RITTER 2 #2
6%

2 #2

Fui hasta el baño y me miré en el espejo. Me había trenzado el cabello y mi rostro seguía viéndose igual de cansado que siempre. Aun así, en ese momento, una parte de mí quería dejar de lado los pensamientos autodestructivos y simplemente divertirme, aunque fuera un poco.

Solté aire por la nariz y salí de la habitación. Me moví por los pasillos con cuidado, crucé el jardín y me dirigí al área de psiquiatría.

Ahí estaba.

Sentado en el mismo lugar, como si nunca se hubiera movido.

—Sabía que vendrías —susurró, casi canturreando, mientras se levantaba y se acercaba—. Sígueme.

A esas horas, el psiquiátrico estaba desolado. En esa zona no había demasiada vigilancia, ni casi nadie. Todo se sentía quieto, vacío. Parecía un puto cementerio.

Entonces emprendimos la huida.

Nos escabullimos entre los arbustos, deteniéndonos cada vez que veíamos a un guardia y escondiéndonos tras los árboles. El corazón me latía con fuerza, no sabía si por el miedo o la adrenalina.

—¿Y ahora qué? —pregunté en un susurro.

Él me miró de reojo.

—Esperamos un par de minutos al cambio de guardia y luego corremos.

Genial. Correr. Odiaba correr.

Jugueteé con mis manos mientras esperaba y, de pronto, caí en la cuenta de algo importante: había aceptado la invitación de un completo desconocido. Y, encima, ni siquiera sabía cómo se llamaba.

—¿Y... cómo te llamas?

Su respuesta fue inmediata.

—Navaja.

—Eso ni siquiera es un nombre —me quejé en voz baja.

—Pues es lo único que tendrás.

Bufé y se me escapó un quejido cuando, de repente, me tomó de la mano y tiró de mí. Corrimos. No supe cuánto tiempo ni cuánta distancia. Solo sabía que nos habíamos alejado bastante; el psiquiátrico ya no se distinguía con claridad, aunque seguíamos dentro del perímetro.

El aire me faltó en el peor momento. Me detuve de golpe y apoyé las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento.

—Dame un segundo —pedí, jadeando.

—No hace falta —respondió—. Ya llegamos.

Levanté la vista y entonces lo vi.

Bombillas colgadas entre los árboles iluminaban el lugar con una luz cálida. Un lago no muy grande rodeaba el claro. Había muchísimos internos, música suave de fondo y, en el centro, una fogata que crepitaba lentamente.

Sentí varias miradas posarse sobre nosotros. Algunos se acercaron a saludar a Navaja; otros lo ignoraron por completo. Y otros... otros lo miraron con abierta hostilidad.

Recorrí el lugar con la mirada y entonces la vi: apoyada contra un árbol, con un vaso rojo entre las manos, estaba mi querida compañera Amaya.

Navaja me indicó que iría por unos tragos y me dejó junto a un árbol. No pasaron ni dos segundos antes de que una figura se plantara frente a mí.

Era Amaya.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, visiblemente molesta.

Tenía las cejas fruncidas y los brazos cruzados.

—Se supone que es una fiesta de bienvenida para los nuevos, ¿no? —le sonreí—. Y yo soy nueva.

—Sí, pero...

No terminó la frase. Navaja volvió con dos vasos rojos en las manos. Su mirada se clavó en la chica frente a mí y sonrió. Ella, en cambio, parecía echar chispas.

—Y encima te estás juntando con este idiota... —escupió, cargando cada palabra de desprecio.

Navaja, imperturbable, respondió:

—Siempre es un gusto verte, Amaya.

Amaya lo miró con rabia, le mostró el dedo medio y soltó:

—Vete a la mierda, Navaja.

Luego se marchó sin mirar atrás.

Navaja se apoyó en el árbol junto a mí y me tendió uno de los vasos.

—Te tocó con Amaya —comentó, como si nada.

—Es un sol —dije con ironía.

—Ni que lo digas...

—¿Por qué parece que se odian tanto? —pregunté, sin pensar.

—Nos acostamos una vez y no me olvida.

Miré otra vez alrededor y entonces algo me llamó la atención. Me giré hacia él, intrigada.

—¿Por qué pareces caerle bien a algunos y a otros no?

—Ah, mira, qué preguntona —dijo, encogiéndose de hombros antes de beberse su vaso de un solo trago—. Es una especie de rivalidad.

—¿Rivalidad? ¿Por qué?

Guardó silencio. Justo cuando parecía dispuesto a responder, el lugar entero se quedó en un silencio absoluto.

Tres figuras aparecieron de entre los árboles.

Caminaron con una elegancia inquietante hacia un punto no muy lejos de nosotros. Dos chicos y una chica.

Primero me fijé en el que parecía ser el líder: cabello negro, piel pálida con un leve bronceado, cuerpo musculoso, ojos grises casi negros y tatuajes cubriéndole la piel. Todo en él gritaba peligro.

Luego miré al que le seguía: cabello castaño, piel pálida, delgado, ojos negros y algunos tatuajes dispersos.

Por último, aunque no menos llamativa, la chica: cabello negro hasta la cintura, piel pálida, curvas marcadas, ojos oscuros y un brazo completamente tatuado.

La voz de Navaja me sacó del trance.

—Por ellos.

—¿Qué? —pregunté, todavía impactada.

—La rivalidad —explicó—. Son el trío más antiguo de este lugar. Están aquí desde que se fundó este lugar. Creo que por ellos se creó en realidad. Tuvimos un problema hace años. Desde entonces, hay dos bandos: ellos y yo. Si estás conmigo, no estás con ellos.

Qué conveniente.

Volví a mirarlos. La gente se había apartado, dejándolos solos. De pronto, el mayor levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos. Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, perturbadora.

«Entonces tú eres el nuevo juguetito», parecía pensar.

Se me tensó todo el cuerpo.

Juguetito tu culo, imbécil.

Sentí otra mirada clavarse en mí. La chica del trío me observaba ahora, con una sonrisa maliciosa. Alzó su vaso rojo en mi dirección, como un brindis silencioso.

¿Intimidaban? Sí.

¿Me intimidaban a mí? No.

—¿Y ellos son...?

—La que parece supermodelo es Carolina, todos le dicen Cara.

El que parece que se está muriendo de aburrimiento es Rayner.

Y el que mira a todos como si fueran basura es el mayor, Ritter.

Anda de allá para acá como si fuera el rey del lugar, pero debería estar encerrado en el anexo del B.

Es un puto psicópata. Demasiado peligroso.

—¿Qué fue lo que pasó? —pregunté, sin apartar la vista del tal Ritter.

—Prefiero no hablar de eso —respondió Navaja, más serio—. Pero si quieres un consejo, no les prestes atención. No quieres que se fijen en ti.

En ese momento, el mayor y la chica se reían de algo. El otro solo observaba... hasta que su mirada también cayó sobre mí. Fría. Despectiva.

—Déjame adivinar —murmuré—. ¿Debería alejarme de ellos?

A Navaja se le escapó una risa y justo cuando estaba a punto de responder, ocurrió algo. Se escuchó un grito. Alto. Potente. Aterrador.

Algo malo había pasado, y todos lo supimos al instante.