Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y nueve. Odessa
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Capítulo cuarenta y nueve. Odessa

Capítulo cuarenta y nueve ODESSA

Salí en silencio de la habitación de Evie, cerrando la puerta con suavidad.

Después del fiasco en el centro de entrenamiento, unas horas antes, se había mantenido bastante callada y retraída. Al igual que en aquellos primeros días después de Ellder, en vez de acompañarla hasta la cama y darle las buenas noches, me quedé con ella hasta que se durmió.

Las dos necesitábamos acurrucarnos con alguien.

Ransom estaba de pie junto a las ventanas de la habitación, contemplando las luces reflejadas en la ciudad bajo la lluvia.

–Sigo esperando ver el barco de Zavier y Cathlin en la bahía.

–Pronto. –Me acerqué y entrelacé mi brazo con el suyo para abrazarlo contra mi pecho.

Zavier y Cathlin podían llegar en cualquier momento, según cómo hubiera transcurrido el viaje por el Krisenth. Esperaba que la lluvia no los estuviera retrasando. Esperaba que su barco resistiera cualquier tormenta.

Y esperaba que ese barco estuviera listo para el viaje de regreso.

Todos necesitábamos volver a casa. Solo deseaba poder darle más tiempo a Alore.

–He pasado muchos años en la naturaleza turana –dijo Ransom, suspirando–. Tanto tiempo viviendo en libertad hace que estas paredes se sientan como una jaula. Y hay demasiada gente en este castillo.

El castillo siempre había sido un lugar ajetreado, el principal punto de encuentro para los negocios y la política de Roslo. Pero esta vez parecía haber más gente que de costumbre. Más soldados y nobles recorrían corredores y vestíbulos.

Tal vez era la migración la que atraía a la gente hacia el castillo. Tal vez era el tiempo, que los empujaba a buscar refugio. O tal vez siempre había habido esa cantidad de visitantes y yo simplemente no me había dado cuenta hasta entonces.

Después del verano que pasé en las vastas tierras turanas, después de enamorarme de un reino y de su príncipe, yo también me sentía encerrada en una jaula.

–¿Allesaria no es así?

–No. Es... –dijo, pero no parecía encontrar las palabras, ya fuera porque no se le ocurrían o porque el juramento de sangre que había hecho para mantener Allesaria en secreto le impedía decir más–. Ya la verás. Algún día. Cuando sea seguro.

¿Lo sería alguna vez? El reino entero parecía estar derrumbándose sobre nuestras cabezas y la seguridad no era más que una ilusión.

–Estoy perdiendo el control –susurró.

–Lo sé.

–Hoy habría matado a tu hermana. Si te hubiera hecho daño, le habría partido el cuello, igual que le rompí el brazo al guardia en los establos. –Dejó caer la cabeza–. Yo no soy así.

–Es la lyssa.

–¿Qué pasará cuando no sea lo bastante fuerte para contenerla?

–Encontraremos una cura.

–¿Y si no la encontramos?

–¿Y si sí? –Deslicé la mano por su brazo y entrelacé nuestros dedos–. Ya está haciendo muchos progresos. No pienso rendirme.

–A mi madre le habría gustado Alore. Habría entrado en ese taller y jamás habría querido salir. –Apoyó la mano libre sobre el corazón–. La echo tanto de menos que me cuesta respirar.

No sabía qué decir, así que me limité a sostenerlo, esperando que el dolor que llevaba semanas enterrando por fin saliera a la superficie.

–Cuando era niño, insistía en cortarme el pelo ella misma –dijo–.

Si tenía una pesadilla, se metía en mi cama y nos tapábamos con las mantas para que pudiera cantarme algo.

Cantaba fatal. Me enseñó a bailar el vals cuando tenía catorce años, para impresionar a una chica en una gala.

Las manzanas eran su fruta favorita. Les tenía pánico a las serpientes. Y los lirios la hacían estornudar.

Las palabras brotaban de sus labios mientras me contaba historia tras historia sobre su madre, como si utilizara los buenos recuerdos para tapar los malos.

Cuando terminó, se aclaró la garganta y parpadeó varias veces, muy deprisa.

–Si algo me pasa, ¿me prometes contarle a Evie todo sobre nuestra madre?

–Te lo prometo.

Cielos, odiaba aquello. Hablaba como si ya estuviera a medio camino hacia las sombras del cielo. Los dioses tendrían que vérselas conmigo si querían llevárselo. Aún no había terminado con mi Guardián.

–Te amo.

Me besó el pelo.

–No lo olvides.

No era en absoluto lo que esperaba oír.

¿Creía que me amaba? Sí. Le había dicho a su padre que yo era su vida.

Aun así, ansiaba escuchar esas palabras. Escucharlas con esa voz profunda.

Sus ojos plateados buscaron los míos. Debió de notar la decepción en mi rostro, porque frunció el ceño.

–¿Qué?

–Nada. –Me puse de puntillas y le di un beso en la comisura de los labios–. Llévame a la cama.

–Como ordenéis, mi reina. –Me alzó en brazos, sosteniéndome como si fuera algo precioso, y me llevó a nuestra habitación.

–Cierra los ojos –dijo al bajarme.

Obedecí, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso a medida que su calor se alejaba. Pasaron varios segundos, uno tras otro, mientras esperaba allí de pie, atenta a cualquier sonido que no fuera el de mi propio corazón y mi respiración agitada. Sentí un latido entre las piernas, ansiando su tacto.

