Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cincuenta y tres. Caspia
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Capítulo cincuenta y tres. Caspia

Capítulo cincuenta y tres CASPIA

El carruaje se sacudía de un lado a otro, como si el cochero se hubiera propuesto pasar por todos los baches del camino.

Tenía los dientes apretados y me rodeaba el vientre con los brazos mientras respiraba por la nariz. Me dolía la espalda, estaba inquieta y sentía el estómago revuelto por los nervios. Tenía demasiada energía acumulada.

Demasiadas capas.

Los pantalones, la túnica y la capa se me pegaban a la piel, empapada en sudor, y abrir la ventanilla solo servía para que entrara cada vez más polvo.

Se suponía que el carruaje era para que no quedara expuesta a las inclemencias del tiempo de camino a Evon.

A Andreas no le gustaría, pero, después de la siguiente parada, me pasaría a la carreta de las provisiones.

Por mí, aquel maldito carruaje podía volver a Roslo.

Me daba igual. No pensaba pasar cinco soles atrapada allí dentro, por mucho que se lo hubiera prometido a mi esposo.

El repiqueteo de los cascos de los caballos era un compañero constante mientras nuestra comitiva avanzaba entre los campos de trigo y cereales de Quentis.

Mirara donde mirara, había colinas doradas y praderas verdes que parecían no tener fin.

Poco antes habíamos pasado junto a un granjero que araba el campo con un arado tirado por caballos.

Se había detenido para vernos pasar.

Andreas no había tardado en organizar la expedición en cuanto decidimos buscar los orbes.

Llevábamos cuatro carretas cargadas de comida, agua y armas.

También transportábamos herramientas para excavar y faroles por si el orbe estaba enterrado.

Había contratado a una curandera para que nos acompañara en caso de que alguien resultara herido.

Y había reclutado a cincuenta soldados entrenados para escoltarnos durante todo el viaje, además de un comerciante que recorría el desfiladero con frecuencia.

Seth Hay y su familia se ganaban la vida transportando mercancías hacia Génesis y desde allí. Eran de los pocos comerciantes que no llevaban la carga hasta la costa para embarcarla. En lugar de eso, recorrían el desfiladero en cada ciclo lunar, sin falta.

Tenían toda una flota de carretas estrechas, diseñadas especialmente para las curvas cerradas y pronunciadas del desfiladero.

Sus mulas de carga eran las más adecuadas para ese tipo de viaje por su paso seguro y su temperamento tranquilo.

Y, sin duda, los Hay eran quienes mejor conocían a los monstruos de la región.

Era muy probable que Andreas les estuviera pagando, solo por aquel viaje al fondo del desfiladero, más de lo que ganarían con todos los demás trayectos del año juntos.

A lo lejos sonó un silbido y me incliné hacia delante cuando el cochero hizo detener a los caballos. En cuanto las ruedas dejaron de girar, abrí la puerta y me alejé del carruaje, desesperada por respirar aire fresco.

–Señorita, espere –dijo el joven cochero, saltando de su asiento. Pero lo ignoré y seguí caminando.

Me aparté del camino y avancé con paso firme hacia un pastizal tan alto que me rozaba la parte superior de las botas.

El terreno era irregular y la hierba, tan alta y espesa, que caminar entre ella era como avanzar contra la corriente de un río.

Pero, con cada paso, respiraba hondo para despejarme la cabeza y la comida del almuerzo iba descendiendo desde la garganta hasta el estómago.

Me detuve, cerré los ojos y alcé el rostro hacia el cielo.

–Señorita. –El joven cochero se detuvo a unos pasos de mí, respirando con dificultad mientras alternaba la mirada entre el carruaje y yo–. ¿Se encuentra mal?

–No. Solo necesito un poco de aire. –Necesitaba dejar de sentir que estaba encerrada en una jaula. Agité una mano para restarle importancia–. Puedes irte.

–Eh… La esperaré aquí.

–No te preocupes. No estaré sola mucho tiempo.

Unos minutos después, Andreas llegó al galope sobre su caballo bayo, desmontó con agilidad y le lanzó las riendas al cochero.

–Vete.

–Sí, señor. –El joven hizo una reverencia y se llevó el caballo.

–¿Estás bien? –Me recorrió con la mirada de pies a cabeza y frunció el ceño al llegar a mi rostro.

No tenía un espejo, pero estaba segura de que mi aspecto era lamentable. Tenía el cabello revuelto y los rizos encrespados por el encierro en el carruaje. La frente me brillaba por el sudor y, desde hacía una hora, sentía que había perdido todo el color de la cara.

–Voy a viajar en una carreta con algún conductor –dije–. O consígueme un caballo. Pero no pienso volver a subir a ese carruaje.

–Está bien.

–¿Cuánto nos queda de viaje por hoy? –Di una vuelta despacio, observando los alrededores. Nos habíamos detenido junto a una arboleda que bordeaba el camino por ambos lados.

–Unas horas más, hasta llegar al pueblo. –Apoyó las manos en mis hombros y empezó a masajearme los músculos agarrotados–. Haré que un jinete se adelante para que tengas un baño preparado.

