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As de corazones

Los internos se quedaron inmóviles.

Demasiado quietos. Con esa expresión concentrada, casi irritada, de: «¿En serio, justo ahora? ¡Cuando nos estábamos divirtiendo tanto!».

La primera reacción fue pensar que alguien estaba bromeando. Que algún imbécil había gritado solo para romper el ambiente, para hacerlo más interesante. Un susto barato.

Hasta que el grito se repitió.

Más fuerte. Más cercano. Mucho más real.

Entonces las miradas empezaron a cruzarse.

Fue como si, de pronto, todos nos hubiéramos puesto de acuerdo sin decir una sola palabra: «¿Qué carajos está pasando? ¿De dónde vino eso? ¿Alguien más lo escuchó? ¿Sería inteligente ir a ver?».

Era evidente que no era una buena idea.

Cualquiera con dos dedos de frente lo habría sabido. Pero en ese momento, más de la mitad de los internos tenía más alcohol circulando por las venas que sangre. Y si le agregábamos que posiblemente estuvieran mezclando píldoras con alcohol... era incluso más peligroso.

Entonces, de pronto, un chico bastante alcoholizado soltó:

—Pues... habrá que ir a ver, ¿no?

No esperó respuesta. Simplemente empezó a caminar, tambaleándose un poco. Y eso fue lo único que hizo falta. Todo el mundo se movió en masa. Dubitativos. Cautelosos. Intrigados.

Alcoholizados, pero asustados.

—Oye, no te alejes —me pidió Navaja, moviéndose al mismo tiempo que yo y caminando a mi lado. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y la mirada alerta, recorriéndolo todo.

Yo, en cambio, me abracé a mí misma.

—¿Esto... suele pasar seguido? —pregunté, sin poder evitar la curiosidad.

Navaja me miró de reojo.

—Brisa, estás en un psiquiátrico —respondió.

Y no hizo falta que dijera nada más.

Lo traduje de inmediato: aquí los gritos son el pan de cada día.

Después de eso no hablamos más. Seguimos avanzando, arrastrados por una curiosidad incómoda, casi inevitable. Por un segundo se me cruzó la idea de que tal vez solo se trataba de alguien que tenía una crisis, un ataque, algo... común dentro de esas paredes. Pero entonces...

—Joder —soltó alguien cuando ya estábamos muy cerca del lago.

Lo vi detenerse en seco. El vaso rojo que llevaba entre las manos se le resbaló y cayó al suelo con un golpe seco. El líquido se desparramó sin que a nadie pareciera importarle.

La gente empezó a amontonarse, empujándose para ver qué pasaba. Y cuando por fin tuvieron una visión clara de la escena, el murmullo se apagó de golpe. Las expresiones se quedaron congeladas, pálidas, incrédulas.

Navaja apartó a un par de internos sin demasiada delicadeza, abriéndonos paso entre ellos. Y entonces vimos una persona llena de sangre flotando sobre el lago.

No. Esa era una descripción muy simple para lo que estábamos viendo. Había una persona descuartizada y llena de sangre flotando sobre el puto lago.

Todo mi cuerpo se tensó ante la escena. Era asqueroso, atroz, inhumano. El lago a su alrededor se tiñó de rojo; partes de su cuerpo flotaban por todas partes.

Y quizá fue la impresión al ver el cadáver lo que no nos permitió ver a la chica que había gritado y que se encontraba en la orilla del lago. Estaba de pie, cubriéndose la boca con sus propias manos. Aterrada. Se veía como que iba llegando a la fiesta y se había encontrado con la escena.

Y también se veía como que pronto caería al suelo, desmayada por la impresión.

Nadie dijo nada por un rato.

Todavía estábamos pasmados, pero no tan aterrados.

Posiblemente ver un muerto era algo bastante natural para los internos. Es decir, aquel lugar era una cárcel. Todo el que estaba allí había hecho algo malo. Y había sido enviado hasta aquel psiquiátrico porque se demostró que no estaba en sus cabales cuando lo hizo.

