Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo sesenta y tres. Odessa
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Capítulo sesenta y tres. Odessa

Capítulo sesenta y tres ODESSA

Ransom estaba acurrucado a mi lado, conservando el calor de mi cuerpo bajo las finas sábanas. Su pecho descansaba contra mi espalda, sus piernas estaban entrelazadas con las mías y su brazo, apoyado sobre mis costillas, me anclaba a la cama mientras dormía.

Levanté su muñeca y la aparté con suavidad para poder incorporarme. Pero, al intentar sacar la pierna de debajo de su robusto muslo, me sujetó con más fuerza y me arrastró de vuelta a la cama.

Mi tercer intento de fuga. Frustrado.

–No puedes tenerme en la cama para siempre.

Enterró la nariz en mi cabello y respiró hondo.

–Puedo intentarlo.

–Descansa. Vuelvo enseguida. –Me retorcí para darle un beso en la nariz y entonces me deslicé fuera de debajo de su cuerpo. Esta vez, me soltó.

En cualquier otra mañana me habría rogado que me quedara en la cama, pero sus ojos siguieron cerrados y abrazó mi almohada.

Había acabado tan agotado después de que el sacerdote le drenara la lyssa de la sangre y de haber pasado la noche en la celda que, apenas terminé de vestirme, ya volvía a dormir profundamente. Sin el morral colgado al hombro, salí del cuarto.

La habitación estaba silenciosa y tranquila. Cathlin, Zavier y Evie aún seguían en la cama. Así que avancé despacio hacia la puerta y me encaminé a la enfermería justo cuando el amanecer teñía de luz los chapiteles dorados del castillo.

Alore me recibió tras el segundo golpe. Tenía el cabello recogido en lo alto de la cabeza y sujeto con dos palillos de madera. Llevaba unas gafas color mandarina y un vestido del mismo tono.

–Su Alteza, ¿está todo en orden?

–Toma. –Le entregué el pequeño vial que había llenado con mi propia saliva por el camino–. Prueba esto con el elixir.

***

Dos figuras familiares aparecieron en el vestíbulo del castillo, hablando en voz baja.

Una de ellas vestía de negro y la otra llevaba una armadura tan brillante como su cabello blanco.

Thora tenía el ceño fruncido, como de costumbre, mientras que Jodhi mantenía esa sonrisa arrogante que se ensanchó cuando me escuchó llegar.

–¿Volvisteis?

–¿Me echaste de menos, muñeca? –dijo Jodhi, sonriendo.

–La verdad es que sí. –Echaba de menos sentir que había más personas de mi lado en aquel castillo, además de Ransom y Mae, que me defenderían si estallaba una pelea. Sí, aquellos dos me pedirían que les pagara, pero tenía la sensación de que eran más leales de lo que dejaban entrever.

–¿Qué hacéis aquí? –pregunté.

–Tu padre nos llamó –dijo Thora con tono inexpresivo–. Nos hizo una oferta que no pudimos rechazar.

–¿Cuándo?

–Hace cinco días.

¿Cinco días? Eso era mucho antes de nuestra conversación de la noche anterior.

–¿Qué os ofreció?

–Que tendríamos la oportunidad de deshacernos de Salem.

A cambio, solo teníamos que mantenerte con vida.

–Frunció el ceño, como si la hubieran obligado a aceptar el trato–.

Hazme un favor, Gorrión. Intenta no morirte hoy.

No tengo ganas de hacer de guardaespaldas ahora mismo.

Voy a buscar una cama y a echarme una siesta.

Esperé a que se marcharan y sonreí.

***

La biblioteca era tan intimidante y magnífica como la recordaba de mi niñez.

La sala olía a lirios, cedro y libros viejos. Si el conocimiento tuviera un olor, sería el que reinaba allí dentro.

Margot siempre se había encargado de que recibiéramos las clases en nuestros cuartos privados, en lugar de hacerlo en la biblioteca con el resto de los estudiantes.

En aquel entonces, solía creer que era porque no quería que Mae y yo nos relacionáramos con los demás niños, aunque fueran hijos de nobles. Como si considerara que nuestra educación era tan importante y distinta que debía impartirse lejos del resto.

Ahora me preguntaba si aquel aislamiento durante mi infancia no habría sido, en realidad, otra forma de mantenerme a salvo, de mantener oculta a la niña de ojos dorados.

Era extraño ver bajo una luz diferente a alguien a quien conocía de toda la vida.

No recordaba la última vez que había cruzado las puertas doradas de la biblioteca. Quizá cuando tenía cuatro o cinco años. Me abrí paso entre las mesas y las sillas hasta el escritorio alto y vacío del bibliósofo. El encargado principal no estaba por ningún lado.

Al acercarme al mostrador, un anciano con una barba que le llegaba hasta la barriga apareció detrás de un estante inmenso, con una pila de libros en brazos.

Me miró una vez y los libros se le cayeron de las manos.

–¿Caspia?

–Ah, ehm, no. Soy... –Fue tal la conmoción al oír su nombre que, por un instante, olvidé el mío–. Odessa. Soy Odessa. Su hija.

Nunca había escuchado a nadie pronunciar el nombre de mi madre. Ya fuera porque mi padre lo había prohibido o porque ella había caído en el olvido.

Pero oírlo casi me hizo llorar.

Un hombre de barba negra y sedosa, y piel de un suave tono oliva, apareció por la misma esquina y se detuvo en seco al ver el desastre de libros en el suelo.

–Papá, ¿qué pasó...?

