Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo sesenta y dos. Odessa
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Capítulo sesenta y dos. Odessa

Capítulo sesenta y dos ODESSA

Mi padre esperaba en el balcón de la sala del trono, con la mirada fija en las lunas gemelas.

Se había quitado la chaqueta y la había dejado colgada sobre la baranda. Tenía el cuello de la camisa desabrochado, lo que dejaba ver una tenue cicatriz bajo la garganta. Echó un vistazo al diario que yo sostenía contra el pecho y bajó la cabeza. Pero no pareció sorprendido.

–¿Lo tenía Margot?

–Sí.

–Me juró que no lo tenía, pero lo que fuera que le hubiera prometido a tu madre pesaba más que cualquier promesa que me hubiera hecho a mí.

–Inclinó la cabeza hacia el cielo–. Cada vez que tu madre tenía una visión que la despertaba de golpe, se levantaba de la cama y salía al balcón más cercano.

Decía que le gustaba saber que, en algún lugar al otro lado del Marixmore, su familia estaba mirando esas mismas lunas.

Ocupé el espacio libre a su lado y contemplé Roslo a lo lejos. Todavía tenía las mejillas húmedas por todas las lágrimas que había derramado al leer la historia de la vida de mi madre.

Había escrito todo en aquel diario. Su vida. Sus visiones.

Incluso la visión de su propia muerte.

Estaba segura de que ya no me quedaban lágrimas, no después de todo lo que había llorado en la celda junto a Ransom mientras leía el diario de mi madre. Pero un nuevo torrente me inundó los ojos y me hizo arder la garganta.

–Tú la mataste.

–Sí –susurró–. Y me he odiado por ello cada día desde entonces.

–¿Por qué nunca me contaste nada de esto? –Se me quebró la voz mientras las lágrimas me corrían por el rostro–. Deberías haberme dicho quién era. Lo que era.

Una Estornino.

Una princesa. Una guerrera. Una polimorfa de Nelfinex. Una tierra cuya existencia ignoraba hasta leer aquel diario.

–Lo siento. –Le tembló la voz–. Solo quería protegerte.

–¿Protegerme? ¿O protegerte a ti mismo? –Me sequé las lágrimas con furia, odiando no poder dejar de llorar.

–A los dos.

–Me enviaste a Turah, con el Sumo Sacerdote.

–No tuve otra opción. –Se pasó una mano por el cabello–. Si hubiera habido otra manera, te habría mantenido aquí. Pero temía que, si me negaba, el Sumo Sacerdote sospechara.

–Al menos podrías haberme contado la verdad.

–¿Para que la usaran en tu contra? Era mejor que no supieras nada. Así no tendrías que mentir.

Mi ignorancia no había sido más que otra parte de su plan.

–¿Y ahora? ¿Alguna vez confiarás en mí? ¿Alguna vez me dirás la verdad?

Mi padre alzó la vista hacia las lunas gemelas, y su luz reveló cada marca de su dolor, cada rasgo de su tristeza.

–Siempre he confiado en ti, Dess. Eso es lo que hace tan aterrador contarte la verdad. Confío en que eres como tu madre en todos los sentidos. Confío en que continuarás su lucha. Confío en que sacrificarás tu vida si eso significa salvar el mundo. Y no puedo perderte también a ti.

De pronto, el hombre que siempre había creído inquebrantable se quebró ante mis ojos. Se le arrugó el rostro al inclinarse hacia delante y sus propias lágrimas se deslizaron por las mejillas, salpicándole las botas. Extendió los brazos hacia mí tan deprisa que me tomó por sorpresa.

Me dejé caer contra su pecho cuando me envolvió en un abrazo feroz, el mismo tipo de abrazo que yo les daba a Mae, Arthy y Evie.

–Perdóname, Odessa. –Me soltó, sorbiéndose la nariz, y me tomó el rostro entre las manos–.

Cada día que pasa te pareces más a ella.

Hay momentos en que te miro y es ella quien me devuelve la mirada.

La noche en que regresaste a Quentis desde Turah, hubo un instante en que creí que había vuelto. No fue mi intención... Perdóname.

Tal vez debería haber rechazado sus disculpas. Quizá debería haberlo apartado.

Pero cuando lo miré a los ojos, lo único que vi fue un dolor profundo.

–Deberías habérmelo dicho –susurré.

–Puede ser. –Una lágrima se deslizó por su mejilla–. Estaría furiosa conmigo. Y muy orgullosa de ti.

Me sorbí la nariz y me dejé caer contra su pecho.

–No es justo.

–No, no lo es.

Nos quedamos así hasta que a ambos se nos agotaron las lágrimas. Luego, cuando me soltó y apoyó los brazos en la baranda, me coloqué a su lado.

–¿Por dónde empezamos? –pregunté.

–Por el principio, supongo. En una pequeña cabaña de Génesis.

***

Para la medianoche, el frío del invierno nos había obligado a resguardarnos en la sala del trono.

Al amanecer, llevábamos horas sentados, uno junto al otro, en los escalones de la tarima, con la mirada perdida en el suelo de mármol, hablando.

El mismo mármol donde él había sostenido el cuerpo de mi madre después de atravesarle el corazón con su espada.

No le había preguntado por el día de su muerte, pero me lo contó de todas formas. Al igual que el resto de su historia, fue un reflejo casi exacto del diario de mi madre. Y mi padre llenó los vacíos que aún quedaban.

–Ella mató a los Voster que llegaron ese día –dijo–.

