Capítulo sesenta y dos. Odessa #2
–¿Escondieron los orbes en el mismo lugar? –pregunté.
–No. Temía que fuera demasiado difícil ocultarlos de los Voster si estaban juntos. Que la magia de uno alimentara la del otro. Uno está en las bóvedas y el otro debajo de la enfermería.
Escondidos lo bastante lejos como para que yo no pudiera sentir su magia. Con suerte, los Voster tampoco podrían.
–¿Qué hay en Allesaria?
–El hermano Dime no puede romper sus juramentos, y Skore tampoco, pero, por lo que ambos me han dado a entender, creo que los turanos construyeron su capital para proteger el santuario de los Voster, y que ese santuario podría estar construido sobre uno de los orbes.
Eso explicaba por qué había estado tan empeñado en llegar allí antes de la migración.
–Entonces el Sumo Sacerdote tiene un orbe. Y no va a deshacerse de él con facilidad.
–No estoy seguro de que lo tenga. No si están velados.
Aunque es probable que sepa que hay uno cerca.
Si los Voster construyeron ese santuario hace cientos de años, tras llegar de Kenn, cuando su magia todavía era nueva, estoy seguro de que entonces no lo sabían.
Puede que simplemente tuvieran una conexión más profunda con la magia por estar cerca de un orbe.
Y las montañas les dieron un lugar seguro donde esconderse durante las migraciones.
Bueno, si el Sumo Sacerdote no lo sabía entonces, desde luego lo sabía ahora. Incluso si desconocía la ubicación exacta, protegería esa zona con toda la fuerza de la hermandad de los Voster.
Cerré los ojos y me froté la sien.
Así que Skore me había llevado al cañón de Orson como una prueba, para comprobar si era capaz de encontrar un orbe que no estuviera vigilado.
No había sido la experiencia más agradable, pero no fue nada comparado con el descenso de mis padres al fondo del desfiladero de Evon.
Aunque encontrar esos dos habría sido cien veces más fácil que infiltrarse en Allesaria.
–Es imposible.
–Ten fe, Dess. –Me apoyó una mano en el antebrazo y se quedó inmóvil al notar el cuero bajo la tela de mi camisa.
–Es el brazalete de Ransom. Una tradición turana.
Me lo dio él. –Una verdad a medias. Quizá algún día le mostraría este mapa.
Pero todavía no. No hasta que la confianza entre nosotros fuera más sólida y durara más que una sola noche–.
Creo que el Sumo Sacerdote sospecha que mi madre era una Estornino.
Creo que debí haber seguido tiñéndome el cabello.
Esa sospecha era, probablemente, la razón por la que Dime me había sacado de Ellder. Me había llevado antes de que el Sumo Sacerdote hiciera lo mismo.
–No es culpa tuya. Es mía. –Suspiró–. Jamás debí traer a los turanos aquí.
–Pero entonces jamás habría conocido a Ransom.
Mi padre me miró un largo rato.
–¿De verdad lo amas?
–Es mi vida.
Si el mundo se terminara al día siguiente, no me arrepentiría de haber amado a Ransom.
Pensar que la búsqueda de mi padre por liberar a Calandra de la magia nos había unido era tan amargo como dulce.
–Mis espías me hablaron de los dones del Guardián antes incluso de que llegara a Quentis. Tu madre tenía los mismos. Si se cortaba un dedo, sanaba casi al instante. Podía ver en la oscuridad como si fuera de día. Se movía tan rápido como el viento. Y sus ojos...
–¿Dorados, como los míos?
–No siempre. Cambiaban según su estado de ánimo. Dorados la mayor parte del tiempo. Plateados cuando estaba furiosa. Y, a veces, eran de un verde tan hermoso que era imposible apartar la mirada.
–¿Creías que Ransom podía ser un Estornino?
–Creía que el Guardián no era de nuestro reino. Temía aquello en lo que pudiera convertirse. Y sabía que tenía que ser el guerrero de ojos plateados de la visión de tu madre.
–Entonces me pediste que matara a un guerrero legendario. ¿A mí?
Se encogió de hombros.
–Valía la pena intentarlo. Vi cómo te miraba. No habría sido la primera vez que un hombre baja la guardia por una mujer.