Posiblemente todos fuésemos criminales.

Mejor dicho, TODOS éramos criminales.

—La... la... descuartizaron —la chica junto al lago lo repitió unas cinco veces en menos de dos minutos. Aterrada. Parecía... estar viendo algo que nosotros no. Pero... ¿qué?

—¿Viste algo? —le preguntó otro chico de forma casual mientras le daba un sorbo al líquido de su bebida.

La chica sollozó y negó repetidas veces con la cabeza.

Nos acercamos otro poco. Era verdad lo que repetía. El cuerpo estaba totalmente descuartizado. Y era... joder... asqueroso. Espeluznante. Retorcido. ¿Quién en su sano juicio haría algo así?

Le habían dejado la cabeza intacta y una pequeña parte de su cuello. Su cabello se le pegaba por la mitad de la cara y sus ojos estaban abiertos de par en par, como si hubiese visto al mismísimo demonio antes de morir.

—Se está hundiendo —nos avisó el mismo chico que nos había propuesto ir a ver.

Estaba más cerca que todos nosotros, curioseándolo todo. Muy intrigado. Como si aquello fuera algo verdaderamente inusual por allí.

¿Y si lo era? ¿Y si era la primera vez que algo tan atroz sucedía?

Una curiosidad rarita creció dentro de mí.

En ese momento quise acercarme otro poquito y curiosear. Di un paso hacia adelante y noté dos cosas. La primera: tenía una palabra escrita en la frente con sangre: «inefable». La segunda: sus ojos, muy azules, me resultaban extrañamente conocidos.

Tragué grueso y di otro paso para estar más cerca. Mi curiosidad se había disparado justo como la de los demás.

De repente, sentí la mano de Navaja rodeando la mía.

—Oye, no deberías acercarte tanto —me advirtió.

—Creo... creo que la conozco —fue lo que le respondí, soltándome de su agarre y acercándome otro poco.

Sentí la mirada de varios internos sobre mí, pero lo que los demás pudieran estar pensando en aquel momento pasó a segundo plano cuando tuve una visión más clara del rostro ensangrentado.

Ay, mierda.

Sí que la conocía.

Era... era... Emily.

La única que se había dignado a compartir piso conmigo en la universidad después de lo que había sucedido.

Por un segundo, no reaccioné. La confusión se extendió por todo mi cuerpo.

La verdad, no iba a mentir diciendo que me abordó una tristeza enorme.

Nosotras no éramos las mejores amigas, pero sí fue... extraño verla ahí. Así. Muerta.

¿Por qué?

No lo entendía. Ella no pertenecía a aquel lugar. Ella no debía estar aquí.

¿Tendría aquello que ver conmigo?

De pronto, el aturdimiento me sobrecargó y solo quise alejarme e irme.

Pero entonces sucedieron dos cosas más.

La primera: lo que quedaba de Emily se hundió por completo en el lago, haciendo que más de uno se espantara y retrocediera de golpe. ¿Cómo había sucedido? No lo sabía.

La segunda: como si de alguna película de terror se tratara, las luces se apagaron al mismo tiempo.

El pánico llenó el lugar. El montón de gente soltó un jadeo colectivo.

Y entonces se armó el caos. Empezamos a chocarnos unos con otros.

Alguien me empujó haciendo que me cayera de culo al suelo.

Mis manos tocaron las rocas y sentí un leve ardor, como si me hubiera hecho pequeños cortes. No me detuve a pensar en aquello.

De acuerdo, era evidente que allí estaba ocurriendo algo más y no tenía ni la más mínima intención de averiguar qué era, aunque sí quería; pero no debía meterme en más líos.

«Cumple tu condena, trata tu enfermedad mental y sal de aquí».

—¡Brisa! —entre el montón de gente escuché la voz de Navaja llamándome.

