Capítulo sesenta y tres. Odessa #2
–Suena más a magia.
–Si has leído todos esos libros y aún no crees en la magia, entonces no has entendido nada, muchacha.
Menos mal que sí creía en la magia.
–Mi madre tenía visiones y las anotaba en estos libros. Algunas eran sobre su vida. Pero otras hablaban de la mía. El hermano Dime me dijo que eso significaba que iba por el buen camino.
–Sí. Y aquí estás, con lo último que te dejó –señaló el diario verde que Kos había encontrado escondido en la biblioteca.
–¿Llegaste a conocerla?
–Sí. Aunque entonces se llamaba hermano Nold y aún vestía la túnica roja.
¿Era ella parte del motivo por el que él se había unido a los Kennin? Algún día, quizá me contaría por qué había abandonado la hermandad.
–¿Adónde me llevarán estas visiones? Y, por favor, no me respondas con algo ambiguo y críptico, como «el destino». Ya he tenido suficiente «destino» para toda una vida.
La boca de Skore se curvó en una leve sonrisa.
–No sé qué encontrarás en ese libro. Pero, si tuviera que aventurar una respuesta, diría que vas bien encaminada en tu comprensión.
Sus visiones hablan tanto del futuro de ella como del tuyo.
Algunas ya se han cumplido. Otras quizá nunca lo hagan.
Recibió la bendición del Divino y, gracias a esa gracia, esas historias te guiarán hasta los demás orbes.
–Encontrarlos no nos servirá de nada si no podemos destruirlos.
–No. Pero es un comienzo. Ten fe, Gorrión. Aún hay esperanza. –No hizo ademán de marcharse, como si intuyera que aún tenía algo más que preguntarle.
–¿Por qué siento tu magia? ¿Por qué me duele cuando te toco?
–Eres una Estornino. Para vosotras, la magia es veneno.
–Entonces, ¿por qué la magia no me afecta como afectó a mi madre? Mi sangre es roja. No puedo ver en la oscuridad ni moverme el doble de rápido que los demás.
Skore entrelazó los dedos bajo su mentón puntiagudo.
–Naciste en este continente. Tu padre es de Calandra.
La magia de esta tierra forma parte de ti desde tu concepción.
Las antiguas escrituras dicen que las Estorninos originales partieron cuando quedaron atrapadas en su forma bestial.
Cuando esos monstruos tomaron el control.
Tengo la impresión de que te pareces más a tus ancestros Estorninos que a tu madre o a tus parientes de Nelfinex.
–¿Y si me transformo?
–Recemos para que no suceda.
Se me hizo un nudo en el estómago.
–Cuando era niña, me envenenaron con polvo de colmillo de fének. Debería haberme matado, pero no lo hizo. Y, vaya donde vaya, esos monstruos parecen seguirme. Como si se sintieran atraídos por mí.
–Las Estorninos siempre tuvieron una relación especial con las bestias.
Era una confirmación que no quería oír, pero tampoco algo inesperado.
–Los dones de Ransom son similares a los de mi madre.
–Similares –asintió–. Pero no los mismos.
–¿La lyssa acabará transformándolo en algún momento? –No tenía fuerzas para hacer lo que mi padre había hecho. No tendría el valor de matar a Ransom si se convertía en un monstruo.
–No. Él no es un Estornino.
Entonces la lyssa acabaría matándolo de todos modos. No era una opción.
–¿Por qué el rey Ramsey quemó libros en Turah? ¿Buscaba esto? –Toqué el diario negro.
–Es poco probable que supiera de la existencia de ninguno de estos. Tampoco el Sumo Sacerdote. Pero Ramsey probablemente esté siguiendo sus órdenes. Puede que intentara ocultar algo más. No sería la primera vez que el Sumo Sacerdote nos dificulta el acceso a nuestra propia historia.
La historia de los tiempos anteriores a los Voster. La historia de la magia. Quizá el Sumo Sacerdote y Ramsey también intentaban ocultar la verdad sobre la lyssa.
–Mi madre vino aquí con su prima, Xandra. Se transformó en un ulferno y nunca volvió a recuperar su forma. Ransom fue mordido por un ulferno. Y creo que fue Xandra.
Luella creía que la lyssa se había originado al combinarse su elixir con la saliva de un monstruo. Pero a Ransom no lo había mordido un monstruo cualquiera. Eso explicaba por qué los experimentos con la saliva de Faze no habían generado la lyssa.
Lo había mordido una Estornino. Xandra. Y, junto con el elixir, ambos habían terminado creando la lyssa. La magia de Calandra que había atrapado a Xandra en su forma monstruosa, la misma que había despertado la sed de sangre de mi madre, era la que ahora hacía tanto daño a Ransom.
El Sumo Sacerdote le había dicho que no existía ninguna cura para la lyssa. ¿Era mentira? ¿O erradicar la magia de Calandra era la cura? Una cura que implicaría que los sacerdotes perdieran su poder y provocaría el colapso de la hermandad.
Los Voster sacrificarían a Ransom con tal de salvarse a sí mismos.
–Le pedí a la curandera principal de mi padre que intentara encontrar una cura para la lyssa. ¿Es posible, aunque la magia siga existiendo?
–Es poco probable.
Maldita sea . Esperaba que me dijera que sí.
–Esta infección es distinta de la de las Estorninos. Se propaga por la sangre, pero no por herencia –dijo Skore–. Aun así, ambas están conectadas. La magia alimenta a la lyssa mientras envenena a las Estorninos.
–Entonces, aunque destruyéramos los orbes, ¿no curaríamos la lyssa?
Skore vaciló.
–No lo sé con certeza.
Tenía que creer que era posible salvar a Ransom. Que donde había veneno había una cura. Con magia o sin ella, no pensaba rendirme. No iba a perderlo. Mientras Alore hacía su parte, yo haría la mía destruyendo los orbes.
Si al menos tuviera una maldita pista de por dónde empezar.
–¿Cómo se destruye a un dios?
–Solo hay un dios.
–Me estás pidiendo que le dé la espalda a todo lo que me enseñaron a creer.
–No. Te estoy pidiendo que creas a tu madre.
Eso sí podía hacerlo. Me quedé mirando los libros sobre el escritorio.
–Me dijiste que buscara a una guerrera. Te referías a ella.
–No, muchacha –dijo Skore, poniéndose en pie–. Me refería a ti.