Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cincuenta y nueve. Caspia #2
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Capítulo cincuenta y nueve. Caspia #2

Después la contratamos como niñera. Hali estaba tan obsesionada con mi hija como Margot con mi esposo.

Para ser justa, Margot nunca pidió que la reasignaran ni corrió a contarle todos mis secretos al dueño del periódico. Conservó su puesto como dama de compañía, aunque sospechaba que era más por Andreas que por mí.

Eso, y que, si le contaba a alguien que yo tenía sangre verde, era probable que Andreas la matara. A cambio, recibía una suma bastante generosa por asistirme y mantener la boca cerrada.

Margot tomó un mechón de mi cabello y, una vez más, dirigió la mirada un breve instante hacia Andreas. No solo le gustaba: estaba enamorada de él, ¿verdad?

Quizá aquello debería molestarme más, pero no tenía nada de qué preocuparme.

El corazón de Andreas me pertenecía.

Era mío y solo mío.

Aun así, ya empezaba a cansarme de que mirara tanto a mi esposo. Extendí la mano con la palma hacia arriba.

–Yo lo hago, Margot. Está bien.

Se sonrojó todavía más, porque sabía que la había descubierto. Otra vez. Inclinó la cabeza y un mechón de su propio cabello se soltó de la trenza cuando salió de la habitación a toda prisa.

Un mechón de cabello rubio y sedoso, del mismo tono que el del niño de mi visión.

No era la primera vez que lo notaba. Y no era la primera vez que apartaba ese pensamiento de mi mente.

Me pasé los dedos por los rizos, apretándolos con fuerza hasta que el dolor de cabeza cedió. Luego aparté la mirada del espejo para enfrentarme a mi familia.

Un pulso resonó en mi pecho, una vibración que se propagó por mis venas con cada latido.

Había vuelto pocas horas después del nacimiento de mi hija.

Y ella había sido mi respiro.

Una Estornino embarazada no podía transformarse sin perder a su hija. Por eso el pulso se había detenido, aunque no para siempre. Y, desde su regreso, era más persistente que nunca, como si hubiera estado esperando lunas enteras.

Todavía no.

Me froté el pecho, ignorándolo, igual que hacía con las visiones. Luego me puse de pie y me acerqué a mi esposo, sentado en la silla mecedora.

Andreas levantó la vista de nuestra hija y me dedicó una sonrisa tan radiante que eclipsaba al sol.

–Ya decidí un apodo.

–Ah, ¿sí? –Enredé los dedos en su suave cabello, memorizando cómo se sentía bajo mi piel.

Miró a nuestra hija.

–Dess. Llamémosla Dess.

Dess. Un apodo para Odessa.

El nombre de mi madre.

Otro pulso me golpeó el corazón, como un tambor, recordándome que ya casi me estaba quedando sin tiempo.

–Dess. Me gusta –susurré, mientras nuevas lágrimas me inundaban los ojos.

Me acerqué a las ventanas abiertas para secármelas antes de que Andreas pudiera verlas.

¿Por qué no se detenía? ¿Por qué no me dejaba en paz? ¿Por qué no podía disfrutar de la vida que había encontrado?

–¿Qué ocurre? –La silla crujió apenas cuando Andreas se puso de pie y se colocó detrás de mí. Con un brazo sostenía a Odessa; con el otro me rodeó los hombros.

Me apoyé en él, absorbiendo el calor de su cuerpo.

–Nada.

–Caspia.

Me encantaba que me conociera tan bien. Era imposible mentirle.

–Tengo la sensación de que...

–¡Su Majestad! –Uno de los senescales irrumpió en la habitación, con el rostro colorado y empapado en sudor, como si hubiera subido corriendo la escalera hasta el tercer piso. Hizo una rápida reverencia.

–¿Sí? –dijo Andreas, dejando a Odessa en mis brazos.

La pequeña empezó a moverse inquieta, como si percibiera la tensión creciente mientras esperábamos la explicación del senescal.

–Lamento molestarlo, señor –dijo este, incorporándose, con el pánico reflejado en el rostro–. Es urgente. Hay cuatro Voster en la sala del trono, Su Majestad. Exigen hablar con ustedes dos. De inmediato.

Andreas me miró de inmediato.

El mundo pareció desvanecerse bajo mis pies.

–Déjanos –le ordenó.

El hombre se marchó tan rápido como había llegado.

