Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cincuenta y seis. Odessa #2
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Capítulo cincuenta y seis. Odessa #2

–Será puesto en libertad una vez concluya la investigación.

Me han informado de que tu flagris atacó ayer a un guardia en los jardines y de que tu esposo lo hirió después de gravedad.

No puedo interrogar a ese guardia porque está muerto.

Lo asesinaron anoche, también en los jardines.

Igual que a otros guardias a mi servicio.

–Tienes razón. Ese guardia está muerto. –Me bajé el pañuelo del cuello para que viera el corte–. Me puso un cuchillo en la garganta. Así que yo se lo clavé en la suya.

Mi padre apartó la vista de mi cuello.

–Mis informantes también me han comunicado que el Guardián mató al general Banner. Ese es un crimen que no puedo pasar por alto.

– Yo maté a Banner. Cuando me atacó para vengarse de Ransom.

–¿Tú mataste al soldado más hábil de Quentis? –Resopló–. No soy ningún tonto, Odessa.

–Es la verdad y me da igual que me creas o no. –Extendí las manos, mostrando las muñecas y ofreciéndoselas para que me pusiera los grilletes–. Será mejor que llames a los guardias para que me encadenen y me lleven a una celda.

Los labios de mi padre se apretaron hasta formar una sola línea.

–Por ser príncipe, no recibirá el mismo castigo que cualquier otro prisionero. Pero será desterrado de Quentis. Hasta que se hagan los preparativos necesarios, permanecerá encerrado. Y, una vez desterrado, tú te quedarás aquí.

–No. No me quedaré. –Me di la vuelta y bajé de la tarima.

Otra conversación inútil con mi padre.

–¡Odessa! –vociferó mi padre–. No me contradigas. Harás lo que yo te diga. Es por tu propio bien.

Me detuve y me volví despacio.

–¿Fuiste tú quien envió a los guardias? ¿Al de los establos, que azotaba a su caballo?

¿Al hombre de la fuente de ayer, que intentó arrebatarme a mi flagris?

¿Fue idea tuya provocar a Ransom para que todo terminara así?

¿Y los hombres de anoche, que estuvieron a punto de matar a Mae?

¿Los hombres que estaban a punto de violarnos?

El color abandonó su rostro, como si acabara de recibir una bofetada.

Entonces los hombres de la noche anterior no habían actuado bajo sus órdenes. Pero sí había puesto al Guardián en el punto de mira desde el primer momento. Todo aquello no eran más que excusas vacías para enviar a Ransom de regreso a Turah.

Estaba casi al otro lado de la sala cuando volvió a llamarme.

–Odessa. –Estaba de pie en el centro de la sala, con el trono vacío a su espalda–. Confía en mí.

–No. Nunca más.

***

Los cuarteles de Roslo estaban en el extremo más alejado de la ciudad, junto al mismo muro de piedra que se extendía más allá del castillo. La construcción blanca era baja y estrecha, con un techo parduzco y una puerta aguamarina.

Vista desde fuera, parecía apenas lo bastante grande como para alojar a cinco hombres, y no a quinientos. Pero el exterior no era más que una fachada para la red subterránea de habitaciones excavadas en la roca.

Eran las cámaras de migración originales de la ciudad, anteriores a las que se habían construido bajo el castillo.

Las habitaciones eran bastante pequeñas.

Más allá de la entrada, no tenían ventanas ni ninguna fuente de luz natural.

No era de extrañar que la mayoría de los legionarios eligiera vivir con sus familias.

La única diferencia entre los dormitorios y las celdas eran las puertas, que sustituían a los barrotes de hierro.

El guardia apostado a la entrada del sector de las celdas terminó cinco zillahs más rico. Me entregó un farol y me señaló el estrecho corredor por el que debía avanzar. No preguntó a quién había ido a visitar.

Todas las celdas estaban vacías, salvo la última.

Ransom estaba sentado en el rincón más alejado, con la espalda apoyada contra la áspera pared de piedra. Tenía los nudillos manchados de sangre seca y tierra. Sus ojos plateados brillaban como las lunas gemelas. Todo su cuerpo temblaba, no de frío, sino de una ira contenida a punto de estallar.

