Capítulo cincuenta y seis. Odessa
Capítulo cincuenta y seis ODESSA
–¿Dónde está Ransom? –preguntó Evie mientras empujaba por el plato el último bocado del desayuno. Era la misma pregunta que no me había dejado dormir en toda la noche.
–Está ocupado esta mañana. Pero volverá pronto.
La mentira era más para mí que para ella.
Ransom no había vuelto después del ataque en los jardines.
Yo había pasado la noche en el sofá con Faze en el regazo, mirando la puerta y deseando que se abriera en cualquier momento. Pero, cuando la luz del amanecer tiñó las ventanas y Evie despertó, abandoné mi vigilia y me preparé para afrontar un nuevo día.
La noche anterior había invitado a Mae a la habitación, pero no aceptó. Decidió regresar a su cuarto y le pidió a uno de los guardias que fuera a buscar al capitán Brix.
Por su bien, esperaba que el capitán conservara su puesto cuando mi padre se enterara de lo sucedido. Sería terrible que mi hermana lo perdiera.
–¿Qué hacemos hoy? –preguntó Evie, pasándole un trozo de tocino a Faze por debajo de la mesa–. ¿Puedo jugar con Arthy?
–Quizá más tarde. Primero iremos a ver a una curandera.
–¿Por tu cuello? ¿Qué te ha pasado?
–Ah, no es nada. –Me ajusté el pañuelo que me había atado para cubrir la herida–. Es solo un rasguño.
***
Alore nos recibió en la puerta de su taller. Miró a Evie y a Faze por encima del marco de sus gafas turquesa, les dedicó un breve saludo a ambos y nos pidió que la siguiéramos.
–Su saliva no funcionó. Tampoco la del flagris. –Frunció el ceño mientras miraba la jaula con las ratas sobre la mesa–. Al menos, no por ahora.
–Pero podría funcionar.
–Podría. –Se subió las gafas a la cabeza–. Es una lástima que no tengamos al ulferno que lo mordió.
No. Aquel monstruo tuerto estaba en algún lugar de Turah, propagando la infección y masacrando a gente inocente.
–¿Cuál es el siguiente paso?
–No estoy segura –dijo Alore con un suspiro–. Como esto no ha funcionado...
–Por favor, no te rindas. –Dejé que toda mi desesperación se filtrara en la voz.
–No temas, princesa. No soy de las que se rinden.
***
El gran vestíbulo estaba colmado de gente cuando salimos de la enfermería. Eran, en su mayoría, miembros de la nobleza con sus séquitos, que se abrían paso hacia la escalera principal que conducía al primer piso.
Un hombre de cabello dorado nos saludó con un gesto de la cabeza al pasar. Sus ojos color caramelo se posaron en Faze, al que llevaba bajo el brazo, y estuvo a punto de tropezar con el primer escalón, demasiado absorto en el flagris como para mirar dónde pisaba.
Otro hombre, de nariz prominente y que no dejaba de olfatear el aire, nos cortó el paso. Dos hombres calvos y de edad avanzada, que hablaban en voz baja, estuvieron a punto de arrollarnos.
Era como nadar contra corriente.
–¿Cuándo podemos volver a casa? –preguntó Evie, sujetándome con fuerza.
–Pronto, estrellita.
La multitud fue dispersándose a medida que alcanzábamos el centro del vestíbulo y nos encaminamos hacia la escalera que conducía al ala oeste.
Pero, antes de que pudiéramos empezar a subir, una mujer pronunció mi nombre. Su voz resonó por todo el espacio, tan clara y rotunda como las campanadas del castillo al mediodía.
Evie y yo nos detuvimos al mismo tiempo y nos volvimos.
Un grupo de viajeros acababa de cruzar la puerta. Cinco rostros cansados, hermosos y familiares nos observaban desde el otro lado del vestíbulo.
Samuel Hay, el dueño de la imprenta y mi amigo, estaba junto a su hijo, Jonas.
Geezala, la mejor curandera de la fortaleza de Ellder.
Cathlin.
Y Zavier.
Tenía un aspecto horrible. Su piel había adquirido un tono grisáceo y estaba demasiado delgado. La túnica y el chaleco le colgaban holgados del cuerpo. Las ojeras bajo sus ojos eran tan moradas y azules que parecían moretones. Pero estaba vivo.
Vivo. Vivo y en Quentis.
–¿P-papá? –La mano de Evie se deslizó de la mía mientras sus ojos grises se llenaban de lágrimas–. Papá.
–Evie... –La voz de Zavier se quebró y el alivio le descompuso el rostro.
–¡Papá!
Salió disparada por el vestíbulo, agitando los brazos y las piernas con todas sus fuerzas. El cabello castaño ondeaba a su espalda.
Zavier corrió hacia ella y cayó de rodillas justo cuando la niña se lanzó a sus brazos.
Chocó contra su pecho y sus bracitos le rodearon el cuello mientras sollozaba: –Papá.
Zavier empezó a temblar mientras lloraba desconsoladamente, aferrándose a ella con la misma fuerza con la que ella se aferraba a él.
El llanto de la niña llenó el vestíbulo y resonó bajo los techos abovedados. Era la música más dulce de todas: el corazón roto de una niña que suturaba sus propias heridas.
–Alabada sea Ama... –Me llevé una mano al pecho mientras los ojos se me llenaban de lágrimas.
Las dejé caer mientras me acercaba directamente a los brazos de Cathlin, que ya me esperaban.
–Hola, querida.
–Llegasteis... –El peso de todo lo que había cargado pareció abandonar mis hombros.
Y, como si hubiera sentido que mis fuerzas flaqueaban, me abrazó con más fuerza.
–Llegamos.
Una mano callosa se deslizó entre las mías.
