Capítulo cincuenta y nueve. Caspia
Capítulo cincuenta y nueve CASPIA
Emery y la tía Oleana están de pie, una junto a la otra, en el aviario del castillo, observando a Showe.
–Te lo prohíbo, Emery –dice Oleana–. Este es tu hogar, junto a tu hija. Graciella tiene que pasar su vida contigo.
–Te tiene a ti.
–Yo no soy su madre. Caspia y Xandra tomaron sus decisiones, igual que tú tomaste las tuyas. Ha llegado el momento de que ocupes el lugar que te corresponde en la dinastía de las Estorninos.
Emery se queda mirando a lo lejos mientras la brisa agita las puntas de sus rizos colorados. Están más largos que cuando se fue. Más finos.
Parece mayor. Más cansada. Dolorida. Lleva un sencillo vestido color crema que le deja los brazos al descubierto. Tiene la piel cubierta de cicatrices.
–¿Crees que quería que me capturaran los beesanos, tía Oleana?
–pregunta con una voz carente de vida–. ¿Crees que pretendía que Graciella pasara toda su vida en un pozo inmundo de Beesa, mientras sus alquimistas me robaban la sangre para hacer experimentos?
¿Crees que quería ver al amor de mi vida encadenado y torturado?
¿Vivir a merced de esos bastardos que usarían a mi hija contra mí hasta que por fin se quebrara?
Emery traga saliva y baja la mirada al suelo. Apoya una mano sobre el vientre vacío. Una lágrima se desliza por su mejilla y cae sobre sus pies descalzos.
–Me quitaron a mi hija. Me la arrancaron de los brazos y la usaron para mantenerme cautiva. Igual que a Max. Solo pensábamos marcharnos durante un tiempo. Navegar hasta Azzon durante un ciclo lunar y volver a casa cuando todo se hubiera calmado. Nunca quise que nada de esto ocurriera.
El mentón de Oleana tiembla mientras mantiene la mirada perdida en la distancia.
–Pagarán por lo que te hicieron. Te lo juro. Pero ir a buscar a tu hermana no resolverá nada.
–No puedo abandonarlas. Caspia y Xandra partieron para vengarme. Si existe siquiera la posibilidad de que sigan con vida después de todo este tiempo, no puedo olvidarlas. No puedo vivir sabiendo que no lo intenté.
–Ya no se puede hacer nada. Han pasado veinticuatro veranos. Déjalas marchar. –Las fosas nasales de Oleana se ensanchan, pero los ojos se le llenan de lágrimas. Lágrimas de una mujer que comprende que, por mucho que lo intente, no puede salvar a Emery–. La visión de Caspia hablaba de tu muerte.
–Tú no crees en las visiones de Caspia.
Oleana deja de mirar la ciudad.
–Ahora sí.
Emery espera a que se marche. Luego endereza la espalda, con los ojos fijos en el horizonte.
Fijos en una tierra que no puede ver.
Una tierra que será su perdición.
***
Estaba sentada frente al tocador mientras mi dama de compañía me hacía una trenza. Sus dedos se quedaron quietos. Otra vez. Cuando levanté la vista, su mirada no estaba en mi cabello, sino en el espejo, en el reflejo de Andreas. Una vez más.
Estaba sentado en una silla mecedora con nuestra hija en brazos.
Una sonrisa adorable le curvaba los labios mientras acariciaba la delicada nariz de la bebé.
Llevaba la chaqueta aguamarina abrochada y la camisa blanca abierta por debajo, dejando al descubierto su torso fornido y la piel tersa de la garganta.
La cicatriz del ataque del aureón seguía ahí, aunque más tenue.
Tenía el cabello dorado cuidadosamente peinado y se había afeitado. Sus ojos color caramelo captaban la luz que se filtraba por las ventanas abiertas, haciendo relucir sus destellos ámbar.
No podía culparla por mirarlo.
Mi esposo nunca había estado tan guapo.
–Margot –murmuré.
Sus ojos azules se posaron bruscamente sobre mí en el espejo y las mejillas se le sonrojaron.
–Lo siento, Su Majestad.
Presioné los labios para ocultar una sonrisa mientras ella retomaba la trenza.
Margot era una de las muchas personas en este castillo que estaba enamorada del rey, yo incluida.
La corona de Andreas descansaba sobre la mesa, junto a la silla mecedora. Todavía se estaba acostumbrando a llevarla todos los días.
Durante el último ciclo lunar de mi embarazo, la madre de Andreas había estado paseando por los jardines del castillo cuando se desplomó. Murió antes de que los curanderos pudieran asistirla. Al parecer, su corazón simplemente se había dado por vencido.
Ocurrió en el aniversario de la muerte de Arick.
El paso de Malynn a Gloree conmocionó a todo el reino y devastó a la familia Cross. El padre de Andreas empeoró en solo unas pocas semanas y, en medio de su dolor, decidió que había llegado el momento de ceder la corona a su heredero.
Andreas hizo tres juramentos después de que naciera nuestra hija. Asumió el papel de rey y firmó tratados con su propia sangre que lo vinculaban a sus condiciones por medio de la magia de los Voster. Un emisario de la hermandad presidió los juramentos: un sacerdote llamado Dime.
No asistí a esa parte de la ceremonia; preferí quedarme recluida en la habitación de mi hija, que, por aquellos soles, era mi lugar favorito del castillo.