Fue entonces cuando me vio y se quedó boquiabierto. Pero, a diferencia del anciano, que aún seguía conmocionado y con los ojos llenos de lágrimas, el joven se recompuso enseguida. Parpadeó dos veces y luego una sonrisa atractiva le iluminó el rostro.

–Bienvenida, Su Alteza. Por favor, disculpe a mi padre. Cree en los fantasmas.

El anciano resopló y le lanzó una mirada de reproche a su hijo.

–Me acaba de dar un susto de muerte. No es culpa mía que se parezca tanto. No la veía desde que era así de alta. –Extendió una mano y la colocó a la altura de su cintura.

–Me llamo Kos –dijo el joven, haciendo una reverencia–. Él es mi padre, Faxon.

Dos personas tan importantes para mi madre que había llenado página tras página con historias sobre ellos en su diario. Si nos habíamos cruzado antes, no lo recordaba. Pero aquel día los reconocí a través de sus palabras. A través del amor que había plasmado en tinta sobre tantas hojas.

Deseaba que estuviera allí para presentarnos. Deseaba que estuviera allí para ver a sus amigos.

Deseaba haber ido a la biblioteca mucho tiempo atrás.

Más lágrimas me llenaron los ojos y me las sequé.

–Lo siento.

–No se preocupe –dijo Kos–. ¿Qué la trae a la biblioteca?

Respiré hondo para calmarme y le di una palmadita al morral.

–Recibí un diario de mi madre. Escribió sobre cuánto amaba esta biblioteca y sobre un lugar especial que tenía para leer. Un cubículo. Esperaba poder verlo.

Kos y Faxon intercambiaron una sonrisa. Luego el anciano me hizo un gesto con la mano para que lo siguiera.

–Por aquí, Su Alteza.

–Odessa –lo corregí–. O pueden llamarme Dess.

***

El cubículo estaba abarrotado de cosas, pero limpio. Tenía un ligero olor a encierro, como si la habitación no se usara con frecuencia.

Después de invitarme a pasar, Faxon insistió en que me sentara detrás del escritorio, mientras Kos iba a buscar un libro que quería enseñarme.

Y entonces, mientras esperaba, dejé que las manos se deslizaran por la suave superficie del escritorio, imaginando a mi madre inclinada sobre un diario, escribiendo su propia historia y la de Nelfinex para que, algún día, yo pudiera comprender mi dinastía.

Mi morral descansaba a un lado, con la solapa abierta y varios libros asomando por su interior.

–Aquí está –dijo Kos, entrando en el cubículo y entregándome un diario con la portada verde.

–¿Dónde encontraste eso? –preguntó Faxon, sorprendido–. Me pidió que lo escondiera.

–En el tercer piso. Detrás de un tratado sobre principios básicos de aritmética.

Faxon frunció el ceño y se alisó la barba.

–¿Sabes? Escondí tan bien ese libro que olvidé dónde lo había guardado.

Kos rio.

–Entonces tienes suerte de que me guste la aritmética.

Abrí la portada y encontré una nota en su interior.

–Me lo trajo poco después de que nacieras –dijo Faxon–. Me pidió que lo guardara junto con el diario. Antes de que olvidara dónde lo había escondido.

–¿Puedo? –pregunté, tomando la nota.

Kos asintió.

–Por supuesto.

Querido Kos:

Mi pequeño (aunque, para cuando encuentres este libro, quizá ya no seas tan pequeño). Por favor, hazme tres favores. Dale un poco de cariño a tu padre. Guárdate un poco de ese cariño para ti. Y, cuando mi niña venga a verte algún día, entrégale este libro.

Caspia

–Como sabía que lo encontraría, no tengo ni idea –dijo Kos–. Pero me alegra que así fuera, para poder entregártelo –apoyó una mano en el hombro de Faxon–. Te dejaremos a solas para que lo leas.

–Gracias.

No levanté la vista cuando salieron del cubículo y, en cambio, pasé la primera página del libro.

***

Un niño está sentado en el suelo, rodeado de un montón de libros.

Tiene el cabello negro y sedoso, y los ojos tan oscuros que parecen emanar un resplandor azul.

Toma un libro y lo lanza al aire. Pero el libro no cae.

Flota, como si estuviera atado a una cuerda invisible, y empieza a elevarse cada vez más alto.

***

Visiones. Este era otro cuaderno de sus visiones, igual que el diario que había llevado consigo por toda Calandra.

Cada entrada estaba escrita en la antigua lengua, con su inconfundible caligrafía.

Cada una era una historia que esperaba que, algún día, cobrara sentido.Y, si no lo hacía, seguiría siendo, de todos modos, un fragmento de ella que atesoraría.

Estaba en la cuarta página cuando una sombra se proyectó sobre mi escritorio.

El hermano Skore entró en el cubículo y se sentó en la silla libre.

No podía sentir su magia. Ni una punzada ni un hormigueo en la piel.

–¿Es difícil reprimir tu poder?

–Sí.

–No hace falta que lo hagas. Puedo soportarlo.

–Tendrás de sobra ocasiones para soportar cosas mucho peores relacionadas con la magia. Hoy, descansa.

Asentí, cerré el diario verde y saqué del morral el libro con el emblema alado.

–Era de mi madre. Lo dejó en una cabaña de Génesis. ¿Cómo acabó en mis manos, en Turah?

–El destino.

Luella me había dicho que lo encontró escondido en una botica. Quizá quien lo robó de la cabaña de mi padre en Génesis tenía una botica. Quizá ese libro había pasado de mano en mano decenas de veces antes de llegar a las mías.

¿El destino?