Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y ocho. Caspia
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Capítulo cuarenta y ocho. Caspia

Capítulo cuarenta y ocho CASPIA

Un leve hormigueo me distrajo del diario que tenía sobre el escritorio.

Se me erizó la piel del brazo y los pensamientos que había estado anotando cayeron en el olvido mientras miraba la puerta cerrada del cubículo. Contuve el aliento, sintiendo cómo los latidos de mi corazón se aceleraban con cada segundo que pasaba, hasta que alguien llamó a la puerta.

–Adelante –dije con firmeza, aunque tenía la garganta cerrada por los nervios.

El picaporte giró y la puerta se abrió despacio para revelar una túnica celeste.

El Voster que me había traído el libro gris entró en el cuarto y cerró la puerta tras de sí.

Debería haber sido insoportable tenerlo tan cerca. Aquel cubículo, desde luego, no era espacioso.

Pero, mientras se sentaba en la silla frente a mi escritorio, lo único que sentí fue la fuerza constante de su magia, como si mi ropa se hubiera vuelto demasiado pesada, una tela áspera y molesta contra la piel. No era precisamente cómodo, pero al menos no dolía.

–Hola –dije.

Cruzó las manos sobre el regazo.

–Hola, Estornino.

Le había rogado al Divino que regresara para poder hacerle las preguntas que ya tenía preparadas. Pero, ahora que estaba allí, no se me ocurría nada mejor que un simple hola.

Nos quedamos mirándonos mientras el silencio crecía en el diminuto cuarto y parecía aplastar las paredes.

Faxon debía de haberle dicho al Voster dónde estaba trabajando. Eso, o el mensaje que Andreas había enviado por medio del emisario del rey incluía dónde encontrarme.

–Tu magia se siente diferente hoy –dije–. No la siento como antes.

–La estoy canalizando hacia mi interior –hizo una leve mueca de dolor. Era la misma expresión que le había visto cuando nos conocimos.

–La contienes para que no me haga daño.

–Mejor yo que tú –no sonrió. No estaba segura de si los Voster podían sonreír, pero la forma de su boca cambió apenas, como si lo estuviera intentando–. Me llevó tiempo aprender a hacerlo y desarrollar la resistencia necesaria para que pudiéramos hablar.

–Hay un lugar en la biblioteca donde podríamos hablar y estar lo bastante separados para que no...

–No. Nos reuniremos aquí y solo aquí.

Me senté un poco más recta al percibir la advertencia en su voz. ¿Acaso no era seguro hablar de esos asuntos fuera de aquel cuarto?

–¿Recibiste mi mensaje?

–Sí. No vuelvas a enviar otro.

Otra advertencia. No pensaba preguntar por qué, no cuando parecía más importante escuchar que hablar.

–¿Leíste el libro? –preguntó.

Asentí.

–Sí.

–¿Y?

–Son cuentos.

–La historia del mundo es un cuento.

–Entonces todo es verdad. Había seis magos malvados en Calandra. ¿Son esos los Seis a los que ahora adoran como dioses?

–¿Y tú a quién adoras, muchacha? –preguntó.

–Al Divino.

Musitó algo incomprensible, con un tono suave y agradable que bien podría haberme arrullado hasta dormirme.

–Igual que yo. Los Ocho son un mito que solo el tiempo y la magia convirtieron en realidad.

Parpadeé.

–¿Los Voster creen en el Divino?

–Yo creo en el Divino. Muchos de mis hermanos no. Gran parte de nosotros ha cambiado con el tiempo desde que heredamos nuestros... dones.

Miró el vaso de agua sobre el escritorio. Levantó una mano y, con un giro de muñeca, hizo que el agua girara en el aire, formando una espiral que se volvía cada vez más fina y ascendía cada vez más alto, hasta tocar el techo.

La fuerza de su magia fue instantánea: una punzada afilada que se sintió como si me clavaran cientos de plumas en la piel. Clavé las uñas en el apoyabrazos de la silla y apreté los dientes, haciendo todo lo posible por ocultar el dolor. Si él podía soportarlo, entonces yo también.

