Capítulo cincuenta y uno. Odessa
Capítulo cincuenta y uno ODESSA
El cuarto de baño estaba lleno de vapor cuando crucé la puerta. El aroma a lavanda, menta y eucalipto inundó mis sentidos: una combinación limpia y fresca.
Los brazos de Ransom colgaban por el borde de la bañera, con la cabeza inclinada hacia un lado.
Parecía dormido.
Tenía la barba húmeda, igual que el cabello, cuyas puntas le caían sobre los hombros. Una gota de agua se deslizaba por su pecho y caía a la bañera.
Cielos, era hermoso. Mis dedos ansiaban recorrer la línea recta de su nariz y sus labios generosos. Sus facciones marcadas y masculinas, su torso musculoso… eso sería lo próximo que dibujaría en mi cuaderno.
Verlo así hizo que se me detuviera el corazón.
Podría haberme quedado mirándolo durante horas, pero preferí no molestarlo; quería que descansara. Aun así, antes de que pudiera cerrar la puerta, despertó. Por un instante, sus ojos mostraron un cansancio profundo, como si hubiera olvidado que se había quedado dormido.
Al verme, volvió a cerrarlos y se hundió un poco más en el agua.
–¿Espiándome, Cross?
–Wolfe –lo corregí, acercándome a la bañera para quedarme a su lado–. Estoy pensando en adoptar el apellido de mi esposo. Pero ya veremos. Aún no me decido.
–¿No te decides? –Esbozó una sonrisa y me salpicó. Cuando abrió los ojos, distinguí un suave tono verde musgo en sus iris.
Ojalá pudiera borrar las venas oscuras de su pecho.
Una de ellas se había extendido hasta la base de la garganta. Si seguía ascendiendo por el cuello, ya no podría ocultarla bajo la ropa.
Siguió mi mirada hasta su pecho.
–No te preocupes. En cuanto volvamos a Turah, el Sumo Sacerdote drenará la lyssa de mi sangre. Y desaparecerán.
Se me hizo un nudo en el estómago.
Según el Sumo Sacerdote, no había forma de eliminarla por completo de su organismo.
La infección y la sangre se habían fusionado hasta tal punto que era imposible separarlas del todo.
Lo único que podía hacer era drenarla lo suficiente para aliviar los efectos de la lyssa, diluyéndola en el cuerpo de Ransom.
¿Y si no llegábamos a tiempo a Turah? ¿Y si la migración nos dejaba atrapados en Roslo durante meses?
No podíamos esperar tanto. Y, aun así, no terminaba de confiar en que el Sumo Sacerdote estuviera de nuestro lado.
Lo único que resonaba en mi cabeza era la advertencia del hermano Dime sobre la lealtad de Ransom.
¿Podría el hermano Dime drenarle la infección? Ransom había dicho una vez que el Sumo Sacerdote había adaptado su magia a la lyssa, así que era posible que otro sacerdote pudiera hacer lo mismo.
–Deberías descansar hoy. Evitar el caos del castillo. –Tracé un círculo en el agua con el dedo, propagando pequeñas ondas sobre la superficie–. Voy a buscar a Mae.
–No.
Le dediqué una sonrisa triste.
–Es la única hermana que tengo. Y algo va mal. Sé que no confías en ella. Pero confías en mí, ¿verdad?
Había ensayado aquello toda la mañana. Su expresión me dijo que él también lo sabía.
–Odessa. No. Ayer cruzó un límite.
–Lo sé –suspiré–. Pero antes de irnos, al menos tengo que intentar hablar con ella. Si ocurre lo impensable durante la migración, no quiero que lo de ayer sea la forma en que la recuerde.
Frunció el ceño, pero no me dijo que no.
–Te amo.
Deslizó un dedo bajo mi barbilla y me atrajo hacia él para darme un beso perfecto.
–Ten cuidado.
–Siempre tengo cuidado.
–Lo más aterrador es que de verdad te lo crees.
Puse los ojos en blanco y le salpiqué la cara, arrancándole una carcajada. Luego me levanté.
–Llevaré a Evie a la guardería.
–No, déjala. Tenemos que hablar un momento.
Me quedé rígida.
–¿Le vas a contar lo de Zavier?
–Todavía no. Pero ya es hora de empezar a prepararla para cuando nos separemos de Faze.
–Todavía no. –Sentí un nudo en el pecho–. No está lista... Yo no estoy lista.
Ransom suspiró.
–No podemos quedárnoslo para siempre, mi amor.
–Lo sé. –Su ternura suavizó el golpe, pero no lo suficiente–. Después de la migración lo dejaré libre. Lo prometo.
–Lo haré yo –dijo.
Sacudí la cabeza.
–No, es mío.
–Entonces, juntos.
–Juntos. –Le dediqué una sonrisa triste y lo dejé continuar con su baño.
El dolor en el pecho me acompañó fuera de la habitación hasta la planta principal del castillo.
¿Cómo se suponía que iba a separarme de Faze?
Ransom tenía razón. Faze había nacido para ser libre.
Odiaría quedarse encerrado en un refugio para las migraciones durante meses.
Aun así, era nuestra mascota flagris, parte de la familia.
Estaba tan absorta en mi propio corazón herido que no oí la discusión en el comedor de Margot hasta que crucé la puerta.
–Cuéntaselo –oí decir a Margot con rabia–. O lo haré yo.
–No me amenaces, Margot –la voz de mi padre me heló la sangre.
Nunca la había oído desafiarlo.
Margot soltó una risa áspera.
–¿O qué?
Había desesperanza en su voz, como si él la hubiera herido tanto a lo largo de su matrimonio que ya no le quedara sensibilidad. Como si ya no tuviera nada que perder.
