Capítulo cincuenta. Caspia
Capítulo cincuenta CASPIA
Los noventa sonetos yacía abierto sobre el escritorio de mi cubículo.
Había terminado de leer, por enésima vez, la historia de una antigua batalla entre los Seis y la pitonisa.
Una historia sobre el bien contra el mal. La luz luchando contra la oscuridad.
En esos momentos descubrirás quién eres en realidad.
Las palabras de Hain no dejaban de resonar en mi cabeza cada vez que volvía a aquella historia.
¿Había algo más que conocimiento detrás de sus palabras? ¿Estaba hablando de mí?
¿Quién era, exactamente, la pitonisa?
De pronto, un fuerte golpe al otro lado de la puerta cerrada me hizo abandonar la lectura para salir al pasillo.
Faxon y una tutora de mi edad corrían hacia una enorme ventana que se había abierto de golpe. El viento azotaba el castillo desde hacía horas. Una nube de polvo empezó a colarse por la ventana abierta y no pude evitar que se me metiera un poco en la boca y en los ojos.
–Rápido –ordenó Faxon, cerrando su lado de la ventana mientras la tutora hacía lo mismo desde el otro. En cuanto lograron cerrarla, ambos se desplomaron contra los paneles.
Al otro lado del cristal se veían hojas volando y árboles sacudiéndose violentamente de un lado a otro.
–Está todo en orden –les dijo la tutora a sus estudiantes, que miraban hacia fuera con los ojos como platos–. Volved a vuestro trabajo. Es solo viento.
Faxon se aseguró de que el pestillo de la ventana estuviera bien echado y luego se acercó a mí, agitado por el esfuerzo.
–No me gusta el viento. Por algo no soy jardinero, ni soldado, ni pescador. Prefiero quedarme dentro, lejos de las inclemencias del tiempo, gracias.
Reí.
–Bueno, si esa ventana vuelve a abrirse, déjamela a mí. A mí no me molesta el viento.
Las Estorninos creíamos que los vientos eran un buen augurio. A mi tía le encantaba encontrar una buena corriente que la llevara hacia las estrellas.
–Déjame la ventana a mí –dijo Faxon–. Ya es bastante malo que estés en este cubículo diminuto. No quiero que, además, tengas que preocuparte por las ventanas.
–Pues resulta que me gusta mi cubículo diminuto.
Suspiró, todavía molesto por no poder convencerme de que eligiera un lugar más adecuado para una señorita, aunque ambos sabíamos que yo no estaba dispuesta a ceder.
Le guiñé un ojo, lo dejé para que retomara sus tareas y volví a mi lectura. Dejé la puerta del cubículo abierta para escuchar el viento.
Las palabras de la página se difuminaron mientras dejaba que mis ojos perdieran el foco y mi mente vagara.
Si los magos malvados del libro gris eran, de hecho, los Seis, ¿quién era entonces la pitonisa? En la historia de Sonnet, ella había reunido un ejército terrible para conquistar Calandra.
Pero ¿y si no era la villana de esta historia? Si los Seis eran demonios del Infernal, tal vez la pitonisa había estado combatiendo su magia. Tal vez Sonnet había invertido los papeles porque era un creyente de los Ocho.
Pero yo no lo era.
Yo era una buscadora de la verdad.
Una figura apareció en la puerta y se estrelló contra el marco con tanta fuerza que me sobresalté.
–¿Hain? –pregunté, levantándome del asiento, y, cuando estaba a punto de salir a ayudarlo, levantó una mano con los dedos esqueléticos extendidos.
–Estoy bien –dijo el Voster, cerrando la puerta y dejándose caer en la silla vacía. Se quedó allí, desplomado, y, aunque tenía los ojos cerrados, respiró pausadamente durante un largo rato.
Su piel ya no tenía el habitual tono pálido. Había color en sus mejillas y sudor perlándole la cabeza calva.
–¿Estás enfermo?
Sacudió la cabeza.
–No, pero no me queda mucho tiempo.
–Está bien. –Me aferré al borde del escritorio, expectante.