Su voz me hizo poner en pie de inmediato. Se había escuchado muy lejos, como si de golpe hubiéramos sido alejados el uno del otro.

Siendo empujada por el montón de gente, me di cuenta de una cosa: prácticamente estábamos todos muy adormecidos como para tomar con demasiada seriedad lo que estaba sucediendo. Y quizá por eso solo se escuchaban voces bajas y algunas risitas locas.

Una mano tocó mi rostro con insistencia y luego bajó hasta mi cuerpo.

—¿Antoine?

Quité sus manos de mi cara con más brusquedad de lo que realmente quería.

—No, lo siento —le aclaré.

Y me alejé.

De repente, mientras trataba de encontrar a Navaja, sentí a alguien colocarse frente a mí. Se me escapó un grito cuando una mano se curvó alrededor de mi brazo. Con fuerza.

Ni siquiera comprendí muy bien cómo logré soltarme y echar a correr.

Mi cuerpo impactó de golpe contra otra persona, que me sostuvo por los brazos.

La luz volvió en el momento justo para que mi mirada se encontrara con la de la persona con la que había chocado.

Se me cortó la respiración cuando me encontré con unos ojos muy oscuros y siniestros.

Ese tipo de ojos que gritaban por todas partes: «Oye, oculto cosas y soy muy peligroso».

Parecía, de verdad, que ningún tipo de sentimiento habitaba en su interior.

Lo reconocí de inmediato. Pertenecía al «trío más viejo del lugar».

Era el segundo. El escuálido. El que Navaja describió como que estaba muy aburrido de todo.

Me sostuvo la mirada por unos segundos y luego, de golpe, como si no soportara ni siquiera tocarme, me soltó.

Yo me quedé como una estúpida, anonadada, viéndolo desaparecer entre el montón de gente.

Me di un golpecito mental y me ordené centrarme. Debía encontrar a Navaja y salir de aquel laberinto infernal de una vez por todas.

Curiosa, mi mirada se desvió hacia el lago. La chica que había soltado el grito seguía ahí, en la misma posición. Repitiendo exactamente lo mismo. Ajena al apagón que había ocurrido, incluso hablaba. Parecía estar hablando con alguien. Bueno, alguien evidentemente invisible.

—¿No deberíamos ayudarla? —inquirió una chica, refiriéndose a ella y señalándola con las cejas fruncidas.

Otra voz se escuchó más alta y, como si hubiese descubierto América, dijo:

—Es la... ¡Es la que siempre sale medio sonámbula! ¡La que padece demencia!

Todo el mundo vociferó en señal de acuerdo.

Hasta que escuchamos unos pasos y las luces de algunas linternas.

Se escuchó un susurro preso de pánico:

—Joder... los de seguridad. Si nos encuentran aquí, estamos jodidos.

Y el caos comenzó de nuevo.

Fue una voz completamente nueva, gruesa, profunda, con ese tono de «si me retas, te mato», la que ordenó:

—Muévanse ahora mismo y salgan de aquí.

El mayor del trío había dado esa orden y... ¿todo el mundo obedeció?

Sí, como perros falderos, todo el mundo comenzó a moverse obedeciendo su orden. ¿Por qué? No tenía idea.

Pero hay una cosa que quizá no sepas sobre mí: soy terrible cerrando la boca cuando tengo que cerrarla y soy aún más terrible obedeciendo órdenes.

Así que ese momento me pareció el indicado para abrir la bocota:

—¿Y sugieres que la dejemos aquí? ¿En ese estado? ¿Sola? —escupí las preguntas con mi voz de chica dura.

Todo el mundo se detuvo en seco.

El mayor del trío, Ritter, se detuvo también y giró la cabeza con mucha lentitud hacia mí. Yo, en cambio, señalé con obviedad a la chica que no dejaba de hablar con personas invisibles.

Miré de reojo para todos lados y me di cuenta de que la gente me miraba como si, de pronto, me hubiera salido una tercera cabeza.

