RITTER
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1
Dulce curiosidad
Dos meses antes
—¡Te lo suplico, no, por favor! —susurró todavía con fuerzas.
—¡Perdóname... perdóname! —lo acompañó ella.
—¡Perdónanos! —suplicaron al unísono.
Pero yo ya estaba con el encendedor prendido entre mis manos. No quería perdonar a nadie. Solo había oscuridad dentro de mí y una sed de venganza que me pedía a gritos ser complacida. Sonreí con malicia, mirándolos.
—No —dije simplemente.
Y lo dejé caer.
Volví a la realidad de golpe cuando una mujer vestida con traje y mirada sombría chasqueó sus largos dedos frente a mis ojos.
—Bienvenida al hospital psiquiátrico Santuario, señorita Jones —me sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos. Se veía escalofriante. Era muy delgada y se veía muy refinada—. Mi nombre es Vera Rowan, vicerrectora del recinto. Estoy a tus órdenes.
—Yo...
—Por el momento, te dejaré en manos del equipo de seguridad para que te ayuden a instalarte —me interrumpió y se marchó.
Tragué grueso, respiré hondo y miré lo que me rodeaba. Lo que me esperaba. Lo que me merecía.
Sin poder evitarlo, pensé en mi pasado. Extrañaba a la Brisa Jones de antes; extrañaba muchísimo llevar una vida común y corriente. En aquel momento y de pie en aquel lugar, era una Brisa totalmente diferente y no me gustaba la chica en la que me había convertido.
Yo solo quería... ser normal otra vez.
Pero ya no podía.
Era un monstruo.
—Teléfono, colgantes, cinturones, cordones y cualquier objeto punzante en esta caja —ordenó una nueva voz. Por el uniforme y su rostro escaso de algún sentimiento no me fue difícil asumir que era parte del equipo de seguridad antes mencionado.
La miré por más tiempo del que debía y me permití evaluarla.
Mentalmente hacía notas. Vestía una camisa gris con el logotipo de la institución y un pantalón del mismo color.
En su cintura colgaba un llavero metálico con tarjetas magnéticas, una radio de comunicación y un pequeño dispositivo de alarma personal.
Tragué saliva.
En sus manos sostenía una caja de plástico transparente, esperando con una paciencia profesional a que dejara caer mis pertenencias. A su lado, otra mujer vestida igual sostenía una bandeja con una pulsera de identificación, unas sandalias sin cordones y una bolsa con artículos de higiene básicos.
La garganta se me cerró.
¿Dónde demonios me había metido? ¿Qué era aquel lugar?
Finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, me rendí y dejé caer mis cosas sobre la caja.
Me quité los accesorios y también las botas trenzadas.
La segunda mujer me pidió que extendiera la muñeca y me colocó la pulsera.
De inmediato me di cuenta del código de barras y de mi nombre impreso en la misma.
—Es tu identificación y localización interna —aclaró—. Si pasas el límite establecido se emitirá una alarma y nos pondrá en aviso.
—Está bien.
—Ponte estas sandalias, por favor.
Obedecí. Estaba cansada. Mental y físicamente. Lo único que quería era que todo terminara rápido, caer en una cama y dormir durante días, semanas... o meses. Me sentía en una especie de bucle mental. Todo se repetía una y otra vez y era... aterrador.
Volví a observar todo lo que me rodeaba. Desde afuera, el edificio parecía un antiguo castillo: muros altos, torres, estatuas decorativas. Por dentro, la realidad era distinta. No era un castillo, sino un hospital psiquiátrico para jóvenes adultos con problemas emocionales y conductuales severos.
Era una extraña combinación de universidad, hospital y centro de internamiento.
Era una puta cárcel aunque lo pintaran de otra manera. Y yo estaba dentro de ella por tiempo indefinido.
Había cámaras en cada esquina, puertas con cerraduras electrónicas, ventanas reforzadas y normas visibles por todas partes. No había nada que pudiera usarse para hacer daño, ni a otros ni a uno mismo.
Escuché pasos acercándose. Una chica de cabello azul y mirada aburrida se detuvo frente a nosotras poco después. Alternó la vista entre la guardia y yo.
—La señorita Jones necesita que la acompañes a su habitación —informó una de las mujeres.
La chica frunció los labios.
—¿Por qué tengo que ser yo? —se quejó.
Me gustaba su cabello azul y su aspecto de rebeldía. Parecía no importarle demasiado nada y eso era... difícil de ver en un lugar como aquel.
—Porque la vicerrectora te lo encargó especialmente a ti. Quiere que la guíes, le muestres y le hables un poco del lugar —la mujer la miró como diciéndole algo que solo yo no entendía—. No la decepciones nuevamente, Amaya. Ha sido muy permisiva contigo.
La chica se puso seria de inmediato y, por primera vez, me miró. No fue una mirada muy agradable, la verdad. Me miró con desdén, de arriba a abajo, como juzgándome. Por un segundo me encogí en mi sitio. No sabía cómo me veía, pero seguro que como una buena persona, no.
—Está bien.
Las dos mujeres de seguridad se despidieron y luego desaparecieron por el pasillo, dejándome sola con la que parecía ser mi nueva compañera. Ella se acercó a mí y me extendió la mano; de inmediato me fijé en la pulsera eléctrica en su muñeca y también en unos pequeños cortes que la rodeaban.