–¿Cómo haces para ser tan perfecta? –Su voz sonó más cerca de lo que esperaba, un murmullo a pocos centímetros de mi oreja.

Sentí sus manos en el cuello, deslizándose por los hombros y bajando por las costillas. Me acarició los pechos, me tomó por la cintura y me masajeó la cadera. Estaba en todas partes a la vez, como si hubiera olvidado la forma de mi cuerpo y estuviera redescubriendo las curvas que lo componían.

Me derretí bajo su tacto, perdiéndome en la oscuridad.

Sus palmas se posaron sobre mi trasero y me acercaron a él, anclándome a la robustez de su cuerpo. Deslizó una mano por detrás de mi rodilla y la elevó hasta que el centro de mi deseo quedó presionado contra su virilidad.

Busqué sus labios con los míos, pero, mientras me sostenía contra él, dejándome sentir cómo crecía y se endurecía, todo su cuerpo se frotó contra el mío.

–¿Sientes cuánto te deseo?

–Sí –gemí.

–Solo a ti, Dess. Solo a ti. –Su boca se estrelló contra la mía. Devoró por completo mi gemido mientras su lengua alcanzaba rincones cada vez más profundos de mi boca, enredándose y frotándose con la mía entre el castañeteo de nuestros dientes.

Fue un beso frenético y salvaje. Húmedo y despiadado.

Me froté contra él, presionando las caderas con más fuerza, aunque, con toda aquella maldita ropa de por medio, no era suficiente. Mis dedos se enredaron en su pelo, tirando de los mechones.

Una de sus manos se cerró sobre uno de mis pechos y apretó, hundiéndose en la piel. Su pulgar rozó mi pezón por encima de la camisa.

El deseo corría por mis venas y se asentaba en el centro de mi cuerpo, rozando la desesperación y el dolor. La mano que tenía en su pelo se cerró con más fuerza mientras me esforzaba por acercarme aún más, buscando más fricción.

Ransom apartó la boca y tomó una bocanada brusca de aire mientras sujetaba el dobladillo de mi camisa y me la sacaba por encima de la cabeza. La arrojó al suelo y se arrodilló para desabrocharme los pantalones y bajármelos por las caderas y las piernas.

El aire frío encontró mi piel caliente y la humedad de mi sexo.

–Mierda –dijo Ransom, sentándose sobre los talones y mirándome desde abajo. Sus ojos reflejaban un hambre feroz, tan oscuros como la habitación–. Eres perfecta.

Sus manos recorrieron mis muslos, subiendo y bajando por la piel, dejando a su paso un hormigueo delicioso. Después su boca estuvo sobre mí y casi me desplomé.

–Ranse... –dije, sorprendida, hundiendo aún más la mano en su pelo para mantenerme en pie.

Pasó la lengua por toda mi intimidad hasta detenerse en mi clítoris.

Sentía que la cabeza me daba vueltas, mareada y embriagada por su lengua. Todo mi cuerpo ardía mientras me llevaba cada vez más alto, como si me acercara al borde de un acantilado.

Estallé en llanto y todos los músculos de mi cuerpo temblaron en el instante en que me deshice. Las piernas se me aflojaron, pero él me sostuvo, manteniéndome en pie, sin dejar de besarme, prolongando mi placer hasta dejarme completamente drenada.

Sus besos ascendieron por mi vientre, mis costillas, hasta llegar a mis pechos. Tomó uno de mis pezones entre los labios y lo succionó con fuerza antes de pasar al otro y hacer lo mismo. Lo soltó de golpe, con un leve chasquido.

Entonces se quitó la camisa y el sonido de la tela desgarrándose llenó la habitación. Su miembro quedó al descubierto cuando se bajó los pantalones. Se lo sujetó con la mano y lo acarició varias veces, con fuerza, mientras recorría mi cuerpo desnudo con la mirada.

–Mírate.

–Hazme tuya –exhalé, reemplazando su mano por la mía. Mi pulgar atrapó las gotas húmedas que brotaban de su punta y las esparció por todo el largo–. Necesito sentirte.

Me acarició el rostro con ambas manos, apartándome un mechón de pelo.

–Como deseéis, mi reina.

Apoyó los labios sobre los míos en un beso lento y tortuoso. Me levantó y me llevó a la cama, donde se tendió sobre mí.

Cuando nos unimos, fue lento y metódico. Poco a poco, delicioso. Adentro y afuera, gimiendo. Hasta que finalmente me llenó por completo, dilatándome cuanto más profundo llegaba.

–Por Dios –susurré–. Te quiero.

–Mía. –Empujó con fuerza, arrancándome un gemido–. Eres mía, Odessa.

–Tuya. –Atrapé su boca y la besé mientras me hacía suya durante toda la noche. Cada vez que creía que estaba agotado, volvía a empezar.

Reclamó mi cuerpo hasta que la lluvia, al otro lado de las ventanas, terminó por cesar. Hasta que el sol se asomó por las rendijas de las cortinas.

Hasta que el plateado de sus ojos fue reemplazado por un verde magnífico.

El color no duraría. Sabía que despertaría y volvería a encontrarme con sus ojos plateados, pero pensaba disfrutar de cada uno de aquellos pequeños momentos mientras pudiera. Bostecé y me desplomé sobre su pecho, sintiendo los párpados demasiado pesados para mantenerlos abiertos.

–Te amo.

Me besó el pelo.

Y, al quedarme dormida, soñé que me respondía con esas mismas palabras.