Me aferré a Zavier mientras él sujetaba a Evie y Cathlin me sostenía a mí.
Una familia reunida. No era mi familia biológica, pero sí la que había construido.
Miré por encima del hombro de Cathlin y les dediqué una sonrisa empañada por las lágrimas a Samuel y a Jonas. A Geezala le hice un gesto con la cabeza para darle las gracias.
Ella inclinó la cabeza.
Cathlin me soltó para secarse los ojos. Le pasó una mano por el cabello a Evie y luego recorrió el vestíbulo con la mirada, buscando a alguien.
–¿Dónde está Ransom?
***
Zavier estaba sentado en el sofá de la habitación con Evie acurrucada en su regazo, profundamente dormida. Se había quedado dormida poco después del almuerzo, como si por fin fuera seguro descansar. Como si la tristeza ya no pudiera acecharla en sueños.
Y, mientras dormía, les conté a Zavier y a Cathlin todo lo que había ocurrido desde Ellder.
Las suaves arrugas del rostro de Cathlin parecían acentuarse con cada palabra que escuchaba. Y el agotamiento de Zavier parecía haberse duplicado cuando terminé de contarles lo de la noche anterior.
–No podemos quedarnos aquí –dijo Zavier, cerrando los ojos. Se lo veía tan cansado como a su hija. Se movió levemente e hizo una mueca de dolor. Se le tensó todo el cuerpo y se llevó una mano al vientre.
–¿Estás bien? –pregunté.
–Necesitas descansar –dijo Cathlin, poniéndose de pie y alisándose la falda del vestido color arena. Entrecerró los ojos castaños al fijarse en la mano con la que él se sujetaba el vientre–. Te prepararé el té de Geezala.
La curandera se alojaba en una habitación al final del corredor, la misma que había usado Thora. Samuel y Jonas ocupaban la que había sido de Jodhi.
Zavier miró a Evie y le acarició el cabello oscuro.
–Gracias. Por mantenerla a salvo.
¿A salvo? Eso parecía una ilusión, un lujo que ningún habitante de Calandra podía permitirse con la migración tan cerca.
–¿Te encuentras con fuerzas para navegar?
Antes de que Zavier pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió de golpe y Mae entró como un torbellino, mientras la falda de su vestido verde se agitaba alrededor de sus piernas.
–Id a la sala del trono –dijo sin aliento, como si hubiera atravesado el castillo entero corriendo.
–¿Qué? –Me puse de pie, sintiendo cómo la sangre me abandonaba el rostro–. ¿Qué ha pasado?
–No lo sé. Mi dama de compañía acaba de contarme que por todo el castillo corre el rumor de que papá ha arrestado al Guardián y lo ha encerrado en una celda.
Sentí un nudo en el estómago mientras mis ojos se posaban sobre Zavier.
La fachada dura e inflexible del guerrero turano se desmoronó de inmediato. Sus ojos verdes se endurecieron mientras apartaba a Evie con cuidado y se ponía de pie.
–Iré yo.
–No. Quédate con Evie. –La última vez que Zavier había estado allí le había mentido a mi padre. Varias veces. Su presencia en la sala del trono probablemente no haría más que empeorar la situación–. No tenemos mucho tiempo, pero debemos hacer el equipaje.
–¿Os vais? –preguntó Mae.
Le dediqué una sonrisa triste a mi hermana.
–No podemos quedarnos en Quentis. Tenemos que regresar a Turah.
–¿Y la migración?
–Es un riesgo que tenemos que correr.
Mae tragó saliva y enderezó los hombros.
–Entonces iré con vosotros.
–¿Qué? No, es demasiado...
–¿Peligroso? –Resopló–. No me pidas que me quede aquí. No después de lo que pasó anoche. Y menos con él.
–¿Con quién?
–Tu padre.
Tu padre. Pero era nuestro padre.
–¿Qué estás diciendo?
Puso los ojos en blanco.
–¿De verdad necesitas que te lo explique?
No, al parecer no.
Entonces ¿quién? ¿Hawksley? Mae se parecía mucho a Margot, pero no guardaba ningún parecido con el general. Aunque quizá, si Margot llevaba años manteniendo una aventura...
Eso significaba que no era mi hermana. Al menos, no de sangre.
Cielos . Era algo que ni siquiera podía imaginar. ¿Desde cuándo lo sabía ella? ¿Estaba segura?
–Mae, yo... no sé qué decir.
–No hay nada que decir. En serio, no importa –dijo, encogiéndose de hombros–. Nadie lo admitirá jamás. Pero no quiero quedarme aquí, encerrada en los sótanos durante la migración con ellos. Con todos ellos. Si te vas, yo también me voy.
Más tarde. Tendríamos que hablar de aquello más tarde.
Y tenía razón en una cosa.
No importaba.
–Esto no cambia nada. Sigues siendo mi hermana. Siempre lo serás. –Me acerqué a ella y la estreché en un fuerte abrazo.
No tardó en devolvérmelo.
Entonces la solté, le tomé la mano y la llevé conmigo a enfrentarme al Rey Dorado.
***
–¿Dónde está Ransom? –Subí a la tarima y me planté ante el trono de mi padre, ignorando tanto al capitán Brix como al general Hawksley.
La mandíbula de mi padre se tensó.
–Dejadnos solos.
Brix hizo una reverencia y obedeció. Hawksley vaciló un instante antes de hacer lo mismo.
–Tú también, Mae.
Acompañó a Brix, no sin antes resoplar, molesta.
–Respóndeme a la pregunta –me crucé de brazos y le sostuve la mirada.
–Ha sido arrestado y encerrado.
Entonces el rumor era cierto.
–Libéralo. Ahora.
Mi padre apoyó un brazo en el trono.