No había ni rastro de magia en la habitación, ni siquiera un leve indicio de aquella presión, de su presencia.
La estaba suprimiendo otra vez para ahorrarme el dolor.
–Puedo soportarla –dije, sabiendo que él entendería a qué me refería.
Pero Hain volvió a negar con la cabeza y tragó con fuerza, sin abrir los ojos al hablar.
–La otra vez que nos reunimos hablamos de magos.
–Sí. Les robaron su poder a los demonios del Infernal y se convirtieron en los Seis. Y maldijeron esta tierra.
–¿Salió el mal victorioso?
–No lo sé. Supongo. –Alterné la mirada entre él y el libro gris, mi inseparable compañero de escritorio–. A menos que haya entendido mal tu historia.
–No es mi historia. Es la tuya.
Cada palabra que pronunciaba le costaba un gran esfuerzo y su voz se volvía cada vez más áspera.
Mi historia. ¿Cómo podía ser mi historia? Tragué saliva y acerqué el libro de Sonnet hacia mí.
–Hay una historia en este libro sobre los Seis. Lucharon contra una pitonisa y su ejército. Después de derrotarla, ocuparon su lugar en el cielo.
La comisura de los labios de Hain se curvó apenas. Sospeché que era lo más parecido a una sonrisa que lograría arrancarle.
–No me equivoqué al elegirte.
–¿Elegirme? ¿A qué te refieres?
–¿Quién era la pitonisa? ¿Quién se habría opuesto a los magos? –preguntó.
–Nunca te refieres a ellos como los Seis.
–Porque no creo en ellos. Responde a mi pregunta.
Suspiré hondo, hundiéndome aún más en el asiento.
–No lo sé. Es la única historia donde se menciona a una pitonisa. Todo lo demás que hay en la biblioteca sobre adivinos es ficción.
–Caspia. –Era la primera vez que pronunciaba mi nombre, y un escalofrío me recorrió la espalda–. Viniste a Calandra por una razón, ¿verdad?
Sí. Para vengar a Emery y superar mi rito. Pero nunca le había contado a Hain lo de mi hermana.
–¿C-cómo sabes eso?
No respondió. Siguió desplomado en la silla, con la cabeza apoyada en el respaldo. Su respiración se volvió más profunda y, al ver que seguía con los ojos cerrados, empecé a preocuparme por si se quedaba dormido.
Pero el silencio me dio tiempo para repasar todo lo que había dicho, para sostener cada palabra frente a un espejo, darle vueltas en mi cabeza y examinarla desde todos los ángulos.
Mi historia. Mía. Una Estornino que había seguido la llamada de su rito y había llegado a esta tierra. Y que había visto una visión de su hermana muerta. Una visión en la que Emery era un monstruo.
Mi historia.
–No, mía no. De mi linaje.
–¿La pitonisa era una Estornino? –pregunté con tanta suavidad que estaba segura de que no me había oído.
Hain abrió los ojos de golpe.
–La Estornino luchó contra los magos. ¿Salió victoriosa?
–Sí –asintió y se enderezó. El esfuerzo pareció exigirle hasta la última gota de sus fuerzas, pero logró inclinarse hacia delante y apoyar los codos sobre las rodillas–.
Hay cosas que no puedo decir. He drenado mi magia todo lo que he podido, pero incluso los restos más débiles siguen atándome a juramentos de hace tantísimos años.
–¿El viento? ¿Fuiste tú? –Miré la pared, como si pudiera ver a través de ella hasta las ventanas. Había estado rugiendo durante horas, mucho antes de que me despertara aquella mañana.
¿Cuánto poder tenía?
–Pero todavía tienes sangre. ¿No es eso lo que sostiene los juramentos?
–No cuando se hacen entre miembros de la hermandad. A nosotros nos ata la magia. –Cerró los ojos otra vez–. Debes hacerme las preguntas correctas. Es la única manera de que pueda responder. No puedo pronunciar las palabras por iniciativa propia.
Las preguntas correctas.
El corazón se me aceleró. Abrí el libro gris y pasé las páginas con furia.
