Capítulo cincuenta y cuatro. Odessa
Capítulo cincuenta y cuatro ODESSA
Traidores . Esa palabra no dejaba de repetirse en mi cabeza mientras Ransom nos sacaba a toda prisa de los jardines. El hermano Skore y el hermano Dime eran traidores.
Para cuando regresamos a la habitación, tenía el estómago tan revuelto que creía que iba a vomitar.
No nos costó mucho convencer a Evie para que llevara a Faze a su cuarto, y Faze no hizo el menor intento por alejarse de ella.
¿Habíamos sido unos ingenuos al pensar que podríamos separarlos? El vínculo entre ambos se fortalecía cada día, y me engañaba si seguía creyendo que Faze era mío. Siempre le había pertenecido a Evangeline.
Los dejé en la cama con Merry, el conejo de peluche, y una muñeca que había cogido de la guardería. En la sala encontré a Ransom frente a la ventana, con la vista fija en el mar.
Esperando el barco de Zavier.
–¿Cómo sabes que Skore es un Kennin? –pregunté, sentándome en una silla.
–Por la túnica. Los Kennin visten de azul.
–Se apartó de la ventana y se sentó frente a mí.
Apoyó los codos sobre las rodillas y bajó la voz, como si temiera que alguien pudiera escucharlo a través de las paredes–.
Hace generaciones, antes de que se firmara el tratado del Escudo de Gorriones, hubo una guerra dentro de la hermandad.
Muy pocos saben de ella. Y menos aún se atreven a hablar del tema.
Pero mi padre creyó que era importante que yo conociera la existencia de los Kennin, teniendo en cuenta la alianza de Turah con los Voster.
–¿No están todos los reinos aliados con los Voster?
–Hasta hoy habría dicho que sí. –Se pasó una mano por la barba–. Pero entonces vi a un Kennin paseándose por los corredores del castillo de tu padre.
Corredores que escondían más secretos que oro.
–La hermandad se dividió durante aquella guerra. Quienes se opusieron a los ideales de los Voster, los considerados extremistas, fueron ejecutados. Pero algunos escaparon de la muerte y, durante el exilio, fundaron la facción de los Kennin.
–¿Y qué buscan los Kennin?
–Gobernar ellos mismos los cinco reinos. Que el poder esté en manos de quienes poseen magia.
–No me imagino a mi padre tolerando esas ideas. ¿Crees que sabe quiénes son los Kennin? Hasta que tú y el Sumo Sacerdote llegasteis a Quentis, el único Voster que había visto en este castillo era el hermano Dime. Y si está involucrado con los dos bandos...
–No lo sé, Dess. Pero si el Sumo Sacerdote se entera, si descubre que Dime está colaborando con los Kennin, los Voster actuarán. Sin piedad. Si existe el menor indicio de que tu padre dio refugio a un Kennin a sabiendas, caerá. Y no quiero que estés aquí cuando eso ocurra.
Tenía que haber algo más detrás de todo aquello. No podía imaginar a mi padre alineándose con una facción que pretendía arrebatarle la corona. A menos que los Kennin también formaran parte de sus planes.
¿Qué era exactamente lo que Skore había ido a buscar detrás de aquella cascada?
Había sido un error ocultarle la verdad a Ransom. Nunca debí creer las mentiras de los Voster.
Por todos los dioses . Estaba tan desbordada por todo aquello que sentía que me ahogaba.
–Tengo que contarte algo. –Respiré hondo y le expliqué las piezas que faltaban. Desde el diario que su madre había escrito en la lengua antigua hasta las historias que parecían estar haciéndose realidad. Desde las crípticas advertencias del hermano Dime hasta la cascada y sus túneles luminiscentes.
Y los días que había pasado con el hermano Skore, uno de los Kennin.
***
Ya había oscurecido cuando Ransom volvió al cuarto. Tenía el pelo revuelto por el viento y olía a lluvia y a sal.
–¿Y bien? –pregunté, levantándome del sofá, donde había estado leyendo el diario de Luella desde que acosté a Evie.
–Está hecho.
Exhalé despacio.
–¿Es la decisión correcta?
–No lo sé, Dess. –Cruzó la habitación y me envolvió entre sus brazos–. Pero no se me ocurre qué otra cosa hacer.
Habíamos hablado durante horas después de que le contara lo del hermano Skore. Ninguno de los dos sabía qué había ido a buscar el sacerdote a aquellas cuevas, pero coincidíamos en que ya era hora de averiguarlo.
No confiábamos en mi padre. No confiábamos en el hermano Dime. Y, aunque a mí me costaba creer que el Sumo Sacerdote quisiera lo mejor para nosotros, Ransom me había convencido de que el único camino para descubrir la verdad sobre aquella magia pasaba por los propios Voster.
Así que había ido al puerto en busca de un mercader dispuesto a llevar una carta sellada al otro lado del Krisenth. La recibiría un guerrero destinado en Perris, que se encargaría de hacérsela llegar al Sumo Sacerdote.
Ransom me soltó y empezó a pasear de un lado a otro.
Se detuvo frente al sofá y se pasó una mano por el pelo.
Cuando por fin me miró, el malestar que había sentido durante todo el día se hizo aún mayor.
Había una expresión en sus ojos que ya conocía demasiado bien: la que me decía que me estaba ocultando algo.
–¿Qué ocurre? –pregunté.
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.
