Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cincuenta y ocho. Odessa
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Capítulo cincuenta y ocho. Odessa

Capítulo cincuenta y ocho ODESSA

Ransom estaba desplomado contra los barrotes de la celda, agotado y débil. Las venas oscuras que le habían subido hacia la garganta habían desaparecido ahora que le habían drenado la lyssa del cuerpo.

El hermano Skore se había marchado hacía un momento, sin decir una palabra.

Metí la mano entre los barrotes y le bajé el cuello de la camisa, esperando encontrarlas todavía sobre el corazón. Pero habían desaparecido. Por completo.

Su pecho no era más que piel lisa y firme sobre unos músculos sólidos.

Dudaba que aquella fuera la cura que tan desesperadamente necesitábamos, pero era suficiente. Era un alivio en medio de tanta ira y dolor. Nos daría tiempo.

–Es más poderoso que el Sumo Sacerdote –murmuró Ransom–. No sé si debería estar agradecido o aterrado.

–Las dos cosas –dije, acercándome un poco más para abrazarle el brazo y entrelazar nuestros dedos.

El calor sofocante y antinatural de su piel había desaparecido. Sus ojos eran ahora un remolino de tonos castaños, verdes y grises que se fundían en un color avellana apagado. No era el verde vibrante que tanto amaba, pero cualquier cosa era mejor que el plateado.

–Deberías irte –dijo–. Descansa un poco.

–Todavía no. –Si Ransom pensaba quedarse en aquella celda hasta que partiéramos de Quentis, yo también lo haría.

Mi padre tiene pensado desterrarte de Quentis.

Quizá si aceleramos ese destierro, podríamos zarpar mañana a primera hora.

No he tenido noticias de otros heraldos.

Eso me da esperanza de que lleguemos a casa antes de la migración.

–¿Dess? –susurró con una voz tan adormecida que parecía estar a segundos de quedarse dormido.

–¿Sí?

–Tengo que contarte algo. Sobre el heraldo. –Su vacilación bastó para hacerme saber que no serían buenas noticias.

–¿Qué pasó? ¿Mató a alguien más? ¿Tillia?

–No, ella está bien. –Sacudió la cabeza–. No creo que la migración esté a punto de llegar.

Me incorporé un poco.

–¿Qué? ¿Por qué?

Giró hacia mí para mirarme a los ojos, sin retirar los brazos de entre los barrotes.

–El crux de Ellder era... diferente.

–¿Diferente en qué sentido? Había sido tan letal y aterrador como los cuadros y murales de la galería de arte. Había sido exactamente lo que describían las historias: un monstruo que llegaba y mataba a todos sin piedad.

–Después de morir, su cuerpo... cambió. –Tragó con dificultad–. Se transformó en el de una mujer.

–No entiendo. –Apoyé el dorso de la mano sobre su frente para asegurarme de que la fiebre no había regresado.

Me sujetó la muñeca y la apartó con delicadeza.

–Sé cómo suena. Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, yo tampoco lo habría creído.

Repasé cada conversación que habíamos tenido sobre aquella noche en Ellder. Cada vez que se había referido al crux en femenino. Esa era la razón.

–¿Se convirtió en una mujer? ¿Entonces era una polimorfa? Seres de los que solo había oído hablar en cuentos infantiles.

–Sí. Y tampoco creo que fuera un heraldo.

–¿Por qué dices eso?

–Su cabello. –Enroscó uno de mis rizos en su meñique–. Era idéntico al tuyo.

Me llevé una mano a la cabeza y toqué un mechón junto a la oreja.

–¿A qué te refieres?

–No lo sé, Dess. No sé qué pensar. Si no te lo conté antes fue porque ni yo mismo lograba entenderlo.

Pero nadie ha vuelto a avistar otro heraldo.

Recorrí todo el continente y no encontré ni el más mínimo rumor.

Además, es demasiado pronto para la migración.

Creo que esa mujer, esa polimorfa, vino por su cuenta. O tal vez siempre estuvo aquí.

El mundo pareció desvanecerse y la sensación de estar cayendo fue tan intensa que me revolvió el estómago.

–No entiendo... ¿Qué significa todo esto? Polimorfos... Es imposible, ¿no? ¿Y por qué iría a Ellder?

–Tal vez buscaba algo.

No, algo no. A alguien.

–A mí. ¿Crees que pudo haber ido a buscarme? –Odié siquiera pronunciar esas palabras, pero encajaban con las otras hipótesis que teníamos: que los monstruos se sentían atraídos hacia mí–. Fue a matarme.

–O a mí –dijo él.

No, aquello no tenía nada que ver con él. Él no podía sentir la magia de los Voster. No había sido perseguido por monstruos a cada paso que daba.

