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Fiesta tenebrosa

Esa mañana todo me daba vueltas.

No dormí nada. Después de la escena, los gritos, el enfermero, la sangre y el ataque de ansiedad de mi compañera, mi subconsciente solo me gritaba: «Estás en peligro, perra».

—Tenemos tiempo para darte un pequeño recorrido antes del desayuno y así no me molestas más en todo el día —me dijo, muy borde—. La verdad, no es mucho lo que hay que explicar. Todo aquí es bastante básico. Si cumples con las reglas, estarás bien.

No parecía muy interesada en caer bien, pero tampoco era abiertamente antipática. Ni siquiera podía entenderla, aunque lo estaba intentando.

La observé de reojo y me pregunté por qué estaría interna.

Por lo que mencionó anoche, estaba aquí por su propia voluntad.

En cuanto a lo demás... se veía demasiado delgada, lo suficiente como para que cualquiera pensara en un trastorno alimenticio, aunque sabía que en ese lugar las apariencias engañaban.

Me obligué a dejar de especular. No era asunto mío.

—¿Siempre es tan tranquilo por las mañanas? —pregunté mientras avanzábamos por el pasillo.

Ella soltó una risa breve.

—A veces. Otros días no tanto. Depende de cómo estén todos.

—Ya veo.

—¿Algo más que quieras saber? —inquirió de mala gana—. La verdad, me gustaría que te callaras, miraras y así terminamos rápido. Tengo hambre.

—Sí —dije, ignorando su tonito.

Después de eso casi no hablamos. Me fue mostrando los espacios comunes sin detenerse demasiado: las salas donde hacían actividades, la recepción donde recogí mi horario, un par de pasillos que parecían iguales entre sí, los consultorios y, finalmente, llegamos al comedor.

Entramos a un salón amplio, con mesas largas.

La mayoría de los internos ya estaba desayunando.

Había guardias, enfermeros y personal del hospital distribuidos por el lugar, observando en silencio y asegurándose de que todo se mantuviera en orden.

El ruido era bajo, el de los cubiertos y algunas voces aisladas.

Mi compañera miró hacia todos lados, chasqueó la lengua y luego, muy amable, me dijo:

—Apáñatelas tú sola.

Y, sí, se largó por su lado.

Solté aire por la nariz.

Hice una pequeña fila para recoger mi desayuno. No había muchas opciones, así que me fui por la opción menos asquerosa. Todo me provocaba náuseas. Avena caliente y pan.

Me senté en una mesa que estaba sola. Todo era simple, casi impersonal. A mi alrededor, nadie parecía prestar demasiada atención a nadie; algunos comían rápido, otros se quedaban mirando el plato como si el tiempo se hubiera detenido ahí.

Busqué con la mirada a Amaya, pero ya se había mezclado entre los demás. Un guardia pasó cerca de la mesa y anotó algo en una planilla sin decir una palabra.

No me quedé demasiado tiempo a analizar nada. Terminé con mi desayuno y salí de allí.

8:30: Consulta con el psiquiatra asignado.

Leí el nombre en mi horario y el número de su consultorio.

Di unas cuantas vueltas, me perdí tres veces, pero al final llegué hasta la puerta y toqué.

Sabía lo que me esperaba ahí dentro. Nada nuevo.

Lo mismo de siempre. Estaba acostumbrada.

Tendríamos muchas sesiones, me haría muchas preguntas y, al final, me daría el mismo diagnóstico con las mismas pastillas que tanto odiaba.

Escuché un «adelante» y esa fue mi señal para entrar.

El consultorio del Dr. Miller no era muy grande. Era un lugar pequeño, con paredes claras y demasiado ordenado. Un escritorio viejo separaba las sillas. Había un reloj en la esquina que marcaba cada minuto con un tic seco que me estaba poniendo los pelos de punta.

—Es un placer conocerte, Brisa —me saludó con un tono formal pero amable—. Toma asiento, por favor.

Le hice caso y lo observé por un segundo.

El doctor no se veía muy mayor. De unos treinta y cinco años, quizá.

Tenía el pelo negro, en un corte recto. Su piel era pálida y sus ojos muy grandes, ocultos detrás de unos lentes de ver que lo hacían lucir mucho mayor de lo que quizá era.

Me percaté también de algunos rasgos asiáticos en su rostro.

—Yo quisiera... —intenté hablar, pero él me interrumpió.

—Ya sé cuál es tu diagnóstico según otros psiquiatras, pero me gustaría evaluarte yo mismo a profundidad. ¿Estás de acuerdo?

—Sí.

—Entonces, mientras reviso tu expediente, te iré preguntando algunas cosas —me miró por encima de sus lentes—. Si en algún momento no te sientes cómoda o quieres parar, dímelo. Lo único que importa aquí es tu comodidad.

—Sí.

Me sentía rara, incómoda, pero de buena forma. No era normal su forma de tratarme. Los demás psiquiatras que vi en el pasado me trataban muy diferente y me atrevería a decir que mal.

Leyó el expediente con tranquilidad y luego volvió sus ojos a mí.

—¿Cuál es el síntoma que ha predominado desde lo sucedido?

—Comportamiento autodestructivo.

—¿Y cuál es la percepción que tienes de ti misma desde lo sucedido cuando te miras en el espejo?

—Odio. No quiero... Me odio a mí misma.

Asintió levemente; sin verme, seguía muy inmerso en el expediente que hojeaba.

—¿Cuándo fue tu último ataque de ansiedad? —me preguntó, y ahí sí que levantó la vista y me miró.