Pero la demostración no duró mucho. Deshizo el remolino de agua y la devolvió sana y salva al vaso. El dolor desapareció y pude volver a respirar.

–¿No cuestionarías tus creencias si llegaras a una tierra donde puedes manipular el viento, el agua y la sangre? ¿No aceptarías la magia de esta tierra y a los dioses que reinan sobre su gente?

–Puede ser –confesé–. Entonces los Voster se volvieron devotos de los Ocho después de llegar a Calandra.

–Hace mucho tiempo, mi gente adoraba a un dios cuyo nombre ya no pronunciamos.

Cuando nos abandonó durante la guerra, cuando nos dejó morir en nuestros días más oscuros, cayó en el olvido –apretó los labios–.

La mayoría de mis hermanos ahora adora a los Ocho.

Pero hay algunos que, como yo, han encontrado la gracia del Divino.

Algunos que, como yo, cuestionaron las historias que nos contaron.

El libro gris que me había dado descansaba en el borde del escritorio. Apoyé la mano sobre su portada y arrastré las uñas por el cuero desgastado.

–He leído muchos libros en esta biblioteca y apenas se menciona a los Voster. Y la historia escrita de Calandra apenas abarca unos trescientos veranos desde la primera migración. Es... sospechoso.

Entendía por qué no había ninguna mención de Kenn, de Nelfinex o de Beesa. Si el primer Estornino que llegó a Calandra provocó muerte y destrucción, si había sido la catalizadora de las migraciones de los crux, entonces yo tampoco llamaría la atención sobre una tierra al otro lado del mundo.

Pero los Voster eran otra historia. Tenían magia. Si yo fuera historiadora o escritora, habría llenado bibliotecas enteras solo con ellos.

–No encontrarás nada aquí –dijo–. Pero eso no significa que no exista.

–¿Dónde?

–Lejos de los ojos de la humanidad.

–Está escondida. ¿Por qué?

Se inclinó y rozó mi vaso de agua con sus uñas agrietadas y verdosas.

–¿Sabías que nuestra magia nos permite sellar juramentos de sangre?

–Sí.

El Voster me sostuvo la mirada, pero no habló.

O tal vez no podía hacerlo.

–No puedes decírmelo. Hiciste un juramento.

Se reclinó en la silla y señaló el libro gris.

Un libro que era su forma de romper un juramento.

–¿Quién lo escribió?

–No importa.

No podía dejar de darle vueltas a aquello mientras intentaba encontrarle sentido a lo que estaba tratando de decirme.

–Si esta es una parte de la historia del mundo, entonces los magos existieron de verdad. La gente empezó a adorarlos como los Seis, aunque no fueran dioses de verdad. Obtuvieron sus poderes de los demonios, ¿no? Solo puedo suponer que te refieres al Infernal.

El gran enemigo del Divino.

–El bien siempre se enfrenta al mal –dijo–. La luz siempre luchará contra la oscuridad. En esos momentos descubrirás quién eres en realidad. Continúa.

Respiré hondo y di rienda suelta a las hipótesis rebuscadas que llevaba un rato elaborando.

–Los Voster en Kenn no tienen magia. Pero aquí, en Calandra, sí.

Y aquí las Estorninos enferman. Si nos transformamos, no podemos volver a ser quienes éramos.

Y cuando los vencejos migran hasta aquí, se convierten en monstruos.

Se convierten en crux y ya no se parecen en nada a las criaturas de mi hogar.

Juntó los dedos frente a la boca, escuchando.

–Esta tierra está maldita. Los magos le hicieron algo a Calandra, a los humanos.

Por eso tienen rayos en los ojos. A los Voster les dio magia.

A las Estorninos nos hizo perder el control de los dones de nuestro linaje.

No entiendo por qué ciertos animales se convierten en monstruos aquí y otros no.

