Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cincuenta y nueve. Caspia #3
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Capítulo cincuenta y nueve. Caspia #3

–Tienes que llevártela .

El color abandonó el rostro de Margot, pero obedeció y tomó a Odessa entre sus brazos.

Entonces los míos se sintieron vacíos.

Me agaché y levanté el diario, aferrándome a él en su lugar.

–Protégela, Margot. Júralo.

–Su Majestad, no entiendo qué está pasando, pero...

–Júramelo. –Tragué con fuerza, conteniendo el llanto, sin apartar la mirada de sus ojos azules–. Por favor. Júralo. Llévate los dedos a la frente y júralo.

Margot miró a Odessa y luego a mí. Se tocó la frente.

–Lo juro.

–Gracias. –El aire me abandonó los pulmones mientras lloraba–. Algún sol entrégale este diario. Es un libro sobre su origen. Sobre quiénes somos. Tú sabrás cuándo será el momento indicado.

Asintió mientras se lo entregaba.

–Lo amas. A Andreas.

Margot bajó la mirada.

–Lo siento, Su Majestad.

–No dejes que pierda las ganas de vivir. –No pude contener el llanto. El corazón se me rompía en pedazos cada vez más pequeños–. Va a necesitar a alguien que lo ame.

Margot levantó la vista, pálida.

–Su Majestad, ¿qué está diciendo? Me está asustando.

Le dediqué una sonrisa triste y miré a mi hija: su cabello colorado, sus ojos dorados.

–Por la gracia del Divino. –Apoyé los dedos sobre mi frente y luego sobre la de ella–. Te amo.

Le di un último beso en la mejilla, salí del vestidor y de la habitación. Me sequé las lágrimas mientras corría por el corredor hacia la escalera. Para cuando llegué a la planta baja, el pulso era tan fuerte que apenas podía respirar.

Al igual que el dolor.

El dolor de un cuerpo que estaba siendo desgarrado por dentro. Cada paso era insoportable, pero mantuve la frente en alto mientras caminaba hacia la entrada lateral de la sala del trono y le hacía una seña al guardia para que me dejara pasar.

Era joven, un recluta nuevo. Hizo una reverencia al abrir la puerta.

–No entres. No importa lo que escuches.

Pestañeó, sorprendido, pero pasé a su lado. Era la única advertencia que le daría. Esperaba que me hiciera caso.

Al cerrar la puerta detrás de mí, sentí que viajaba al pasado. A una escena que se había repetido tantas veces en mi mente que conocía cada instante.

Conocía el suelo frío bajo mis pies descalzos. Conocía la brisa que entraba por el balcón que daba a la ciudad. Conocía la daga de oro, con la empuñadura incrustada de esmeraldas, zafiros y rubíes, que Andreas llevaba a la espalda.

Y conocía a los Voster.

El dolor se intensificó y aminoré el paso; un quejido se me escapó de la garganta. El sonido captó la atención de Andreas.

Giró hacia mí, con los ojos muy abiertos, y los fijó en la puerta que tenía detrás, en una orden silenciosa para que me marchara.

Pero seguí caminando, con las manos cerradas en dos puños, mientras el dolor se volvía tan intenso que casi caí de rodillas.

–Hermanos, os pido un momento a solas con mi esposa –dijo Andreas, dando un paso hacia mí, pero uno de los Voster levantó una mano retorcida.

Con un breve movimiento del dedo, lanzó una ráfaga de aire contra Andreas, que lo hizo retroceder tres pasos.

Otro sacerdote envió una ráfaga hacia mí, obligándome a detenerme.

Me incliné contra el viento, entrecerrando los ojos con ira.

–Este será vuestro fin –les advertí.

Se miraron entre sí mientras el viento cesaba y la sala del trono quedaba envuelta en un silencio inquietante.

Tan silenciosa que podía oírse el llanto de un bebé en el tercer piso, un quejido que se filtraba desde la ventana abierta de la habitación hasta el balcón, justo debajo.

Ocurrió exactamente como lo había previsto.

Los cuatro Voster levantaron la vista hacia el techo. Luego se dispersaron: dos hacia las puertas, para ir a buscar a mi hija.

Uno se lanzó hacia mí y su magia me atravesó el pecho como una daga. Pero no fue nada comparado con el dolor que sentía en el corazón. El dolor de aquello en lo que estaba a punto de convertirme.

El cuarto Voster fijó la mirada en Andreas.

–¡Detenedlos! –gritó Andreas a los guardias, lanzando sus dagas contra el sacerdote que se me acercaba.

La hoja afilada cruzó el aire, pero, con apenas un gesto de la muñeca, el Voster la desvió y cayó al suelo.

No podíamos contra ellos.

No podíamos ganar.

No así.

Asesinarían a Andreas y a Odessa. No dejarían con vida a una descendiente de las Estorninos ni a su hija. No cuando podíamos quitarles su magia.

Nos matarían.

A menos que los matáramos primero.

Miré a Andreas.

–Te amo.

Tenía los ojos desorbitados cuando desenvainó la espada.

–Directo al corazón, amor mío. No dudes.

–¡Caspia, no! –gritó Andreas, pero ya era demasiado tarde.

La transformación me desgarró cada parte del cuerpo al brotar desde dentro. Rasgándome y cortándome con sus garras, el pulso se convirtió en un nuevo latido. El latido de un monstruo que exigía ser libre.

Cerré los ojos y me rendí.

La piel se cubrió de plumas. Los brazos se volvieron alas. Los dedos se transformaron en garras.

Los ojos dorados se volvieron negros.

Había completado el rito.

Era una Estornino.

El monstruo en que me había convertido soltó un grito.

Y entonces no quedó nada más que muerte.