Capítulo cincuenta y cuatro. Odessa #2
–¡Maldita perra! –le gritó un hombre a Mae mientras intentaba asestarle un torpe puñetazo con la derecha.
Pero ella lo esquivó moviéndose con agilidad hacia un lado. Sacó una daga del cinturón y se la clavó en el muslo.
Una mano me agarró del pelo por detrás y el dolor me atravesó la cabeza cuando el hombre tiró de mí con tanta fuerza que casi tropecé con mis propios pies. Aun así, logré recuperar el equilibrio y recurrí al movimiento que Tillia me había enseñado en la zona de entrenamiento de Treow.
Di un paso hacia él para aliviar la tensión del pelo, me agaché mientras giraba y le estampé la rodilla en la entrepierna.
Me soltó y quedó lo bastante inclinado hacia delante como para que le estrellara el talón contra los dientes.
Sus ataques eran bastante torpes, pero nos superaban ampliamente en número.
Mae giraba y atacaba con sus cuchillos, pero uno de los hombres la agarró de la muñeca y se la retorció con tanta fuerza que soltó la daga. Cayó al suelo con un tintineo metálico, mientras ella le aplastaba la parte posterior de la rodilla con el talón.
Corrí hacia la daga con Faze aún en brazos, pero, antes de alcanzarla, un brazo me rodeó los hombros y sentí una hoja afilada contra la garganta.
–Basta. –El aliento del hombre me quemó la mejilla. Apestaba a cerveza. Era el guardia de la fuente–. El flagris, princesa .
–Jamás. –Solté a Faze, dejándolo caer al suelo con la esperanza de que huyera.
Aterrizó sobre las cuatro patas y gruñó, enseñando los colmillos.
–¡Cogedlo! –gritó el guardia, y dos hombres fueron tras Faze, que desapareció entre los arbustos.
La otra mano del guardia me rodeó el cuerpo por delante y me apretó los pechos con tanta fuerza que se me llenaron los ojos de lágrimas. Sentí su boca cerca de mi mejilla, su lengua lamiéndome la piel.
Cerré los ojos, con el cuello tenso, tratando de alejarme cuanto podía de la hoja, que ya se me había clavado lo suficiente como para sentir el escozor de un corte superficial.
Mae seguía peleando; el pelo rubio se le mecía sobre los hombros mientras esquivaba golpe tras golpe.
Un guardia la embistió desde un costado. Ambos cayeron al suelo y él se le echó encima para inmovilizarla.
–¿Cuánto oro llevas encima, perra? ¿Te lo dejas cuando te acuestas con Brix? A lo mejor debería averiguar por qué está tan obsesionado con tu entrepierna. –Le arrancó el collar de piedras preciosas mientras ella pataleaba y se retorcía debajo de él.
Todo se me tiñó de rojo.
La hoja se hundió un poco más en mi garganta mientras forcejeaba con el guardia.
Un destello de pelaje rosado y rojo vino corriendo hacia mí cuando Faze pasó como una flecha frente a los hombres que lo perseguían. Saltó sobre el guardia que me sujetaba y le clavó las garras en el abrigo aguamarina.
Fue una distracción suficiente para sujetarle la mano y apartar el cuchillo de mi garganta. Con todas mis fuerzas, le doblé la muñeca hacia atrás hasta que cedió, le arrebaté el cuchillo y se lo hundí hacia arriba, justo en la carne blanda bajo el mentón.
La sangre, caliente y oscura, me salpicó la mano. Le borboteó de la boca mientras se tambaleaba con los ojos abiertos de par en par. Unos segundos después, cayó al suelo.
Giré para ayudar a Mae, pero, antes de que pudiera moverme, otro guardia me sujetó por los brazos.
Otros dos hombres estaban encima de mi hermana, levantándole la falda para arrancarle las dagas con joyas que llevaba sujetas a los muslos. El guardia que la inmovilizaba se inclinó sobre ella y empezó a buscarle la boca con la suya.