Tragué grueso.
—Dame tu tarjeta de ingreso.
Le entregué el pase plastificado. Lo observó y soltó una risa breve y cínica.
—¿De qué te ríes? —pregunté muy a la defensiva.
—Compartimos habitación. 312, edificio B —me miró de reojo—. Con razón te trajeron tan tarde.
—¿Qué quieres decir?
Se encogió de hombros y empezó a caminar sin responder. La seguí en silencio, observando cada pasillo, haciendo notas mentales y memorizándolo todo. Ya tendría tiempo para curiosear; ahora solo quería entender dónde estaba, y sobre todo, qué era lo que me esperaba.
«Puras cosas buenas, bella», me susurró mi mente con ironía.
Al entrar al ascensor, la chica comenzó a hablar:
—El hospital psiquiátrico Santuario es un centro especializado en el tratamiento integral de trastornos mentales en jóvenes adultos —explicó sin mirarme y con su tono de: soy un robot, no me pidas demasiadas explicaciones—. Algunos estamos aquí por voluntad propia. Otros... no tanto.
Como yo, por ejemplo.
Las puertas se abrieron frente a un largo pasillo con puertas numeradas y pequeñas ventanas rectangulares.
Cuando salimos del ascensor, mi guía siguió parloteando.
—El hospital psiquiátrico está dividido en dos edificios categorizados desde trastornos leves hasta trastornos severos —seguimos caminando por el pasillo—.
Edificio A: trastornos de ansiedad, de alimentación, de estrés postraumático, de depresión y otros trastornos leves; edificio B: TLP, trastorno obsesivo compulsivo, de ira, de depresión mayor, trastorno antisocial: psicopatía o sociopatía; criminales, esquizofrenia, demencia y otros trastornos de psicosis.
Tragué saliva. Estaba en el edificio B.
—¿Y ese otro edificio? —le pregunté señalando con mi dedo un edificio contiguo al B, donde estábamos para aquel punto.
—Es un anexo clínico —respondió—. Para pacientes con episodios agudos. No es un lugar al que quieras ir, créeme.
Finalmente, nos detuvimos frente a una puerta.
—Los pabellones están separados por sexo —añadió señalando el extremo opuesto del pasillo—. Chicos allá, chicas aquí. No cruzar sin autorización.
—¿Y en las zonas comunes?
—Se mezclan. Pero nadie socializa demasiado.
Me fijé en una escalera que descendía.
—¿Y eso?
Ni se detuvo.
—Zona restringida. Mejor no preguntar.
Abrió la puerta.
La habitación era gris. Tres camas alineadas. En la del centro, una chica estaba acurrucada, inmóvil. En las paredes, pósters y dibujos desordenados.
La chica de pelo azul se tiró sobre su cama ignorando por completo mi presencia. La única cama que quedaba libre era la que estaba cerca de la ventana. Sobre la cama estaba mi uniforme: un pantalón tipo pijama azul oscuro y una camisa del mismo color.
Me senté en la orilla de la cama y solté aire por la nariz.
Ni siquiera sabía cómo debía sentirme. Solo sabía que una parte de mí se sentía agotada, culpable e inestable.
Todavía no se me borraba la mirada perdida de mamá cuando nos despedimos en la entrada.
Me había dicho con lágrimas en los ojos que yo no era la culpable de nada...
¿Cómo le explicaba que no era un malentendido?
¿Cómo le explicaba que era la culpable absoluta de lo que había sucedido?
Había tenido una única opción: internarme, tratarme y estudiar una carrera universitaria al mismo tiempo que cumplía mi condena. La única razón por la que no estaba en la cárcel era porque había sido diagnosticada con un trastorno mental grave.
Me miré las manos, las tenía sudorosas y temblorosas. Desvié la mirada por mi pequeño espacio y un libro de color azul llamó de nuevo mi atención. Tenía el nombre de la institución delante. Era el manual de las normas. Necesitaba leerlo.
De portada tenía una foto del lugar, el nombre y el año en que había sido fundado.
Normas del hospital psiquiátrico Santuario:
1. Para ingresar al hospital psiquiátrico, los internos deben tener una edad entre 18 y 25 años.
2. El uniforme reglamentario del lugar se deberá usar siempre, sin excepciones.
3. Está prohibido salir de la institución.
4. Los muros de piedra que rodean el territorio del centro son lo suficientemente altos como para que sea difícil escapar.
5. Los dormitorios femeninos y masculinos están separados. Prohibido acceder a cualquier habitación del sexo opuesto.
Faltas graves: Participar en apuestas; usar espacios de otros compañeros sin consentimiento; sustracciones; desobedecer normas; instigar fugas y motines o colaborar en ellos.
Se castigan con separaciones del resto de internos de hasta dos días y fines de semana.
La lluvia seguía golpeando con fuerza la ventana cuando apagué la lámpara de mi mesita de noche. Me acomodé de lado, dándole la espalda a la habitación, intentando obligar a mi mente a quedarse en blanco.
No funcionó.
Al principio pensé que lo estaba imaginando. Un sonido lejano, casi imperceptible. Como un quejido. Abrí los ojos y contuve la respiración.
Otro más.
No venía de nuestra habitación.