Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cincuenta y siete. Caspia
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Capítulo cincuenta y siete. Caspia

Capítulo cincuenta y siete CASPIA

Cuatro Voster cruzan un frío suelo de mármol, con las túnicas borgoña agitándose alrededor de sus pies descalzos.

Andreas les hace frente con las manos entrelazadas a la espalda, aparentemente relajado, salvo por la daga oculta que empuña con fuerza.

A través de las amplias puertas del balcón, una ráfaga de viento irrumpe en la enorme sala, haciendo resonar el espacio.

La luz del sol se filtra por los ventanales teñidos de azul, verde y amarillo.

Un grito resuena desde algún lugar muy lejano, por encima de nosotros.

Los cuatro sacerdotes alzan la vista hacia el techo. Luego se dispersan, listos para cazar.

Dos avanzan con pasos silenciosos hacia las puertas.

Uno clava la mirada en Andreas.

Y el otro viene directo hacia mí, haciendo que el dolor de su magia me atraviese el pecho como una daga.

Andreas grita para que los guardias los detengan. Arroja la daga contra uno de los sacerdotes, pero un viento invisible la desvía y la hoja repiquetea al deslizarse por el suelo.

No podemos enfrentarnos a ellos.

No podemos ganar.

No así. Como estamos.

***

Estaba de pie en el balcón, mirando el mar más allá de Roslo. Habían pasado horas desde que desperté de la visión, pero seguía presente en mi cabeza, sin intención de soltarme.

Ya había visto esa sala antes. Ya había visto a esos sacerdotes Voster.

¿Ya sabían lo del orbe? Ahora que lo habíamos sacado de aquel estanque, ¿su magia había disminuido? ¿O tendríamos que encontrar la forma de destruirlo primero?

Tal vez aquella visión era lo que nos esperaba cuando los encontráramos a todos.

–Caspia –me llamó Andreas desde dentro.

No respondí, porque sabía que me encontraría. Siempre sabía dónde buscar. Ese hombre tenía un hilo invisible atado a mi corazón.

–Aquí estás. –Se acercó por detrás y me rodeó los hombros con los brazos.

–¿Ya está?

–Ya está.

Exhalé y la tensión abandonó mi cuerpo como una brisa. Por primera vez en soles, podía respirar. La presión en el pecho se había desvanecido.

–¿Sientes algo? –preguntó.

–Nada.

El orbe estaba ahora escondido en una cámara cerrada con llave, en la bóveda de su familia. Lo bastante lejos como para que yo no sintiera su magia.

Quizá fuera solo una ilusión, pero me sentía distinta desde que desperté tras lo sucedido en el desfiladero de Evon. Ya no podía ver tan lejos como cinco soles atrás. Los sonidos tampoco eran tan fuertes.

Esa mañana me había cortado el dedo a propósito para comprobar la rapidez con la que sanaba.

Rápido. Pero no tanto.

Al menos, eso esperaba.

¿Era posible que ya hubiéramos cambiado el estado del continente con solo sacar ese orbe del desfiladero? Si ahora estaba dentro de una caja de hierro, sin tocar el agua, sellado en un túnel abovedado, ¿habíamos debilitado su magia?

Andreas metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un manojo de llaves. Las fue separando una a una hasta levantar una sencilla llave de bronce, que destelló bajo la luz.

–Por ahora, esto se queda conmigo. Hasta que encuentre un lugar seguro donde guardarla. Solo tú y yo sabremos lo que hay ahí dentro.

Asentí.

–¿Y los soldados?

–Antes de partir, les dije que estábamos buscando una reliquia histórica. Todos creen que eso fue lo que sacamos del estanque. Cada uno recibió una buena suma de dinero por acompañarnos. Y entregué la misma cantidad a las familias de quienes murieron.

–¿Y la familia de Seth Hay?

–Nunca más tendrán que cruzar ese desfiladero.

–Bien. –Me llevé una mano al pecho, todavía acongojada por la muerte de aquel bondadoso comerciante.

El cuerpo de Seth y los de los soldados caídos habían sido retirados del abismo para que pudieran ser devueltos a sus familias y recibir una ceremonia digna. La mitad de quienes se habían quedado con los caballos y las provisiones en el fondo del desfiladero habían muerto a manos de los chiroptis.

Yo no recordaba haber salido de aquellas profundidades.

Cuando perdí el conocimiento, Andreas nos llevó a mí y al orbe hasta los caballos. Dejó que los demás recogieran los cuerpos mientras nos sacaba del desfiladero.

Salió de aquel lugar al atardecer, con los demás pisándole los talones.

Alcanzó a los soldados que habían sufrido vértigo y les explicó que yo había padecido lo mismo y me había desmayado.

Habían sido la magia del orbe y el dolor insoportable los que me hicieron desplomarme.

Y, aunque a Andreas le inquietaba separarnos, decidió correr el riesgo.