Odiaba todo aquello. Se le notaba en la cara. Pero no íbamos a dar marcha atrás, no con tanto en juego.

Nos llevaría cinco soles llegar a Evon. Podríamos hacerlo en cuatro, pero, si alargábamos el viaje a cinco, podríamos pasar cada luna en una posada.

Y, aunque una parte de mí ansiaba dormir bajo las estrellas, acurrucada junto a Andreas, prefería llegar al fondo del desfiladero lo más descansada posible.

Al día siguiente llegaríamos a Arany, la ciudad más cercana a Roslo, donde toda la comitiva podría alojarse en una posada. De lo contrario, quienes viajaban con nosotros montaban las tiendas y acampaban a las afueras de los pueblos del camino.

–¿Puedes aguantar en el carruaje hasta esta noche? Estamos a punto de entrar en territorio de aureones. Son sobre todo nocturnos, pero me quedaría más tranquilo si no fueras a caballo, tan expuesta.

Después de lo que había leído sobre aquellas criaturas en la biblioteca, parecían lo bastante letales como para hacer caso a su advertencia.

–Está bien.

Por mucho que no quisiera volver al carruaje, tampoco quería encontrarme cara a cara con un aureón. Bastantes sorpresas nos esperaban ya cuando llegáramos al desfiladero.

Andreas se inclinó para besarme en la frente y luego me tomó la mano, entrelazando nuestros dedos.

–Voy a cabalgar a tu lado un rato y...

El grito de un hombre rasgó el aire antes de apagarse de golpe.

Andreas y yo nos volvimos al mismo tiempo hacia el bosque, justo cuando un caballo sin jinete irrumpía desbocado en el camino. La sangre le brotaba a borbotones de cuatro profundas heridas en el cuello.

–¡Aureón! –gritó un soldado, y el caos se desató. Los combatientes desenvainaron las espadas y cargaron las ballestas. Un puñado de ellos espoleó los caballos hacia nosotros, cumpliendo con su deber de mantenernos a salvo.

–Vete –me dijo Andreas, sujetándome el brazo con fuerza mientras nos dábamos la vuelta y corríamos hacia el carruaje.

La espesa hierba nos dificultaba el avance.

Un gruñido grave me puso en alerta y miré por encima del hombro justo a tiempo para ver una cola cubierta de púas alzarse por encima de la hierba.

–¡Andreas, agáchate! –Me lancé al suelo mientras tiraba de su brazo con todas mis fuerzas.

La cola pasó rozándonos en un arco letal, pero falló. Por muy poco.

Nos levantamos y seguimos corriendo. Andreas no soltaba mi mano mientras me guiaba.

Un rugido desgarró el aire y, un instante después, el aureón saltó desde la hierba con las fauces abiertas de par en par, mostrando unos dientes negros y afilados, listos para hundirse en la piel de Andreas.

Pero él ya había levantado la ballesta y, con la flecha cargada y unos reflejos fulgurantes, disparó directamente al corazón del monstruo.

La bestia cayó a nuestros pies y estuvo a punto de derribarnos.

Su pecho subía y bajaba con dificultad. La sangre empezó a brotar de la herida, formando un charco sobre la tierra, mientras soltaba un último gruñido.

Una de sus patas delanteras se sacudió una vez y luego quedó inmóvil.

La larga cola erizada de púas quedó tendida sobre el cuerpo como una serpiente.

–Vexx –maldije, apartándome los rizos de la cara.

Los soldados que se acercaban a caballo espolearon a sus monturas para lanzarlas al galope, con las espadas en alto y gritando, presa del pánico.

Un destello dorado llamó mi atención. El latigazo de otra cola cubierta de púas cortó el aire directamente hacia la garganta de Andreas.

Lo empujé mientras él me empujaba a mí; los dos intentábamos salvar al otro. Me apartó lo suficiente para que la cola apenas me rozara la cara. Pero el monstruo era astuto y, aunque yo lo había empujado con fuerza, el control que ejercía sobre aquella cola era tal que parecía un rayo.

La cola le desgarró el chaleco de cuero, la ropa y la piel al cruzarle el pecho.

–¡No! –grité mientras Andreas caía de rodillas.

Detrás de nosotros, los soldados cargaron contra la bestia, pero fueron años de entrenamiento los que tomaron el control de mi cuerpo. Moviéndome con una velocidad que ni yo misma sabía que poseía, desenvainé la espada que Andreas llevaba a la espalda.

Cuando el segundo aureón saltó desde la hierba, yo ya blandía el arma. La hoja le cercenó el cuello de un tajo limpio, separándole la cabeza del cuerpo.

La sangre salpicó por todas partes. Los soldados gritaron. Yo me arrodillé junto a Andreas.

–Divino. –Arranqué la manga de mi túnica y presioné la tela con fuerza contra la sangre que le cubría el pecho.

–Estoy bien –dijo, haciendo una mueca de dolor mientras cubría mis manos con las suyas–. No es profunda.

–¡Ayuda! –grité al primer jinete.

