1 #2
Me incorporé un poco sobre la cama, con el corazón acelerado. El sonido se repitió, esta vez más claro. Era un llanto. No, no exactamente. Era algo entre un llanto y un grito ahogado.
Tragué saliva.
Desde el pasillo llegó el ruido de pasos rápidos, voces bajas, órdenes murmuradas. De pronto, las luces de emergencia se encendieron y una franja blanca se filtró por debajo de la puerta.
La chica del centro se movió. Se encogió aún más sobre sí misma y se llevó las manos a la cabeza. Empezó a balancearse, como si intentara desaparecer.
—Mmmm —murmuró una y otra vez.
La chica de pelo azul soltó un suspiro cargado de fastidio y se sentó en la cama.
—Genial —dijo—. Ya empezó.
—¿Qué...? —mi voz salió más débil de lo que pretendía.
—Una crisis —respondió sin mirarme—. Pasa seguido.
El sonido del pasillo aumentó. Alguien gritó algo ininteligible. Luego, una voz firme, calmada, repitiendo frases cortas.
—Respira. Mírame. Estás a salvo.
Me levanté despacio y caminé hasta la puerta. Me asomé por la pequeña abertura rectangular. Afuera, varias personas del personal rodeaban a alguien que no alcanzaba a ver del todo. Solo distinguí brazos temblorosos, una cabeza sacudiéndose con desesperación.
Nadie gritaba órdenes. Nadie corría. Todo era tenso, pero controlado. Sentí un nudo en el estómago.
Después, muy rápido, noté lo que intentaban ocultar. Un charco de sangre rodeaba a la persona tirada en el suelo. A su lado, un pedazo de metal también manchado de sangre.
—No mires —dijo la chica de pelo azul detrás de mí—. Será peor para nosotras si te descubren curioseando lo que no te importa.
No le hice caso.
—Se cortó las venas —susurré en respuesta.
—Estás en un psiquiátrico, genio. Que alguien se corte las putas venas es muy común aquí.
Uno de los enfermeros se dio cuenta de que estaba observando. Alzó la vista y sostuvo mi mirada durante un segundo. No había enojo en su expresión, solo advertencia, o algo distinto que no logré identificar.
La puerta de nuestra habitación se abrió poco después. El mismo enfermero entró con pasos tranquilos, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.
—Señoritas, permanezcan en sus camas —pidió con suavidad—. Todo está bajo control. La situación ha sido neutralizada.
La chica del centro no dejó de balancearse. El enfermero se acercó a ella, se agachó a su altura y le habló en voz baja. No entendí lo que dijo, pero la chica comenzó a respirar un poco más despacio.
Antes de irse, el enfermero me miró.
—Vuelve a tu cama —me ordenó.
—¿Qué está pasando? —le pregunté, ignorándolo.
—Una crisis que ha sido neutralizada —me repitió como un robot—. Vuelve a tu cama.
Asentí sin decir nada. Pero salió de nuestra habitación, yo volví a mirar por el rectángulo con muchísima curiosidad.
No supe cuánto tiempo me quedé mirando por la ventana, pero cuando decidí volver a mi cama, la chica de la cama del centro estaba sentada sobre mi colchón mirando por la ventana. Veía cómo la lluvia caía y golpeaba los cristales con fuerza.
Me aclaré la garganta en cuanto llegué hasta ella.
—¿Podrías...?
Ella alternó la vista entre el uniforme y yo. Pero no dijo nada.
Fue la chica de cabello azul la que habló desde atrás.
—No habla con nadie. La verdad no sé si es muda o si solo no quiere hacerlo.
La chica «que no hablaba» se levantó de la cama y se sentó sobre la suya, abrazando sus piernas.
Demasiado cansada, me encaminé al baño y sustituí mi ropa por la pijama que recogí de mi cama. El lugar olía a jabón y a encierro. Me miré en el espejo.
Una chica ojerosa y de piel pálida me devolvió la mirada.
Mi rostro era la viva imagen de la tristeza y de la culpabilidad.
Tenía los ojos negros, apagados, sin rastro alguno de brillo.
El cabello me caía hasta la cintura, del mismo color.
Tenía buen cuerpo, lo sabía, pero en ese momento no era más que una chica demasiado delgada, consumida por sí misma.
Alcé la mano derecha para acomodarme la camisa y mi mirada se quedó fija en mis dedos. En las marcas, en el recordatorio de lo que había sucedido. De lo que había hecho.
Tragué saliva.
Era un monstruo para mí y para la sociedad. Un monstruo imposible de corregir. Uno que ni siquiera merecía intentar ser salvado.
Aparté la mirada del espejo. No soportaba seguir viéndome. Me odiaba a mí misma de una forma casi tortuosa. Bajé la mano lentamente y respiré hondo una vez, solo una. No había nada más que hacer.
Salí del baño en silencio y regresé a la habitación.
Todo estaba en calma. La chica del centro dormía de nuevo, encogida sobre sí misma.
La de pelo azul estaba acostada, de espaldas, con los audífonos puestos (ni siquiera sabía cómo tenía esos audífonos ahí dentro si se suponía que estaban prohibidos).
Me acerqué a mi cama y me senté en la orilla por un instante. Las sábanas estaban frías. Me deslicé bajo ellas y me giré hacia la ventana.
El hospital psiquiátrico Santuario. En mi mente tenía la idea de que aquel lugar era tranquilo, casi inofensivo, pero... Ojalá me hubiese quedado con esa idea.