Tal vez nunca estuvieron destinados a formar parte de este continente, como los vencejos.

Pero, más allá de todo eso, hay algo que está mal en Calandra.

Guardó silencio mientras mis palabras flotaban en el aire.

Tal vez había pasado demasiado tiempo en aquella biblioteca. Tal vez mi imaginación se había desbocado. Ahora que había expresado en voz alta la idea de un continente maldito, no podía negar lo descabellada que sonaba.

–Quienes abandonamos Kenn llevamos aquí muchísimos años –dijo.

–¿Tú fuiste uno de los Voster que llegó con mis ancestros Estorninos?

–Hace mucho tiempo.

–¿Eres inmortal? ¿Eso forma parte de la magia?

–Inmortal, no. Antiguo. Pero sí, vivía en Kenn.

Tenía esposa y tres hijas. Mi familia murió a manos de los beesanos durante la guerra.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me senté junto a sus tumbas.

Luchamos lo mejor que pudimos durante cientos de años.

Pero, al final, perdimos. Quienes no teníamos nada más por lo que luchar aprovechamos la oportunidad y escapamos.

Pero algún día regresaré, si es posible.

Descansaré junto a mi familia una vez más.

Si logro romper los lazos que me atan a esta tierra.

–¿Es la magia lo que os mantiene atrapados aquí? ¿O son vuestros juramentos?

No respondió.

–¿Por qué me cuentas todo esto?

–Porque hemos perdido tanto... –susurró–. Tantos han caído en el olvido. Tantos han sido abandonados. Lo que una vez nos perteneció nos fue arrebatado. Y deberíamos reclamarlo.

Hablaba como si estuviera condenando a sus propios hermanos. Por su devoción a los Ocho. Por su magia. Por haber olvidado a su pueblo al otro lado del Marixmore.

–¿Alguna vez nació un Voster en Calandra? –pregunté.

–No.

–Entonces, ¿los que están aquí...? –Me quedé callada.

Los Voster de Calandra llevaban cientos de veranos en esa tierra. Habían presenciado las migraciones de los crux.

–¿Hay alguna manera de curar Calandra y detener las migraciones?

Silencio.

–El primer Voster que conocí fue el hermano Nold. ¿Lo conoces?

–Sí.

–Su túnica era borgoña. La tuya es celeste. ¿Importa la diferencia?

Otra pregunta que no respondió. En cambio, se levantó de la silla y se inclinó apenas desde la cintura.

–Suficiente por hoy.

–¿Te vas? –Me puse de pie también, presa del pánico al sentir que apenas había arañado la superficie de mi lista de preguntas. No me habías dicho en ningún momento si estaba en lo cierto o no–. Pero...

Su magia se clavó en mi piel, cortando mi protesta de raíz. Ya estaba perdiendo el control, como si no quisiera seguir encerrada por más tiempo.

–No temas, Estornino. Volveremos a hablar.

–¿Cuándo?

Su mirada me recorrió de pies a cabeza.

–Antes de que llegue tu hora.

Se me paró el corazón.

–¿C-cómo lo sabes?

–Oculta tus verdades lo mejor que puedas. Y no le cuentes a nadie que nos hemos encontrado.

Verdades que solo Andreas conocía. Verdades que no podría ocultar para siempre.

–¿Cómo te llamas? –pregunté.

Caminó hacia la puerta y estaba segura de que sería otra pregunta sin respuesta. Pero entonces miró por encima del hombro y dijo: –Puedes llamarme Hain.

–Gracias, hermano Hain.

–No, hermano no. Solo Hain.

Asentí y salió del cubículo. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Apenas se cerró la puerta, Hain perdió por completo el control de su magia y esta se clavó en mi cuerpo como cientos de cuchillos. Cerré los ojos con fuerza mientras un gemido ahogado escapaba de mis labios. Pero el dolor no duró mucho.

Oculta tus verdades lo mejor que puedas.

Me acerqué a la puerta y eché el pestillo.