–Si los magos perdieron la batalla contra la Estornino, algo debió de ocurrirles. ¿Fueron encarcelados o... ejecutados?
Hain suspiró.
–Los Voster enviamos a nuestra gente al mar cuando muere.
–¿Entonces los magos fueron arrojados al mar?
Frunció el ceño.
Pregunta incorrecta.
–¿Qué hacéis vosotros con vuestros muertos? –preguntó.
–Los quemamos en piras funerarias y luego sellamos las cenizas en orbes de vidrio que se guardan en los templos... – ah –. Los magos fueron quemados y sus restos siguen sellados.
Hain relajó los hombros.
Pregunta correcta.
Me quedé mirando la veta de la madera del escritorio, dejando que mi mente vagara.
–Pero si los magos fueron derrotados, ¿por qué la Estornino abandonaría Calandra? ¿Cómo terminó maldito este continente?
Se mantuvo en silencio.
Para que yo respondiera a mi propia pregunta.
–La magia se quedó. Los magos fueron destruidos, pero su magia no. Se quedó aquí y pasó a formar parte de Calandra. Eso explica por qué está maldito.
Y esa magia debía de ser la razón por la que mi propio cuerpo había cambiado. La razón por la que mi sangre ahora era verde.
La magia era veneno para las Estorninos. Y para los vencejos.
–Por lo que leí, no ocurrió de inmediato. Durante un tiempo hubo paz –pronunció cada palabra entre dientes, como si estuviera poniendo a prueba los límites de sus ataduras.
–¿Hay libros sobre esto?
–Ya no –murmuró.
¿Fueron los Voster quienes destruyeron esos libros? ¿O la gente que adoraba al Infernal?
–Está bien. –Me froté la sien–. Entonces la magia debió de escapar de esos orbes. Y, mientras hablamos, como las raíces de un árbol, maldijo la tierra y expulsó a las Estorninos.
A Nelfinex.
–¿Cuándo? Debió de ocurrir hace incontables veranos. Mucho antes de que empezaran las migraciones o de que los Voster llegaran aquí. Este debió de ser...
El principio. El origen.
La historia de cómo las Estorninos habían llegado a Nelfinex. El comienzo de la dinastía de mi familia en Kenn.
Hacía una eternidad.
Divino . Agradecí estar sentada.
–Si los Seis fueron derrotados, ¿cómo terminaron siendo venerados como dioses? ¿Por qué Sonnet invertiría los papeles del bien y del mal?
–El solo hecho de que estén muertos no significa que hayan sido olvidados. Sin luz que equilibre la oscuridad, nos convertimos en hijos de la noche.
Los matices de esta historia debieron de haber cambiado con el paso del tiempo. Las verdades se olvidaron, se manipularon. Si mis ancestros se convirtieron en monstruos, atrapados en forma de bestias, tenía sentido que la gente empezara a luchar contra ellos.
–Entonces, para salvarse a sí mismos y a los habitantes de Calandra, partieron por mar. Abandonaron estas costas.
Y los magos fueron martirizados hasta convertirse en dioses.
De cierta manera, eso significaba que los mitos eran verdad.
Los Seis habían creado a los monstruos.
Ulfernos. Féneks. Kaverinos. Lagarsks. Pardures. Flagris.
Pero no a los vencejos.
A ellos, mis ancestros los encontraron en Nelfinex. Y, cientos de veranos atrás, después de traer a Hain y a sus hermanos a estas tierras, uno regresó a su hogar, dejando sin querer el rastro que el resto seguiría durante la migración.
–¿Por qué las Estorninos no destruyeron los orbes, si temían que la magia siguiera viva?
–Eso no lo sé –respondió Hain.
Tal vez era tan sencillo como que no sabían cómo hacerlo.
–Si se destruyen los orbes, ¿la magia desaparecerá?
¿Así era como salvaría a Xandra?
Hain no respondió... No podía. Se limitó a mirarme.
Pero fue suficiente respuesta.