–No creas que ignoro lo que ocurre en este castillo, o en tu habitación. –Mi padre se refería a Hawksley. Cielos–. Te he permitido seguir con tu pequeña aventura, pero no pongas a prueba mi paciencia. Y no olvides cuál es tu lugar.
Espera. ¿No le molestaba que tuviera una aventura con su general? Quizá los dos tenían una aventura.
–Soy perfectamente consciente de cuál es mi lugar –soltó con un gruñido cargado de frustración–.
Y es a tu lado. ¿Cómo iba a olvidarlo? He permanecido a tu lado, sumisa, durante décadas.
Te he amado. He hecho todo lo que me pediste.
Me mantuve callada mientras te convertías en este hombre vacío.
He soportado cada insulto que me dirigiste y he obedecido todas y cada una de tus órdenes.
Y, a cambio, nunca te pedí nada. Hasta ahora.
Cuéntale la verdad. Antes de que sea demasiado tarde.
Siguió un silencio que se prolongó durante largo rato, hasta que lo rompió el estruendo de un cristal al hacerse añicos, como si hubiera arrojado un cáliz contra la pared.
Empezaba a retroceder, con el corazón en un puño, cuando una serie de pasos se dirigió hacia mí. Y, antes de que pudiera escapar, Margot cruzó la puerta.
Se detuvo en seco en el pasillo, sorprendida por un instante. Luego endureció la expresión y se cruzó de brazos.
–Entonces sí aprendiste a espiar en Turah.
–Lo siento. –Tenía las mejillas sonrojadas–. No quería escuchar nada.
–Claro que sí. –Apretó los labios y se marchó.
–¿Margot? –la detuve, esperando que se volviera–. ¿Qué es lo que no me está contando?
Su mirada se posó sobre la puerta del comedor y, por un momento, creí que me daría una respuesta sincera. Pero, en lugar de eso, alzó la barbilla.
–¿Qué te hace pensar que hablábamos de ti? El mundo no gira a tu alrededor, Odessa.
–Ah. Cierto. Perdón. – Mierda –. ¿Es Mae? ¿Está bien?
–No, claro que no.
Sin añadir nada más, se marchó, con la postura perfecta y majestuosa, mientras la falda de su vestido aguamarina se mecía con elegancia tras ella.
Una reina haciendo su salida.
La seguí por el pasillo, pero el silencio del comedor volvió a atraerme y, antes de perder el valor, entré. Probablemente era el peor momento para acercarme a mi padre, pero necesitaba encontrar al hermano Dime.
Esperaba que quisiera deshacerse de mí tan deprisa que se limitara a decirme dónde buscarlo.
Estaba agachado junto a la pared, recogiendo las esquirlas de un vaso roto. Era una tarea que podría haber hecho cualquier sirviente, pero, en lugar de eso, estaba limpiando él mismo su propio desastre.
Me acerqué y me agaché para recoger un trozo de cristal del suelo de mármol.
Alzó la vista.
–No tienes que hacer esto, Dess.
–No importa, te ayudo. –Odiaba que me gustara tanto que me llamara Dess. Odiaba que me diera esperanzas de que lo nuestro no fuera una causa perdida.
Fuimos reuniendo los trozos de cristal en un plato vacío que había sobre la mesa.
Cuando recogimos los últimos fragmentos, me limpié las manos en los pantalones.
–He venido a hacerte una pregunta. Necesito encontrar al hermano Dime. ¿Sigue en el castillo?
Se quedó inmóvil, con la mano suspendida sobre el suelo.
–No.
Sonó a mentira.
–¿Tienes alguna forma de contactar con él? No te lo pediría si no fuera importante.
Se puso de pie sin mirarme y dejó caer en el plato los fragmentos de cristal que sostenía en la mano.
–No.
Y aquella mentira ya era descarada.
–Por favor.
–¿Por qué? –Se cruzó de brazos.
–Es por Ransom.
Vi cómo se le tensaban los labios.
–El Guardián.
–No empieces –lo reprendí–. ¿Por qué haces eso? ¿Por qué lo odias tanto?
–No confío en él.
Tenía sentido. El día que llegó a Quentis, Ransom nos había hecho creer que Zavier era el príncipe. Había sido deshonesto con mi padre desde el primer momento.
–No hace falta que confíes en él. Pero ¿puedes confiar en mí?
Me arrepentí de haber hecho aquella pregunta en cuanto salió de mi boca.
Mi padre tensó la mandíbula. Su silencio fue tan estruendoso como el estallido de un cristal.
El hermano Dime me había advertido de que la verdad rara vez era sutil.
Bueno, así empezaba el sufrimiento.
–Todo este tiempo he querido ser lo bastante buena para ti. Pero la verdad es que tú nunca fuiste lo bastante bueno para mí.
Lo vi estremecerse, incómodo.
Lo dejé allí, junto a su vaso roto.
Ya tendría tiempo de sentirme triste más tarde. Ahora necesitaba ayuda. Ransom necesitaba ayuda. Si mi padre no iba a decirme dónde encontrar al hermano Dime, lo averiguaría yo sola.
El sacerdote se hospedaba en aquel castillo. Tal vez algún sirviente o alguna dama de compañía pudiera indicarme dónde estaba su habitación.
Estaba doblando una esquina, a punto de bajar por una escalera hacia los niveles inferiores del castillo, donde trabajaba el servicio, cuando un destello celeste llamó mi atención.
Duró apenas un parpadeo, pero reconocí el color.
La túnica del hermano Skore.
Tomé aire y cambié de dirección, con el eco de mis botas resonando sobre el suelo mientras avanzaba a toda prisa.