–¡Traed a la curandera! –gritó el hombre por encima del hombro, hacia el carruaje. Después dio órdenes a los demás soldados–. Dispersaos. Buscad más. Vosotros tres, quedaos aquí.

Los ignoré y me concentré en la herida de Andreas, presionando con fuerza para contener la hemorragia.

–Caspia –dijo, apoyando las manos sobre las mías–. Estoy bien.

Levanté la vista y encontré la suya. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas.

–Lo siento.

–Estoy bien. –Inspiró profundamente, dejándome sentir cómo subía y bajaba su pecho–. Estoy bien.

–Podría haberte perdido. –Me temblaba el mentón–. ¿Qué estamos haciendo?

–Salvar el mundo de monstruos mucho más letales que un aureón.

Una mujer llegó corriendo con un morral oscuro cruzado sobre el pecho. Un pañuelo azul le cubría la parte superior de las trenzas negras, cuyas puntas caían sueltas a ambos lados. Tenía la vista fija en Andreas y solo cuando sus manos sustituyeron a las mías me aparté por fin y la dejé trabajar.

Frunció el ceño y negó con la cabeza.

–Hay que cerrar las heridas. Pero no son profundas. Los Seis te han perdonado la vida.

Que los Seis se pudrieran.

Me mordí la lengua para no decirlo en voz alta mientras ella rebuscaba en el morral y sacaba un rollo de gasa.

Con gran destreza le vendó la herida. Después se puso en pie y lo ayudó a levantarse. Mientras ambos se dirigían hacia la comitiva de carretas, me volví hacia los aureones muertos.

Su pelaje, suave y curtido, era tan dorado como el castillo que habíamos dejado atrás en Roslo, y sus garras, tan negras como los dientes. Aquellas criaturas estaban hechas para cazar y matar. Y, aun así, eran de los animales más hermosos que había visto en mi vida.

Incluso muertos.

Nunca había matado a nadie. La espada que sostenía en la mano se sentía demasiado pesada, pero no la solté.

En Nelfinex también había bestias con colmillos, garras y dientes como aquellas. Bestias a las que los humanos temían. Pero no las Estorninos. Las Estorninos jamás les habían tenido miedo.

Allí, en Calandra, el vínculo que compartían con las bestias se había roto hacía mucho tiempo.

¿Era aquello a lo que se enfrentaban constantemente los habitantes de Calandra? Aquel granjero con el que nos habíamos cruzado antes, ¿tenía que defenderse de un aureón cada día?

Aquel ataque no había tenido nada que ver con alimentarse. Había presas mucho más fáciles entre el ganado de la zona. Habían venido a matarnos.

Por pura sed de sangre.

¿En qué se convertirían aquellas criaturas si destruíamos los orbes? ¿Seguirían siendo igual de feroces?

–Señorita, ¿me permite acompañarla hasta el carruaje?

–El soldado que había llamado a la curandera desmontó de su caballo bayo.

Tenía el cabello rubio, cuidadosamente peinado, y, aunque era más joven que la mayoría, calculé que tendría más o menos la edad de Andreas.

Al igual que mi esposo, irradiaba una autoridad natural.

–Gracias. –Me alejé de los cadáveres y caminé junto al soldado, seguido de cerca por su caballo.

Mantuve la expresión impasible y la vista fija al frente, donde Andreas estaba sentado en una carreta, a la que la curandera lo había llevado para suturarle las heridas.

Otro soldado llegó al galope y advertí que el pelaje de su caballo estaba empapado en sudor.

–Ya hemos revisado la zona. No hay señales de más monstruos, señor.

–¿Qué le ha pasado al soldado que estaba entre los árboles? –pregunté.

El jinete tragó saliva y negó con la cabeza.

–Lo siento.

–Todos somos de Quentis –dijo el soldado rubio–. Conocemos los riesgos de viajar por el campo.

–¿Esto ocurre a menudo?

–Nunca aparecen más de uno a la vez –respondió el jinete, tragando saliva de nuevo–. Fueron directamente a por usted. Normalmente trepan y se esconden en las copas de los árboles antes de...

–Puede volver a su puesto –ordenó el soldado rubio–. Los demás también. Avanzaremos con más precaución entre los árboles, con arqueros preparados.

–Sí, señor. –El hombre se alejó para transmitir la orden.

Fueron directamente a por usted.

Era cierto.

Probablemente porque yo estaba más expuesta. Pero ¿y si había algo más detrás de aquel ataque? ¿Y si el vínculo entre las Estorninos y las bestias no estaba tan roto como yo creía?

Cuando llegamos al camino, no me detuve junto al carruaje; quería ver cómo estaba Andreas.

–¿Le traigo un pañuelo, señorita? –preguntó el soldado rubio antes de que pudiera alejarme.

–¿Un pañuelo?

Sus ojos color avellana, salpicados de destellos ámbar, descendieron hasta mis manos.

Hasta mis dedos cubiertos con la sangre de Andreas.

–No. –Todavía no.

Me vendría bien seguir llevando aquella sangre en las manos.

Era un recordatorio de todo lo que estaba en juego.