Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cincuenta y cinco. Caspia
85%

Capítulo cincuenta y cinco. Caspia

Capítulo cincuenta y cinco CASPIA

El desfiladero de Evon era un abismo de obsidiana negra. La roca absorbía la poca luz que se filtraba desde la estrecha franja de cielo sobre nuestras cabezas, y hasta las antorchas luchaban por imponerse a la oscuridad.

El grupo se mantuvo en silencio durante el descenso.

Cualquier conversación no era más que una sucesión de susurros casi inaudibles.

Los caballos también guardaban silencio, ahogando sus relinchos y resoplidos.

Pero el constante golpeteo de sus cascos y el crujido de las ruedas de las carretas bastaban para llenar el cañón; cada sonido reverberaba de un extremo a otro.

Seth Hay, el comerciante que Andreas había contratado, caminaba delante de mí. Tenía el cabello castaño hasta los hombros, recogido con una cinta de cuero en la nuca. La mayoría de los mechones ya mostraban hebras grises.

Estaba casi segura de que era uno de los hombres más bondadosos que había conocido, con una valentía silenciosa que me recordaba a Andreas.

La luna anterior lo habíamos invitado a cenar con nosotros para conocer mejor su historia y la de su familia.

Cuando su padre se jubiló, Seth había asumido la dirección de la empresa familiar.

Tenía treinta y cinco veranos y era el mayor de tres hermanos.

Le echaba la culpa de sus canas al barranco y bromeaba con que las paredes le envidiaban tanto el cabello castaño y abundante que le robaban un poco de color cada vez que hacía aquel recorrido.

A esas alturas, ya no estaba tan segura de que fuera solo una broma.

Llevábamos una hora descendiendo por el desfiladero y ya sentía que me había succionado la vida de los huesos. Pensar que él hacía aquel trayecto con regularidad me parecía extraordinario.

Seth echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que lo seguía de cerca.

Asentí y continué caminando, un paso tras otro, mientras mantenía la otra mano rozando la roca a mi lado.

Delante de nosotros, una roca rodó por la cornisa. Rebotó contra las paredes en una caída que parecía no tener fin. Finalmente, se detuvo en el fondo.

Cuando llegamos al desfiladero por la mañana, me había maravillado lo ancho que era de un extremo al otro. Me había detenido en el borde del acantilado, había extendido los brazos y había cerrado los ojos, imaginando que batía las alas mientras sobrevolaba el abismo.

Quizá, si destruíamos los orbes y purgábamos la magia oscura de Calandra, completaría mi rito. Y volaría sobre Evon con unas alas que no fueran imaginarias.

De pronto, se oyó un grito más adelante.

Seth levantó una mano para detener a quienes íbamos detrás de él. Luego se abrió paso lentamente entre los que encabezaban la marcha hacia el lugar del alboroto.

–¿Cómo estás? –preguntó Andreas detrás de mí, pasando un brazo sobre mis hombros.

–Bien. –Me apoyé contra su pecho, procurando no presionar demasiado la sutura.

La curandera nos había dado unos ungüentos de hierbas para aplicar cada mañana y evitar que las heridas del aureón se infectaran. Él me había prometido que no sentía ningún dolor, pero, de vez en cuando, hacía una mueca al realizar un movimiento brusco.

–No siento nada –murmuré–. ¿Y si no hay nada aquí abajo?

–Entonces reorganizaremos al grupo. –Echó un vistazo al borde del desfiladero–. Pero aún nos queda mucho camino por recorrer.

Ya me sentía agotada solo de pensar en la subida.

Seth nos había dicho que saldríamos a caballo.

El camino en zigzag era tan empinado y largo que hacerlo a pie no solo sería agotador, sino también más peligroso que confiar en un caballo o una mula.

Yo no era una jinete especialmente hábil, pero Seth me había asegurado que los caballos que montaríamos habían subido y bajado el desfiladero muchas veces.

Conocían el camino y nos llevarían a casa sanos y salvos.

–¿Está todo bien? –preguntó Andreas cuando Seth regresó.

–Algunos soldados parecen sufrir vértigo –respondió, frotándose la frente arrugada–. No es algo raro. Pero prefiero que no muera nadie más en esta expedición. Mi consejo es que los mandemos de vuelta.

Andreas asintió.

–De acuerdo. Tú eres el experto. Haremos lo que digas.

Mientras debatían quiénes regresarían –no solo los soldados que corrían peligro de caer, sino también quienes los escoltarían de vuelta–, yo miraba hacia el otro lado del desfiladero, entrecerrando los ojos para intentar distinguir el camino en zigzag del acantilado de enfrente.

Pero estaba demasiado lejos. Demasiado oscuro.

¿Cómo se suponía que encontraría un orbe en una zona tan grande? Si eran del mismo tamaño que los que teníamos en Nelfinex, el orbe de cristal apenas sería más grande que mi melón favorito. Andreas podría sostenerlo con una sola mano.

Encontrar algo tan pequeño en un desfiladero tan inmenso nos llevaría veranos.

No tardó en correr la voz por toda la comitiva de que nuestro grupo estaba a punto de dividirse.

Diez hombres pasaron junto a nosotros con suma cautela.