–Ignóralo –dije, al mismo tiempo que él respondía: –Adelante.
Una dama de compañía entró en la habitación. Se mantuvo lo más alejada posible de Ransom y se acercó a mí con un pequeño papel doblado, que me entregó con una reverencia.
–Un mensaje, Su Alteza.
Lo abrí y leí la nota mientras la muchacha salía apresuradamente.
Estaré en mi habitación después de la cena.
–Es de Mae. –Le pasé la nota a Ransom–. Esta noche llevaré a Faze al jardín para que haga sus necesidades y después pasaré por el cuarto de Mae para hablar con ella.
Arrugó el papel y negó con la cabeza.
–¿Me harías caso si te pidiera que no fueras?
Me puse de puntillas y le besé el mentón.
–Probablemente no.
Alzó la vista al techo.
–De todas las mujeres del reino, tenías que ser tú.
Sonreí, le di otro beso y fui a buscar a Faze, que estaba despatarrado en el suelo.
Después de acostar a Evie, lo había sacado a escondidas de la habitación para que hiciera sus necesidades. Normalmente era Ransom quien se ocupaba de eso a aquella hora, pero esa noche lo haría yo y, de paso, hablaría con Mae.
–No tardes.
–No lo haré. –Con un poco de suerte conseguiría convencer a Mae para que viniera a mi habitación a hablar y así Ransom no estaría tan preocupado.
Faze caminaba a mi lado mientras lo llevaba sujeto con la correa por las escaleras más cercanas hacia la planta baja.
Los guardias apostados en los pasillos inclinaban la cabeza al verme pasar. Cuando llegué a la puerta que daba a los jardines del ala oeste, el guardia de la entrada vaciló antes de dejarme salir.
–¿Desea que la acompañe, Su Alteza? –preguntó.
–Estaré bien. Gracias de todos modos.
El viento nocturno me golpeó las mejillas en cuanto salimos a los jardines, apenas iluminados. Me estremecí de frío, arrepentida de no haber cogido un abrigo. Tiré de la correa de Faze por un sendero de piedra serpenteante, apremiándolo para que terminara cuanto antes.
Una ráfaga de viento me lanzó los rizos a la cara. Metí la mano libre en el bolsillo del pantalón mientras los dientes empezaban a castañearme.
–¿Ya has terminado?
Faze respondió con un gruñido. Tiró de la correa y me obligó a volverme.
Entonces, una figura emergió de las sombras.
Era el guardia de la fuente, al que Ransom le había roto la nariz. Llevaba el abrigo desabrochado, todavía manchado de sangre.
Retrocedí un paso, sintiendo cómo el corazón se me subía a la garganta.
Un instante después, otros cinco hombres salieron de la oscuridad. Uno de ellos llevaba el brazo en cabestrillo.
–No eres a quien esperábamos, pero servirás igual –dijo el del cabestrillo, riéndose junto con los demás.
Mierda . Estaban esperando a Ransom.
Seis hombres contra el Guardián no habrían sido suficientes. Si Ransom había sido capaz de matar a un crux, deshacerse de aquellos idiotas habría sido un paseo. Pero él no estaba allí.
Un hombre delgado y fibroso se llevó una botella oscura a la boca y dio un largo trago. No llevaba uniforme, pero lo había visto antes en el centro de entrenamiento con los demás guardias. Los otros también me resultaban familiares.
Guardias. Todos ellos eran guardias.
Levanté la barbilla, obligándome a dejar de temblar.
–Marchaos. Ahora.
Todos rieron y siguieron acercándose.
–Mi padre se enterará de esto.
–No si desapareces en mitad de la noche –farfulló el del brazo roto.
Si estaban tan borrachos como parecían, tal vez podría salir corriendo. Me agaché para coger a Faze y miré por encima del hombro.
Tres hombres más se acercaban en silencio.
Se me hizo un nudo en el estómago.
–¿Qué queréis?
–El flagris. Nos dará más dinero del que ganaríamos en un año trabajando en esta pocilga dorada.
No había forma de enfrentarme a tantos hombres, ni siquiera estando ebrios. Aun así, procuré que mi voz sonara firme.
–Como le pongáis un dedo encima, será lo último que hagáis.
Rieron con tantas ganas que los guardias del interior deberían haberlos oído, de no ser porque el viento arrastraba sus carcajadas y sus burlas hacia la oscuridad.
Podía intentar echar a correr, abrirme paso entre los tres que tenía detrás por algún milagro. Pero, antes de que pudiera lanzarme hacia la puerta, mi hermana apareció caminando con calma entre los guardias borrachos.
Se detuvo junto al hombre nervudo de la botella.
No . Mae, no. Mi hermana, no.
¿Todo aquello era obra suya? ¿Era ella la razón por la que los guardias llevaban tanto tiempo acosando a Ransom?
El guardia que tenía al lado la miró de reojo al pasar y, de inmediato, volvió a mirarla.
Mae le esbozó una sonrisa empalagosa y, acto seguido, le estampó la palma de la mano en la nariz.
No pude evitar contener una carcajada, pero cualquier atisbo de alegría desapareció de mi rostro cuando el guardia de la nariz rota me señaló.
–¡Cogedla! –gritó.
Los hombres se abalanzaron sobre nosotras.
Pateé al primero que llegó hasta mí y la bota le dio de lleno en la entrepierna.
Se retorció, gimiendo de dolor.