Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo sesenta y uno. Andreas
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Capítulo sesenta y uno. Andreas

Capítulo sesenta y uno ANDREAS

–Majestad –dijo Taven, agachándose ante mí con una voz que apenas era un murmullo por encima de los gritos que aún resonaban en mis oídos.

El grito de Caspia.

Mi grito.

–Tiene frío, Taven. Necesito una manta.

El cuerpo desnudo de Caspia estaba cubierto con mi chaqueta, pero no era suficiente. Tenía la piel tan fría como el hielo, los labios azules.

–Majestad, no hay nada que hacer. Han pasado dos días. Vamos, levántese del suelo.

–No. Solo necesito una manta. Tráeme una manta. –Apreté a Caspia con más fuerza contra el pecho, inclinándome sobre ella para darle calor.

–Majestad, si me permite ayudarle...

–¡Tráeme una maldita manta, Hawksley! –grité, fuera de mí–. Mi esposa tiene frío.

Taven se me quedó mirando un largo rato, con los ojos llenos de una lástima que yo no merecía. Cuando se levantó y se marchó, sus botas dejaron huellas de sangre a su paso. Una sangre de un verde tan oscuro que casi parecía negro.

Es culpa mía. Yo hice esto.

Cerré los ojos y mecí a Caspia de un lado a otro, hundiendo la nariz en su cabello.

Olía mal. El dulce aroma cítrico que tanto amaba en ella había desaparecido. Ahora su cabello olía a muerte.

Aun así, inspiré hondo.

***

El grito ahogado de una mujer llenó la sala del trono.

El quejido de un bebé me hizo incorporarme de golpe.

Nathalia llevaba a Odessa en brazos mientras caminaba junto a Taven.

No traía ninguna manta.

–¿Qué estáis haciendo? –Abrí los ojos de par en par cuando se detuvieron junto a un charco de sangre seca–. Sacad a la niña de aquí.

Odessa nunca recordaría aquello, pero aun así no quería que estuviera presente.

–Majestad, ha llegado la hora –dijo Taven, agachándose, mientras la niñera se arrodillaba y giraba a Dess hacia mí para que pudiera verle la carita.

Tenía los ojos de Caspia. Su nariz. Su mentón. Su cabello.

Dess se parecía tanto a su madre que me partía el corazón.

Y ahora ella ya no estaba. Y todo por mi culpa.

–Lo siento. –Levanté una mano y la acerqué a la mejilla suave y limpia de mi hija. Pero tenía los dedos cubiertos de sangre oscura.

La sangre de su madre.

Mi culpa.

Aparté la mano de golpe.

–Aléjala de mí, Hali.

–Necesita a su padre, Majestad.

–No. Es por su propio bien. –Cerré los ojos–. Por favor, llévatela.

–Sí, mi rey –dijo Hali, y se puso de pie. Sus pasos sonaron suaves al alejarse hacia la puerta.

–Andreas –dijo Taven, llamándome por mi nombre por primera vez–. Déjala ir.

Me desplomé hacia delante y un sollozo me desgarró la garganta mientras apretaba el cuerpo sin vida de Caspia contra el mío.

–Jamás.