El soldado rubio del ataque del aureón se ofreció voluntario para guiar al grupo fuera del desfiladero y, al pasar a caballo junto a nosotros, nos dedicó una leve reverencia desde lo alto de su montura.

Una vez que se marcharon, Seth volvió a mirar al frente.

Y continuamos descendiendo hacia las profundidades de Calandra.

***

El dolor punzante llegó al final del camino.

Al principio, había creído que eran solo el frío y los nervios los que me tenían tan tensa. Pero, en cuanto pisamos el fondo del desfiladero, comprendí que era la magia.

Por encima de nosotros, el cielo no era más que una franja blanca entre los imponentes acantilados. Cada soldado llevaba una antorcha y el resplandor de las llamas teñía las rocas de tonos anaranjados y amarillos.

El fondo era más estrecho de lo que esperaba. Los acantilados apenas se estrechaban desde la cima hasta el fondo, pero, con una distancia tan vasta, eso significaba que allí, en las profundidades, una persona podía cruzar de un lado al otro en menos de cien pasos.

El suelo era rocoso e irregular. Habían despejado un sendero entre uno de los caminos en zigzag del acantilado y el siguiente para que pasaran los caballos y las carretas, pero, fuera de eso, la pendiente era abrupta y escarpada.

El descenso nos había llevado medio sol. Seth Hay decía que solo un necio dormiría en el fondo del desfiladero y que, por lo general, emprendían de inmediato la subida por la pared opuesta.

Teníamos provisiones para acampar, pero esperaba que no tuviéramos que quedarnos mucho tiempo, sobre todo porque sería imposible que los caballos nos acompañaran entre las rocas del fondo. El resto del trayecto lo haríamos a pie.

Algunos soldados se quedarían con Seth para vigilar las provisiones y proteger a los caballos del ataque de algún monstruo. Los demás vendrían con nosotros, con las armas preparadas.

Cada uno llevaba una piqueta y un martillo colgados del cinturón. Los caballos estaban atados a las carretas o a las rocas más grandes dispersas a nuestro alrededor.

Algunos soldados miraban hacia la oscuridad con expresión estoica, atentos a cualquier amenaza. Otros parecían completamente aterrados, listos para marcharse en cuanto recibieran la orden.

No iba a obligarlos a quedarse más tiempo del necesario.

El desfiladero de Evon cruzaba de un mar a otro. En un extremo estaba el Krisenth y, en el otro, el Marixmore. Los caminos tallados en la roca de la pared quedaban más cerca del Krisenth. Llegar al océano del otro extremo llevaría soles, quizá semanas.

Esperaba que no tuviéramos que hacer eso.

–Puedo sentir la magia –le dije a Andreas–. Está aquí abajo.

Cerré los ojos y me concentré en el hormigueo, en la forma en que vibraba sobre mi piel.

Caminé en dirección al Krisenth, diez pasos, luego veinte.

La punzada disminuyó, aunque solo un poco.

Así que me di la vuelta y seguí la magia en dirección contraria, hacia el centro del desfiladero.

A medida que la sensación se intensificaba, dejé que el dolor me guiara.

Era distinto del rito, pero la idea era la misma. Mi sangre sabía adónde ir.

Hacia el peligro.

–Por aquí. –Levanté la antorcha que Andreas había encendido para mí y empecé a avanzar por el terreno rocoso, atenta a dónde pisaba para no resbalar. La mayoría de las rocas caídas desde arriba se habían convertido en gravilla. Pero las había de todos los tamaños, todas de la misma obsidiana negra.

–Déjame llevar eso –dijo Andreas, tomando la antorcha y siguiéndome de cerca. La otra mano permanecía apoyada sobre la empuñadura de la espada, lista para desenvainarla.

Los soldados se dividieron: la mayoría nos acompañó, mientras unos pocos se quedaron con Seth Hay para vigilar las carretas y los caballos. Pasos pesados y murmullos apagados nos seguían a Andreas y a mí mientras nos abríamos paso por el desfiladero.

Bloqueé el ruido y me concentré en aquel zumbido irritante. No tardamos en perder de vista los caballos y las carretas, porque la oscuridad había terminado por tragarse la luz de sus antorchas.

Caminamos y caminamos, tanto que Andreas acabó obligándome a detenerme para recuperar el aliento.

–Se está intensificando. –Tenía el rostro empapado en sudor. Me froté los brazos, pero no conseguí librarme de la punzada de la magia. Mientras el rito me atraía, aquella sensación casi me repelía.

–Mi señor... –Un soldado se aclaró la garganta detrás de Andreas–. ¿Cuánto falta para...?

De pronto, dos chirridos estridentes resonaron por encima de nosotros, rebotando entre los acantilados.

Un segundo después, un cuerpo cayó sobre las rocas junto a nosotros.

Los ojos sin vida de Seth Hay estaban abiertos.

Al igual que su garganta.

Grité.

–¡Corred! ¡Pegados a la pared! –gritó Andreas.

No pude apartar la vista del rostro de Seth, congelado en una expresión de terror.

–Caspia –dijo Andreas, sujetándome del brazo y llevándome con él hacia la pared del acantilado.