–Vete a la mierda –le dijo ella, escupiéndole a la cara.
El hombre se lamió el escupitajo que le había caído en los labios y le esbozó una sonrisa amenazante. Después le rodeó el cuello con la mano y apretó con tanta fuerza que los ojos de mi hermana casi se le salían de las cuencas.
–¡No! –El grito que brotó de mi boca fue tan fuerte que desgarró la noche.
A lo lejos se oyó el leve chirrido de una puerta al abrirse. El guardia que me había ofrecido escoltarme se acercó, despacio al principio, hasta que comprendió lo que estaba pasando.
Se quedó boquiabierto y desenvainó la espada. Pero no tendría ocasión de ayudarnos.
Detrás de él, moviéndose más rápido que el viento, apareció Ransom.
Su espada atravesó de lado a lado la cintura del primer hombre al que alcanzó y lo partió en dos.
El hombre que me sujetaba me soltó y retrocedió a trompicones hasta caer sobre el guardia al que yo ya había matado. Recuperó el equilibrio a tiempo para echar a correr hacia la oscuridad.
Los demás intentaron dispersarse, pero Ransom era un rayo de furia y acero. Los fue derribando uno por uno hasta que solo quedó el hombre que estaba estrangulando a mi hermana.
La espada de Ransom cayó con fuerza sobre el suelo de piedra, mientras golpeaba al hombre una y otra vez. Dientes cubiertos de sangre salieron despedidos en todas direcciones antes de que el cuerpo quedara tendido en el suelo.
Muerto.
Pero Ransom no se detuvo. Siguió golpeándolo, convirtiéndolo en una masa irreconocible de carne y vísceras.
Por todos los dioses. Había tanta sangre.
–Ransom, no –grité, acercándome–. Detente.
Se volvió antes de que pudiera tocarle el hombro, con el puño ensangrentado en alto. El plateado de sus ojos fluía como metal líquido. Su mirada se posó en mi cuello, en el corte, y un gruñido resonó por los jardines.
–Es solo un rasguño.
Bajó la vista hacia sus propias manos. Hacia la sangre que le cubría los brazos. Después miró el cadáver a sus pies.
El horror le inundó el rostro.
Me acerqué, pero él retrocedió.
–Está bien.
Los dos sabíamos que era mentira. Nada de aquello estaba bien.
Ransom miró el cuerpo del guardia una última vez.
Y entonces se marchó, tragado por la noche.
Faze se acercó y se frotó contra mi pierna, rondándome los pies. Lo alcé en brazos y le acaricié las escamas del lomo. Era la segunda vez que me atacaban y la segunda vez que él acudía a salvarme.
–Gracias.
–Princesa. –El guardia del interior llegó hasta mí–. Su cuello.
–Estoy bien. –Sentía un intenso escozor en la herida y sabía que no había dejado de sangrar, pero le resté importancia con un gesto de la mano–. Ayuda a mi hermana.
Pero ella tampoco quería ayuda. Se levantó del suelo y se alisó la falda del vestido para cubrirse las piernas. Se acercó con la frente alta y los ojos azules cargados de ira.
–¿Cómo sabías que estaba aquí fuera?
–Estaba saliendo del comedor cuando te vi salir hacia los jardines. Me alegro de haberte seguido.
–Yo también –susurré.
Se quedó inmóvil junto al hombre muerto a mis pies, cuyo rostro había quedado irreconocible. Le dedicó una mueca de desprecio al cadáver.
–Lo siento. –Le cogí la mano con fuerza, intentando absorber el temblor que tanto se esforzaba por ocultar.
Alzó la vista hacia la oscuridad, hacia el lugar por el que Ransom había desaparecido.
–Y yo que me creía despiadada.
–Él no es así.
Le dio una patada a la bota del muerto.
–¿Estás segura?
No.
Ya no.