–Entonces lo subestimaste.
–No. La única persona a la que he subestimado es a ti. Y por eso lo siento profundamente.
Esto era lo que había querido durante tanto tiempo. Su confianza. Su fe en mí. Entonces, ¿por qué me seguía sintiendo vacía? ¿Por qué me parecía tan insignificante comparada con la fuerza que había encontrado dentro de mí?
–Encontré un diario en Turah. Está escrito con su letra. –La misma caligrafía elegante del diario que había leído aquella noche. Saqué el collar de debajo de la camisa y dejé que el metal reflejara la luz–. Y tiene este mismo emblema alado.
Mi padre tocó el colgante y su mirada se suavizó, como si se hubiera perdido en un recuerdo.
–¿Otro regalo de Margot?
–No. Lo encontré escondido en mi armario.
Murmuró algo incomprensible, sumido en sus pensamientos.
–Hay historias en ese diario que se vuelven realidad. ¿Eran sus visiones?
–Es probable que las escribiera a bordo del Cirrina , mientras navegaba hacia aquí.
En aquel momento no sabía que eran visiones.
Decía que solo estaba escribiendo historias.
–Se secó los ojos–. Yo le hice ese diario cuando estábamos en Génesis.
O, mejor dicho, tomé uno que ya tenía y le añadí el diseño del colgante en la portada.
Ella todavía no sabía escribir en calandrano, así que lo escribió en la antigua lengua.
–¿Cómo terminó en Turah?
–Alguien debió de encontrarlo en la cabaña. Creí que se lo había llevado, pero debió de dejarlo atrás. Y yo salí con tanta prisa para no perderla que ni siquiera reparé en ello.
Así que el diario que, de algún modo, había llegado hasta mí en Turah había pertenecido a los dos.
–Me arrepiento de no haberle pedido que se quedara en Génesis.
De no haberme olvidado por completo de Quentis, del deber, de la nobleza.
–Sus ojos se perdieron en la distancia–.
Cielos, no imaginas cuánto se enfadó cuando se enteró de que yo era el príncipe heredero.
Estaba furiosa por el compromiso que mi madre había arreglado a mis espaldas.
Pero, sobre todo, estaba furiosa, y con razón, porque se había enterado leyendo el periódico de Chapman Leek.
Para entonces, yo ya estaba enamorado de ella.
Creo que lo estuve desde el día en que la saqué de ese río en Génesis.
Y, si no fue allí, estoy seguro de que fue en ese momento cuando caí rendido a sus pies.
A ella nunca le importaron los títulos nobiliarios ni la riqueza.
Me quería por lo que era. Nadie me amó jamás como lo hizo ella.
–¿Ni siquiera Margot?
–No.
–¿Alguna vez amaste a Margot? –pregunté.
–Es una buena mujer. Pero no.
–Aun así, te casaste con ella.
–Una boda con una sirvienta le dio al pueblo suficiente material sobre su nueva reina como para que la mayoría olvidara pronto a tu madre.
Y, para la mayoría, mi padre probablemente parecía un hombre que ya se acostaba con aquella sirvienta desde antes, sobre todo teniendo en cuenta que Margot había sido la dama de compañía de mi madre.
–¿Mae y Arthy son hijos tuyos?
–Según los registros reales, sí, pero la última mujer con la que compartí la cama fue tu madre.
La verdad rara vez era delicada.
Más allá de si compartíamos padre o no, Arthy y Mae siempre serían mi hermano y mi hermana. Pero, aun así, sentí que había perdido algo. Las lágrimas me brotaron por las comisuras de los ojos y me las sequé enseguida.
–Nunca quise que te vieras enredada en todo esto –dijo, con una sonrisa triste–. Estaría orgullosa de la mujer en la que te has convertido. Igual que yo.
Tomó el diario de mis manos y lo abrió por la primera página. Recorrió las palabras de mi madre con un dedo, como si todavía pudiera sentirla en el papel. Luego lo cerró con cuidado y me lo devolvió.
Metió una mano en el bolsillo y sacó diez anillos, todos hechos del mismo metal rojizo y anaranjado que mi collar.
Elfalter.
Me los entregó todos.
Junto con la llave de la celda de Ransom.