Todo ese tiempo había estado leyendo libros, buscando pistas, cuestionando la historia de Calandra. Y todo ese tiempo había estado conectada con la mía.
El corazón se me aceleró. La esperanza empezó a crecer. Por la gracia del Divino .
¿Podíamos purgar la magia? Si la migración llegaba, pero la maldición ya había desaparecido, entonces todos en ese continente verían a los vencejos por lo que realmente eran.
Me senté más recta.
–¿Dónde están guardados esos orbes?
Sacudió la cabeza.
Mi mente empezó a acelerarse tanto que fui incapaz de seguir el hilo de mis propios pensamientos. Si no podíamos encontrarlos, no habría manera de salvar a Xandra. Ni de curar Calandra.
–Si fueron las Estorninos quienes eligieron los lugares, ¿podría una Estornino encontrarlos?
–Es posible.
–Y por eso estás aquí, ¿no? Porque soy la única Estornino en Calandra.
Los buscaste. Intentaste encontrarlos. Y no pudiste.
–Además de Xandra, aunque ella no sería de mucha ayuda–.
Digamos que encuentro los orbes. Y también una manera de destruirlos.
Eso cambiaría Calandra por completo, ¿verdad?
Los Voster ya no tendríais magia. ¿Por qué querrías eso?
Hain se miró las manos, las palmas vacías.
–Ya no recuerdo los rostros de mis hijas. He olvidado cómo se siente amar, sufrir, vivir. Luz y oscuridad. Bien y mal. Mi pueblo, al otro lado del Marixmore, sufre, ¿sabes?
–Sí.
–Lo hemos ignorado durante demasiado tiempo. Dejamos que la tiranía venciera al abandonar Kenn. –Sus ojos se empañaron–. Tienes mucho sobre lo que pensar, Estornino. Habrá quienes se opongan a ti.
–¿Tus hermanos?
–Entre otros. Muchos reyes dependen hoy de nuestros tratados y juramentos de sangre. Y sí, mis hermanos no renunciarán a su poder por voluntad propia.
–¿Aunque eso signifique poner fin a las matanzas que provocan las migraciones?
–No les importa la vida de su propia gente. ¿Por qué iban a renunciar a la magia por un puñado de humanos?
Eso explicaba su secretismo. Por qué había insistido tanto en que no intentara contactar con él otra vez. En que ocultara mis verdades. Los Voster preferían verme muerta antes que arriesgarse a que destruyera la fuente de su poder.
–El hermano Nold –dijo, y una oleada de horror me recorrió el cuerpo–. Él sabe que soy una Estornino. Él...
–No es una amenaza. Pero no confíes en nadie más.
Una intensa irritación me recorrió los brazos. Se parecía más a una quemazón que a una punzada corriente, o al hormigueo habitual de su magia, pero, aun así, me froté la piel.
–Mi magia está volviendo. –Sonó decepcionado–. Debo irme.
–¿Volveré a verte?
Apenas logró levantarse de la silla y, ya de pie, se tambaleó de un lado a otro. Estuvo a punto de caerse al abrir la puerta.
–Déjame ayudarte. –Me levanté y rodeé el escritorio, pero, en cuanto me acerqué, alzó una mano para detenerme.
–No puedes ayudarme ahora, muchacha. Este destino es tuyo.
–¿Estarás bien? ¿Recuperarás tu magia?
–Por la gracia del Divino, cumpliré con mi destino. –Se llevó una mano al vientre, dolorido por un mal invisible. Al cabo de unos instantes, el dolor remitió y enderezó la espalda–. Adiós, Estornino.
–Yo... –Se me formó un nudo en la garganta. Apoyé dos dedos sobre la frente e hice una reverencia silenciosa, para que su sacrificio hubiera merecido la pena–. Adiós, Hain.
Se me quedó mirando un largo instante, con una expresión difícil de descifrar, aunque parecía tener la vista fija en mi cabello. Luego se marchó con paso vacilante, casi tropezando con su propia túnica, hasta perderse tras la esquina.
El silencio llenó el cubículo.
Cuando salí al pasillo y miré por las ventanas, el viento ya había amainado.