No podía respirar. Esto no podía estar pasando.

Por favor.

Todavía no.

–Mierda. –Me atrajo contra su pecho y escuché su corazón acelerado–. Quizá no sea nada. Puede que solo hayan venido a tratar asuntos políticos.

No, era evidente que no habían venido a hacerle cumplidos al rey.

Sostuve a Odessa contra el pecho y cerré los ojos.

Otro pulso.

–Quédate. Yo me encargo de ellos. –Me besó el cabello y me soltó, apresurándose a tomar la corona y colocársela.

–Espera. –Lo sujeté del brazo cuando pasó a mi lado y lo atraje hacia mí. Me puse de puntillas y lo besé en la boca.

Lo besé como si el mundo estuviera a punto de terminar. Como si mi corazón se estuviera haciendo pedazos dentro de mí. Lo besé por todos los besos que iba a echar de menos.

Lo besé como si no fuera la última vez.

Cuando por fin me aparté, no pude ocultar las lágrimas que me corrían por el rostro.

–Todo va a salir bien. –Me enmarcó el rostro con las manos, deslizando los dedos por mi cabello–. Respira. Vamos a estar bien.

–Te quiero.

–Te quiero, mi corazón. –Atrapó una lágrima con los pulgares mientras buscaba mis ojos. Entornó la mirada, como si pudiera leerme los pensamientos, como si pudiera entrar en mi mente y ver la visión que no le estaba contando.

Cuatro Voster. Muertos. Asesinados por un crux.

Una Estornino.

–Caspia, ¿qué...?

–¿Confías en mí?

Vaciló.

–Siempre.

Contaba con eso.

–Ve. –Retrocedí, con la mirada fija en la puerta abierta.

Andreas soltó un suspiro de frustración y salió de la habitación mientras se enderezaba la corona.

Solo cuando el eco de sus pasos se desvaneció corrí hacia la puerta.

El guardia apostado allí hizo una reverencia cuando salí al corredor.

–Su Majestad.

–Trae a Margot. Ahora.

–Sí, Su Majestad. –Hizo otra reverencia y partió en busca de mi dama de compañía, mientras yo cerraba la puerta y corría hacia el vestidor.

Con una mano me quité el collar que llevaba al cuello. Luego me acerqué al rincón más alejado y retiré una de las tablas del suelo, junto a la pared. Debajo había un compartimento que había ordenado construir.

Ni siquiera Andreas sabía de su existencia.

Había contratado en secreto a un comerciante mientras preparábamos aquella habitación para Odessa. Le había dado dos bolsas de oro para que lo construyera y le hice jurar que jamás le contaría a nadie de su existencia.

Saqué el cuaderno que guardaba dentro y lo apoyé sobre el regazo. Un diario que había empezado a escribir varios ciclos lunares atrás, en aquel rincón de la biblioteca. Un diario al que esa misma mañana había añadido mi visión de Emery y la tía Oleana.

En cuanto lo tuve sobre el regazo, dejé caer el collar dentro del compartimento y volví a tapar el hueco con la tabla.

Apenas quedó oculto, un nuevo aluvión de lágrimas me inundó los ojos. Apreté los dientes, intentando respirar con calma a pesar del dolor, mientras sostenía a mi hija en brazos.

–Algún sol encontrarás ese collar, Dess –susurré–. El elfalter te llamará. Y tendrás una parte de mí para llevar sobre tu corazón.

Soltó un pequeño quejido y abrió mucho los ojos al mirarme.

–Te amo. –Le besé la frente, disfrutando del peso de su cuerpo en mis brazos, del aroma de su piel, del sonido de su respiración pausada–.

Sé valiente, hija mía. Sé temeraria. Sé amable.

Sé la luz. Te amo, Odessa. Te amo más que a mi propia vida.

Por la gracia del Divino, volveremos a vernos. En esta vida o en la siguiente.

Un sollozo me desgarró la garganta cuando volví a besarla.

No era justo.

Necesitábamos más tiempo.

–Su Majestad –dijo Margot, apareciendo en la puerta del vestidor–. ¿Está bien?

Me puse de pie, secándome las lágrimas antes de besar la suave mejilla de Odessa. Una y otra vez. La besé por todos los veranos por venir.

–Llévatela –le ordené–. Por favor.

Margot me miró con incertidumbre antes de tomar a la bebé.

Pero no pude soltarla.