Capítulo cincuenta y cinco. Caspia #2
El resto de los soldados se agrupó con las armas preparadas, mientras escudriñaban la oscuridad en busca de aquello que había matado a Seth.
Andreas apoyó la antorcha sobre una roca y me atrajo contra su cuerpo, aplastándonos contra el acantilado, mientras un nuevo chirrido resonaba a nuestro alrededor.
Fue entonces cuando llegó el batir de unas alas y una ráfaga de viento me echó el cabello hacia atrás.
El monstruo se lanzó sobre los soldados como una flecha, descendiendo desde la oscuridad con las alas tan negras como la obsidiana.
–¡Al suelo!
Todos los soldados se agacharon al instante mientras la bestia pasaba volando por encima de ellos, intentando morderlos con sus enormes colmillos: dos en la parte superior, encajados con otros dos en la inferior.
Sus ojos pequeños y redondos, de un blanco opalescente, reflejaron la luz de la antorcha cuando soltó otro chirrido estridente.
La cola, corta, terminaba en una especie de maza cubierta de púas.
Sus largas orejas puntiagudas, cubiertas por una fina pelusa, permanecían completamente erguidas, atentas al menor sonido.
El monstruo no alcanzó a ninguno de los legionarios. Voló por encima de ellos y desapareció en la oscuridad.
–Pegaos a la pared –vociferó Andreas a los hombres, manteniéndome cerca de él, con la espada en alto –Chiroptis –susurré, aunque decir el nombre en voz alta seguía haciéndolo casi imposible de creer. Andreas me había contado sobre los murciélagos gigantes que bebían sangre.
Seth nos había advertido a ambos sobre ellos antes de morir.
–Por la gracia del Divino. –Me tapé la boca con la palma de la mano para ahogar el llanto.
–Bajad las antorchas –ordenó Andreas a los hombres–. Ocultad las llamas todo lo que podáis. Los monstruos son casi ciegos. Usan los chirridos para localizar a sus presas. Quedaos completamente quietos cuando los escuchéis. Alejaos de la luz.
Sentía el corazón en la garganta mientras contenía el aliento, a la espera de un nuevo ataque.
No tuve que esperar mucho.
Tres chirridos resonaron a nuestro alrededor, seguidos por el batir de unas alas.
El chiroptis descendió y aterrizó sobre las rocas junto al cuerpo de Seth.
Era enorme, del tamaño de un crux joven.
Tenía cuatro alas, cada una cubierta de pequeñas púas que se doblaban hacia arriba y hacia abajo mientras el monstruo hundía los colmillos en el cuerpo del comerciante.
Sonidos de succión y gorgoteos llenaron el aire.
Lo único que podíamos hacer era escuchar cómo el monstruo se bebía hasta la última gota de sangre de Seth.
Las lágrimas me corrían por el rostro. Todo mi cuerpo temblaba.
Andreas se movió tan despacio que tardé un momento en darme cuenta de lo que estaba haciendo. Poco a poco alzó la ballesta. Como el monstruo estaba distraído, no se percató de nada hasta que la flecha cortó el aire.
Le atravesó una de las alas y desgarró la membrana de piel.
El chiropti chilló fuera de control, un sonido tan ensordecedor que lo sentí vibrar en el pecho.
–¡Disparad! –gritó Andreas cuando el monstruo se volvió hacia nosotros.
Los soldados no dudaron. Una lluvia de flechas cayó sobre el monstruo.
Intentó alzar el vuelo hacia nosotros, impulsándose con sus patas cortas, pero, al intentar batir las alas destrozadas, se desplomó.
Un soldado que estaba a nuestro lado lanzó un grito feroz y se separó de la pared. Corrió hacia la criatura y le hundió la espada en el cráneo.
Todos soltamos un suspiro colectivo cuando el soldado se incorporó y se volvió hacia nosotros con una sonrisa victoriosa.
El chillido llegó apenas una fracción de segundo antes de que otro monstruo se precipitara desde las alturas.
Cayó sobre el soldado y su grito quedó ahogado por un gorgoteo sangriento.
Los soldados mataron al segundo chiropti del mismo modo que al primero, con una despiadada lluvia de flechas. Pero, esta vez, ninguno se arriesgó a alejarse de la pared para asegurarse de que el monstruo estuviera muerto.
–¿Y ahora qué? –pregunté.
Andreas se agachó para recoger su antorcha.
–Nos quedamos pegados a la pared. Si oís un chirrido, agachaos y no os mováis.
Me separé del acantilado y cerré los puños para ocultar el temblor de mis manos.
Andreas miró hacia atrás. No sabía qué íbamos a encontrar cuando regresáramos a las carretas, pero aún no era momento de dar media vuelta. Todavía no.
–Más grande que nosotros –murmuré.
Él asintió.
–Más grande que nosotros.
Continué avanzando, guiada por la punzada de dolor.
Cuando llegó el siguiente chirrido, todos nos agazapamos contra la pared del acantilado y permanecimos de rodillas.
El chiropti voló a nuestro alrededor, agitando el aire con sus alas, pero conseguimos ocultarnos lo suficiente para que siguiera de largo.
