslizó por encima de mi hombro. Me giré, siguiendo la dirección de sus ojos, y los vi en una mesa apartada: el trío de la noche anterior. El mayor, Ritter, se reía de algo con Carolina; el más escuálido, Rayner, jugueteaba con una pajilla, distraído.

Entonces, en medio de la risa, Ritter alzó la vista y me encontró.

No apartó los ojos.

—¿Tienen algún tipo de parentesco? —le pregunté a Navaja, volviendo a girarme hacia él—. Carolina tiene el mismo apellido que el tal Ritter Meyer.

—Sí. Son hermanos adoptivos.

—¿Adoptivos?