Capítulo cincuenta y uno. Odessa #2
¿Era realmente él? ¿Qué hacía allí? ¿Me estaba buscando?
Después de nuestra última conversación, tras lo ocurrido en aquella cascada, no tenía ningún deseo de estar cerca del sacerdote. Pero quería saber qué demonios hacía en el castillo de mi padre.
El corredor desembocaba en un vestíbulo abarrotado de guardias del castillo. Estaban formados en filas ordenadas, todos con la vista fija en el capitán Brix, que se encontraba al frente de la sala, de pie sobre una pequeña plataforma, leyendo una hoja mientras daba órdenes y repartía tareas.
Me abrí paso entre la multitud, pegada a la pared del fondo, poniéndome de puntillas para buscar al hermano Skore.
Su figura alta y desgarbada, y su cabeza calva, desaparecieron por otro corredor.
–Podéis retiraros –gritó Brix.
Los guardias se dispersaron y me taparon la vista de Skore.
Quedé sumergida en un mar de hombres y mujeres que se movían en todas direcciones, chocando conmigo.
–Fuera del camino –gritó un hombre cuando tropecé con su pie. Se dio cuenta demasiado tarde de con quién estaba hablando–. Lo siento, princesa.
Lo ignoré y seguí adelante hasta llegar por fin al corredor.
Vacío.
–Maldita sea. –Me aparté los rizos de la cara y corrí hasta el final del pasillo, donde este se abría en tres direcciones: una hacia el centro, otra a la izquierda y otra a la derecha–. ¿Adónde demonios había ido? ¿Hermano Skore?
Mi grito rebotó contra las paredes. Contuve el aliento, atenta a cualquier respuesta.
Nada.
Tal vez había sido otro sacerdote. Tal vez todos habían cambiado sus túnicas color borgoña por otras celestes.
–Mierda. –Avancé por el corredor de la izquierda con la esperanza de sentir la punzada de la magia de los Voster.
Pero lo único que sentí fue el sudor resbalándome por la espalda y una creciente sensación de pánico por haber perdido la oportunidad.
Corrí hasta el final del pasillo y, al no percibir rastro alguno de magia, volví sobre mis pasos.
–Diosa Daria, ¿qué tal un poco de suerte? –me aventuré por otro corredor, con la esperanza de haber acertado esta vez.
Llegué a una puerta sin vigilancia que daba a los jardines del castillo. Al salir, miré a ambos lados en busca de alguna señal del Voster entre los arbustos y los árboles. Pero no estaba por ninguna parte, lo que dejaba claro que había tomado otro camino por el laberinto de corredores del castillo.
–Agh. –Apreté los puños y solté un gruñido de frustración.
Al menos había un Voster en el castillo. Aunque me llevara todo el día, lo encontraría.
Había visto a Skore drenar la sangre de aquellos ulfernos hasta vaciarles el cuerpo por completo. Podría ser exactamente lo que necesitábamos mientras Alore encontraba una cura.
Me volví hacia la puerta y, cuando estaba a punto de regresar al interior del castillo, un grito lejano rasgó el aire.
Un grito tan familiar que hizo que se me detuviera el corazón.
–¿Evie? –grité su nombre, pero ya estaba corriendo hacia el lugar de donde procedía el sonido, bordeando un seto alto hasta llegar a un patio circular.
En el centro había una fuente de la que brotaba el agua. A un lado, un guardia con el uniforme aguamarina tenía la sangre brotándole de la nariz.
Ransom también estaba allí, con los puños cerrados, fulminando al guardia con la mirada.
Y Evie estaba arrodillada en el suelo, abrazando a Faze entre lágrimas.
Me acerqué y la levanté, repasándola de pies a cabeza en busca de alguna herida.
–¿Te ha hecho daño?
Sacudió la cabeza entre sollozos.
–Quiero ir a casa.
La última palabra salió convertida en un grito desgarrador.
Cielos . ¿Qué estaba pasando? Me puse en pie delante de ella, con una mano apoyada en su hombro, mientras miraba al guardia.
Se limpió la sangre que le corría por la barbilla y luego escupió a los pies de Ransom.
–Vete –le ordenó Ransom–. Ahora. Antes de que haga algo peor que romperte la nariz.
El guardia lo fulminó con la mirada, pero retrocedió, no sin antes esbozar una sonrisa de dientes ensangrentados.
Esperé a que se marchara y entonces envolví a Evie en un abrazo.
–¿Qué ha pasado?
–Intentó llevarse a Faze. –Hundió el rostro en mi hombro.
Miré a Ransom.
La ira parecía desbordarse de sus ojos, convertidos en puro fuego.
–Salimos para que Faze pudiera correr y jugar, y ese guardia lo atrajo con un trozo de carne. Evie le silbó y consiguió detenerlo el tiempo suficiente para alcanzarlo.
El silbido de Evie. El canto de pájaro que había aprendido del hermano Skore.
Ransom se pasó una mano por la cara.
–Malditos guardias.
Bastardos . Era el castillo de mi padre. Era mi hogar, el lugar donde había crecido. Si estaban tratando de expulsarnos de Quentis, lo estaban haciendo muy bien.
Mi mente se detuvo en seco.
¿Podía ser cierto? Nunca habíamos tenido un incidente con los guardias. Estaban entrenados para pasar desapercibidos. Aunque, claro, nunca habíamos llevado un monstruo bebé al castillo.
¿Era cosa de Mae? Se había comportado de un modo muy extraño desde que llegamos. Era un secreto a voces que mantenía una relación con el capitán Brix. ¿Acaso había convencido a su amante para que nos atormentara a propósito y así conseguir que nos marcháramos?
Se me erizó el vello de la nuca. La sensación de estar siendo observada me obligó a ponerme en pie. Me volví despacio, inspeccionando el patio y los jardines que nos rodeaban.
Pero solo estábamos nosotros, los árboles, los setos y el viento meciendo las hojas.
–Entremos –dije, tomando la mano de Ransom. Pero me quedé inmóvil al fijar la vista en el castillo.
El hermano Skore estaba al otro lado de una ventana, enmarcado por ella. Su túnica celeste casi se confundía con las paredes claras que tenía a la espalda.
Contuve el aliento.
–¿Qué? –preguntó Ransom, siguiendo mi mirada.
Levanté una mano, rogándole en silencio a Skore que nos esperara.
Pero, antes de que pudiera entrar a buscarlo, Ransom se plantó delante de mí y me bloqueó la vista del Voster.
–Odessa, vámonos de aquí.
–¿Hermano Skore? –dijo Evie, echando a correr hacia delante.
–Aléjate. –Ransom la sujetó por la cintura antes de que llegara a la ventana y se colocó delante de ella–. ¿ Ese es Skore?
–Sí. –Asentí, tratando de pasar, pero volvió a bloquearme el paso–. Escucha, sé que estabas enfadado con él por habernos dejado en Ozarth, pero necesito hablar con él.
Ransom cogió a Evie en brazos, me tomó de la mano y nos condujo por los jardines hacia la salida.
Me volví hacia la ventana, pero Skore ya no estaba allí. Maldita sea.
–Ransom, ¿qué ocurre?
–Tenemos que irnos de Quentis.
–¿Por qué?
–Es un Kennin.
–¿Cómo?
–Los Kennin son una facción de fanáticos.
Si Dime está asociado con Skore, es muy probable que él también sea un extremista.
Eso significa que es un traidor a la hermandad.
–Bajó la voz y miró por encima del hombro mientras apresuraba el paso–.
Cualquiera a quien vean relacionándose con los Kennin es condenado a muerte por el Sumo Sacerdote.
–Ah. –Bueno, mierda.