Pero no. Solo tenía dos ovarios bien puestos y no me dejaba intimidar con mucha facilidad.

—¿Qué sugieres tú? —contratacó, elevando una de sus oscuras cejas.

En ese momento me di cuenta de que sus ojos eran grises tintados de negro y que estaban fijos en mí: peligrosos y retadores. Sin dejar de verme por un segundo, cruzó sus fuertes brazos sobre el pecho como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Pero, la verdad, no era así.

Las luces estaban cada vez más cerca.

Y entonces entendí lo que hacía: si nos hacía perder más tiempo... tendría a todos los internos en mi contra.

Hijo de perra.

—Es la fachada perfecta para los gritos —me susurró la voz de Navaja, que había aparecido de golpe a mi lado. La mirada divertida y retadora de Ritter se posó en él. Navaja lo ignoró categóricamente y, cerca de mi oído, añadió—: Sufre demencia. A ella no le sucederá nada. A nosotros sí.

No dije nada.

Sabía que tenía razón, pero no quería rendirme tan fácil. En ese momento, y con mi pregunta, sentí que se había creado un reto silencioso.

Le sostuve la mirada por unos segundos al «yo ordeno y mis putas acatan».

Su sonrisa maliciosa y retorcida se ensanchó. Parecía un demonio salido del averno. Peligroso. Retorcido. Problemático.

El jodido rey.

—¿Quién mierda te crees? —le pregunté, sin dejar de mirarlo y demostrándole que no le tenía miedo.

Él dio unos cuantos pasos hasta que quedó más cerca de mí; su altura imponente me hacía sentir muy pequeña. Tenía el cuerpo bien trabajado, y los dos brazos y el cuello cubiertos completamente de tatuajes.

—Mi nombre es Ritter Meyer —sonrió, encantado—. Es un verdadero placer. ¿Tú quién eres, preciosa?

No dejaba de sonreír, divertido.

—Bien, Ritter, no sé qué —sonreí también—, sugiero que hagas por ella lo mismo que por nosotros: sacarla de aquí.

Su mirada no abandonó la mía en ningún momento.

—¿Y... eres consciente de cómo le estás hablando a uno de los hombres más peligrosos de este sitio?

—Soy consciente de cómo le estás hablando tú a una de las mujeres más peligrosas que conocerás en tu vida.

Las luces estaban más cerca, Navaja seguía tirando de mi brazo; Ritter Meyer y yo no nos dejábamos de mirar directamente a los ojos.

Ninguno parecía querer apartar la mirada primero.

Sí, el reto ya estaba ahí.

Sin embargo, Ritter no parecía molesto, sino que seguía igual de divertido. Sin emitir sonido alguno, solo con sus labios, él simuló un: «Spielzeug».

Y luego se perdió junto al montón de personas que se habían escabullido por los arbustos.

¿Me había dicho «juguetito» en alemán?

PERO QUÉ HIJO DE PUTA.

Furiosa, me giré y me encontré con Navaja de frente.

—A la mierda lo de no llamar su atención, ¿eh? —fue lo que dijo mientras cruzábamos los arbustos deprisa.

—No dejaré que crea que me intimida.

—Es el rey aquí, Brisa.

—No es mi rey.

Lo dejé atrás y seguí mi camino, enfadada.

Y solo me detuve cuando llegué a mi habitación.

Observé el lugar; estaba solo, las camas estaban vacías.

Estiré los brazos y un crujido se escuchó. Me sentía una anciana octogenaria. No obstante, me quité los pantalones y luego la sudadera, y me quedé en ropa interior. Cogí mi pijama de la cama y, entonces, algo cayó de mi ropa.

Una carta. El as de corazones.

La cogí entre mis manos y, confundida, la giré. En el reverso, unas palabras escritas con tinta oscura aparecieron ante mis ojos.

«Huye mientras puedas, Breeze. El juego ya comenzó».