El orbe viajó de regreso a Roslo con el soldado rubio, un hombre llamado Taven. Mientras Taven se adelantaba con el orbe y unos pocos más, Andreas viajó conmigo en aquel horrible carruaje. Por fortuna, tampoco recordaba el regreso a la ciudad.

Desperté en mi propia cama cuatro soles después de lo sucedido en el desfiladero.

–Tenemos que hablar sobre los otros orbes –dijo–. No iremos a buscarlos. Al menos, tú no.

–Esperaba que dijeras eso.

–Y ya estoy preparado para que intentes convencerme de lo contrario. No olvides que tuve cinco días para preparar mis argumentos.

–No va a hacer falta.

Se quedó inmóvil un instante y luego me soltó para girarme hacia él.

–¿En serio?

–Anoche tuve una visión. Sobre los Voster. Venían a por nosotros.

–Mierda. –Tensó la mandíbula–. ¿Cuándo?

–No lo sé. Tal vez cuando los encontremos todos. Pero, si sacar ese orbe alteró su magia, aunque solo fuera un poco, deberíamos mantener un perfil bajo.

Su expresión se volvió seria mientras contemplaba la ciudad.

–No hay manera de que sepan que fuimos nosotros. A menos que Hain haya revelado tu identidad.

–No, no lo haría. No cuando actuaba en contra de la hermandad. ¿Estás seguro de que los soldados no dirán nada?

–Ninguno vio lo que saqué de aquel estanque. Estaban bastante lejos y estaba demasiado oscuro. Además, lo envolví en mi capa antes de sacarte de allí.

–¿Y Taven?

–Es leal. Pero, aun así, encontraré la manera de ganarme su silencio.

–¿Con oro? ¿O con secretos?

–Con las dos cosas.

No me gustaba la idea de chantajear a Taven, pero, si de eso dependía nuestra vida, que así fuera.

–No podemos rendirnos –susurré–. Solo tenemos hasta la migración.

Andreas apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

–No tendremos tiempo. Podríamos recorrer Calandra de punta a punta, dedicarnos exclusivamente a buscar los orbes y, aun así, fracasar. Necesitamos ayuda.

–Pero soy la única Estornino.

–Eso no significa que tengas que hacerlo sola. Ahora que sabemos lo que estamos buscando, encontraremos la manera.

Me recosté contra su pecho, respirando el aroma a madera, jabón y especias mientras escuchaba los latidos de su corazón.

–Parece imposible.

–Ten fe, corazón.

–Emery solía decir eso. Cada vez que me sentía desanimada, me decía que mantuviera la frente en alto.

Que tuviera fe en la gracia del Divino. –Cerré los ojos y respiré hondo para deshacer el nudo que se me había formado en el pecho–.

Echo de menos a mi hermana. Echo de menos a Xandra.

Por ella tenemos que encontrar los otros orbes y destruirlos.

–Lo lograremos.

Esperaba que tuviera razón.

Una parte de mí deseaba no haber abandonado nunca aquella cabaña en Génesis. Quizá, cuando todo aquello terminara, podríamos volver allí.

–¿Qué hacemos ahora? –pregunté.

–Nos mantenemos al margen. Y, con calma, poco a poco, sumamos aliados. Ha llegado la hora de contárselo todo a Faxon. Yo me encargaré de sumar a Taven. Y haremos todo lo posible desde Roslo para averiguar dónde pueden estar los otros orbes.

–Tarde o temprano, tendremos que ir a buscarlos.

–Sí. Pero no le encuentro el sentido a traerlos aquí hasta que sepamos cómo destruirlos.

–¿Y cómo vamos a averiguarlo?

Soltó una risa seca.

–No tengo ni la más mínima idea.

–Ten fe –repetí sus palabras–. Lo lograremos.

Quizá, si teníamos fe, si creíamos en nosotros y en esta lucha contra el mal, el Divino nos concedería la ayuda necesaria para triunfar.

Permanecimos abrazados mientras las olas rompían a lo lejos.

–¿En quién creo ahora? –susurró–. Me pasé toda la vida rezándoles a dioses que no existen.

Su voz estaba cargada de tristeza. No me había dado cuenta, hasta ese momento, de cuánto le costaría conocer la verdad. No solo estaba descubriendo una historia olvidada, sino que aquello lo obligaba a replantearse toda su historia y su religión.

–Cree en el Divino.

–Pero no conozco a tu dios –murmuró.

–Una vez te prometí, en aquella cabaña de Génesis, que, cuando llegáramos a Quentis, te enseñaría la gracia del Divino. Creo que ya es hora de cumplir esa promesa.

Buscó mi mirada y me sostuvo el rostro entre las manos.

–Hasta entonces, creeré en nosotros.

–Nosotros.

En un amor que me llevaría a través de la eternidad. Un amor que volvería a unirnos.

–Nosotros –repitió, deslizando las manos hacia mi vientre abultado.

La bebé le dio una patadita en la mano, como si estuviera saludando a su padre.

Y la sonrisa que le iluminó el rostro fue deslumbrante.

Nosotros. Solo nosotros.

Hasta que el Divino me llevara a casa.