En cuanto temió que estarías en peligro, me pidió que no dudara.

Y entonces se transformó. Ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.

Los sacerdotes aparecieron muertos y el suelo quedó cubierto de sangre.

Y cuando se volvió hacia mí, solté la espada. No podía hacerlo.

–Pero lo hiciste, ¿no?

–Ella nunca se habría perdonado. Si me hubiera matado a mí, o a cualquier otro, habría quedado destruida.

Prefería cargar yo con eso en la conciencia antes que ella.

–Su voz sonaba pesada, cargada de arrepentimiento.

Pero una especie de entumecimiento parecía haberse apoderado de los dos–.

No dejé que nadie me separara de ella. Cuando murió, recuperó su forma.

La sostuve sobre este mismo suelo durante dos días.

Fue Hali quien finalmente logró hacerme entrar en razón.

Te trajo en brazos, y entonces dejé ir a tu madre para que Hawksley pudiera llevarse el cuerpo.

–¿El general Hawksley?

–Ha estado a mi lado desde hace mucho tiempo. Sobre todo, ayudando a los Kennin a buscar los orbes.

–¿Y ahora es tu general?

–Cuando Banner se fue, con la migración tan cerca, necesitaba a alguien de confianza. Hawksley jamás traicionaría nuestros secretos.

–¿Por ti? ¿O por Margot?

Mi padre frunció el ceño, como si el secreto de la relación entre Margot y Hawksley fuera algo que no pensaba revelar.

–Por los dos.

–¿Qué hiciste con los Voster que mató mi madre?

–Quemé sus cuerpos en esta misma sala y me aseguré de que hasta el último rastro de ceniza terminara en el mar.

Destruí cualquier prueba de que hubieran estado aquí.

Todos los guardias que los vieron entrar están muertos o fueron sobornados para guardar silencio.

Aun así, los Kennin temían que el Sumo Sacerdote tomara represalias, así que ofrecieron a uno de sus propios sacerdotes para que cargara con la culpa. Se llamaba Hain.

Un nombre que reconocí del diario de mi madre.

–Entonces los Voster no tienen ni idea de lo que pasó en realidad.

–No. Y si la tuvieran, ninguno de nosotros seguiría con vida.

–Mi padre dio unos golpecitos al diario que yo tenía sobre el regazo–.

Lo que hay aquí dentro debe seguir siendo un secreto.

Creo que sospechan de mí, pero no pueden enfrentarse a un rey sin pruebas.

Y que el hermano Dime actúe como emisario, siendo leal a los Kennin, nos ha dado cierta protección.

–¿Qué es lo que realmente quieren los Kennin?

–Regresar a Kenn. Pero están atados a Calandra por juramentos de sangre hechos en una época en que su magia todavía era algo nuevo. La única forma de romper esos lazos es eliminar la magia de nuestro mundo, destruyendo los orbes.

–¿Crees que de verdad es posible?

–Tengo que creer que su muerte no fue en vano.

Si destruimos lo que queda de los Seis, supongo que la magia desaparecerá de nuestra tierra.

Los Voster harán todo lo posible por impedirlo.

Tenemos la suerte de que todavía no han entendido los movimientos que hicimos en su contra. Pero esa suerte no durará para siempre.

Esa era la razón por la que el hermano Dime me había advertido sobre la lealtad de Ransom hacia el Sumo Sacerdote.

–Sabes que estuve con el hermano Skore. Me llevó al cañón de Orson. ¿Fue él quien te trajo el orbe?

–Sí. Y cuando supe que te había llevado a ese cañón, le dije que, si volvía a ponerte en ese tipo de peligro, le cortaría la cabeza.

–Suenas como Ransom –murmuré.

–Los dos queremos lo mismo, Dess. Tu supervivencia. Puede que no confíe en tu esposo, pero sí valoro la lealtad que siente por ti.

–Y yo siento esa misma lealtad hacia él. No pienso ocultarle nada de esto.

Me observó un momento y luego asintió.

–Dibujaste todo el mapa en tu estudio –dije–. ¿Sabes dónde están escondidos los otros cuatro orbes?

–No con seguridad. Skore lleva décadas buscándolos junto a Hawksley. Logramos reducir las opciones a unos pocos lugares de Laine, Génesis y Turah. Pero la magia que contienen solo llama a las Estorninos. De algún modo, están velados para los Voster.

–Entonces siempre ibas a necesitar mi ayuda.

Negó con la cabeza.

–Tenía la esperanza de encontrarlos yo solo. Estaba dispuesto a intentarlo.

–Bueno, ahora ya no hace falta. Te guste o no, iré a buscarlos. Si hay alguna manera de detener a los crux y a los Voster, tenemos que intentarlo.

–Suenas igual que ella –dijo, con la mirada aún fija en el suelo–. Era inquebrantable. Intrépida. La persona más fuerte que he conocido jamás.

Entonces terminaríamos aquello por ella. Para honrar su memoria.

–¿Cómo los destruimos?

–No lo sé. Tampoco lo saben los sacerdotes.

Fantástico.

–La magia corrompió el cristal de las esferas. Son irrompibles. A prueba de fuego –dijo–. Pensé en enviarlos en un barco al medio del océano, pero, si la magia de su interior ya se ha filtrado al agua de Calandra, no quiero ni imaginar lo que pasaría si terminara contaminando el Marixmore.

–Tiene que haber una manera. –Si aquella magia había tenido un origen, también tenía que tener un final.

–La hay. –Asintió con seguridad–. Solo que todavía no sabemos cuál es.