Dos de los barrotes de la celda estaban doblados hacia fuera, como si los hubiera golpeado con fuerza suficiente para hacerlos ceder.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Cuántos hombres habían hecho falta para encerrarlo?

–Aquí estás.

–Aquí está mi reina.

Sujeté uno de los barrotes.

–Te sacaré de aquí.

–Si te pido que te vayas, ¿me harás caso?

Apoyé el farol con firmeza sobre el suelo de piedra y me senté a su lado.

Ransom cerró los ojos y se pasó una mano por la cara.

–De todas las mujeres del reino...

–Esta siempre te va a encontrar. Aquí o en las sombras del cielo.

Tragó saliva y vi cómo se le movía la nuez. El cuello de la camisa estaba abierto, como si se lo hubieran rasgado. Unas venas verde oscuro le serpenteaban por las clavículas. Cuando abrió los ojos, estaban llenos de remordimiento.

–Vete, Dess.

–No, Ranse. –Extendí una mano entre los barrotes hacia él. No se movió, así que chasqueé los dedos–. Estoy esperando.

La comisura de sus labios se curvó levemente mientras se arrastraba por el reducido espacio hasta apoyarse contra los barrotes. Luego me envolvió la mano con la suya y se la llevó a los labios. Apoyó la frente sobre nuestras manos entrelazadas; su piel ardía como si tuviera fiebre.

–Lo siento.

–Te amo.

–No lo olvides.

Suspiré.

–¿Por qué no me lo dices tú también?

–Sí que lo hago. –Metió la mano entre los barrotes para enrollar un rizo en su meñique–. Mil veces al día.

Me atrajo hacia él y se inclinó para besarme la comisura de los labios. Rozó su nariz con la mía. Recorrió con un dedo el hueso de mi clavícula hasta detenerse en el hueco de mi garganta.

Mil veces al día.

Conociéndolo, aquella era su manera de protegerme. Seguía tan convencido de que la lyssa sería su fin, de que me estaba ahorrando dolor, preparándome para lo inevitable.

Había abandonado toda esperanza.

Quizá algún día, cuando encontráramos la cura, cuando erradicáramos la infección, diría esas palabras en voz alta.

Aunque tampoco las necesitaba. Ya no.

Apoyé todo el peso de mi cuerpo contra los barrotes y me senté con las piernas cruzadas para estar más cómoda.

Bueno, tan cómoda como podía estar sobre un suelo de piedra.

Si Ransom iba a pasar la noche allí, yo también.

Pero apenas me relajé, una punzada aguda me recorrió el brazo desde la muñeca hasta el codo, y el dolor fue tan intenso que todo el cuerpo se me sacudió.

–Ay... –exclamé entre dientes.

Ransom se puso en pie en un abrir y cerrar de ojos, con las manos cerradas en dos puños y la mirada clavada en el corredor oscuro. Tensó la mandíbula y todos los músculos del cuerpo.

–¿Qué? –Seguí su mirada hacia las sombras con los ojos entrecerrados.

Una sensación, como si decenas de arañas me recorrieran el cuerpo, llegó apenas un instante antes de que apareciera la túnica celeste.

El hermano Skore se acercó al haz de luz de mi farol y me observó desde su imponente altura.

Ransom golpeó uno de los barrotes con el puño.

–Aléjate de ella.

Alcé la vista hacia él sin apartar los ojos del verde oscuro de los del sacerdote. Quizá era un traidor. Quizá me había manipulado en aquella cueva detrás de la cascada. Quizá algún día me arrepentiría de aquella decisión.

O quizá no.

–Ayúdalo. Por favor. Tiene una infección en la sangre.

Tenía la sensación de que ya lo sabía.

El hermano Skore levantó una mano, con las uñas acanaladas y afiladas como garras, y cerró aquellos ojos infinitos.

Entonces empezó a drenar la lyssa de la sangre de Ransom.