Tal vez para terminar de beberse la sangre de los cuerpos de los hombres que habíamos dejado atrás.
Cada vez me resultaba más difícil preocuparme por los chiroptis a medida que la magia se intensificaba y abrumaba mis sentidos, hasta que lo único que sentía era la punzada que me golpeaba como las olas del mar.
Sentía una gran pesadez en los pies, como si alguien me hubiera atado gruesas cadenas a los tobillos. Intenté esquivar una roca, pero tropecé.
–Caspia –dijo Andreas, atrapándome antes de que cayera y sosteniéndome mientras las lágrimas me corrían por el rostro.
–Está cerca –respiré hondo para sobreponerme al dolor, apreté los dientes y le cogí la mano para seguir adelante.
El fondo del desfiladero describía una leve curva que nos obligó a rodear una roca inmensa. En cuanto la bordeamos, me detuve en seco.
Ante nosotros había una pared. Los acantilados parecían fundirse, bloqueándonos el paso.
–Mierda –maldijo Andreas entre dientes.
–No... –Todas mis esperanzas se desmoronaron.
No era el final del desfiladero. Pero sí el de nuestra misión.
La única manera de seguir adelante era escalar el muro, pero era tan alto como el castillo de Roslo. Quizá, si hubiéramos traído el equipo adecuado, los soldados habrían podido trepar. Pero no había manera de que yo pudiera hacerlo.
–Regresemos –dijo Andreas–. No llegaremos antes de que anochezca y no voy a arriesgarme a que nos quedemos aquí abajo con los chiroptis.
Pero no podía moverme. Lo único que podía hacer era mirar el muro y sentir aquella fuerza de atracción, como si las rocas me estuvieran gritando. Corre, Estornino. Corre.
Quizá el Estornino de antaño había encontrado otro camino al fondo del abismo. O quizá…
Di un paso hacia el muro.
–Caspia –dijo Andreas, sujetándome del brazo, pero me solté y me obligué a acelerar el paso.
No me detuve hasta estar a un brazo de distancia, y solo entonces vi la abertura. Estaba oculta entre tanta oscuridad y solo era visible desde cierto ángulo. Parecía un túnel que atravesaba la roca.
–Espera –dijo Andreas, sujetándome del codo y colocándose delante de mí–. Yo primero.
Con la antorcha en alto y la espada preparada, nos guio a través del pasadizo.
En cuanto crucé al otro lado, el dolor se disparó. Los pequeños trozos de pan que había comido por la mañana me subieron por la garganta y vomité contra la pared hasta vaciar por completo el estómago.
–Bueno, nos volvemos –dijo Andreas.
–Todavía no. Tenemos que seguir. Estamos cerca. Puedo sentirlo.
Tensó la mandíbula, pero no intentó detenerme cuando seguí caminando.
El suelo del desfiladero tenía exactamente el mismo aspecto que al otro lado del muro: oscuro, cubierto de fragmentos de roca y con apenas una diminuta franja de luz filtrándose desde muy arriba.
Alcé la vista y me tomé un momento para reunir fuerzas. Fue entonces cuando escuché el suave murmullo del agua.
–¿Escuchas eso?
–Silencio –dijo Andreas, levantando una mano para hacer callar a los soldados–. Ahí.
Señaló hacia la pared opuesta, hacia una parte de la roca que reflejaba la luz de las antorchas. Una cascada lisa e incolora caía sobre la obsidiana.
–Agua –susurré–. Claro.
Los Voster tenían magia sobre los fluidos. Podían manipular el agua. La magia no se había filtrado desde los orbes a la tierra.
Había empezado por el agua.
Me apresuré hacia la pared con Andreas pisándome los talones. Cuanto más nos acercábamos, más intensa se volvía la magia, pero apreté los dientes y seguí avanzando, sin permitirme detenerme ahora que estábamos tan cerca.
La cascada tenía la altura y la anchura del cuerpo de un hombre. Brotaba de una grieta en la roca y fluía hacia un estanque del tamaño de una tina grande.
Caí de rodillas, abatida por la fuerza aplastante de la magia. Entonces miré el fondo del estanque y allí estaba: el orbe de cristal, oculto en el fondo del desfiladero de Evon.
–Manteneos atrás y alerta –ordenó Andreas a los soldados mientras se colocaba a mi lado.
Extendí la mano hacia el agua, pero, antes de que mis dedos pudieran rozar la superficie, Andreas me sujetó la muñeca y la apartó.
–Pero está ahí abajo –insistí.
–Yo lo hago –dijo, arrodillándose a mi lado.
Se arremangó la camisa y tensó la mandíbula. Pero el agua no lo atacó cuando metió los brazos en el estanque y sacó el orbe.
El agua resbalaba por el cristal y goteaba de sus manos y de la esfera.
La superficie exterior era transparente, pero en su interior se arremolinaba una tormenta de agua y viento. Una tormenta mágica atrapada en su interior, rabiosa por ser liberada.
–Lo encontramos.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla mientras mi cuerpo finalmente cedía.
Y entonces el mundo se desvaneció.