Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cincuenta y dos. Caspia
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Capítulo cincuenta y dos. Caspia

Capítulo cincuenta y dos CASPIA

Hain está arrodillado al borde de un acantilado frente al mar. Su túnica celeste se extiende alrededor de su cuerpo, cubriendo las rocas sobre las que se arrodilla. Las olas rompen contra la costa, salpicando el aire con finas gotas de agua. El viento agita los pastos altos que lo rodean.

Sangre, tan negra como la muerte, le gotea de la nariz. Su rostro tiene un aspecto cadavérico, con las mejillas hundidas.

Inclina la cabeza y susurra una plegaria.

Una plegaria pronunciada en una lengua del otro lado del Marixmore. Una plegaria pronunciada en el idioma de Nelfinex.

–Por la gracia del Divino, guíalas a casa. Por la gracia del Divino, concédeles a estas Estorninos la fuerza para hacer lo que yo no pude. Por la gracia del Divino, acógeme en Gloree.

Alza el rostro hacia el cielo y sonríe. La sangre le brota de la comisura de los labios mientras abre los brazos.

Toma una última bocanada de aire.

Entonces, una espada plateada y afilada corta el aire.

Y la cabeza de Hain cae por el acantilado.

***

Me desperté sobresaltada y me incorporé tan deprisa que sacudí toda la cama.

Andreas se despertó al instante y extendió un brazo hacia mí.

–¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Una visión.

Un horror.

–Está muerto. –Saqué las piernas por el borde de la cama y hundí el rostro entre las manos, presionando las yemas de los dedos contra los ojos para borrar aquella imagen.

–¿Quién? –preguntó Andreas, arrodillándose detrás de mí y apoyando las manos sobre mis hombros.

–Hain –dije con la voz ahogada–. He tenido una visión.

–Tranquila. Puede que no llegue a suceder.

–Puede ser… –Pero había algo en aquella visión que se sentía inevitable.

Una brisa se coló por las ventanas abiertas y me recorrió con un escalofrío.

Andreas se levantó de la cama y se puso los pantalones que se había quitado unas horas antes.

Su pecho desnudo reflejaba la luz de la luna mientras cerraba una de las ventanas.

Después cogió mi túnica de la silla del rincón y me la echó sobre los hombros.

Se agachó frente a mí y me tomó de las manos.

–Cuéntamelo.

Cerré los ojos y recordé la visión, traduciendo la plegaria de Hain a un idioma que él pudiera entender.

Por la gracia del Divino, guíalas a casa.

Por la gracia del Divino, concédeles a estas Estorninos la fuerza para hacer lo que yo no pude.

–Hablaba en la lengua de Nelfinex –le dije a Andreas–. No en la de Beesan. Tampoco en la de Calandra. Era la de Nelfinex.

Ni siquiera sabía que podía hablar mi propia lengua. Durante nuestros dos encuentros habíamos utilizado la lengua de Calandra. Hasta el libro gris estaba escrito en la lengua antigua.

–«Guíalas a casa». «Concédeles a estas Estorninos». Está en plural. Debe de referirse a Xandra. Pero no recuerdo haberle hablado de ella.

Andreas se pasó una mano por el rostro, raspándose la palma con la barba incipiente.

–Tal vez se lo contó el hermano Nold.

–Puede ser. –Si eran aliados, debían de haber compartido nuestras conversaciones.

Nuestro último encuentro en el cubículo había dado la impresión de que él sabía que sería el último. ¿Acaso sabía que estaba a punto de afrontar su muerte?

–¿Crees que murió por traicionar el juramento mágico de los Voster?

–No tengo ni idea –murmuró Andreas, poniéndose en pie y recorriendo la habitación a oscuras de un lado a otro–.

Creía que romper un juramento te mataba de inmediato.

Aunque no conozco a nadie que haya muerto por romper un juramento de sangre.

Tal vez su magia lo mantuvo con vida más tiempo del que habría sobrevivido un humano.

En el fondo no importaba. Fuera cual fuese la causa, Hain iba a morir, si es que no había muerto ya. Asesinado, probablemente, por los propios Voster.

Ahora me correspondía a mí cargar con el peso de esa verdad.

Tal vez siempre había sido así.

¿Cuánto tiempo llevaba Hain esperando esta tormenta perfecta? Una descendiente de las Estorninos que hubiera llegado a Calandra y aún no hubiera completado su rito. Habría sido la perdición para cualquier otra, como Xandra.

¿Era esa la razón por la que el Divino me había traído hasta allí? ¿Era ese mi destino?

–Voy a encontrar los orbes y los destruiré –susurré.

Andreas se detuvo.

–¿Qué?

–Es la única manera de salvar a Xandra. Y también podría evitar que las migraciones sigan matando a tanta gente inocente.

Sacudió la cabeza.

–No puedes estar hablando en serio.

–Andreas… –Lo miré a los ojos, sabiendo lo que él vería en los míos.

Responsabilidad. Lealtad. Linaje.

No era la única persona de aquella habitación que tenía un deber con su familia.

–Soy una Estornino. Puedo encontrarlos. –No tenía pruebas, solo lo que sentía en el pecho.

–No, Caspia. –Cortó el aire con la mano–. Es demasiado peligroso. Ya escuchaste a Hain. Los Voster no piensan renunciar a su magia. No puedes vencerlos.

No, no podía. Tenía razón. Toda una vida entrenando con las Espadas Reales no era nada comparada con la magia. Pero eso no cambiaba lo que sentía.

–Sabes que tengo que hacerlo. O, al menos, intentarlo.

–¿Y si no te lo permito?

Arqueé una ceja.

Mi protector. Mi testarudo esposo. Pero ni siquiera él podía hacerme cambiar de opinión. Y los dos lo sabíamos.

Apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea y reanudó su ir y venir. Le llevó un momento, aunque no demasiado.

Igual que en nuestros primeros soles juntos, cruzando Calandra, su fe en mí era tan predecible como la marea. Creía en cada palabra que yo decía. Y jamás me dejaría ir a buscar los orbes sola.

–Lo haremos a mi manera. –Se detuvo y me señaló la nariz con un dedo–. O te encierro en esta habitación y tiro la llave.

Sentí que una gran esperanza me llenaba el pecho. Quería tanto a aquel hombre que apenas podía respirar.

Lo conocía y sabía que insistiría en acompañarme. Contrataría a una legión entera para mantenerme a salvo. Trazaría todos los planes posibles y gastaría hasta la última moneda de oro de las arcas de su familia con tal de garantizar mi supervivencia.

Pero lo haríamos. Juntos. Y, por la gracia del Divino, tal vez tendríamos éxito.

Una sonrisa, alimentada por la esperanza, se dibujó en mis labios.

–No sonrías cuando estoy enfadado contigo, Caspia.

Me mordí el interior de las mejillas.

–Obviamente, iré contigo.

–No esperaba menos. –Me levanté de la cama, me acerqué y lo abracé por la cintura, apoyando la oreja contra su pecho–. Te amo.

Exhaló y, un segundo después, me envolvió entre sus brazos y hundió la nariz en mi cabello suelto.

–No pienso perderte. Ni a manos de los Voster ni de esta magia oscura. En cuanto sienta que tu vida corre peligro, esto se acaba. Por favor, no me obligues a verte morir.

–Te lo prometo.

Me sostuvo entre sus brazos durante un largo momento y, cuando por fin me soltó, me miró con esa seriedad que ya había aprendido a reconocer. Su mente ya estaba trabajando, elaborando un plan y sopesando todas las posibilidades.

–Hain no te dio ninguna pista sobre dónde podrían estar escondidos esos orbes.

–No. –Me senté en la cama y abracé una almohada–. Pero supongo que estarán en regiones bastante remotas. Si yo tuviera que esconder los restos de un grupo de magos, los mantendría lo más lejos posible de la gente.

–Hace cientos y cientos de años no existían los cinco reinos. Hasta el paisaje podría haber cambiado muchísimo con el paso del tiempo.

–Pero alguien debía de ostentar el poder. Es una lástima que no existan registros de aquella época. –Aunque lo más probable era que los Voster los hubieran destruido para ocultar la verdad sobre sus poderes.

–Si tuviera que aventurar una hipótesis, diría que los gobernantes estaban mucho más fragmentados –dijo–. Se dice que los Cross siempre estuvieron al mando de Quentis. Pero no sé hasta dónde se extendía ese poder. Tal vez más allá de Evon.

El desfiladero de Evon servía de frontera natural entre Quentis y Génesis. Por eso habíamos viajado a Roslo por mar y no por tierra.

Andreas me había contado que era tan profundo que apenas una fracción de la luz del sol llegaba al fondo. Y se decía que los monstruos que acechaban en sus profundidades eran más aterradores que cualquier otro, salvo los crux.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Parecía el lugar perfecto para esconder el orbe de un mago.

–En Nelfinex, después de incinerar a nuestros muertos en piras funerarias y sellar sus cenizas en orbes, la mayoría los guardamos en los templos. El templo de las Estorninos está bajo el palacio de Showe, excavado en la roca.

Solo había estado una vez en aquel templo: el sol en que dimos descanso al orbe de mi tía abuela. Hacía tanto frío que los dientes no dejaron de castañearme durante toda la ceremonia. Recuerdo haber contenido las lágrimas por miedo a que se me congelaran en las mejillas.

–Si las Estorninos de aquella época trajeron sus costumbres desde Nelfinex a Calandra, debieron de elegir lugares profundos para enterrar los orbes. Creo que deberíamos empezar por el fondo del desfiladero de Evon.

Andreas frunció el ceño.

–Temía que dijeras eso.

–¿Hay algún otro desfiladero parecido?

–Que yo sepa, el de Evon es el más grande de toda Calandra.

Aun así, hay otros lugares igual de traicioneros.

Una cascada en Ozarth que cae a un pozo profundo.

La mina de Grint, en Laine, con túneles que recorren un abismo.

Los acantilados de la costa este de Génesis tienen cuevas de las que se dice que atraen a la gente hacia sus profundidades.

¿Cuevas como la que Xandra y yo encontramos al llegar? ¿Sería esa la razón por la que enfermamos tanto? ¿Habíamos estado demasiado cerca de una fuente de magia oscura? Tal vez las Estorninos habían repartido los restos por todos los rincones de Calandra.

–Está bien. Empecemos por Evon. Y sigamos buscando hasta encontrarlos todos.

–Odio esto –dijo Andreas.

Le dediqué una sonrisa cargada de tristeza.

–Yo también. Pero esto va más allá de nosotros dos. Podría significar el fin de las migraciones. Podríamos salvar muchísimas vidas.

Se sentó al borde de la cama, con los hombros vencidos.

–¿Es egoísta que me importe más tu vida que la de cualquier otra persona? Lo único que quiero es esconderte y tenerte solo para mí.

–Pero no lo harás –susurré.

Sacudió la cabeza.

–No. No cuando esto podría cambiar Calandra para siempre.

Apoyé la cabeza en su brazo.

–Te amo.

No solo porque quisiera protegerme, sino porque estaba dispuesto a luchar por quienes no podían luchar por sí mismos.

Me besó en la frente.

–Yo también te amo.

–¿Aunque esté a punto de llevarte al fondo del desfiladero de Evon? –bromeé.

–Hasta el fondo del desfiladero, corazón. –Me enmarcó el rostro con las manos–. Hasta los confines del mundo.