Como reina, hacía algunas apariciones breves y selectas en ceremonias y celebraciones. Pero las mantenía al mínimo, porque quería llamar la menor atención posible, sobre todo cuando había sacerdotes Voster en el castillo.
Cuando el hermano Dime por fin se marchó, Andreas y yo sentimos un enorme alivio al comprobar que no había sabido nada del orbe que teníamos guardado en lo más profundo de la bóveda del rey, bajo el castillo.
Pero eso también significó que nuestra misión de encontrar el resto de los orbes quedaba postergada de manera indefinida. Los tratados que Andreas había firmado como rey limitarían su libertad y su capacidad de actuar. Estaba, en efecto, encadenado por sus propias condiciones.
Esperaba que, tarde o temprano, todos los orbes fueran destruidos. Que pudiéramos poner fin a los Seis y que la magia desapareciera de Calandra. Esperaba que mis visiones se equivocaran y que pudiera ver ese futuro. Pero no todas se hacían realidad.
Aún no sabíamos cómo destruirlos. Así que, por ahora, debía dejar de lado esa preocupación y disfrutar de aquellos soles tranquilos con nuestra hija.
A un lado de la corona de Andreas había un sonajero tallado en madera: un regalo de Faxon y Kos.
Al día siguiente la llevaría a la biblioteca. Ya era hora de sacarla de aquella habitación y presentársela a mis amigos.
Solo tenía tres ciclos lunares, pero no tenía ninguna duda de que mi preciosa y pequeña princesa de Quentis se ganaría el corazón de todos en el castillo. Aunque el primero que había robado había sido el mío. Y el de Andreas la seguía muy de cerca.
Casi me había convencido de que tendríamos un niño, por la visión que había tenido de Andreas con su hijo de cabello dorado. Pero cuando la partera anunció que era una niña, en realidad no fue ninguna sorpresa.
Las Estorninos solo teníamos hijas.
Así que evité pensar en la visión de Andreas con un hijo. Evité pensar en lo que podía significar. Ignoré el nudo en el estómago porque, si pensaba demasiado en las visiones, no podía respirar.
Así que aparté de mi mente el futuro que había visto en sueños y recé, cada mañana, para que, por la gracia del Divino, nuestros destinos cambiaran.
Y, si no cambiaban, bueno…
Agradecía haber tenido la oportunidad de descubrir la verdad, aunque no fuera con delicadeza.
Se me había concedido la posibilidad de ver a Emery en sus últimos soles. De descubrir por qué vendría a Calandra: por mí.
Cuánto deseaba poder enviar un mensaje a Nelfinex y decirle que se quedara. Que le hiciera caso a la tía Oleana. Que se olvidara de buscarnos a Xandra y a mí.
Pero tampoco me haría caso. Vendría y encontraría su final a manos del guerrero de ojos plateados.
Si tan solo hubiera sabido, cuando estaba en el palacio de Showe, que la visión de su muerte era el futuro. Quizá todo habría sido distinto.
De todos modos, no me arrepentía de haber venido a Calandra. No cuando esa decisión me había dado a Andreas y a nuestra hija.
No cuando me había dado respuesta a tantas preguntas.
En otra visión que había tenido semanas atrás, una visión del pasado, había visto a mi madre volar hacia Calandra. Su muerte, al igual que la de mi hermana, había sido misericordiosa. La muerte de un monstruo para salvar incontables vidas.
El guerrero de ojos plateados mataría a Emery. Nuestra madre, en cambio, había muerto a manos de un sacerdote Voster que no caminaba sobre la tierra, sino que flotaba sobre ella.
Al menos, según esa visión. Había tenido la oportunidad de ver el rostro de mi madre una sola vez, aunque fuera en la muerte.
Se parecía a mí. Teníamos los mismos rizos colorados y salvajes.
Mi hija también se parecería a mí.
Las visiones que había tenido de mi hermosa hija eran un regalo cargado de dolor y de gloria.
Los dedos de Margot se movían con torpeza sobre mi cabello y, al tomarla por sorpresa, deshicieron toda la trenza. Cerró los ojos y dejó caer los hombros, derrotada.
Mi cabello era difícil de manejar y resultaba mucho más fácil trenzarlo cuando estaba mojado. Pero ahora estaba seco y, aquel día, Margot estaba perdiendo la batalla.
–No te preocupes por la trenza. Solo recógelo –dije.
–¿Está segura, Su Majestad? Puedo intentarlo de nuevo. Es más fácil con un peine. Iré a su habitación a buscarlo.
–Está bien, no te preocupes. –Le sonreí a través del espejo.
Me devolvió el gesto, pero desvió la mirada apenas un instante después. Desde el nacimiento de mi hija le costaba mirarme a los ojos.
Quizá con el tiempo volvería a hacerlo, pero no podía culparla por tener miedo.
No todos los soles una asistía al parto de una mujer con sangre verde.
Habíamos mantenido mi embarazo en secreto para el pueblo, en gran parte por la advertencia de Hain de ocultar mis verdades. Había disimulado el vientre con chaquetas enormes y vestidos holgados. Y, cuando ya no hubo forma de seguir ocultándolo, me recluí en aquella habitación junto con Andreas.
Nathalia, la mujer que había conocido el sol en que deambulé descalza por las calles de Roslo con los zapatos destrozados, había sido mi partera. La trasladamos al castillo para que me ayudara con el parto.