–Ah, cielos... –Me tapé la boca con una mano mientras los ojos se me llenaban de lágrimas–. Si el crux fue a Ellder por mí, entonces yo soy la culpable de la muerte de tu madre.

–No. –Me sostuvo el rostro entre las manos y lo acercó hasta que mi frente quedó apoyada contra los barrotes–. El crux la mató. No tú. No te castigues por esto.

–Pero, Ranse...

–No, Odessa. Esto no es culpa tuya.

Deseaba con todas mis fuerzas creerle.

–¿Por qué no me lo dijiste antes?

El ataque en el bosque de los Esqueletos había ocurrido hacía diez... no, once días. Todas esas veces en que había sentido que me ocultaba algo. Era esto.

–Porque sabía que te sentirías culpable por todo lo sucedido en Ellder.

No se equivocaba. Tantas vidas perdidas. Tanta gente masacrada.

La imagen del cuerpo de Luella partido en dos era tan nítida en mi memoria que, por mucho que cerrara los ojos con fuerza, no conseguía borrarla.

–¿Por qué nunca había oído hablar de esto? Si los crux son polimorfos, todos deberíamos saberlo. En migraciones pasadas habían matado a cientos de esos monstruos y quemado sus cuerpos hasta reducirlos a cenizas. Si esos cadáveres eran humanos, era el secreto mejor guardado del continente.

–No creo que todos sean polimorfos. Tal vez ella simplemente adoptó esa forma.

La cabeza me daba vueltas.

–¿De qué color eran sus ojos?

–No me fijé.

–¿Y su cuerpo?

–Ordené que lo quemaran. No quería que empezaran a correr rumores. Su sangre era verde. Era... parecida a la mía. Los que la vieron en Ellder guardarán silencio.

Los turanos y sus secretos.

Si Thora estuviera allí en ese momento, se lo echaría en cara sin dudarlo.

–¿Tu padre lo sabe? ¿Por eso no ha dicho nada sobre el heraldo ni ha alertado a los otros reinos para que se preparen para la migración?

–No. –Tensó la mandíbula–. Fue a Allesaria. Nunca vio el cuerpo.

Entonces Ramsey había abandonado deliberadamente a los otros reinos. Se había refugiado en su capital y había dejado que el resto de Calandra sufriera. Bastardo .

–No sé qué pensar de todo esto, Ranse.

–Quizá yo pueda ayudar –dijo una voz desde el corredor.

Me di la vuelta, entornando los ojos en la penumbra, y vi al guardia al que había sobornado acercándose despacio.

–¿Tú?

De pronto, cambió el peso de un pie al otro y se hizo a un lado para dejar pasar a una mujer que llevaba un vestido azul cubierto de joyas. Tenía las manos entrelazadas a la espalda. Las piedras preciosas de su corona atrapaban la luz temblorosa del farol.

–¿Margot?

–Este no es lugar para una princesa, Odessa. –Chasqueó la lengua y miró al guardia–. Trae otro farol.

–Sí, Su Majestad. –Se alejó a toda prisa y regresó un momento después con uno. Lo apoyó en el suelo junto a la celda e hizo una reverencia ante Margot.

–Déjanos solos –ordenó.

No hizo falta que se lo repitiera.

Margot relajó la postura en cuanto el guardia se retiró y se acercó a inspeccionar la sucia celda de Ransom.

–Lo siento.

–¿Puedes sacarlo de aquí?

–No. Tu padre tiene la llave. –Me dedicó una sonrisa triste y sacó un libro que había mantenido oculto a la espalda.

La tapa era de un morado tan oscuro que casi parecía negro.

Margot se agachó frente a mí y sus ojos recorrieron mi cabello y mi rostro. Extendió la mano hacia mi cuello, no para tocar la herida de la garganta, sino para quitarme el collar que llevaba puesto todos los días.

–Esperaba que nunca encontraras este collar. –Sostuvo el colgante en la palma de la mano–. Pero te llamó. Ella me contó que algún día lo encontrarías.

–¿Quién?

Depositó el colgante con suavidad sobre mi corazón y luego miró el libro.

–Quiero que sepas que siempre intenté protegerte. Desde el tinte para el cabello hasta los vestidos. Solo quería mantenerte a salvo. Cumplir mi promesa.

Tenía los ojos llenos de lágrimas cuando alzó la vista.

–Leedlo juntos. Tu padre estará en el balcón de la sala del trono cuando terminéis.

–¿Qué es esto? –pregunté, tomando el libro de su mano extendida.

Apoyó las manos a ambos lados de mi rostro y recorrió uno de mis pómulos con el pulgar.

–Tu dinastía.