Tragué grueso mientras jugueteaba con mis manos sobre mi regazo. Al Dr. Miller no le pasó desapercibido ese gesto.

—Anoche. Antes de entrar.

—¿Por qué? ¿Crees que no deberías estar aquí?

—Sé que debo —suspiré—. Pero no quiero.

Frunció un poco la nariz y luego suspiró. Cerró el expediente. ¿Qué? ¿Por qué hacía eso? ¿Ya habíamos terminado?

—Esto es todo por hoy —se levantó de su asiento, caminó hasta su estante y, mientras rebuscaba ahí, siguió hablando—: Iremos despacio. No quiero apresurarme con nada. Continuaremos con terapia conversacional y con este medicamento que te ayudará con tus síntomas.

El doctor regresó a su escritorio y colocó frente a mí un frasco de píldoras: Olanzapina.

—Hoy vas a tomar la medicación acá —dijo el doctor.

Asentí, sin decir nada.

—A partir de mañana —continuó—, las enfermeras se van a encargar de dártela. Siempre después del desayuno, a la misma hora. Ellas van a supervisar que la tomes.

—¿Todos los días? —pregunté.

—Todos los días —confirmó—. Si hay algún cambio, lo veremos más adelante. Por ahora, es parte de tu rutina.

Solté aire por la nariz, me acerqué la píldora y, sin necesidad de usar agua, me la tomé.

—Eso es todo por hoy, Brisa —me sonrió con amabilidad—. Puedes continuar con tu horario.

Me levanté sin mirarlo; antes de salir, lo escuché decir:

—No olvides asistir a tus terapias grupales.

9:45: Primera clase de la carrera elegida.

Salí del consultorio y avancé por los pasillos, todavía con la cabeza pesada por la conversación con el Dr. Miller. Sentía una sensación extraña recorriéndome el cuerpo. Se lo atribuí a la píldora. No quería ni podía admitir que una parte de mí estaba demasiado asustada.

—Así que tú eres Brisa.

Una voz me hizo detener de golpe.

Venía desde un costado del pasillo. Me giré y vi a un tipo sentado en una de las sillas contra la pared, con una manzana entre las manos. Me observaba sin disimulo, como si me hubiera estado esperando. Le dio un mordisco lento y el sonido resonó demasiado fuerte en el pasillo.

—Una de las nuevas —añadió con una sonrisa morbosa.

Lo miré con cautela. Tenía el cabello negro, despeinado y unos ojos azules muy intensos.

Su rostro estaba marcado por pequeñas cicatrices, viejas, dispersas.

El uniforme del hospital le quedaba ajustado, muchísimo en realidad.

Sus músculos saltaban a la vista como si gritaran: «No tenemos espacio aquí».

—Veo que la información corre rápido por aquí —dije, intentando sonar tranquila.

Se le escapó una risa baja.

—No hay mucho más que hacer que mirar —respondió—. Y los nuevos siempre llaman la atención. Tú, en especial.

No me gustó la forma en que lo dijo, pero no dije nada al respecto. Lo último que quería era llamar demasiado la atención. Quería pasar desapercibida. Cumplir mi condena, estabilizar mi salud mental y terminar mi carrera sin mucho alboroto.

—¿Siempre es tan tranquilo? —pregunté, fingiendo una amabilidad que no sentía.

—Depende de la hora —contestó.

Fruncí el ceño.

—¿A qué te refieres?

—¿Y qué harás después de que la campanilla suene? ¿Dormir? —preguntó cambiando drásticamente de tema.

—¿La de las diez?

Asintió.

—Es la hora de dormir —me encogí de hombros como si fuera obvio—. ¿Qué más podría hacer?

—Hoy, a esa hora, nos reuniremos. Nada oficial, claro —dijo, bajando un poco la voz—. Una especie de fiesta.

—¿Una fiesta? —repetí, incrédula.

—Lo más parecido que se puede tener aquí dentro —añadió—. Música baja, gente hablando, olvidar un rato dónde estamos.

Guardé silencio. La palabra me removió algo incómodo. Antes, las fiestas habían sido parte de mi vida. Después de todo lo que pasó, habían dejado de serlo. Pero sí me gustaban, muchísimo. Solo que ya no merecía nada de eso. Además, ¿era siquiera posible olvidar dónde estábamos?

—No creo que sea buena idea —dije finalmente.

Él se encogió de hombros.

—Nadie dice que tenga que serlo —respondió—. Solo es una invitación. Los nuevos suelen agradecer no pasar las noches solos la primera semana.

Me miró con atención, sin presión, como si ya hubiera dicho suficiente.

—Piénsalo —agregó—. Si a las diez estás aburrida, ya sabes dónde encontrarme. Estaré aquí esperándote.

No esperó respuesta. Se levantó con calma y se alejó por el pasillo, dejando atrás un silencio raro, cargado de posibilidades. Me quedé quieta unos segundos, preguntándome quién era ese tipo tan raro.

La campanilla de las diez ya había sonado y, siendo sincera, sí quería ir a la supuesta fiesta y analizar todas las posibles facetas de este aterrador lugar. Además, mis dos compañeras no estaban por ningún lado. Estaba sola.

Un punto más a favor para levantarme de la cama, escabullirme como una ladrona por los pasillos y encontrarme con el desconocido de las cicatrices en el rostro.

Uhm... pensándolo bien, no parecía tan mala idea.

—Joder, a la mierda —murmuré, incorporándome de golpe.